El Mundial del despojo
Angel Vallejo Espinosa
La fiesta y el despojo
El 11 de junio de 2026, el Estadio Azteca —rebautizado como Estadio Banorte por un acuerdo de patrocinio que refleja la lógica mercantil que todo lo invade— fue el escenario del partido inaugural del Mundial de la FIFA 2026, coorganizado por México, Estados Unidos y Canadá. 5 millones de turistas internacionales se esperan en el país, las banderas ondean, los reflectores se encienden, la narrativa oficial repite el mantra de siempre: la fiesta del fútbol, la unión de los pueblos, el motor del desarrollo.
Pero la fiesta tiene un precio, y no necesariamente lo pagan quienes organizan el negocio o quienes se benefician descaradamente del mismo.
El mundial ha evidenciado, una vez más, la alianza orgánica entre el Estado y la clase dominante para garantizar el enriquecimiento de unos pocos a costa de la mayoría, pues esa es la lógica misma del capital funcionando. El Estado no es un árbitro neutral que regula el mercado en beneficio de todos; es el comité de administración de los negocios de la burguesía, que moviliza recursos públicos, otorga exenciones fiscales y despliega fuerzas represivas para garantizar que el negocio del mundial se desarrolle sin contratiempos. Por eso, cuando algunos intelectuales señalan al neoliberalismo como el origen del problema, nosotros vamos más allá: el neoliberalismo es solo la máscara actual de un sistema que, en esencia, se reproduce mediante el despojo, la explotación y la violencia de clase. El problema no es una fase del capitalismo, sino el capitalismo mismo.
Lo que debería ser una fiesta de uno de los máximos deportes para la clase trabajadora, enmarcada en la fraternidad y la unión de los pueblos del mundo, se ha bautizado por diversas organizaciones civiles como el “Mundial del Despojo”, dadas las profundas contradicciones en las que se enmarca el Mundial de la FIFA: el imperialismo norteamericano atacando brutalmente a América Latina, la crisis generalizada de violencia y desapariciones que se vive en México, las represiones por parte del Estado hacia la lucha del magisterio por pensiones dignas, y el capitalismo evidenciando sus profundas desigualdades con el despojo, la gentrificación y el precio exorbitante del mundial.
La FIFA: de asociación amateur a imperio sin fronteras
La FIFA nació el 21 de mayo de 1904 en París, fundada por las federaciones de fútbol de Bélgica, Dinamarca, España (representada por el Real Madrid), Francia, Países Bajos, Suecia y Suiza. En sus orígenes, la FIFA era una modesta asociación amateur que se ocupaba de regular un deporte que apenas comenzaba a expandirse por el mundo.
Pero la evolución de la FIFA refleja la metamorfosis del capitalismo hacia su fase imperialista. Lo que comenzó como un organismo regulador se transformó en una corporación transnacional que hoy agrupa a 211 asociaciones nacionales —diecisiete más que la propia Organización de las Naciones Unidas— y que actúa como un Estado paralelo, con su propio código legal, exenciones fiscales y una “justicia deportiva” que opera al margen de los tribunales nacionales.
La FIFA proyecta ingresos récord de 8 mil 911 millones de dólares para el Mundial 2026, una cifra sin precedentes impulsada por los derechos de transmisión, los patrocinios y la venta de entradas. Mientras tanto, en México, la organización no pagará “un peso de impuestos” gracias a las exenciones otorgadas por el gobierno.
El documento de 102 páginas firmado por México en enero de 2018, durante los últimos meses del gobierno de Enrique Peña Nieto, contiene las garantías ofrecidas para obtener la sede. Incluye el compromiso de absorber todos los costos de seguridad, telecomunicaciones y movilidad, así como la exención impositiva total para la FIFA y para “todas las personas físicas y empresas, nacionales y extranjeras, que participen en la organización del Mundial de forma directa o indirecta”. México es el único de los tres anfitriones que concedió este beneficio fiscal en su totalidad, Estados Unidos negoció sede por sede: Santa Clara, en California, se negó directamente a exentar impuestos; Canadá sólo otorgó algunas facilidades aduaneras.
La exención mexicana quedó ratificada en el artículo vigésimo quinto transitorio de la Ley de Ingresos de la Federación para el ejercicio fiscal 2026, pero el gobierno federal no ha publicado la cifra exacta de lo que dejará de recaudar por estas exenciones. La inversión pública directa en infraestructura para las tres sedes mexicanas —Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey— se estima entre 37 mil y 53 mil millones de pesos, solo el gobierno capitalino reportó más de 23 mil millones de pesos invertidos en más de dos mil obras de pavimentación y movilidad.
Son recursos que salen del bolsillo de los trabajadores y que la FIFA jamás reintegrará. El espectáculo mundialista revela así un verdadero mecanismo: es la puesta en escena de un orden social donde el trabajo colectivo financia el lucro privado. La FIFA engrosa sus arcas con los derechos de transmisión y los patrocinios, mientras el Estado mexicano desvía recursos públicos que podrían destinarse a la salud, la educación y la vivienda de la población.
Esta transferencia de riqueza no es un accidente ni una concesión especial: es la función normal del Estado burgués, que existe para garantizar que el capital se reproduzca a costa de la mayoría. La FIFA no es la causa del despojo, es el síntoma de un cáncer. El mecanismo del mundial no es la excepción, es la regla. Y este cáncer y esta regla de despojo sigue teniendo el mismo nombre: capitalismo.
Lecciones de la historia: México 1970, el mundial del régimen autoritario
México no es nuevo en este negocio, el mundial de 1970 fue utilizado por el régimen de Gustavo Díaz Ordaz como una operación de maquillaje político: El gobierno que había masacrado a estudiantes en Tlatelolco en 1968 buscaba limpiar su imagen internacional mediante un evento que mostrara al mundo un “México moderno y hospitalario”.
La construcción del Estadio Azteca y las mejoras en infraestructura se financiaron con deuda pública, mientras la represión política continuaba en el interior del país. Díaz Ordaz, que había ordenado la matanza de cientos de estudiantes dos años antes, se presentó ante las cámaras internacionales como el anfitrión de la fiesta del fútbol, pero el pueblo no olvidó: En la inauguración del torneo, el Estadio Azteca fue testigo de una rechifla masiva contra el presidente, los silbidos y abucheos se escucharon en todo el mundo, una muestra de que la memoria de Tlatelolco no se había desvanecido.
La ironía del mundial de 1970 es que, mientras el régimen priísta buscaba proyectar una imagen de modernidad y estabilidad, las contradicciones sociales que habían llevado al movimiento estudiantil de 1968 seguían intactas. La deuda pública contraída para el evento no generó desarrollo; generó más peso sobre los hombros de los trabajadores.
El llamado “milagro mexicano” —aquel periodo de crecimiento económico sostenido que se extendió aproximadamente de 1940 a 1970, impulsado por la industrialización nacional, la sustitución de importaciones y una fuerte inversión estatal en infraestructura— comenzaba a mostrar sus fisuras. Durante esas décadas, el Estado mexicano se erigió como el principal motor del desarrollo, protegiendo la industria nacional y manteniendo una aparente estabilidad social a costa de la represión de las luchas obreras y campesinas. Pero el milagro no era más que la máscara de un capitalismo dependiente que concentraba la riqueza en unas pocas manos mientras la mayoría seguía sumida en la pobreza. El mundial no fue más que un espejismo en medio de una crisis política que el régimen priísta intentaba ocultar.
1986: El mundial de la crisis
El mundial de 1986 fue aún más revelador, pues se dio en el contexto en el que México atravesaba la peor crisis económica de su historia, inaugurando la llamada “Década Pérdida” en América Latina, producto de la crisis del capitalismo mundial. Algunas de sus causas se encuentran en el default de 1982, la caída de los precios del petróleo, la hiperinflación y el devastador terremoto de 1985 que dejó más de diez mil muertos, generando costos de reconstrucción que superaban los tres mil millones de dólares y una ruptura entre la clase trabajadora y el Estado mexicano por la incompetencia de este último al atender la crisis. Y, sin embargo, ante la renuncia de Colombia a la sede por las “extravagantes exigencias” de la FIFA, México aceptó ser sede de emergencia.
La crisis cambiaria de 1985 a 1986 provocó una devaluación del 200%, para septiembre de 1985, la moneda se devaluó de 318 a 515 pesos. México vivía una inflación galopante, producto de la depreciación de la moneda, la deuda externa y la crisis petrolera: El país parecía caer en el abismo.
Ocho meses después de los sismos del 19 y 20 de septiembre, en las calles permanecieron los campamentos de damnificados, así como protestas de afectados. La Coordinadora Única de Damnificados (CUD) realizaba marchas y protestas días antes y aún durante el Mundial, bajo el lema “Queremos casas y no estadios”.
En el Estadio Azteca, 115 mil personas de manera espontánea realizaron un abucheo masivo al entonces presidente Miguel de la Madrid, mientras pronunciaba el discurso inaugural, el sonoro descontento fue transmitido a nivel internacional. Después, al término del partido inaugural, mientras despegaba el helicóptero presidencial, la gente desde los andadores del Azteca gritó consignas contra el mandatario.
La mayoría de la opinión pública afirmó que encabezar la Copa del Mundo no era adecuado para el país, dada la creciente crisis económica, en las calles se escuchaba una consigna: “no queremos goles, queremos frijoles”. La lección era clara: el gobierno podía montar circos, pero no podía dar pan. Cuarenta años después, la misma lógica se repite: gasto público para beneficio privado, deuda para los trabajadores, distracción para las masas.
Gentrificación: la expulsión de los trabajadores como política de Estado
En las colonias que rodean al Estadio Azteca —Santa Úrsula, Huipulco, Pedregal de Carrasco—, los vecinos describen la zona como una “colonia popular, de gente trabajadora”, donde “muchos son obreros o comerciantes”. La remodelación del estadio para el mundial y la especulación inmobiliaria que la acompaña han transformado el barrio a la fuerza.
Los datos son elocuentes: departamentos que en 2021 se rentaban en 8 mil pesos mensuales hoy alcanzan cuotas de 17 a 25 mil pesos mensuales, los alquileres han subido hasta un 155% en algunas zonas; colectivos y habitantes señalan que los desalojos por la presión inmobiliaria son una realidad diaria.
El fenómeno no es nuevo, pero se ha intensificado con el mundial. Un ejemplo paradigmático es el edificio Isabel, un inmueble Art Déco de los años 30, cercano a los barrios centrales de la Ciudad de México: El edificio cuenta con una sesentena de apartamentos, de los cuales un tercio está vacío, los trabajos de remodelación se multiplicaron en el inmueble desde el año pasado, y hace unos meses varios inquilinos recibieron notificaciones de que sus contratos de alquiler no serían renovados.
Como explica Mónica, vecina del edificio durante diecisiete años: “En los correos de no renovación que recibimos de los propietarios, se indica claramente que deben transformar las viviendas para hacer más, a fin de aumentar sus beneficios”. Los inquilinos, organizados en un colectivo, denuncian “expulsiones silenciosas” que los sumen en la vulnerabilidad, apremiados a encontrar otra vivienda en un mercado donde los alquileres se han disparado.
Detrás de la narrativa oficial de derrame económico y modernización, se despliega una estrategia de “maquillaje urbano” que busca desplazar a personas en situación de calle, trabajadoras sexuales, comerciantes informales y comunidades enteras. En ciudades como Monterrey, el gobierno de Samuel García desvergonzadamente mandó a tapar con bardas y lonas las zonas más vulnerables de la ciudad para no dañar la imagen urbana.
El manifiesto de organizaciones como Obrera Ciudad de México y la Asamblea Interuniversitaria y Popular en Solidaridad con Palestina (AIPSP) lo sintetiza: el mundial “representa una oportunidad para acelerar el proceso de despojo, limpieza social y gentrificación”. Exigir una ciudad que no expulse a sus habitantes y una vivienda que no sea objeto de especulación financiera, es entender que el capitalismo no concibe las ciudades como espacios de vida comunitaria, sino como territorios de valorización del capital, así las ciudades se planifican y reconstruyen al servicio de la clase capitalista, para que el suelo y la vivienda generen ganancias, no para que la población viva dignamente.
El Estado no es un aliado de los trabajadores en este proceso; en todo caso, aplica medidas paliativas que simulan preocupación mientras continúa facilitando la especulación y el despojo. Ningún gobierno en turno atacará las causas estructurales de la falta de vivienda y la vulnerabilidad social, porque esas causas son el mismo mecanismo que los sostiene en el poder político.
Militarización y control social: el Estado como guardia del capital
El Plan Kukulkán ha significado el despliegue masivo de fuerzas armadas y tecnología de vigilancia para el Mundial 2026. El gobierno mexicano se comprometió a desplegar “todos los recursos necesarios a escala federal, estatal y local, incluidos elementos de las fuerzas armadas y policías sin costo para la FIFA”. También proporcionará escoltas a equipos, oficiales, al presidente de la FIFA y otros VIP. El gobierno asumió “plena y estricta responsabilidad por cualquier daño directo o indirecto (incluidas pérdidas de beneficios), pasivos, reclamaciones” que resulten de incidentes de seguridad. Estas tareas de seguridad se están haciendo en colaboración con EEUU, quien en el último periodo ha querido meter más sus narices en el país en aras de continuar con su campaña de injerencia imperialista en la región.
Las leyes de excepción aprobadas para el evento restringen el derecho a la protesta en las zonas aledañas a estadios y aeropuertos. El Estado no se despliega para proteger a los ciudadanos; se despliega para garantizar que el negocio se desarrolle sin contratiempos.
El domingo 7 de junio, colectivos antimundialistas realizaron una jornada de protesta en el parque México de la colonia Hipódromo para denunciar que la promoción de la Copa FIFA ha invisibilizado la gentrificación, los desalojos, la desaparición de personas y otras problemáticas. La concentración incluyó actividades culturales, elaboración de pancartas, baile y recaudación de fondos para madres buscadoras y familias desalojadas; al grito de “Lo quiera o no lo quiera, la FIFA va pa’ fuera”, los manifestantes anunciaron acciones el día de la inauguración.
Mientras tanto, durante esos días previos a la inauguración, el gobierno desplegó 56 mil agentes de las fuerzas armadas para “blindar” la Ciudad de México durante todo el evento. El saldo de este operativo no fue la seguridad de la población, sino la represión contra quienes se atrevieron a protestar: un profesor de la CNTE perdió la visión de un ojo por una bala de goma; los normalistas de Ayotzinapa y los padres de los 43 fueron encapsulados por decenas de policías en la caseta de Tlalpan, impidiéndoles llegar a la ciudad para sumarse a las protestas; y a los compañeros de la CETEG se les cerró el paso para unirse a la jornada nacional de lucha de la CNTE.
Las madres buscadoras, que han convertido el dolor en lucha, vieron cómo las autoridades cancelaron las jornadas de búsqueda de sus familiares para priorizar las actividades del mundial. El gobierno se jacta de mantener el diálogo abierto, mientras utiliza a las fuerzas armadas para sofocar las movilizaciones. Pero un brazo y el otro son parte del mismo cuerpo: una clase gobernante al servicio del capital.
La represión no es un exceso, es la función normal del Estado burgués: garantizar que el negocio del mundial se desarrolle sin problemas, aunque eso signifique aplastar las luchas legítimas de los trabajadores. Detrás del escudo del Plan Kukulcán, se esconde el mazo represor que busca sofocar a quienes exigen pensiones dignas, justicia para los desaparecidos y el fin del despojo.
Como hemos señalado en artículos de nuestra página: la CNTE, los normalistas y los padres de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa están en todo su legítimo derecho de protestar contra la falta de respuestas que han recibido por parte de las autoridades. Sus luchas no deben resultar ajenas a la clase trabajadora ni a la juventud: se pelea por un futuro digno y en contra de la violencia en el país, consecuencias del capitalismo en su fase senil y reaccionaria. Esta resistencia necesita urgentemente ampliarse a los demás sectores del proletariado y la juventud. Solo así el Estado se encontrará con que, por más que quiera semi-militarizar las ciudades, no podrá hacer frente al potencial revolucionario de las masas cuando entren a la lucha.
La lucha obrera: semillas de organización
La resistencia ha sido una realidad palpable en las calles. A solo días de la inauguración, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) ya había elevado el tono de sus protestas. Tras mesas de diálogo que no llevaron a nada, sus demandas siguieron sin resolverse: la derogación de la ley del ISSSTE de 2007, un aumento salarial del 100% y la restitución de profesores cesados.
El plantón que se mantuvo en el centro histórico de la CDMX se conformó por las distintas secciones combativas de la CNTE en el país, particularmente la Sección 22, con compañeros y compañeras que viajaron de Oaxaca. El plantón se extendió hasta unos días después del evento inaugural, consiguiendo algunos acuerdos con el gobierno, pero sin atender las demandas principales. La presidenta Claudia Sheinbaum, por su parte, se negó a reunirse con ellos, delegando la responsabilidad en sus secretarios.
Colectivos de madres buscadoras y padres de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa aprovecharon los reflectores internacionales para visibilizar sus demandas. Las madres buscadoras, que han convertido el dolor en lucha, no pidieron permiso para protestar: el 11 de junio, mientras México jugaba su partido inaugural, ellas llegaron al Estadio Ciudad de México para denunciar la crisis de desapariciones y exigir justicia, no sin sufrir los abusos de las fuerzas represivas del Estado que días antes las habían encapsulado para no entrar a la Ciudad. La lucha de las madres buscadoras refleja una de las crisis actuales más profundas en el país con más de 130.000 personas desaparecidas en las últimas dos décadas, según el gobierno, pero la cifra real es mayor, esa es la verdadera epidemia que el mundial quiere ocultar.
En las calles, los frentes vecinales se organizaron para detener los desalojos y exigir vivienda digna. Colectivos antimundialistas convocaron a protestas y pintaron consignas como “despojo” y “133 mil desaparecidos” en los anuncios del torneo. El domingo 7 de junio, decenas de personas protestaron en el parque México para denunciar que la promoción de la Copa FIFA había invisibilizado la gentrificación, los desalojos y la desaparición de personas. Cuando la fiesta comenzó, la represión no se hizo esperar: El 11 de junio, una marcha compuesta por maestros, familiares de desaparecidos y estudiantes confluyó en los alrededores del Estadio Azteca. Se toparon con un fuerte despliegue policial y los antimotines respondieron con gases lacrimógenos. La policía montada también participó en la contención. El saldo: varias personas lesionadas y al menos tres detenidos. El bloque negro, encapuchado y armado con palos y piedras, agredió a los agentes y rompió vidrios de vehículos policiales.
La lucha de los maestros, las madres buscadoras y los colectivos vecinales no son conflictos aislados, son el rostro de una resistencia que no se doblega, que no se deja aplastar por el gas lacrimógeno ni por los reflectores del mundial. Son parte de una lucha más amplia, la de una clase trabajadora que se niega a seguir pagando el precio del despojo y la represión. Debemos sacar también algunas lecciones importantes al respecto: Las luchas para que expresen todo su potencial y no sean ahogadas por las fuerzas represivas de la clase dominante tienen que dar un siguiente paso que busque el llamado a un sector más amplio de la clase trabajadora bajo un mismo programa revolucionario. La digna lucha de la CNTE por pensiones dignas no solo le compete a los maestros, sino a los trabajadores en general. Esos son los siguientes pasos de la lucha que como comunistas fraternalmente señalamos.
La organización de la clase trabajadora: el único camino
Las protestas, los manifiestos, las denuncias y las movilizaciones que han acompañado al Mundial 2026 son expresión de una indignación legítima y necesaria. Pero la indignación, por sí sola, no derriba un sistema. La rabia justa, sin organización, se disipa, la conciencia que no encuentra un cauce político se convierte en frustración, y la frustración, en el mejor de los casos, lleva al cansancio; en el peor, al cinismo.
La historia de la lucha de clases nos enseña que los grandes cambios no los producen los individuos aislados ni las protestas espontáneas, son el resultado de una organización consciente, disciplinada y dotada de una estrategia revolucionaria. La clase trabajadora tiene un potencial inmenso, pero ese potencial solo se convierte en fuerza real cuando se articula políticamente, sin una herramienta que centralice la experiencia de las luchas, que extraiga lecciones de los errores y que elabore una perspectiva estratégica, las resistencias fragmentadas son derrotadas una por una.
El mundial de 2026 no es un fenómeno aislado, es la punta del iceberg de un sistema que se reproduce mediante el despojo, la deuda y la represión. La FIFA no es más que un engranaje de una maquinaria que se llama capitalismo, por eso, luchar contra el mundial sin luchar contra el capitalismo es como querer apagar un incendio echando gasolina. Las reformas no bastan, las mejoras dentro del sistema son temporales y reversibles, lo que los trabajadores necesitan no es un capitalismo más humano, sino la abolición del capitalismo.
Eso solo es posible a través de un partido revolucionario de la clase obrera, no un partido electoral que compita en las elecciones burguesas, no un grupo de activismo que se limite a protestar sin programa, no una secta que se aísle de las masas. Un partido que sea el instrumento de la clase trabajadora para tomar el poder político y económico, que planifique la producción según las necesidades de la mayoría, que expropie a los expropiadores y que construya una sociedad sin clases.
Lenin escribió en ¿Qué hacer?: “Sin teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario”. Y también: “Dadnos una organización de revolucionarios, y pondremos a Rusia patas arriba”. Esa es la tarea, esa es la urgencia actual que tenemos en México y en el mundo. La lucha por el comunismo sigue siendo la lucha más vigente de nuestros tiempos.
El Partido Comunista Revolucionario es la herramienta que la clase trabajadora necesita para derrocar al capitalismo. Pero una herramienta solo sirve si se usa, no se construye esperando a que lleguen las condiciones perfectas; se construye en la lucha, en el estudio, en la disciplina cotidiana, en la venta de prensa, en la formación de cuadros, en la organización de los barrios, las escuelas y los centros de trabajo.
La clase trabajadora no puede delegar su emancipación en nadie, no puede esperar a que un gobierno “progresista” le resuelva la vida, no puede confiar en que la FIFA se reforme o en que el Estado la proteja. Su liberación será obra de ella misma, organizada en su propio partido, armada con la teoría marxista y decidida a llevar la lucha hasta el final. Organizarse, formarse, disciplinarse y actuar: esa es la tarea, no hay atajos, no hay sustitutos.
El silbatazo final contra el capitalismo
El fútbol puede ser una celebración de la vida, una fiesta de la creatividad humana, pero bajo el capitalismo, la fiesta la pagan los trabajadores y la ganancia la recogen los capitalistas. El Mundial 2026 no será recordado por los goles ni por las hazañas deportivas, será recordado por los desalojos, por la represión, por las deudas y por el cinismo de un Estado que prefirió montar un circo antes que garantizar vivienda, salud y educación al pueblo que jura defender.
Pero también será recordado por la valiente resistencia que lo acompañó: La CNTE, las madres buscadoras, los colectivos vecinales, los manifestantes que se enfrentaron a la militarización, las organizaciones que dijeron “basta” y que entendieron que el mundial era una excusa más para el despojo. Esa resistencia, sin embargo, necesita un paso más, necesita convertirse en un movimiento político con un programa y una dirección, necesita transformarse hacia un partido revolucionario que conduzca la lucha de las calles a la toma del poder efectivo.
La clase trabajadora no debe pedir permiso para existir, no debe suplicar por reformas, no debe esperar a que el sistema se derrumbe por sí solo. La historia no se mueve sola, la mueven los hombres y las mujeres que deciden organizarse y luchar. El capitalismo no caerá por su propio peso; caerá cuando toda nuestra clase, organizada en un partido revolucionario, en un solo frente, decida derribarlo.
¿Cuándo va a ser eso? ¿Cuándo la clase trabajadora va a dejar de ser espectadora para convertirse en protagonista? ¿Cuándo va a dejar de quejarse para empezar a organizarse? ¿Cuándo van a entender que la revolución no es un lujo, sino la única salida? La pregunta no es si habrá una revolución, sino quién la hará y para quién, si no la hacen los trabajadores, la harán los capitalistas, y será una contrarrevolución. Si no la dirigen los comunistas, la dirigirán los reformistas y será una traición.
El mundial termina, la fiesta finaliza, las banderas se guardan. Pero la conciencia de clase, una vez despertada, no se apaga, la semilla de la organización, una vez plantada, crece; y esa semilla no necesita de estadios ni de reflectores, necesita de militantes dispuestos a construir, día a día, el partido que derrocará al capitalismo.
Que no sea el silbatazo de un árbitro el que marque el final de la fiesta, que sea el grito de la clase trabajadora organizada el que marque el inicio de la revolución, el futuro no está escrito, está en nuestras manos, y solo hay dos caminos: Comunismo o barbarie.
Proletarios de todos los países, uníos.
El mundial termina.
La revolución crece.
Fuentes periodísticas y documentales
Marxismo.mx (2026). “La inauguración del mundial y la digna lucha de la CNTE y las madres buscadoras”. Hugo RE, 11 de junio.
Marxismo.mx (2026). “¡Adelante la lucha de Ayotzinapa y la CNTE! ¡Abajo la represión del Estado!”. Mauricio Medina, 8 de junio.
La Jornada (2026). “Ante la falta de atención a demandas urbanas, crecen las protestas contra el Mundial”. 8 de junio, p. 32.
IMER Noticias (2026). “México 86: el Mundial que llegó entre las ruinas del sismo”. 10 de junio.
RTE (2026). “Why an iconic World Cup stadium is causing controversy in Mexico”. 21 de enero.
Infobae (2026). “CNTE, Madres Buscadoras y padres de los 43: las protestas que amenazan con boicotear el Mundial en CDMX”. 3 de junio.
Bibliografía teórica
Engels, Friedrich. Del socialismo utópico al socialismo científico (1882).
Lenin, Vladimir I. ¿Qué hacer? (1902).
Lenin, Vladimir I. El imperialismo, fase superior del capitalismo (1916).
Marx, Karl; Engels, Friedrich. Manifiesto del Partido Comunista (1848).
