El movimiento estudiantil de la FES Aragón 

Edgar Contreras y Marco Olvera, CDMX

“En el estudiantado se reflejan a toda potencia, exactamente como en una cámara de resonancia, los intereses y aspiraciones sociales generales de las clases en que es reclutado”.
—León Trotski.

Las Escuelas Nacionales de Estudios Profesionales (posteriormente Facultades de Estudios Superiores) surgieron en el año de 1976 como una respuesta a las necesidades materiales de un México que experimentaba un rápido crecimiento demográfico. La expansión de la economía y la creciente complejidad de las actividades productivas generaron una demanda para que los jóvenes se formaran profesionalmente. En ese contexto, la UNAM, cuya principal concentración académica se encontraba en la Ciudad Universitaria, amplió las oportunidades de formación para sectores que históricamente habían tenido dificultades para acceder a la educación superior.

Precarización laboral y educativa

Definitivamente es necesario permitir a los hijos de la clase trabajadora el acceso a la cultura, la educación y la profesionalización; pero tener un título, que de por sí ya es complejo por las condiciones que supone, no garantiza per se una vida plena o digna debido al papel que juega el capitalismo en nuestras sociedades. Como refiere la cita del inicio, no podemos aislar el caso de la FES Aragón de un contexto general de precarización en la vida de los jóvenes estudiantes bajo un sistema económico que prioriza la acumulación de capital por sobre cualquier forma de vida.

El movimiento al que nos referiremos en este artículo no inició como un suceso extraordinario que apareció de un día para otro ni como un incendio espontáneo e inexplicable; su manifestación se trata de una longeva acumulación generalizada de enojo e inconformidad con las condiciones materiales desfavorables que padece la Facultad de Estudios Superiores Aragón, tales como: el descuido de las instalaciones y los materiales de estudio, el cierre de la biblioteca, explotación laboral, pero sobre todo, expresa una desaprobación por el carácter de la burocracia institucional incapaz de resolver los problemas de la facultad y que, por el contrario, ha propiciado una serie de acciones que han afectado directamente a estudiantes y trabajadores. Estos últimos tienen demandas particulares: mejora de sueldos, acoso laboral, autoritarismo de sus patrones, actas y sanciones arbitrarias, corrupción, entre otras.

El inicio de la lucha

Toda esta suma de frustración fue liberada la tarde del 8 de octubre, cuando trabajadores de la biblioteca de la FES Aragón organizaron una asamblea frente al edificio de gobierno para reclamar una mejora en sus condiciones laborales, la destitución de su patrón y un alto a las represalias que recibían por organizarse. 

Este suceso rápidamente causó un eco en una buena parte de la comunidad estudiantil, la cual, solidarizada con ellos, acuerpó la asamblea y comprendió que sus demandas no solo eran legítimas, sino que se enfrentaban cara a cara al mismo cuerpo administrativo, cuya negligencia  los vuelve responsables  de las condiciones que también aquejan al estudiantado. 

La unión entre trabajadores y estudiantes no es un capricho romántico para ir agarrados de la mano, se trata de un carácter de lucha, una estrategia política capaz de demostrarnos que la lucha de clases no se vive únicamente en las fábricas, se vive también en las escuelas cuya burocracia no es más que la clara expresión, a menor escala, de los intereses y las  contradicciones de la clase dominante.

Al calor del movimiento, los estudiantes tomaron como ejemplo el coraje de los trabajadores. Aquello generó las primeras chispas de lucha organizada del alumnado y dio lugar a las primeras asambleas que reunieron las múltiples quejas del estudiantado, cada una más grande que la anterior. Con picos máximos de hasta dos mil asistentes entre estudiantes de las más diversas carreras y trabajadores.

En las asambleas, no solo se empezaba a construir el diálogo entre compañeros y a gestar la organización temprana del movimiento, sino que también se demandaba la presencia de la directora Araceli Romo Cabrera, para atender y responder a los reclamos de la comunidad y a los puntos de un pliego petitorio que se empezaba a formular. En esencia, tanto las demandas de los trabajadores, como los puntos del pliego petitorio no eran otra cosa más que un grito por demandar una mejora en las condiciones materiales que vive la clase trabajadora y el alumnado bajo la precarización capitalista.  

Hartazgo ante la nula respuesta de las autoridades

Sin embargo, la respuesta de dirección, en pocas palabras, expresaba una evidente incapacidad de resolver las peticiones o, más bien, un nulo interés por hacerlo. Esto se vio reflejado con la ausencia, en más de una ocasión, de la directora, a quien se le vio saliendo a escondidas de las instalaciones en un par de ocasiones mientras se llevaban a cabo las asambleas en las que se exigía su presencia. Esta respuesta no hizo más que incrementar aún más el fastidio de los estudiantes. 

Pero todo ese incremento cuantitativo visto en las asambleas no se quedaría inmóvil; pronto toda esa energía de masas dio un salto cualitativo en el que los estudiantes bloquearon la avenida central como medida de protesta y visibilización de su inconformidad el día 21 de octubre. Aproximadamente 400 personas entre estudiantes, trabajadores, profesores, colectivos y, por supuesto, los comunistas del grupo de base FES Aragón del PCR participaron en el bloqueo en carriles centrales y laterales. Al lugar se presentaron varios medios de comunicación dando cobertura al cierre, elementos de la policía y la guardia nacional mientras la comunidad estudiantil permanecía organizada esperando una respuesta de las autoridades de la FES. 

Después de más o menos una hora y media en el bloqueo, la dirección institucional respondió con un comunicado manifestando su disposición al diálogo, sin embargo los estudiantes cuestionaron esta medida, dado que la Directora, a quién se pedía que estuviera presente, ya ni siquiera se encontraba en las instalaciones de la Facultad, aquello llevó a la comunidad estudiantil a una segunda asamblea multitudinaria el mismo día, en la que ya no asistieron las autoridades; en réplica las y los estudiantes determinaron el cierre de diferentes inmuebles y posteriormente a un paro de 24 horas.

Reivindiquemos el derecho a la educación digna

Como señalamos anteriormente, el hastío de los estudiantes se manifestó en las demandas plasmadas en un pliego petitorio. Más allá de constituir exigencias aisladas, estos puntos expresan una problemática común, la necesidad de transformar las condiciones materiales en las que se desarrolla la vida estudiantil. El contenido de algunos puntos revela una dimensión política profunda, pues pone de manifiesto las contradicciones sociales y económicas que atraviesan a la comunidad universitaria y, de esta manera, entiende la lucha de clases como el elemento fundamental para comprender este movimiento estudiantil. Por ello, consideramos indispensable reivindicar estas demandas y analizar su significado más allá de sus efectos inmediatos.

Entre las principales exigencias se encuentra la eliminación de las horas complementarias, consistentes en actividades culturales y deportivas impuestas como requisito de titulación y sujetas a cobros excesivos e injustificados, que representan una carga económica adicional para los estudiantes. Asimismo, se demanda la implementación de un comedor subsidiado que contribuya a garantizar el acceso a una alimentación suficiente y asequible; la resolución de las demandas de los trabajadores, cuyas condiciones laborales también forman parte de las contradicciones que atraviesan la vida universitaria; y la creación de un servicio de transporte gratuito desde la estación del metro más cercana hasta las instalaciones de la FES Aragón. A ello se suma la exigencia de establecer mecanismos de control democrático del presupuesto del plantel, con la participación efectiva de estudiantes, trabajadores y profesores, así como el mejoramiento de los servicios médicos y psicológicos para toda la comunidad.

Aunque estas demandas atienden necesidades específicas, todas convergen, insistimos, en mejorar las condiciones materiales de existencia de los estudiantes, docentes y trabajadores. Su relación con el capitalismo se encuentra en la manera en que las desigualdades económicas condicionan el acceso y el desarrollo de la educación superior. Los gastos de alimentación, transporte, titulación y atención a la salud no son cuestiones secundarias, pues se trata de necesidades indispensables que, al depender de la capacidad económica, se convierten en obstáculos reales para el ejercicio efectivo del derecho a la educación. 

Aunque reconocemos las particularidades de la precarización de la educación en la FES Aragón, las dificultades que enfrenta el estudiantado no pueden explicarse simplemente como problemas exclusivos de este plantel, sino que deben comprenderse dentro de una estructura social en la que el acceso a los recursos necesarios para vivir y estudiar está profundamente condicionado por las relaciones económicas. Ya vemos a lo largo de la república mexicana y en todo el globo, las consecuencias de vivir en un modo de producción hambriento insaciablemente de capital, que prioriza el dinero sobre cualquier forma de vida, en donde la juventud es de los sectores más flagelados por el capitalismo. De este modo, las huelgas en Francia y  España, las muertes en Morelos, las protestas en las universidades a las que se suman la misma UNAM, la UAM, el Politecnico, la UAMex, la UAQ, la BUAP y un largo etcétera no pueden entenderse de manera aislada, más bien, representan la incapacidad de las autoridades y del capitalismo para ofrecernos un futuro.

Balances y lecciones

Los estudiantes de la FES Aragón somos hijos del proletariado, hijos de la clase trabajadora que sostiene la economía con su fuerza de trabajo, no somos una masa homogénea aislada de lo que ocurre en la sociedad capitalista. El movimiento estudiantil de la FES ha tenido la valentía de develar toda la podredumbre existente en este sistema que no tiene por prioridad atender las necesidades de la educación pública. 

Y justo por eso, concierne a los comunistas este movimiento. No somos un ente externo que pretende meterse al movimiento estudiantil con intereses diferentes a los del alumnado. Los comunistas, dicho por Marx y Engels en el Manifiesto del Partido Comunista “[…] no tienen intereses propios que se distingan de los intereses generales del proletariado”. La misma sentencia aplica en este caso. Somos estudiantes y, como estudiantes, queremos mejorar las condiciones de nuestra escuela y, mediante la organización permanente, mejorar las condiciones de cualquier sector explotado. El día de mañana seremos obreros luchando permanentemente con una perspectiva revolucionaria.

La energía, las buenas intenciones y el descontento del alumnado no bastan para transformar la realidad. La juventud puede impulsar grandes movilizaciones y radicalizar la lucha social, pero sin una perspectiva política clara sus esfuerzos pueden dispersarse, agotarse en acciones coyunturales o quedar limitados a reformas parciales. Convertir ese descontento en una fuerza política duradera exige una dirección revolucionaria consciente, sustentada en la teoría, un programa eficaz, la organización y la voluntad permanente de lucha.

La juventud vive cotidianamente las contradicciones del capitalismo en sus espacios de estudio y en sus condiciones materiales de existencia. Sin embargo, cuando esas experiencias no se acompañan de organización y formación política, la protesta corre el riesgo de reducirse a indignación espontánea, acciones simbólicas o estallidos de corta duración. Como comunistas, no debemos permanecer ajenos a esas luchas ni aislarnos de los sectores juveniles que empiezan a cuestionar el orden existente. Debemos comprender sus inquietudes, participar en sus movilizaciones y contribuir a que las conclusiones extraídas de su propia experiencia se articulen con una comprensión más amplia de la lucha de clases. El crecimiento de la Internacional Comunista Revolucionaria y el acercamiento de sectores juveniles a las ideas comunistas son lecciones importantes para intervenir en universidades, centros educativos y centros de trabajo.

Por tanto, tenemos un deber importante, aún si el movimiento no implica directamente la revolución socialista, debemos entender la importancia de estas coyunturas; debemos ayudar a nuestros compañeros a elevar su conciencia política con una visión clara de las condiciones en las que nos vemos inmersos, incluso en el intenso oleaje de la protesta masiva, todo con el objetivo de llegar a conclusiones auténticamente transformadoras. A nuestras espaldas llevamos no solo la riqueza política de las experiencias revolucionarias del pasado, sino una larga tradición de camaradas combativos de generaciones anteriores que también se formaron en la práctica revolucionaria estudiantil y cuya experiencia de lucha nutre a los más jóvenes. 

Nuestro compromiso con la realidad objetiva nos convoca a realizar los balances necesarios para determinar nuestro actuar ante estos hechos. En virtud de lo anterior, las demandas de la juventud nos obligan a reconocer los límites de la lucha espontánea y la necesidad de dotarla de una perspectiva revolucionaria. Si bien la movilización tan necesaria permite evidenciar las contradicciones existentes, es sólo la organización la herramienta capaz de llevar las demandas hasta sus últimas consecuencias y, al mismo tiempo, el puente entre el programa mínimo y el programa máximo. Debemos entender estas conquistas como medios necesarios, mas no como fines en sí mismas. Para la transformación de las relaciones económicas y sociales que producen y reproducen la desigualdad, es necesario un programa revolucionario que vincule las demandas concretas de la clase trabajadora.

Transformar la educación y la sociedad

En ese orden de ideas, entendemos que las estrategias políticas deben tener una base material y unos objetivos políticos  claros. Sobre esta base pueden nacer las tácticas más diversas, pero sin ella lo único que se gestará será la desorganización. Los paros, por ejemplo, son tácticas muy útiles si se emplean de manera adecuada. Un paro respaldado por la comunidad, cuyos objetivos políticos sean claros, con un trabajo de agitación intenso, es la expresión más clara de la capacidad de la organización estudiantil. Por el contrario, un paro que no apele a la comunidad y que se decida a espaldas o en oposición a la misma está  inevitablemente destinado al fracaso. 

Como cualquier táctica política, el paro debe ser resultado de un análisis y unas condiciones concretas. Éste debe servir para fortalecer la organización, quitando la presión académica y así tener el tiempo para movilizarnos. Un paro que desmoviliza a la comunidad pierde sus objetivos. Por ello, resulta indispensable la organización estudiantil. No hablamos de una organización esporádica o espontánea, sino de una permanente y con tradiciones que permita conducir las demandas generales de la comunidad hasta sus últimos términos. Esta organización, por lo tanto, debe permitir trascender la protesta coyuntural mediante la construcción de un programa revolucionario que vincule las reivindicaciones inmediatas del estudiantado con la lucha organizada contra el capitalismo. Esto exige comprender que la organización, la formación teórica, la experiencia que se vaya acumulando en las luchas vivas y la claridad política son condiciones fundamentales para crear cuadros y transformar el descontento en una fuerza colectiva capaz de intervenir conscientemente en la realidad.

La relación entre las demandas concretas de los estudiantes y el programa socialista no es automática ni mecánica. Las demandas inmediatas surgen de las contradicciones reales del capitalismo que también se hacen presentes en el campo educativo. Esas demandas expresan necesidades legítimas, pero bajo el capitalismo sólo pueden satisfacerse de forma parcial, inestable y subordinada a la lógica de la ganancia y del control institucional.

Nuestro programa no consiste en sustituir las demandas concretas por una consigna abstracta de socialismo, ni tampoco en reducirlo todo a reformas parciales. Consiste en un método de articulación: partir de las necesidades inmediatas, organizar la lucha por ellas y, al mismo tiempo, orientar esa lucha hacia objetivos que rompan la columna capitalista. Una demanda se vuelve transicional cuando, siendo comprensible desde la necesidad inmediata, tiende a generalizarse, fortalece la organización colectiva, eleva la conciencia política y plantea conclusiones políticas más avanzadas. 

En el terreno estudiantil, la defensa de la educación pública, las condiciones materiales dignas, la democratización de las instituciones y el rechazo a la privatización y a la mercantilización pueden convertirse en puntos de partida transicionales. No porque cada una de esas demandas contenga por sí misma el socialismo, sino porque, al ser asumidas colectivamente y vinculadas con la lucha de la clase trabajadora, revelan que los problemas estudiantiles no son hechos aislados, sino expresiones de contradicciones sociales más amplias, producto de la sociedad dividida en clases. La transición, por tanto, no es un proceso fugaz; exige dirección revolucionaria consciente, teoría, programa, organización y voluntad de lucha. Sin esas bases, la demanda inmediata puede agotarse en la reforma o en la protesta simbólica, pero con ellas, puede convertirse en un puente de conciencia de clase, experiencia dirigida a dar un salto cualitativo y materializar la revolución socialista. Nuestra tarea es construir ese puente.

No podemos reducir nuestra actuación a la justificación legal e institucional de cada paso. Las leyes y los instrumentos institucionales no garantizan por sí mismos la satisfacción de nuestras necesidades y, en ocasiones, pueden convertirse en obstáculos para la organización y la lucha colectiva dado que la burocracia institucional cimentó las bases para un terreno favorable para ellos y no para nosotros. Tampoco debemos creer que la resolución parcial de nuestras demandas transformará automáticamente el conjunto de nuestras condiciones de existencia. Nuestra tarea es aprovechar cada conquista como punto de apoyo para fortalecer la organización, elevar la conciencia política y articular las reivindicaciones inmediatas (necesarias, pero insuficientes por sí solas) con una estrategia de transformación revolucionaria de la sociedad.

Por eso, la formación seria dentro del Partido Comunista Revolucionario adquiere una importancia histórica. No basta con participar en movilizaciones ni con responder a cada injusticia mediante acciones aisladas: es necesario estudiar las contradicciones del capitalismo, comprender la historia de la lucha de clases y desarrollar una estrategia que permita intervenir eficazmente, evitar el desgaste innecesario y dar continuidad a los esfuerzos colectivos más allá de cada coyuntura. Esto implica construir una organización donde nos encontremos, formar cuadros, difundir la teoría marxista y preparar a los militantes para vincular las reivindicaciones inmediatas con los objetivos generales de la transformación social.

Nuestra tarea es trascender el activismo espontáneo y construir una militancia consciente, organizada y vinculada a la lucha de la clase trabajadora. Ello exige paciencia en la formación política, claridad en las ideas y articulación constante entre teoría y práctica. Las demandas estudiantiles no deben entenderse únicamente como exigencias puntuales, sino también como experiencias desde las cuales puede desarrollarse conciencia de clase. Cada lucha debe convertirse en una oportunidad de aprendizaje y organización: fortalecer la unidad y la solidaridad estudiantil, adquirir experiencia, construir una organización capaz de contribuir a una fuerza revolucionaria duradera, internacionalista y preparada para enfrentar las contradicciones del capitalismo.

Perspectivas

Los errores y límites del movimiento estudiantil no deben llevarnos al pesimismo ni a la descalificación de su experiencia. De esos límites extraemos lecciones importantes. El aislamiento y la agitación del movimiento son una prueba de que sin organización, teoría y dirección política consciente, la lucha corre el riesgo de dispersarse, apagarse y perder el horizonte político. Pero precisamente por eso, la experiencia vivida puede convertirse en un punto de apoyo para elevar el nivel político de los estudiantes.

Cada movilización, incluso la que no alcanza todos sus objetivos, deja aprendizajes: enseña a reconocer las contradicciones del capitalismo en la educación, a distinguir entre la protesta coyuntural y la construcción de organización duradera, a valorar la formación política y a comprender que las demandas estudiantiles deben vincularse con la lucha de la clase trabajadora. Esas lecciones no se aprenden de forma automática; requieren discusión, balances y lecciones, no solo porque lo digamos nosotros, sino porque son los mismos estudiantes quienes llegan a esas conclusiones sobre su experiencia práctica. 

Sólo atendiendo los errores del pasado garantizamos un futuro movimiento capaz de mantener viva la chispa revolucionaria y llegar a las últimas consecuencias de la mano de un programa correcto.

¡Organiza tu coraje!

¡Educación primero al hijo del obrero!

¡Libertad, insurgencia y rebelión,
luchando por siempre, la FES Aragón!