Las silenciosas víctimas de un sistema en crisis

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El capitalismo es horror sin fin
Vladimir Lenin

16, 14, 14, 12, 13 y 7. Esos números son las edades de algunos de los casos de infanticidio que han sucedido en la Ciudad de México, solamente en las últimas dos semanas. Algunos de los casos ya tienen sospechosos o detenidos, mientras que de otros no hay señal alguna de progreso en la investigación.

Existen, en todos los casos, características comunes a saber: todos los adolescentes y niños a quienes se les privó de la vida —violentamente, hay que establecerlo— vivían en zonas pobres de la ciudad, todos eran hijos de padres trabajadores que muchas veces requerían del trabajo de sus hijos para vivir, algunos de los padres carecían de trabajo formal y los adolescentes y niños en cuestión carecían de oportunidades educativas estables en el marco de la pandemia.

El gobierno de la ciudad, a modo de respuesta, ha iniciado una tímida iniciativa que, aunados a los programas ya existentes del gobierno federal, pretenden alejar a los adolescentes y jóvenes de la delincuencia organizada por medio de combatir la pobreza y tratar de ofrecer educación, capacitación laboral, acceso a deporte y cultura, entre otras acciones: el Programa Barrio Adentro.

Realmente nos gustaría que el programa pueda tener algún efecto y que se pueda revertir la tendencia, pues por supuesto que no estamos a favor de la violencia provocada por el crimen organizado. El programa es de hecho una buena idea, pero sabemos que, a pesar de los resultados que pueda alcanzar, no va a terminar de resolver el problema, y en definitiva no va a acabar con el infanticidio ni con el involucramiento de jóvenes, adolescentes y niños en la actividad delictiva.

La actual administración ha hecho muchos esfuerzos y algunos avances en materia de combate contra la pobreza. El presidente, la Jefa de Gobierno, Morena y compañía han dicho y repetido varias veces que el origen de la delincuencia es la desigualdad social, no podemos decir que se equivoquen.

En lo que si se equivocan, sin embargo, es cuando declaran que esa desigualdad social viene exclusivamente del neoliberalismo. La verdad es que la desigualdad es más bien un efecto del propio capitalismo.

Los efectos perversos del capitalismo

Dentro de este orden económico, social y político, se desarrollan tres fenómenos que debemos tener muy en cuenta. El primero es el hecho de que sin importar si está o no el Estado, la socialdemocracia, Morena o AMLO para regularlo; el capital requiere para su existencia ser acumulado y cuanto más se presenta acumulación de capital en la burguesía, proporcionalmente concentra mayor miseria la clase trabajadora (en México, por ejemplo, un aproximado de 10 familias poseen casi la mitad de la riqueza nacional).

El segundo es el hecho de que cuando un empresario está contratando empleados, lo que hace en realidad es comprarles su fuerza de trabajo, el cual los trabajadores deben de vender para poder vivir porque es lo único que tienen. Luego entonces, el trabajo humano se toma como una mercancía, que por lo mismo, está sujeta a las leyes del mercado, sobre todo la de la oferta y la demanda.

Según la muy conocida ley anteriormente mencionada, cuanta mayor oferta existe de una mercancía que a su vez tiene muy poca demanda, los precios de esta mercancía bajan súbitamente, enfrascándose los vendedores en una competencia desesperada por vender sus productos.
Pasa lo mismo con el trabajo humano, si hay pocos burgueses en posición de contratar, pero hay un gran ejército de desempleados queriendo trabajar, el burgués en cuestión podrá contratar lo más barato que pueda, o quiera.

Por eso es por lo que en México existe una tasa de desempleo que nunca baja del 3% (y eso sin contar el repunte generado por el COVID-19), combinado con un 27% de población económicamente activa laborando en la informalidad y casi un 10% de manera subocupada (trabajos de medio tiempo, con salarios más bajos y generalmente sin prestaciones). Y todo esto, antes de los efectos de la pandemia.

Por último, pero no menos importante, es el hecho de que, dentro de un marco capitalista, el Estado no tiene recursos suficientes para llevar a cabo durante mucho tiempo un proyecto de la envergadura que requiere “Barrio Adentro” para tener algún efecto importante y menos aún en una época de crisis económica como esta, la cual por cierto es la más profunda que se ha visto en el mundo al menos desde 1929.

Tenemos entonces que la desigualdad es un problema inherente al sistema capitalista que ha dado como resultado un enorme contingente de desempleados y empleados informales que han visto cómo sus ya malas condiciones de vida se deterioran cada vez más y más con cada día que pasa en esta pandemia y en esta crisis.

Las otras fuentes de empleo

En un periodo de crisis, los empresarios deciden que ya no encuentran conveniente mantener sus inversiones y se retiran sin importar a quiénes dejan sin trabajo ni medios de vida. Ya desde el último año de Enrique Peña Nieto en la presidencia y a lo largo del mandato de Andrés Manuel López Obrador se ha venido arrastrando una constante caída en el sector industrial productivo que con la crisis se extendió también al sector de servicios.

Lo que esos empresarios no toman en cuenta es que si ellos no quieren a todas esas personas desesperadas por trabajo, otros más viscerales si van a querer sus servicios. Cárteles, grupos secuestradores, entre otras agrupaciones, han descubierto un provechoso modo de lucrar con la miseria y para ello necesitan mano de obra.

Por respeto a sus identidades y por el hecho de no ser un medio amarillista, nos abstenemos de mencionar los nombres de las víctimas de infanticidio que hemos rememorado en este artículo. Lo que si podemos decir y debemos remarcar es que la naturaleza de sus decesos estuvo íntimamente ligado a esta salida delictiva que muchos jóvenes encuentran ante la incapacidad del capitalismo de brindar trabajos bien pagados para todos.

Hubo casos, por ejemplo, de adolescentes que fueron asesinados por un secuestro que salió mal y porque sus padres trabajadores tampoco tenían los recursos necesarios para pagar su rescate. Hubo también casos en los que el trabajo informal resultó insuficiente para poder solventar gastos familiares y solventar una vida digna, por lo que los jóvenes y adolescentes en cuestión se involucraron en actividades criminales que finalmente les costaron la vida. Este aumento generalizado de la violencia y las actividades criminales con fines de lucro han provocado casos de infanticidio en los que las víctimas lo fueron simplemente por estar en el momento y lugar equivocados.

Las cifras hablan por si solas. Homicidios ha habido más de 32,000; secuestros más de 600; robos más de 450,000 y casos de narcomenudeo más de 50,000. Estas cifras están contabilizando datos del 2020 solamente hasta septiembre. No existen datos nacionales de octubre ni de lo que va de noviembre. Insistimos en que la actual administración ha hecho muchos esfuerzos por revertir las tendencias de estas actividades, y han tenido algunos logros, pero claramente no han sido ni serán suficientes para acabar con el problema.

El repunte exponencial de la violencia generalizada ha provocado un particularmente alarmante aumento de la violencia contra las mujeres. Hasta septiembre de este año, habían sido registrados oficialmente más de 12,000 casos de violación, más de 16,000 casos de abuso sexual y más de 700 feminicidios. Uno se puede preguntar cómo es que están conectados estos delitos con los casos de infanticidio y cómo se conectan esos crímenes con la decadencia del sistema económico.

Para eso hay que entender primero que todos los mensajes mediáticos, todos los conceptos culturales, todas las nociones éticamente aceptables, todos los valores, etc., son moldeados en mayor o menor medida por el sistema económico ya que, pensándolo un poco, no es posible que estos medios de comunicación masiva digan algo diferente de lo que quiere el dueño.

Así pues, tenemos que en las sociedades de clase se promueve, a veces de manera velada y otras de manera franca, una relación entre hombres y mujeres muchas veces violenta y de plena sumisión y dominación sobre estas últimas. Todavía prevalece esto, no hay que ser un genio para deducir que las mujeres son cosificadas grotescamente al observar un rato las tendencias del mundo de la música industrial o la telenovela del momento.

Esta relación de violencia del hombre hacia la mujer es una extensión de la violencia del patrón hacia el trabajador, del poseedor hacia el desposeído, del burgués hacia el proletario.

En unas condiciones propias del capitalismo mexicano, caracterizado por ser dependiente, constantemente en crisis y en el que los burócratas se coluden con los burgueses legales e ilegales; se da el caldo de cultivo perfecto para que salgan a relucir todas las carencias materiales y culturales de la población, ocasionando con ello también que se de en todo el país un auténtico estado de guerra de todos contra todos, en el que se lucha por salir de, o simplemente olvidar, las condiciones de miseria que nos han impuesto y en el que se dan todas las expresiones imaginables de violencia.

El feminicidio es una de las expresiones más graves de esa violencia, porque es un crimen de odio. No se colocan aquí edades o ejemplos específicos de feminicidio en las últimas semanas, porque es imposible retomar solo algunos. Es uno de esos temas de los que hay malas nuevas todos los días.

El infanticidio, el feminicidio, la fuerza del narcotráfico y del crimen organizado; son todos resultados de un muy largo periodo de normalización de la violencia entre clases, géneros y grupos étnicos que se ha promovido desde el Estado de clases y desde las altas esferas del poder económico. Adolescentes y niños sin oportunidades, mujeres asesinadas, trabajadores desempleados y desesperados permanentes así como grupos indígenas excluidos; ellos son las víctimas silenciosas de un sistema que se pudre.

Probablemente AMLO, Sheinbaum y compañía han tenido y tendrán algunos logros en materia de igualdad social, pero no es sensato esperar ni podemos esperar que nuestros problemas sean resueltos por el mismo Estado que, en primer lugar, nos puso en ésta situación. Nuestros problemas solamente serán resueltos mediante la organización popular, mediante la puesta de la economía al servicio de toda la sociedad y la puesta en marcha de un plan que otorgue a todos empleo, mediante la democratización y agilización de un sistema judicial bajo control de los trabajadores que se ponga al servició de los explotados y el reemplazo de los cuerpos de opresión con un pueblo organizado y armado que se encargue de su seguridad, y mediante el reemplazo de la cultura individualista, de competencias y de explotación burguesa; con una nueva cultura de cooperación, colectivista, proletaria, en una palabra, revolucionaria.

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