Feminismo y opresión de clase: límites y tareas de una lucha revolucionaria

Dirce E. Prado C.

En el escenario político contemporáneo, el feminismo ocupa un lugar central en el debate público sobre la violencia, la desigualdad y la opresión que viven millones de mujeres. Sin embargo, bajo esta misma denominación conviven posiciones políticas profundamente distintas, con consecuencias también distintas para la lucha de la clase trabajadora. Desde una perspectiva marxista, resulta indispensable analizar críticamente el papel que el feminismo ha asumido dentro del orden social capitalista y delimitar con claridad cuáles son sus límites al separarse de la lucha de clases.

Este análisis no parte de negar la violencia ni el sufrimiento real que viven las mujeres trabajadoras. Por el contrario, reconoce que estas violencias son cotidianas, estructurales y profundamente materiales. La opresión de las mujeres no es un problema abstracto ni una cuestión meramente cultural, sino una consecuencia directa de las relaciones sociales impuestas por el capitalismo, que se sostienen sobre la explotación del trabajo, la precarización de la vida y la división social y sexual del trabajo.

El problema surge cuando el feminismo, en lugar de enfrentar estas bases materiales, acepta como marco incuestionable al Estado burgués y a la economía capitalista. En ese punto, la lucha deja de orientarse hacia la transformación radical de la sociedad y se limita a buscar reformas parciales que no alteran las condiciones que producen la opresión. La desigualdad deja de ser una contradicción estructural y pasa a concebirse como un problema de representación, de reconocimiento o de políticas públicas insuficientes.

Una parte importante del feminismo dominante ha seguido este camino. Al integrarse al Estado, a la academia y a las organizaciones financiadas por el capital, ha desplazado el eje de la lucha desde la organización colectiva hacia la gestión institucional del conflicto. La opresión se traduce en leyes, programas, presupuestos etiquetados, protocolos y campañas de sensibilización, sin cuestionar las relaciones de producción que la generan.

Este proceso no es neutral ni inocente. La violencia estructural que viven las mujeres

—precarización laboral, salarios bajos, dobles y triples jornadas, dependencia económica, mercantilización del cuerpo y de la vida— se fragmenta en categorías técnicas que pueden ser administradas. Se mide, se diagnostica, se cuantifica y se convierte en informes, indicadores y proyectos financiables. De este modo, la violencia se transforma en un objeto de gestión y, en muchos casos, en un campo profesional.

El resultado es la consolidación de una capa especializada que vive de administrar la opresión, no de erradicarla. La experiencia concreta de las mujeres trabajadoras se convierte en insumo técnico, mientras se debilita la organización política desde abajo. La lucha se desplaza del terreno de la

confrontación social al de la negociación institucional, y la movilización se sustituye por la incidencia.

Esta dinámica tiene consecuencias políticas profundas. Al separarse de la lucha de clases, el feminismo tiende a individualizar la opresión y a fragmentar a los sectores explotados. La mujer aparece como un sujeto aislado, desligado de su condición de clase y de su lugar en el proceso productivo. La violencia se explica en términos abstractos, desconectada de la explotación capitalista que la reproduce.

De este modo, se sustituye la organización por la gestión, la lucha colectiva por la administración técnica y la acción política por el discurso. En lugar de fortalecer la capacidad de la clase trabajadora para enfrentarse al sistema, se fomenta la dependencia de estructuras estatales que no están diseñadas para emancipar, sino para garantizar la estabilidad del orden social existente.

Desde una perspectiva comunista, es necesario afirmar con claridad que la emancipación de las mujeres no puede realizarse dentro de un sistema basado en la explotación del trabajo y la subordinación de la vida a la ganancia. Mientras subsistan la propiedad privada de los medios de producción, la precarización como norma y la división social del trabajo impuesta por el capital, la opresión se reproducirá, incluso bajo discursos de igualdad y políticas progresistas.

Esto no significa restar importancia a las luchas contra la violencia, sino devolverles su carácter político y de clase. La opresión de las mujeres no es un problema separado del resto de las contradicciones sociales: es una de sus expresiones más brutales. Por ello, su superación solo puede darse como parte de una lucha general contra el capitalismo.

La tarea central no es gestionar mejor la desigualdad, sino organizar a la clase trabajadora. Esto implica construir organización colectiva en los centros de trabajo, de estudio y en los territorios; impulsar la unidad entre mujeres y hombres de la clase trabajadora; y orientar la lucha contra las bases materiales que sostienen la opresión.

La liberación de las mujeres no vendrá de cargos, presupuestos, ni políticas administradas desde arriba. Vendrá de la acción consciente de la clase trabajadora organizada, de la ruptura con el sistema capitalista y de la construcción de una sociedad donde la producción esté orientada a las necesidades humanas y no a la ganancia.

La lucha de las mujeres no necesita ser absorbida ni gestionada. Necesita ser politizada, organizada y dirigida contra el sistema que reproduce la violencia y opresión. Solo así podrá dejar de ser administrada y convertirse en una fuerza real para la emancipación colectiva.