El origen socialista del Día Internacional de la Mujer Trabajadora

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Para muchos el 8 de marzo es el día Internacional de la Mujer, así, a secas, puesto que el estado y sus instituciones se han encargado de borrar el legado de lucha revolucionaria, apartando la cuestión de clase y enmarcándolo en una cuestión de género, para ellos es el día de celebrar a la “creación más bella de dios”. Los grandes empresarios, medios de comunicación e instituciones, se muestran muy comprometidos ese día e incluso se unen a la conmemoración, pidiendo u obligando a sus trabajadoras para que usen ropa de un color en específico o algún distintivo que haga ver su solidaridad, mientras continúan con la explotación y opresión hacia las mujeres en sus centros de trabajo. Sin embargo, este tipo de conmemoraciones no se acerca en lo absoluto a la concepción socialista que le dio origen, recordemos algunos acontecimientos.

El Día Internacional de la Mujer Trabajadora tiene arraigados sus orígenes al movimiento obrero de mediados del siglo XIX. El desarrollo de la revolución industrial, con sus modernas máquinas, atrajeron a la mujer al campo laboral. La brecha salarial, sin embargo, era muy grande con respecto a la de los hombres. Sus condiciones eran muy precarias, no tenían derecho a organizarse en sindicatos, ni derecho al voto, lo cual dejaba a las mujeres obreras en una situación de abandono y explotación sin límites. Como vemos, muchas cosas aún no han cambiado.

Durante la I Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en 1907, tres mujeres en particular: Clara Zetkin, Rosa Luxemburgo y Alexandra Kollontai, defendieron la idea de que todos los partidos socialistas de la internacional, debían hacer una campaña por los derechos sociales y el derecho al voto de la mujer. A pesar de que el movimiento sufragista o feminismo burgués ya enarbolaba la bandera del voto femenino, éstas lo pedían de modo censitario, es decir, solo las mujeres poseedoras de bienes podrían acceder al derecho al voto (mujeres de la clase burguesa). Las socialistas no solo luchaban por que todas las mujeres tuvieran acceso al voto, sino también por la plena emancipación social y política de las mujeres en el mundo. Así, en varios países se iniciaron acciones de lucha.

Para 1910, durante la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, con representación de delegadas de 17 países, se declaró un Día Internacional de la Mujer Trabajadora, el cual empezó a celebrarse en diferentes países sin una fecha específica. En 1911, se dan las primeras celebraciones, con más de un millón de trabajadoras y trabajadores en las calles que exigían igualdad de derechos para la mujer y el fin de la discriminación en el empleo. En ese mismo año, el 25 de marzo, 146 trabajadoras murieron en el incendio de la fábrica Triangle Shirwaist debido a las malas condiciones de trabajo que les impidió escapar de las llamas, en memoria a las compañeras, este acontecimiento se sumó a la conmemoración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora.

Es importante resaltar que en la conmemoración de este día, todas las marchas, mítines y concentraciones, fueron convocadas e impulsadas, sí por las mujeres socialistas, pero también los hombres de la clase obrera participaban como una sola fuerza junto con las mujeres en la lucha por sus demandas. La lucha por la emancipación de la mujer no estaba separada de la lucha contra la opresión de la clase obrera en su conjunto, por lo cual la mayor fuerza del movimiento estaba en la unidad de la clase más allá de una distinción de género.

Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, la mujer se vio en la necesidad de incorporarse más rápidamente al sector industrial, puesto que los hombres habían sido enviados al frente. Ahora ellas eran quienes tenían que hacerse cargo solas de sus familias y lidiar con la precariedad y miseria provocadas por la guerra, esto no fue más que el caldo de cultivo que daría las condiciones para que las mujeres tuvieran mayor oportunidad de organización y encabezaran luchas importantes contra los regímenes de los países que participaban en la guerra imperialista. La más importante se dio un 23 de febrero (8 de marzo según el calendario occidental) de 1917, en conmemoración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora.

Las mujeres de San Petersburgo, Rusia, salieron a las calles con la consigna: ¡Queremos pan, abajo el Zar!, así las mujeres se fueron abriendo paso e hicieron un llamado a sus compañeros obreros a iniciar la huelga general, protestas que semanas más tarde culminarían con los 300 años de la dinastía Romanov, y a la posterior victoria de la Revolución Rusa de octubre, la cual otorgaría a las mujeres las condiciones de igualdad y desarrollo que, incluso aún en nuestros tiempos, las mujeres de muchos países no han podido lograr.

La Rusia Bolchevique fue el primer país del mundo en legalizar el aborto; se declaró la completa igualdad entre hombres y mujeres, sin brecha salarial, a trabajo igual salario igual; fue el país que tuvo a la primera mujer del mundo que ocupó un cargo estatal, Alexandra Kollontai, cuando fue elegida para la Comisaría del Pueblo para la Asistencia Pública. “En dos años, en uno de los países más atrasados de Europa, el Poder Soviético ha hecho en pro de la emancipación de la mujer, de su igualdad con el sexo ‘fuerte’, lo que no han hecho en ciento treinta años todas las repúblicas avanzadas, ilustradas y ‘democráticas’ del mundo tomadas en conjunto” (El Poder Soviético y la situación de la mujer, Lenin, 1919).

Ese 8 de marzo de 1917, marca con claridad el verdadero significado y origen del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, que debemos recordar y reivindicar en la actualidad, puesto que las mujeres lucharon como una sola fuerza con sus aliados de clase, los trabajadores; marcharon hombro a hombro, juntos para derrocar al sistema opresor, lucharon por la eliminación de toda forma de opresión sin distinción de género, sin políticas separatistas o intereses mezquinos, pequeñoburgueses e individualistas, fueron uno con la clase obrera y formaron parte del estado obrero que les garantizó plena igualdad e instauró mecanismos para liberar a las mujeres del yugo de la esclavitud doméstica.

Los acontecimientos históricos, nos sirven para sacar conclusiones, para aprender lecciones. Los tiempos han cambiado, las mujeres hemos conseguido grandes avances en la conquista de derechos democráticos básicos, pero la estructura del origen de la opresión, las condiciones de desigualdad y violencia hacia la mujer siguen intactos, incluso en los países más desarrollados sigue existiendo una brecha salarial significativa, y ni hablar de países subdesarrollados donde las mujeres siguen siendo vendidas como mercancía.
La violencia hacia las mujeres en nuestro país no tiene precedentes, pues ha ido en incremento la brutalidad y frecuencia en la que suceden los feminicidios, sin embargo, esto no es más que un síntoma de un sistema social barbárico y en plena descomposición. El sistema capitalista ha llegado a sus límites de desarrollo, moviéndose de una crisis económica a otra, echando el peso de estas a los hombros de los hombres y mujeres trabajadoras del mundo, siendo las mujeres y los niños quienes enfrentan con mayor crudeza la brutalidad de este sistema, pero a su vez las mujeres somos pieza clave en la lucha contra el capitalismo.

Por eso, es momento de salir a las calles, es momento de organizarnos y luchar. Este 8 de marzo, devolvamos el significado de lucha revolucionaria y de clase, que le dio origen, reivindiquemos a todos los caídos en la lucha por la emancipación de la mujer y a las víctimas de este sistema en decadencia.

¡Mujeres y hombres trabajadores unidos en una sola fuerza! 

¡Contra la violencia, contra el acoso, contra la opresión del capital!

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