¿Por qué sí organización obrera y por qué no métodos individuales?

Edgar C.G.

Vivir adentrado en la dinámica capitalista implica conocer de primera mano las desgracias que genera un sistema que prioriza la acumulación del dinero sobre cualquier forma de vida. A la clase trabajadora, es decir, a la obrera, al obrero, a la ama de casa, a la juventud que estudia para incorporarse al mercado laboral, a las familias que simplemente desean vivir con dignidad, a ellos, a nosotros, se nos destinan los salarios insuficientes, las jornadas agotadoras, el transporte público deficiente, la incertidumbre permanente, la precariedad, el hambre, la violencia, la muerte.

Es precisamente en esa experiencia cuando se devela ante nosotros la certeza de que NO merecemos vivir así. Y cuando esa realidad se vuelve evidente, cuando las promesas de prosperidad se estrellan una y otra vez contra la experiencia concreta de millones de personas, nace también la certeza de que las cosas deben ser diferentes.

Siempre que una persona se disponga a la aventura de conocer el mundo, explorar los límites del conocimiento y adentrarse en la historia de la raza humana dará con que nuestra forma de relacionarnos con el mundo y entre nosotros no siempre ha sido la misma, y por lo tanto, seguirá cambiando. Comprender esto significa entender que ningún sistema es eterno. El capitalismo tampoco lo es. 

Este movimiento histórico de la humanidad no se explica sólo por las ideas, la voluntad de grandes personajes o cambios políticos, sino por las transformaciones en las condiciones materiales de la sociedad. Es decir, existe un cambio social cuando una forma de organizar la producción deja de favorecer el desarrollo de la tecnología, herramientas, conocimientos, formas de trabajar y comienza a obstaculizarlo; entonces, estamos ante condiciones de crisis que serán superadas en transformaciones revolucionarias que darán origen a un nuevo orden. La historia nos ha demostrado que del seno de la antigua sociedad nace la nueva. Estas leyes aplican exactamente igual para el sistema capitalista, que ha llegado a sus límites históricos. 

Atendiendo este aprendizaje extraído del estudio de la historia y sus procesos dinámicos, dialécticos, encontramos que todo aquel que busque cambiar el mundo debe reconocer cuál es el papel que se nos impuso en esta estructurada sociedad; esto implica reconocer también que somos nosotros quienes con nuestro trabajo generamos la riqueza que se adjudica como propia la burguesía y despoja con brutalidad de nuestras manos.

Somos nosotros quienes cultivamos los alimentos, construimos las viviendas, operamos las fábricas, transportamos las mercancías, mantenemos en funcionamiento las escuelas, los hospitales y los servicios indispensables para la vida social; si la clase trabajadora detuviera sus actividades, la sociedad entera se paralizaría, ese poder está en nuestras manos. En cambio, si desaparecieran aquellos que viven de apropiarse del trabajo ajeno, seguiríamos teniendo la capacidad de producir y construir. Sin nosotros, ellos no son nada.

Sería ingenuo pensar que existe una forma más humana o amable de sobrellevar las consecuencias del capitalismo sin atender el problema de raíz y sin el método eficiente. Los intereses de la burguesía no se asemejan en lo mínimo con los intereses del proletariado, por esa razón, las grandes conquistas sociales nunca fueron concesiones generosas de los poderosos. La reducción de la jornada laboral, los derechos sindicales, la seguridad social y muchas otras conquistas fueron arrancadas mediante la organización y la lucha de generaciones enteras de trabajadores. La historia enseña que ningún privilegio se abandona voluntariamente y que ninguna clase dominante renuncia por iniciativa propia a las condiciones que garantizan su poder.

Entonces, cuando surge la acertada intención de hacer algo ante un sistema basado en relaciones de producción que involucran a millones de personas, no servirían de mucho las acciones individuales; si el problema aflige a la mayoría, la transformación nos corresponde a nosotros, la mayoría. Sabemos que el capitalismo no se sostiene por la voluntad de un solo individuo, sino de una estructura económica completa y, por lo tanto, el sujeto capaz de transformar la sociedad no es el individuo con acciones aisladas; la semilla del cambio, capaz de brotar y dar los frutos más exquisitos, sólo echa raíces en la lucha organizada y directa de la clase trabajadora en su conjunto sobre la forma de producir. Marx y Engels señalaron que la burguesía sembró a sus propios destructores: el proletariado organizado.

Las consecuencias serían garrafales si se carece de un método claro; si únicamente existe un entusiasmo aislado de una perspectiva clara de clase, de un programa revolucionario y de una dirección obrera clara podría desembarcar, por ejemplo, en el desplazamiento de la lucha de clases por una lucha entre sectores del mismo proletariado, una lucha entre identidades, entre nacionalidades, una lucha por el consumo o no de mercancías, como es el caso de los llamados de los activistas por el boicot individual de empresas. Estos métodos, más que ayudar al proletariado, les confunde y a duras penas rasguña la dictadura del Capital.  

De modo que resulta mucho más fácil señalar y condenar al proletario que usa carro y no bicicleta, al que consume carne, a quien usa el ocio para ver el mundial, a quien usa popotes o bolsas de plástico, a quien no se baña en menos de 15 minutos, etc. Todo esto carece de reflexión alguna del contexto social material en el que se vive y se convierte en un discurso de lo políticamente correcto, un juicio moral que carece en todo sentido del aspecto científico tan necesario al momento de analizar la realidad y en el campo de batalla de la lucha de clases. Así se responsabiliza y penaliza más a quien consume que a quien produce. Ahí está la cuestión, en la forma de producir y mientras no atendamos eso, advertimos, nada cambiará.

Se puede ignorar la complejidad de la producción capitalista, pero este sistema, sin duda, no cesa en ningún momento el flagelo a los trabajadores y sus familias con tal de servir a unos pocos. Lenin exponía ya, que el verdadero poder es ejercido por pequeñas elites de banqueros y capitalistas que controlan y manipulan los gobiernos en función de sus intereses. El ejemplo de esto son las estadísticas que apuntan que en 2026 la riqueza del 1 % más rico había aumentado en más de 33.9 billones de dólares en términos reales desde 2015. Esto no es coincidencia, si buscamos un caso más concreto está Elon Musk, quien recibió una compensación de aproximadamente 158.3 mil millones de dólares durante el 2026 a costa de sus trabajadores, pero sobretodo bajo la tutela y el estrecho apoyo del gobierno estadounidense a través de contratos, préstamos, subsidios y créditos fiscales gubernamentales. Gobierno que se ha caracterizado por ejercer la esclavitud económica sobre otros paises para expandir su monopolio y favorecer aún más la consentración del capital en pocas empresas de gran tamaño.

La posibilidad del socialismo mundial se deriva de las condiciones actuales del propio capitalismo. Todo lo que se necesita es que la clase obrera, que constituye la mayoría, se haga cargo de la gestión de la sociedad. Esto subraya, por supuesto, la necesidad de tener claridad de ideas, programas y tácticas. Como Alan Woods señala, “los errores en la teoría, inevitablemente, conducen a errores en la práctica. Esto no es un ejercicio académico. La lucha de clases no es un juego, y la historia está llena de ejemplos donde la falta de claridad política dio lugar a las consecuencias más trágicas.”

No cambiamos todo un sistema dejando de consumir o consumiendo otras cosas “mejores”; al contrario, perdemos mucho más acusándonos entre todos antes que responsabilizar a los verdaderos culpables de la barbarie capitalista que nos sentencia a muerte cada día. Así que impera recordar de nuevo que el sistema no depende de la voluntad aislada o de actos individuales.

Por eso, la tarea de nuestro tiempo no consiste únicamente en denunciar las injusticias del presente, sino en construir la fuerza capaz de ponerles fin. Ha llegado el momento de asumir plenamente nuestra responsabilidad histórica como personas conscientes, construir y usar la herramienta de la organización que nos permitirá el mundo digno que merecemos, es momento de elevar el nivel político, hacer consciente y expreso el grito revolucionario, continuar la lucha que generaciones enteras de trabajadores sostuvieron antes que nosotros y que otras continuarán después. Para transformar el mundo se necesita de ti y de algo mucho más trascendental que el activismo espontáneo, se necesita de una militancia comprometida, organización, claridad política, disciplina y un programa capaz de convertir el descontento social en una fuerza material. Se necesita un Partido Comunista Revolucionario.

La hora actual asoma como plataforma de un mañana cuyos signos se revelan promisorios, pero que en mucho depende de cuanto ahora se haga o se deje de hacer. Si la esperanza es un reino donde acabe la explotación del humano por el humano, nada habrá que justifique las luchas y sacrificios demandados por el futuro socialista. Decide, lector, camarada, haz tuyo lo que te corresponde, reúnete con tu clase, alza la voz, acompaña a tu compañero: 

¡Organiza tu coraje!

¡Adelante con la construcción del PCR!