Erradicar el Ébola de raíz: hacia un Rojo Amanecer

Eduardo Manuel Contreras Salas

El día 16 de mayo del presente año se encendieron las alarmas sanitarias alrededor del mundo. Algunos días antes, en la provincia de Ituri perteneciente a la República Democrática del Congo, se reportaron casos de una enfermedad desconocida de alta mortalidad (OPS/OMS, 2026). Más tarde, el 15 de mayo, el Instituto de Investigación Biomédica de Kinshasa confirmó que la enfermedad se debía al virus Bundibugyo (OPS/OMS, 2026), un virus perteneciente al género de los ébolavirus —es decir, la enfermedad del Ébola en su variante Bundibugyo—. Por la tarde de aquel día, el Ministerio de Salud congolés declaró el decimoséptimo brote de Ébola en el país. Al día siguiente, Tedros Adhanom, director de la Organización Mundial de la Salud (OMS), catalogó a este brote como una emergencia de salud pública de importancia internacional (OPS/OMS, 2026).

Ahora bien, entre 1976 y 2026 han ocurrido 17 brotes de enfermedad del Ébola en la región de África Central. ¿Es esto una casualidad? ¿Qué relaciones de causa y efecto se han esbozado con respecto a estos brotes? Dadas las secuencias de aparición y “control” de la enfermedad, ¿no es posible predecir y prevenir los brotes?  ¿Por qué afecta espacios geográficos con condiciones materiales similares al interior del continente africano? ¿Dónde están los resultados de la investigación en vacunas? Paul Farmer (2020) en su libro Fiebres, enemistades y diamantes: el ébola y los estragos de la historia establece que un brote tras otro de Ébola se encuentra en estrecha relación con la actividad extractivista de materias primas por parte de capitalistas extranjeros en la región desde inicios del siglo XIX. Pero también con el proceso colonialista que históricamente ha sufrido África (Farmer, 2020), ya sea a través de rutas comerciales marítimas y costeras de los imperios portugués y español en el siglo XV o con la llamada “repartición de África” por parte de las potencias imperialistas del siglo XIX y XX que integraron a los países de África al mercado global a partir de la explotación de sus recursos, generando condiciones paupérrimas que vive la clase trabajadora hasta la actualidad, fragmentando políticamente la región y con una burguesía completamente dependiente del imperialismo. 

A lo largo de este artículo propongo traer esta discusión sobre la mesa, dado que el brote ocurrido en mayo de este año  suma 1926 casos confirmados y 702 muertes confirmadas en la República Democrática del Congo (CDC, 2026a). El capitalismo confirma de las formas más brutales que es horror sin fin y mientras la burguesía parasitaria se mantenga en el poder, los pueblos del mundo seguirán siendo oprimidos y sufriendo las peores calamidades.

Enfermedad del Ébola

El Ébola es un conjunto de enfermedades ocasionadas por un género de filovirus —virus de forma filamentosa— que ocasionan fiebres hemorrágicas (Bray y Chertow, 2026). Actualmente se conocen seis variantes de los ébolavirus, pero solamente cuatro de estas infectan al ser humano: Zaire, Sudán, Bundibugyo y Tai (CDC, 2026b). En 1967 se detectó el primer caso de infección por un filovirus en Marburgo, Alemania (Bray y Chertow, 2026). Ocurrió posterior a la importación de monos ugandeses empleados para la fabricación de vacunas contra la polio que contagiaron a un grupo de trabajadores encargados de la preparación de cultivos con células extraídas de los monos (Bray y Chertow, 2026). Pero, fue hasta 1976 que se identificaron los primeros brotes en territorio africano propiamente dicho, en Zaire y Sudán, respectivamente (OMS, 2025a). A partir de ese momento, los brotes han acaecido con regularidad hasta el día de hoy.

Uno de los aspectos más complejos de la enfermedad del Ébola es la identificación de su reservorio natural (Bray y Chertow, 2026). Es decir, aquel animal que en condiciones naturales es portador asintomático del virus y lo transmite a otros animales —incluido el ser humano—. A pesar de que aún no se ha identificado con certeza, se especula que los murciélagos comedores de fruta, puercoespines y primates no humanos podrían funcionar como dicho reservorio (OMS, s.f.). 

Ahora, ¿cómo se transmite el virus? A través del contacto de las mucosas de ojos, boca y genitales del ser humano con tejidos o secreciones contaminadas como: sangre, saliva, orina, semen, leche materna, etcétera (CDC, 2026b). Pero, también, de la presencia de estas últimas en superficies y materiales como manos, ropa, muebles, entre otros (OMS, s.f.). Por esta razón, una de las principales vías de transmisión entre seres humanos ocurre durante los cuidados de pacientes o en la preparación funeraria de los cadáveres de aquellos fallecidos a causa de la enfermedad (Bray y Chertow, 2026).

¿Cuáles son los síntomas que presenta una persona que ha sido infectada por algún ébolavirus? En un primer momento aparecen de forma repentina los síntomas “secos”: malestar generalizado, fatiga, dolor múscular, dolor abdominal y fiebre (CDC, 2026b). Posteriormente, se agregan los síntomas “húmedos”: náuseas, vómitos intensos, diarrea severa y algunas hemorragias (CDC, 2026b). Síntomas que bien pudieran coincidir con el cuadro clínico de una gripe o una gastroenteritis, nada excesivo como lo ha llegado a presentar Hollywood. No obstante, estos síntomas pueden durar entre 2 y 21 días (OMS, s.f.), por lo que la pérdida de líquidos puede ser bastante importante. De manera que, si no se recibe una adecuada administración de líquidos y electrolitos intravenosos —aproximadamente 5 L al día— y una dieta que aporte el requerimiento nutricional necesario para que los tejidos combatan la infección, el cuerpo progresa hacia la deshidratación severa, la depleción del volumen circulatorio, el estado de choque y la muerte (Bray, Chertow y Palmore, 2026).

Entonces, ¿por qué la enfermedad tiene una mortalidad de entre 25-90% (OMS, s.f.), si sabemos que con un adecuado tratamiento de soporte caracterizado por soluciones de rehidratación, medicamentos antieméticos, antidiarreicos, analgésicos, nutriciones parenterales, hemoderivados y dispositivos ventilatorios; es posible sobrevivir a la infección (CDC, 2026b)? Básicamente porque dicho tratamiento de soporte es casi inexistente en esa región de África. ¿Cómo se explica esto?

De acuerdo con la OMS (2025b) en su reporte más reciente, la República Democrática del Congo cuenta con un índice de cobertura universal de salud de 41 —uno de los quince más bajos en todo el mundo—. Este indicador traduce la capacidad de un sistema de salud de proveer todos los servicios esenciales de salud. Además, destina un gasto en salud per cápita de $23.00 dólares (OMS, 2025c). Y el 3.68% del PIB para el mismo fin (OMS, 2025c). En términos de cobertura de médicos cuenta con 2 médicos por cada 10,000 habitantes (OMS, 2025d). En pocas palabras, el sistema de salud congolés se encuentra extremadamente precarizado. Esto como consecuencia de la explotación capitalista de las potencias imperialistas a lo largo de décadas, la persistencia e intensificación de los conflictos políticos y étnicos armados, el desplazamiento y precarización de las condiciones de vida de las masas por la misma violencia y la crisis climática.

Materias primas, imperialismo y Ébola

Para comprender los aspectos materiales fundamentales de los brotes de Ébola es necesario trazar la historia de explotación y violencia que ha experimentado el continente africano, particularmente, la región de África Central. El Congo surge como una colonia imperialista —cuasi privada del rey Leopoldo II de Bélgica— durante el siglo XIX posterior a la Conferencia de Berlín ocurrida entre 1884-1885 con el fin de “resolver” para las grandes burguesías la cuestión de la repartición del continente africano. Como señaló Lenin (1917/2023) en su libro Imperialismo, fase superior del capitalismo  observa que

La época del capitalismo contemporáneo nos muestra que entre las alianzas de los capitalistas se están entablando determinadas relaciones basadas en el reparto económico del mundo, y que, al mismo tiempo, en relación con esto, se están estableciendo entre las alianzas políticas, entre los Estados, determinados vínculos basados en el reparto territorial del mundo, en la lucha por las colonias, en la “lucha por el territorio económico”.

Esencialmente, el Congo Belga funcionó como un régimen bonapartista dirigido a la explotación de materias primas, principalmente del caucho exportado para la fabricación de neumáticos y aislantes de la industria eléctrica. En este sentido, dicha extracción de recursos obedeció y se desarrolló siempre de acuerdo con las necesidades del sistema capitalista. Tal es el caso, que a comienzos del siglo XX, el régimen congolés permitió el ingreso de compañías extranjeras para extraer cobre, cobalto, oro, diamantes y uranio. Este último excavado en la región minera de Katanga y posteriormente empleado por los Estado Unidos para la fabricación de las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki. De manera que la región se convirtió en un espacio imprescindible para el desarrollo armamentístico de las potencias imperialistas, pues cada día «surgen necesidades nuevas que reclaman para su satisfacción productos de los países más apartados y de los climas más diversos» (Marx y Engels, Manifiesto del Partido Comunista, 1848/2011). 

Más tarde en 1960 llegó la independencia de los colonizadores belgas. Sin embargo, ello no supuso la recuperación de la propiedad de los yacimientos de materias primas, sino que significó la apertura del mercado extractivista a todos los monopolistas capitalistas extranjeros. Por esta razón, los Estados Unidos, en plena Guerra Fría, vieron con temor la posibilidad de que la naciente república concediera lazos comerciales con la Unión Soviética para la exportación de recursos empleados en la industria aeroespacial, armamentística y tecnológica. Por lo que azuzaron el asesinato del recién elegido primer ministro Patrice Lumuba y apoyaron el golpe de Estado de Joseph Mobutu en 1965. Ya Lenin (1917/2023) había planteado que

Cuanto más desarrollado está el capitalismo, cuanto más sensible se hace la insuficiencia de materias primas, cuanto más ardua es la competencia y la busca de fuentes de materias primas en todo el mundo, tanto más encarnizada es la lucha por la adquisición de colonia.

Por otro lado, el régimen de Mobutu estuvo impregnado por una política nacionalista firmemente capitalista y asquerosamente corrupta que, en pocas palabras, abandonó el país a las manos explotadoras y permitió su hundimiento estructural. Esto colapsó las instituciones estatales encargadas de la protección social, entre estas el sistema de salud. Lo que posibilitó que en 1976 en la región de Yambuku, en la cuenca del río Ébola, surgiera por primera vez la fiebre hemorrágica que llevaría el mismo nombre. 

Cabe mencionar que Yambuku en aquel entonces fue una zona de explotación de maderas tropicales, pero también poseedora de un sistema de salud en condiciones críticas —el cual consistía principalmente en misiones de ayuda humanitaria— que fue totalmente incapaz de contener al virus. Los años siguieron y también lo hicieron los brotes de Ébola. Estos surgieron en sitios de explotación forestal, de minería y de apertura de caminos en medio de los bosques tropicales. Pero también en sitios de guerra. Entonces, tenemos que el origen del salto del ébolavirus de su reservorio natural al ser  humano yace en el capitalismo en su fase imperialista y, por lo tanto, en sus manifestaciones tangibles como el extractivismo atroz y la terrible precarización del sistema de salud que fue incapaz de atender la salud de la clase trabajadora. 

Minería de guerra 

En la década de los noventas, el conflicto étnico armado en la región de África Central aumentó las contradicciones internas sumándose a la inestabilidad social y los profundamente precarizados sistemas de salud y de los brotes de Ébola. En palabras de Martorell (1988)

Esta serie de conflictos surge como consecuencia de una dinámica en que las potencias colonizadoras enfrentaron a una tribu contra otra, a una etnia contra otra y que trazaron fronteras arbitrarias, sembrando la semilla de la discordia de futuras guerras, genocidios y masacres. 

En 1996 Laurent-Désiré Kabila dirigió la rebelión en la entonces llamada República de Zaire contra el régimen de Mobutu, apoyándose del conflicto étnico entre los Tutsis y los Hutus. Recibiendo apoyo de países vecinos como Ruanda y Uganda. Pero también, recibiendo financiación por parte de capitalistas estadounidenses y canadienses que consideraban al gobierno de Mobutu como excesivamente corrupto y que no favorecía sus intereses satisfactoriamente (Martorell, 1988). De manera que, en mayo de 1997, Kabila pudo tomar el control de la capital, deponer a Mobutu y ser ampliamente recibido por las masas (Martorell, 1988) que anhelaban un giro en la política nacional. De esta forma concluía la Primera Guerra del Congo. 

No obstante, Kabila representaba a diversos actores con intereses diversos, muchos de ellos totalmente opuestos. Por ejemplo, los capitalistas extranjeros norteamericanos que habían facilitado su llegada al poder, fueron puestos a un lado cuando se entablaron relaciones con Cuba y China en un intento de establecer una economía planificada (Martorell, 1988). Lo anterior se sumó a un momento en el que el mercado minero internacional se encontraba saturado y con precios a la baja, por lo que las compañías mineras, previendo una sobreproducción, decidieron dejar inactivo su trabajo extractivista en la reciente República Democrática del Congo (Martorell, 1988). Los capitalistas extranjeros habían dejado solo a Kabila. Además, en un afán de consolidar su poder, decidió romper con otros antiguos aliados: Ruanda y Uganda, pues consideraba que ejercían una nociva influencia extranjera. 

Este hecho dio paso a una Segunda Guerra del Congo, en la que sus anteriores compañeros rebeldes planearon una serie de campañas militares contra Kabila. El país se sumió aún más en una auténtica crisis humanitaria de proporciones insondables: masacres, hambrunas y desplazamientos masivos. Huelga decir que el sistema de salud, ya de por sí debilitado, se encontraba enteramente agonizante. 

Esta devastación permitió el regreso de un actor despiadado, un viejo conocido que tomó el mayor beneficio de la sangre derramada por millones de congoleses: la minería. Pero no una minería cualquiera, esta fue una minería levantada en medio de sangre y cadáveres, una minería de guerra. En la cual milicias armadas establecieron un sistema feudal que obligaba a los trabajadores a la extracción artesanal de materias primas, para posteriormente ser traficadas a países vecinos y ser vendidas a las mineras extranjeras. Vale la pena mencionar que milicias ruandeses tomaron control de algunas zonas de Kivu, mientras que las ugandesas explotaron partes de Ituri. Una genuina pesadilla para el trabajador congolés auspiciada por el imperialismo.

Los intentos de Kabila por pacificar la región resultaron fútiles pues su gobierno, si bien con un mote antiimperialista, siguió teniendo su base entre la burguesía nacional y no ofreció una transformación realmente revolucionaria que superara los efectos de su pasado colonial (Martorell, 1998). De forma que, en 2001, Kabila fue asesinado y sucedido por su hijo Joseph en el poder. Entre 2002-2003 distintos organismos nacionales e internacionales promovieron los Acuerdos de Pretoria en un intento por restablecer el “orden” en el Congo. Se acordó la salida de fuerzas extranjeras, el desarme de milicias, la implementación de mayor seguridad fronteriza y la instauración de un gobierno que involucrara a las distintas facciones rebeldes. Sin embargo, la minería de guerra permanece intocable hasta el día de hoy, pues no se han trastocado las bases de las que se mantiene: el modo de producción capitalista y la sociedad dividida en clases.

Extractivismo patógeno

La historia extractivista por parte de las potencias imperialistas en la República Democrática del Congo ha facilitado las condiciones para que el virus saltara a los seres humanos. Esto a través de la intrusión de la industria minera o maderera en los ecosistemas para explotarlos hasta la esterilidad y satisfacer el hambre acumulativa de los capitalistas extranjeros. Además de un sistema de salud completamente desgarrado, a su vez, por los conflictos étnicos armados que el mismo imperialismo ha propiciado en la región, y que impide el acceso más esencial a la atención sanitaria. Con todo ello, no serían causas suficientes para producir brotes o epidemias en la región, por lo tanto a la ecuación se debe sumar un factor más. Porque, al final del día, ¿quiénes son aquellos que principalmente se contagian del Ébola? Nada más y nada menos que los trabajadores y sus familias.

Es el trabajador quien es empujado al bosque tropical o a la mina para extraer las materias primas, muchas veces artesanalmente; otras tantas, bajo el uso de la fuerza. Sea una, otra o ambas las formas en que se desempeña el trabajador, todas ellas tienen el factor común de la explotación de su fuerza de trabajo bajo condiciones totalmente precarizadas, o en palabras de Marx y Engels (1848/2011), «una explotación abierta, descarada, directa y brutal». 

El trabajador no cuenta con los medios adecuados para llevar a cabo el trabajo: la ropa, el equipo de protección, los materiales, las herramientas, la vivienda, la alimentación y la medicina laboral. En pleno 2025, los trabajadores de la Tenke Fungurume Miningi, una minera propiedad de China Molybdenum Co. Ltd, relatan las condiciones en las que trabajan: «“Ellos [el personal chino] tienen de todo: mascarillas, botas, guantes. Nosotros a veces ni siquiera tenemos guantes. He manipulado ácidos con las manos desnudas. Tengo la piel quemada.” –Jonathan Ilunga, 26 años, trabajador de fábrica» (Odingo, 2025). Engels (1845/2020) cuando en la primera mitad del siglo XIX describe la situación de la clase obrera en Inglaterra, demuestra que casi 180 años después las condiciones no han cambiado mucho: 

Se les dan trajes pésimos, harapientos o que están a punto de romperse; alimento en malas condiciones y difícilmente digerible. Se expone a esta multitud de pobres a los más bruscos cambios en el trato y a las más violentas vicisitudes de angustias y esperanzas; se le cansa como al salvaje, no se le deja jamás en paz, en el tranquilo goce de la vida.

Además, dado que la explotación de recursos ocurre en zonas alejadas de los centros urbanos, los trabajadores deben migrar junto con sus familias. Difícilmente tienen la posibilidad de asentarse por periodos prolongados o de tener una vivienda digna. Viven hacinados en campamentos, con servicios de higiene limitados y se alimentan de aquello que les permite las condiciones materiales: 

“Trabajamos de 6 de la mañana a 6 de la tarde, a veces incluso más. Para comer, nos dan un trozo de pan seco y una bolsa de agua. Los chinos comen comidas calientes a la sombra. Nosotros trabajamos al aire libre como perros.” –Paul Shomba, 31 años, trabajador en Kolwezi (Odingo, 2025).

A veces, recurren a la caza-recolección, puesto que la agricultura requiere tiempo y dedicación. Por lo tanto, en muchas ocasiones su alimentación procede del bushmeat, es decir a la caza, compra y consumo de cadáveres de pequeños animales silvestres como murciélagos, algunos primates, roedores, aves, reptiles, etcétera. Animales que bien podrían ser reservorios de los ébolavirus. En ese momento acontece el salto del virus entre especies: cuando un cadáver contaminado es manipulado y consumido por un trabajador precarizado, exhausto y hambriento. Engels (1845/2020) ya lo observaba en su tiempo:

muchos, muchos mueren de hambre indirectamente —muchos más directamente—, porque la falta de medios suficientes de subsistencia producen enfermedades mortales, porque dicha privación produce en aquellos que son víctima de ella un debilitamiento tal del cuerpo, que enfermedades que para otros serían ligeras, se hace para ellos gravísimas y mortales.

Pese a ello, las condiciones de precarización no terminan ahí. Si el trabajador o algún familiar suyo presentan síntomas de Ébola —o cualquier otra enfermedad—, es prácticamente imposible recibir atención médica alópata en un campamento extractivista. A las compañías no les importa en lo más mínimo la vida de los trabajadores. En ocasiones «nada pueden hacer, y se ven obligados a recurrir a charlatanes y echar mano a medicinas baratas de curanderos que, con el tiempo, les reportan más daño que beneficio» (Engels, 1845/2020). En otras, deberá trasladarse a algún centro urbano más o menos cercano —si se lo permiten sus recursos económicos— para encontrarse con un dispensario en el que ni siquiera habrá médicos. Y si corre con suerte habrá algún promotor de la salud o enfermera, pero no hallará medicamentos básicos, mucho menos insumos de soporte. Entonces, continuará peregrinando de un lugar a otro esparciendo el virus. Finalmente, cuando por fin encuentre una misión de ayuda humanitaria extranjera, quizás sea demasiado tarde.

Llegado el ocaso del día pareciera que el trabajador y los suyos están condenados a trabajar y morir para que la riqueza la detente una ínfima minoría de personas a kilómetros de distancia: «Vi morir a un colega por envenenamiento. Cuando informé de la situación, el supervisor chino respondió, sin emoción: “No mabo, kogoli fulufulu” [No hay problema, hay muchos más para reemplazarlo]» (Odingo, 2025). 

Bien lo explicaba Marx y Engels (1848/2011) en el Manifiesto del Partido Comunista cuando señalan que [el capitalismo] «hace que el obrero no viva sino para acrecentar el capital, y tan sólo en la medida en que el interés de la clase dominante exige que viva». Sin embargo, el capitalista es consciente de que requiere trabajadores para seguir acumulando la riqueza traducida en el plusvalor que les arrebata día tras día. Por ende, cuando sobreviene un brote de Ébola potencialmente agresivo —como es el caso del Bundibugyo— y los trabajadores enferman o mueren en grandes cantidades, sabe que la fuerza de trabajo caerá precipitadamente junto con la tasa de ganancia. Entonces debe proteger su capital. En este momento recurre a medidas proteccionistas desesperadas. Buscan la conmiseración de actores internacionales como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, o bien, a los propios Estados burgueses expresando  

sus preocupaciones sobre las amenazas de pérdidas de miles de millones de dólares para el comercio y el crecimiento económico en África. Estos representantes del 1% piensan sólo en términos de billetes de dólar, por supuesto. No tenían ninguna observación que hacer cuándo el Ébola estaba confinado a unos pocos cientos africanos (Pickard, 2014).

Por esta razón no es extraño que las alarmas sean tan incendiarias. Que los países refuercen militarmente sus fronteras, endurezcan los controles migratorios discriminatoriamente, rechacen la llegada de vuelos y barcos o que, incluso, expulsen  a personas “sospechosas” de tener el virus. 

Por otro lado, es esperado que los gobiernos de los países afectados por el brote apliquen beneficios fiscales a las pobrecitas compañías extranjeras que pudieran resultar afectadas por los efectos de la enfermedad. La realidad es que a los organismos internacionales y los Estados no les importa tanto la salud de los trabajadores, como la riqueza que producen y los conmina a la enfermedad: «mientras el capitalismo sea capitalismo, el excedente de capital no se dedica a elevar el nivel de vida de las masas del país, ya que eso significaría mermar las ganancias de los capitalistas, sino a acrecentar estas ganancias» (Lenin, 1917/2023). De lo contrario, los más de 40 años en investigación y los miles de millones de dólares destinados a su desarrollo, hubieran resultado en algo más que las dos vacunas aprobadas contra la variante Zaire 43 años después del primer caso: Ervebo y Zabdeno/Mvabea (OMS, s.f.). De lo contrario, una cantidad similar de recursos se hubiera empleado para restaurar los sistemas de salud severamente mutilados a causa del imperialismo en África Central y dotarlos de insumos de soporte. Y, más aún, hubieran establecido un «programa global de ayuda para promover el desarrollo económico para hacer frente a la falta de vivienda, saneamientos, servicios médicos, educación y empleo» (Pickard, 2014). No obstante, queda claro que las enfermedades que no afectan a la burguesía no son una prioridad hasta que la enfermedad yace sobre el capital.

Un mundo sin Ébola es posible

Bajo la sombra del capitalismo las enfermedades no tendrán fin, pues las grandes industrias biomédicas y farmacéuticas yacen en manos privadas de la burguesía, cuyos intereses son radicalmente opuestos a las necesidades de la mayoría de la población. De manera que el Ébola, seguirá ocasionando muertes en África Central, mientras la injerencia imperialista continúe succionando la materia prima y la vida de los trabajadores en los países coloniales y mientras el capitalismo siga existiendo en todo el mundo. El Ébola seguirá cobrando vida mientras los gobiernos burgueses sigan viendo con indiferencia como el sistema de salud exhala su último aliento. Mientras una misma clase sea confrontada entre sí bajo pretextos étnicos y con fines colonialistas. Mientras los trabajadores de todas las latitudes de la región trabajen bajo condiciones de mortal precarización.

Sin embargo, ni el Congo Democrático ni el mundo deben afrontar tan cruel destino. Pues la última palabra sobre su salud y su vida se halla en las manos de los trabajadores. La chispa muy probablemente surgirá entre los mineros y los taladores, pero el fuego se esparcirá a cada rama de la industria congolesa, de manera que, será la clase obrera en su conjunto quien podrá transformar diametralmente sus condiciones de sufrimiento en su contrario. Es verdad, hoy en día el trabajador congolés se encuentra terriblemente oprimido, explotado, exhausto, hambriento y enfermo, sin embargo, es en esta opresión que encontrará la fuerza para ponerse en pie, tomar conciencia y derribar a sus tiranos:

Ante tal injusticia, me negué a guardar silencio. Comencé a hablar con mis compañeros, a concientizarlos sobre sus derechos y a enseñarles los fundamentos de la lucha de clases y el socialismo. Surgieron pequeños grupos de debate. Así nació la solidaridad (Odingo, 2025).

La lucha por el comunismo es la lucha más actual de nuestros tiempos si queremos erradicar de una vez por todas los terribles frutos del capitalismo en su fase terminal. La burguesía, esa minúscula porción de la población, hará todo a su alcance para salvarse, incluso si eso significa sacrificar y mantener en condiciones de miseria a una buena parte de la clase trabajadora. Esa es la lógica del capitalismo y de una sociedad dividida en clases: la propiedad privada de los grandes medios de producción y de la economía se encuentran en las manos de unos cuantos parásitos, y no para satisfacer de manera armónica los intereses de la mayoría. El comunismo es su contrario, al erradicar la sociedad dividida en clases y poner la economía y la política bajo el control democrático de la clase trabajadora. La fortaleza de la economía planificada se ha evidenciado históricamente en países como la Unión Soviética o Cuba quienes han erradicado enfermedades transmisibles con programas de prevención. Y en el caso de Cuba disponiendo cuerpos médicos, no solo para ayudar en el combate del Ébola en África Occidental, sino para llegar allí donde la salud del trabajador peligra. Recuperando una vez más a Marx y Engels (1848/2011): «la clase trabajadora no tiene nada que perder más que sus cadenas, por el contrario tiene un mundo por ganar».

Es tarea de la clase trabajadora expulsar a los colonizadores imperialistas que venidos de allende el mar lo consumieron hasta el marasmo. Será la clase trabajadora quien erradique al Ébola cuando ampute de raíz al capitalismo de su carne africana. Llegado el ocaso del día, no habrá muerte que aceche en las tinieblas, sino la espera revolucionaria hacia un Rojo Amanecer. Un amanecer que podrá ser visto en África, pero que también resplandecerá en América y Asia, en Oceanía y Europa. Un amanecer que traerá consigo un nuevo mundo: uno comunista. 

¡Trabajadores del Congo Democrático, únanse contra el Ébola!

¡Trabajadores de África Central, únanse contra la enfermedad del imperialismo capitalista!

¡Trabajadores del mundo, únanse!

¡Lucha por el comunismo!

Lecturas recomendadas:

Farmer, P. (2020). Fevers, feuds, and diamonds: Ebola and the ravages of history. Nueva York: Farrar, Strauss and Giroux.

Martorell, J. (1998, 9 de octubre). Capitalism, imperialism and the wars in Africa. The meaning of the conflict in Congo. En Defensa del Marxismo. 

Odingo, M. (2025, 23 de julio). Testimony of a congolese worker: the hidden face of Tenke Fungurume Mining. En Defensa del Marxismo.

Pickard, J. (2014, 27 de octubre). Ébola: una epidemia fabricada en las capitales de Europa y Norteamérica. En Defensa del Marxismo.

Bibliografía:

Bray, M. y Chertow, D. S. (2026, 21 de mayo). Epidemiology and pathogenesis of Ebola disease. UpToDate.

Bray, M., Chertow, D. S. y Palmore, T. N. (2026, 18 de mayo). Treatment and prevention of Ebola and Sudan virus disease. UpToDate.

Centro para el Control de Enfermedades Infecciosas. (2026a, 29 de mayo). Enfermedad del Ébola: situación actual.

Centro para el Control de Enfermedades Infecciosas. (2026b, 22 de mayo). Información básica sobre la enfermedad del Ébola. 

Engels, F. (1845/2020). La situación de la clase obrera en Inglaterra. Ciudad de México: Akal.

Farmer, P. (2020). Fevers, feuds, and diamonds: Ebola and the ravages of history. Nueva York: Farrar, Strauss and Giroux.

Lenin, V. I. (1917/2023). El imperialismo, fase superior del capitalismo. Ciudad de México: Centro de Estudios Socialistas Carlos Marx.

Martorell, J. (1998, 9 de octubre). Capitalism, imperialism and the wars in Africa. The meaning of the conflict in Congo. En Defensa del Marxismo.

Marx, K. y Engels, F. (1848/2011). Manifiesto del Partido Comunista. Ciudad de México: Centro de Estudios Socialistas Carlos Marx.

Odingo, M. (2025, 23 de julio). Testimony of a congolese worker: the hidden face of Tenke Fungurume Mining. En Defensa del Marxismo.

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Organización Mundial de la Salud. (2025a, 24 de abril). Enfermedad por el virus del Ébola. 

Organización Mundial de la Salud. (2025b, 5 de diciembre). UHC service coverage index (SDG 3.8.1) [Conjunto de datos]. The Global Health Observatory.

Organización Mundial de la Salud. (2025c). Health expenditure profile: Democratic Republic of the Congo [Conjunto de datos]. The Global Health Expenditure Database.

Organización Mundial de la Salud. (2025d, 30 de abril). Indicadores: densidad de médicos (por 10,000 habitantes): República Democrática del Congo [Conjunto de datos]. OMS Datos.

Organización Panamericana de la Salud / Organización Mundial de la Salud. (2026, 21 de mayo). Alerta epidemiológica: enfermedad del Ébola causada por el virus Bundibugyo en la República Democrática del Congo y Uganda [Comunicado]. 

Pickard, J. (2014, 27 de octubre). Ébola: una epidemia fabricada en las capitales de Europa y Norteamérica. En Defensa del Marxismo.