La teoría de la revolución permanente, arma fundamental del marxismo

David García Colín, CDMX

Además de la lucha contra el estalinismo, la degeneración burocrática en la Unión Soviética y el análisis marxista de este fenómeno, la otra gran contribución de Trotski al arsenal teórico del marxismo fue, sin duda, la teoría de la revolución permanente: arma imprescindible y fundamental para una lucha consecuente por el comunismo a nivel internacional y la completa independencia política de los trabajadores frente a la burguesía. 

La esencia de la revolución permanente

La teoría de la revolución permanente surgió al calor de los acontecimientos de la revolución rusa de 1905, donde Trotski —que llegó a ser  dirigente del soviet de Petrogrado— extrajo la conclusión de que la burguesía era demasiado débil, cobarde y cómplice del orden feudal y el poder terrateniente como para jugar un rol progresista e independiente frente al caduco régimen y dar una lucha efectiva contra el imperialismo. Por lo tanto, las tareas pendientes de la revolución democrático-burguesa tendrían que ser llevadas a cabo por el proletariado revolucionario a la cabeza de los campesinos pobres y sectores oprimidos del pueblo. 

Al realizar estas tareas —la reforma agraria, la independencia nacional, la democratización de la vida pública, la caída de la monarquía, el desarrollo industrial, etcétera—, la revolución, para sobrevivir,  tendría que imponer medidas socialistas —expropiaciones a la burguesía, armamento del pueblo, control estatal de la economía, etcétera—, fusionando las fases democrática y socialista de la revolución, que los “marxistas” vulgares, como los mencheviques, veían como etapas mecánicamente independientes y separadas entre sí. 

En su libro La Revolución Permanente, Trotski señala: «La revolución democrática se transforma directamente en socialista, convirtiéndose con ello en una revolución ininterrumpida (permanente)». 

Pero la revolución es «permanente» no sólo en el sentido de la vinculación orgánica y dialéctica entre las tareas democráticas y socialistas, sino también en el plano nacional e internacional. Para sobrevivir y consolidarse, la revolución no puede contenerse en las artificiales fronteras nacionales, sino que, por la propia naturaleza global e interdependiente de la economía capitalista, la revolución debe internacionalizarse. El capitalismo es global y la revolución también. 

Trotski señala: «El triunfo de la revolución socialista es inconcebible dentro de las fronteras nacionales […] La revolución socialista empieza en el terreno nacional, se desarrolla en el plano internacional y se consolida en la arena mundial».

En realidad, la raíz de la teoría de la revolución permanente está ya en los escritos de Marx. En relación a las revoluciones europeas de 1848 ya había señalado que la burguesía tendía a la traición, pues temía más a las masas detrás de las revoluciones que a la oligarquía de la que la misma burguesía formaba parte. Marx escribió: 

«La burguesía alemana se había desarrollado con tanta languidez, tan cobardemente y con tal lentitud, que, en el momento en que se opuso amenazadora al feudalismo y al absolutismo, se encontró con la amenazadora oposición del proletariado y de todas las capas de la población urbana cuyos intereses e ideas eran afines a los del proletariado. Y se vio hostilizada no sólo por la clase que estaba detrás, sino por toda la Europa que estaba delante de ella. La burguesía prusiana no era, como la burguesía francesa de 1789, la clase que representaba a toda la sociedad moderna frente a los representantes de la vieja sociedad: la monarquía y la nobleza. Había descendido a la categoría de un estamento tan apartado de la Corona como del pueblo, pretendiendo enfrentarse con ambos e indecisa frente a cada uno de sus adversarios por separado, pues siempre los había visto delante o detrás de sí mismo; inclinada desde el primer instante a traicionar al pueblo y a pactar un compromiso con los representantes coronados de la vieja sociedad, pues ella misma pertenecía ya a la vieja sociedad; no representaba los intereses de una nueva sociedad contra una sociedad vieja, sino unos intereses renovados dentro de una sociedad caduca; colocada en el timón de la revolución, no porque la siguiese el pueblo, sino porque el pueblo la empujaba ante sí; situada a la cabeza, no porque representase la iniciativa de una nueva época social, sino porque expresaba el rencor de una vieja época social; era un estrato del viejo Estado que no había podido aflorar por sus propias fuerzas, sino que había sido arrojado a la superficie del nuevo Estado por la fuerza de un terremoto; sin fe en sí misma y sin fe en el pueblo, gruñendo contra los de arriba y temblando ante los de abajo, egoísta frente a ambos y consciente de su egoísmo, revolucionaria frente a los conservadores y conservadora frente a los revolucionarios, recelosa de sus propios lemas, frases en lugar de ideas, empavorecida ante la tempestad mundial y explotándola en provecho propio, sin energía en ningún sentido y plagiando en todos los sentidos, vulgar por carecer de originalidad y original en su vulgaridad, regateando con sus propios deseos, sin iniciativa, sin fe en sí misma y sin fe en el pueblo, sin una vocación histórica mundial, un viejo maldito que está condenado a dirigir y a desviar en su propio interés senil los primeros impulsos juveniles de un pueblo robusto; sin ojos, sin orejas, sin dientes, una ruina completa: tal era la burguesía prusiana cuando, después de Marzo, se encontró al timón del Estado prusiano».

En un mensaje a la Liga de los Comunistas Marx señaló:  

«Mientras que los democráticos pequeñoburgueses quieren liquidar la revolución lo más rápidamente posible […] nuestros intereses y nuestras tareas consisten en hacer la revolución permanente hasta que sea descartada la dominación de las clases más o menos poseedoras, hasta que el proletariado conquiste el poder del Estado».

Posturas ante la revolución

La teoría de la revolución permanente es la esencia destilada del marxismo revolucionario, constituye su versión más avanzada en el terreno político y estratégico. De hecho, esta teoría predijo exactamente la dinámica política de la revolución de Octubre de 1917. Los mencheviques sacaron la conclusión errónea de que, en tanto las tareas pendientes de la revolución en Rusia eran de carácter burgués, era la burguesía la que le correspondía la dirección política. El proletariado debía marchar detrás de ella —en el mejor de los casos impulsarla— y dejar las tareas socialistas para un futuro indeterminado. 

Lenin, por el contrario, sostuvo que la burguesía no era capaz de dirigir la revolución por su carácter traidor. Era el pueblo —es decir, el proletariado y los campesinos pobres— al que le correspondía la tarea de protagonizar y dirigir la revolución.

Fue al calor de los acontecimientos de la revolución de 1917 que Lenin y Trotski confluyeron políticamente de forma independiente. En sus Tesis de abril Lenin —y otros textos como Cartas desde lejos— concluyó que el proletariado podía y debía luchar por la dirección política y que sólo bajo esta dirección la revolución podía triunfar. Incluso dentro del propio Partido Bolchevique Lenin fue acusado de volverse trotskista. 

De hecho, con Lenin en el exilio, la dirección bolchevique en Rusia —con Stalin y Zinoviev a la cabeza— llevaba una política de apoyo al gobierno provisional liberal, bajo el argumento “menchevique” de que el sector liberal podía jugar un papel progresista. Lenin tuvo que luchar contra la dirección de su propio Partido para enderezar su orientación política y llevar a los bolcheviques al poder. Sin este golpe de timón la revolución de Octubre nunca hubiera existido.

Si entre leninismo y estalinismo existe un abismo, los textos que escribieron Lenin desde Suiza y Trotski desde Nueva York sobre la Revolución de Febrero —de forma independiente, prácticamente al mismo tiempo y sin conocimiento mutuo— muestran que ambos personajes estaban de acuerdo en lo fundamental. No fueron los viejos bolcheviques los que, en los momentos decisivos, apoyaron la postura de Lenin, fue Trotski, a pesar de haberse mantenido al margen de bolcheviques y mencheviques durante años. 

En una serie de artículos escritos en Nueva York, Trotski plantea una orientación política que es idéntica ala de Lenin: 

«Lo correcto es que el proletariado revolucionario cree sus propios órganos, los Consejos de Diputados Obreros, Campesinos y Soldados contra los órganos ejecutivos del gobierno provisional. En esta lucha, el proletariado deberá unirse con las masas de la población, con el objetivo de tomar el poder gubernamental. Sólo un gobierno obrero revolucionario tendrá el deseo y la capacidad de introducir en el país la limpieza democrática que necesita el trabajo preparatorio de la Asamblea Constituyente, reconstruir el ejército de arriba abajo, convertirlo en una milicia revolucionaria y demostrar a los campesinos más pobres, en la práctica, que su única salvación es apoyar a un régimen obrero revolucionario. Después de este trabajo preparatorio, la convocatoria de una Asamblea Constituyente reflejará fielmente a las fuerzas revolucionarias y creativas del país y se convertirá en un factor poderoso en el posterior desarrollo de la revolución». 

El socialismo en un solo país, teoría de la traición

Marx escribió que el Estado obrero tendería a extinguirse a sí mismo con la liquidación de las clases sociales, posteriormente Lenin desarrolló esta misma idea en El Estado y la revolución. Pero el Estado soviético, creado en un marco de aislamiento y atraso material y cultural, no sólo no tendió nunca a extinguirse sino, por el contrario, a fortalecerse y situarse por encima de los trabajadores. 

Corresponderá a Trotski el mérito de analizar el fenómeno de degeneración burocrática y llegar a la conclusión de que el estalinismo, surgido del cadáver sangriento del Partido bolchevique, se podía definir como un «Estado obrero deformado», un «bonapartismo proletario». 

La burocracia naciente encabezada por Stalin cobró fuerza y confianza después de la muerte de Lenin en 1924. Para la nueva casta privilegiada, las ideas leninistas —marxistas— resultaban un estorbo. Fue en este contexto que surgió la idea antimarxista del socialismo en un solo país, que no era sino un refrito del menchevismo. 

Los bolcheviques bajo Lenin y Trotski siempre asumieron que la revolución bolchevique no era sino el preludio de la revolución mundial. Octubre fue el pistoletazo de salida de un proceso revolucionario que sacudió Europa y más allá: Hungría, Alemania, China. Pero en cada caso, los dirigentes reformistas —sobre todo la socialdemocracia alemana— jugó el papel de salvadores del capitalismo, esto aunado a la poca experiencia de los jóvenes Partidos Comunistas. Con cada derrota la burocracia soviética se fortalecía e ideas reaccionarias cobraban fuerza.

La teoría del socialismo en un solo país renunciaba a la revolución mundial y llevó a una serie de derrotas decisivas que no sólo abrieron el paso al fascismo, sino también al inicio de la Segunda Guerra Mundial. Especialmente perniciosa fue esta teoría en las revoluciones en Alemania de inicios de los años treinta y, sobre todo, en la revolución española de 1936, en donde no sólo se obligó al Partido Comunista a someterse a la dirección republicana, sino que fueron agentes estalinistas los que fungieron el papel de perro de caza de la burguesía con la persecusión y asesinato de revolucionarios que no se sometieron a esa dirección nefasta. Esta política permitió el triunfo final de Franco.  

La teoría de la revolución permanente no es de interés académico o puramente teórico sino que tiene una vigencia candente. El capitalismo está en profunda crisis y la inestabilidad y estallidos revolucionarios están implícitos en la situación. Los movimientos de masas en Bolivia o en Azad Cachemira, las movilizaciones masivas en Minneapolis que llegaron hasta la huelga general plantean retos y preguntas. 

Cada uno de estos acontecimientos pone sobre la mesa qué programa político necesita el movimiento, quién gobierna y quién debe gobernar: la burguesía o las masas populares y cómo preservar las conquistas de los trabajadores. Hoy mismo los acontecimientos en Cuba demuestran que ninguna revolución puede sobrevivir aislada, que la suerte de una revolución triunfante se juega en la lucha de clases a nivel internacional. Trotski señala: 

«La teoría de la revolución permanente exige hoy la atención de todo marxista, por cuanto el desarrollo de la lucha ideológica y política ha elevado este problema de las páginas de los libros y de las discusiones teóricas a la arena práctica de la revolución mundial».