Libro del mes: Marxismo contra decolonialidad
Ana Marín
En los últimos años la decolonialidad se ha convertido en una de las corrientes ideológicas más influyentes dentro de movimientos sociales y la academia. Se presenta como una crítica radical a lo europeo y todo lo que tiene que ver con el colonialismo, recuperando todo lo que surja desde los países latinoamericanos como algo innovador y revolucionario.
Sobra decir que evidentemente rechaza al marxismo por el simple hecho de haber sido creada por “dos hombres blancos europeos”, ignorando que a través del marxismo podemos dar cuenta que la explotación de la clase trabajadora y la sociedad dividida en clases trasciende fronteras.
Debido a que esta es una corriente que ha ganado terreno entre la juventud, el camarada Ubaldo Oropeza, en su libro Marxismo contra decolonialidad, se ha dado a la tarea de intervenir en el debate teórico y político para señalar los límites prácticos de aquellas corrientes que hacen creer que basta con cambiar el pensamiento y la cultura para transformar la realidad material, y que los ideales reformistas de los diferentes gobiernos latinoamericanos son revolucionarios porque no “copian esquemas preestablecidos o europeos”, ignorando convenientemente que estos se mantienen dentro de los límites del capital.
El callejón decolonial
El posmodernismo, y sus variantes, se caracteriza por el rechazo a las metanarrativas, propone una visión plural y antihegemónica, que da prioridad a narrativas locales e individuales, lo que en la práctica únicamente significa que se ve el cambio personal como la gran solución frente a problemas sistémicos.
La decolonialidad busca reinterpretar la historia y devenir de los países latinoamericanos, a partir de crear una episteme completamente nueva (lo que sea que signifique) que no tenga relación con el pensamiento eurocéntrico y la modernidad. Sin embargo, si analizamos a detalle, vemos que sus postulados provienen del posmodernismo, el posestructuralismo y el poscolonialismo provenientes de Europa, complementados con una buena dosis de política de identidad.
Autores como Foucault y Derrida tienen una influencia enorme en el pensamiento decolonial. Ejemplo de ello es el rechazo a las teorías universales, ya que al verlo todo desde un plano general, según ellos, perdemos de vista las realidades individuales que son las que más importan para ellos. Se hace un análisis fragmentado donde se reproducen relaciones de poder (raciales, culturales, de género) en todos lados y que, dicho sea de paso, convierte al oprimido en opresor (pues el poder está en todos lados de manera abstracta), perdiendo de vista lo que engloba a todas estas categorías que es, la explotación de clase por parte de una minoría parasitaria hacia la mayoría del planeta.
El problema fundamental de la decolonialidad, como se plantea en el libro, es el carácter idealista y abstracto de sus postulados, que señalan que modificando las formas de pensar y los discursos se puede transformar la realidad social.
Esto es contrastado con la perspectiva marxista donde la superestructura (cultura, religión, leyes etc.) está subordinada a la infraestructura (el modo de producción), por lo que a pesar de que se haga un cambio cultural, las condiciones materiales seguirán condicionando a la gran mayoría a una vida de explotación, pues no se han roto las cadenas fundamentales que nos aprietan: la sociedad dividida en clases y la propiedad privada en los grandes medios de producción.
Como señaló Lenin, el capitalismo ha entrado en su fase última, el imperialismo, donde debido a la generación de monopolios, la expansión de los mercados y a la integración global, no existe un solo rincón del mundo que no haya sido alcanzado por sus dinámicas. Por lo tanto, la propuesta decolonial de la posibilidad de construir una sociedad ajena a los problemas del capitalismo, dentro del mismo sistema, es utópica y un retroceso enorme a la lucha de clases.
Además de que en la práctica ya ha sido refutada. En el libro se mencionan ejemplos como el del presidente Evo Morales en Bolivia y Claudia Sheinbaum en México, que pesar de entrar dentro de las categorías de ser gobiernos “progresistas” por ser representados por personas latinoamericanas y mujeres, al final del día no rompen con el sistema, se quedan dentro de los márgenes y terminan capitulando ante las demandas de la clase dominante.
¿El marxismo es eurocéntrico?
Muchos decoloniales argumentan que el marxismo por ser europeo, deja de lado los estudios de América Latina y que por lo mismo no puede ser aplicado. No obstante, en el libro se demuestra que en realidad los marxistas desde la época de Marx hasta Trotski han estudiado el desarrollo en países dependientes/colonizados.
El materialismo histórico nos dice que el desarrollo de las sociedades no consiste en una serie de pasos o reglas rígidas, sino que debemos comprender las condiciones materiales concretas y las relaciones de producción que determinan el curso de la historia. Como se menciona en el libro: “Es a partir del materialismo histórico que se puede entender la historia de forma racional y científica”.
Un gran ejemplo de que cómo el marxismo es capaz de estudiar la cuestión de América Latina es a través de la teoría del desarrollo desigual y combinado de Trotski, a partir de ella nosotros podemos dar cuenta que en los países colonizados como México, donde el sistema de producción que predominaba era aún el de la economía tributaria, dieron un salto hacia formas de producción más avanzadas introducidas por los españoles. Esto provocó que los pueblos originarios, al encontrarse en un nivel distinto de desarrollo de las fuerzas productivas, quedarán subordinados al dominio de la Corona, que más adelante se convertiría en la clase capitalista. Este proceso no implicó la desaparición de las formas de producción precapitalistas, sino su subordinación a la forma dominante impuesta.
Algunos decoloniales podrán argumentar que la colonización fue impulsada fundamentalmente por razones raciales, es decir, por una supuesta supremacía inherente de los hombres blancos que buscaban subordinar a otros pueblos. No obstante, desde el materialismo histórico es posible comprender que el verdadero motor fue la expansión territorial, la búsqueda de nuevas mercancías y mercados para la acumulación de capital. En este sentido, la ideología racial funcionó más bien como una justificación de la explotación..
La necesidad de una lucha de clases
Actualmente nos encontramos en un periodo muy convulso. El sistema ya no da más, y esto lo podemos ver claramente en cómo el imperialismo estadounidense ha intensificado su ofensiva contra varios países, utilizando tácticas militares y presiones económicas. Esto se ve reflejado en las agresiones contra Venezuela, el endurecimiento del bloqueo a Cuba, la guerra con Irán y las constantes amenazas de intervención en América Latina para reafirmar su dominio sobre el llamado “patio trasero”.
Como consecuencia de ello, han surgido grandes movilizaciones como las de Nepal, Irán, Minneapolis, entre otros lugares; demostraciones que nos dicen que la juventud ya no está dispuesta a aceptar las migajas que le ofrece este sistema de muerte.
Nosotros comprendemos la necesidad de la lucha contra opresiones como el racismo o el machismo, nosotros no somos sectarios ni negamos su existencia. Sin embargo, como comunistas tenemos la tarea de combatir todas las ideologías que separan y desvían a la clase trabajadora del verdadero enemigo. La decolonialidad nos dice que nuestro enemigo está en nuestra propia clase, que es el trabajador blanco de otro país, nosotros decimos que no. Nuestro enemigo es de clase.
Tenemos más en común con un trabajador europeo que con nuestra propia burguesía nacional y por esto mismo, hacemos el llamado a la unidad de proletariado, pues a pesar de ser de diferentes partes del globo, lo que nos une es la clase y únicamente luchando por emancipación completa de el proletariado lograremos crear una nueva sociedad y una nueva cultura.
