Cómo Marx se convirtió en un revolucionario militante marxista
Christian Herrera Medina, CDMX
Uno de los errores más comunes del culto a la personalidad supone aislar el papel del individuo en la historia, enalteciendo sus características y aciertos de manera solitaria, sin considerar sus logros y conquistas como una victoria colectiva. Y este ha sido una forma de falsificar a Marx, presentándolo como un científico genial al que se le ocurrió, a él solito, muchas ideas significativas, destacándolo como un gran teórico, pero del que poco se sabe que hizo en la práctica junto con otros comunistas.
En la academia, es común que los “intelectuales” se jacten en separar la obra política de la obra teórica de Marx (cómo si pudiera existir una teoría revolucionaria sin práctica revolucionaria) clasificando a un Marx “joven” y un Marx “maduro”. También es recurrente mutilar a la teoría marxista, presentando al marxismo como algo que se acota a la teoría económica del propio Marx. Engels, Lenin, Trotsky o Luxemburgo ya no son grandes teóricos en tanto están manchados por la práctica revolucionaria.
A los académicos retrógradas pseudomarxistas les gusta apoltronar el culo en una silla cómoda todo el día, descalificar a los que intentamos cambiar el mundo, ganar mucho dinero vendiendo humo, escribir libros que no nos ayudan a transformar la realidad, y para ellos Marx es un manantial inagotable para sus elucubraciones estériles, castrando el contenido revolucionario del marxismo en aras de justificar un puesto en la academia. Aquellos “marxistas” que hablan mucho y no organizan nada con los trabajadores, se especializan en pelearse solamente en seminarios y revistas, que sólo la academia lee, pero poco le interesa al proletariado.
Entre las adulteraciones academicistas del marxismo destacan, por un lado, apostar por la defensa irrestricta de un humanismo radical que tiende al liberalismo, justificándose en recuperar las obras filosóficas del joven Marx. De otra parte, están quienes consideran que el Marx maduro es un tajante antidialéctico que ha abandonado por completo el legado de Hegel, siendo Althusser una de estas pobres expresiones reduccionistas.
Sin embargo, si nos adentramos a la evolución del pensamiento de Marx, podremos notar que él superó muchos errores que, hoy en día, todavía repiten tanto la izquierda como determinados academicistas que se hacen llamar marxistas.
Marx nació en 1818 en Tréveris, territorio de Prusia, en la zona renana, la cual se caracterizaba por estar fuertemente influida por las ideas jacobinas de la revolución francesa. Marx creció en un contexto en donde el proletariado empezaba a situarse como una fuerza social autónoma capaz de crear revoluciones sociales, como lo fue la revolución de 1830 en Francia que puso fin al reinado de Carlos X. Paradójicamente, la debilidad política de la burguesía en Prusia en tiempos de Marx contrastaba con el elevado nivel filosófico alemán. Hegel era el principal filósofo de Europa de entonces, y el propio Marx en su juventud se convirtió en un hegeliano de izquierda, quien le inyectó a la dialéctica su aspecto materialista, en tanto Marx quería cambiar el mundo, llevando sus ideas al terreno de la práctica. Marx fue mucho más lejos respecto a Hegel, quien si bien constituyó una filosofía profundamente revolucionaria, dicha filosofía era un sistema cerrado, pues Hegel consideraba a la realidad como enajenación de la idea absoluta, siendo esta última el principio de todo lo existente.
En tanto Marx se situó en el ala más de izquierda del movimiento de los hegelianos de izquierda (o sea, los discípulos de Hegel que usaban la dialéctica para concluir la necesidad de un cambio social profundo) también se convirtió en un férreo crítico de aquellos pensadores que se acotaban a criticar las formas de conciencia social (como el pensamiento religioso). Y si bien es necesario criticar las ideologías conservadoras, esta crítica no basta para cambiar el mundo; es necesario criticar la base de las ideologías, las relaciones sociales reales, las relaciones de producción.
Mientras que a los hegelianos de izquierda les bastaba alcanzar la “autoconciencia”, para Marx era necesario la lucha política social concreta. Esto es algo parecido a la posmodernidad, cuando sostiene a la deconstrucción como método de emancipación. Alcanzar la conciencia real de manera aislada, en vez de la organización colectiva de las masas explotadas y oprimidas. Antes y ahora, hegelianos de izquierda o posmodernos ven con desdén a los obreros por carecer de una formación superior.
En cambio Marx, como un férreo opositor a la explotación y la opresión de la monarquía prusiana, al situar la dialéctica en la realidad, más allá de las ideas, en el terreno de la práctica, convirtió su teoría en profundamente revolucionaria. Marx se abocó a estudiar, de forma disciplinada, todo lo concerniente al movimiento político internacional de los proletarios desposeídos, es decir, el socialismo y el comunismo. Por eso, no puede ser considerado un académico, sino un militante comprometido con el conocimiento científico de la sociedad para transformarla. Sus estudios no fueron para elevar a su persona, sino para ser una guía para la acción. Sus discusiones en el movimiento obrero y las polémicas en la consolidación de la Primera Internacional fueron siempre en el sentido de orientar políticamente de la mejor manera la lucha revolucionaria a través de una teoría consecuente.
El estudio del comunismo conllevó que Marx rompiera con la concepción hegeliana del Estado, considerando que este siempre tiene un carácter de clase e histórico. Esta idea es muy fácil de asimilar hoy en día, decimos “Estado feudal, capitalista, etc.”. Pero en tiempos de Marx este descubrimiento supuso un antes y un después en la noción del Estado.
Para Marx, no bastaba con reformar al Estado en abstracto, antes bien si las clases oprimidas querían liberarse, tendrían que transformar las relaciones económicas y sociales que les sojuzgaban. En este sentido, Marx y Engels fueron profundamente influenciados por la filosofía materialista de Ludwig Feuerbach, quien sostenía una crítica materialista a la filosofía de Hegel, pero mantenía una concepción abstracta del ser humano, de tal modo que no vinculaba su filosofía con las condiciones de vida reales de las personas. Este paso adelante lo dio Max al comprender la relación dialéctica entre la base económica y la superestructura.
Para Marx, la vida de las personas se explica por las relaciones sociales que se dan a partir de las condiciones materiales de existencia. Marx, como todos, también fue producto de su propio contexto: los avances acelerados de la industria suponía la conversión de millones de personas en trabajadores. Siguiendo el progreso de la historia, Marx concibió al proletariado como la clase social que impulsaría una nueva transformación revolucionaria dado su papel social en la producción y el obstáculo al progreso que representa la clase dominante capitalista.
Un último aspecto para señalar en el desarrollo del pensamiento de Marx fue la influencia de Federico Engels. Para 1844, año en que ambos empiezan a colaborar conjuntamente, Engels poseía un conocimiento que Marx todavía no adquiría: el funcionamiento del capitalismo en Inglaterra y las condiciones de vida de la clase obrera en ese país, junto con un profundo conocimiento de la economía política inglesa. Gracias a Engels, Marx tuvo un acercamiento al conocimiento del funcionamiento del capitalismo. Sin embargo, antes de arrancar con su crítica de la economía política, Marx y Engels ajustaron cuentas con su formación filosófica anterior. Tanto en La sagrada familia y sobre todo en La ideología alemana, se sientan las bases del materialismo dialéctico como filosofía y su aplicación a la historia como materialismo histórico.
El pensamiento de Marx abrevó lo mejor de la economía política inglesa, la filosofía clásica alemana y el socialismo francés, y supuso un enorme desarrollo de la teoría revolucionaria. Una nueva brújula para la emancipación de la humanidad. Su filosofía es su mayor legado, es nuestra herramienta para entender la lucha de clases, para construir el movimiento comunista internacional y para la transformación radical del mundo.
