Del lamento a la huelga: UAEM en lucha

Rojas

Un sistema de muerte recorre las calles de Morelos. No se trata de una sombra pasajera o de la “mala suerte” de algunas mujeres, sino de la cruda realidad que el capitalismo impone sobre la vida de las trabajadoras y estudiantes en nuestro estado. Lo que hoy vemos con los casos de Kimberly Joselin y de Karol Toledo, estudiantes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), no son hechos aislados ni errores del destino, sino el resultado directo de una estructura económica y social que nos ve como objetos desechables. En Morelos, la violencia hacia las mujeres es el pan de cada día y refleja un proceso de descomposición social barbárica. Esta degradación ocurre porque el capitalismo, en su afán de exprimir cada gota de ganancia, termina por romper todos los lazos de respeto y comunidad, permitiendo que la crueldad y el desprecio por la vida se conviertan en la norma de nuestra convivencia actual.

Esta violencia no comienza ni termina en el acto del feminicidio; se manifiesta en la inseguridad de caminar hacia la facultad, en el acoso que se tolera en los espacios públicos y en la total indiferencia de un gobierno que prefiere proteger los intereses de los grandes negocios antes que la vida de las hijas de la clase trabajadora. Para que el capitalismo siga funcionando en México, necesita que las mujeres vivamos en un estado de vulnerabilidad permanente, donde el miedo sea una herramienta para que no nos organicemos. En este sentido, la violencia en Morelos es sistemática: es el brazo ejecutor de un orden social que ha convertido el cuerpo femenino en un territorio más de explotación y desecho.

Cuando una joven como Karol o Kimberly es arrebatada de su comunidad, el sistema nos envía un mensaje de desprecio total hacia la vida que no produce ganancias inmediatas. El capitalismo en Morelos ha descompuesto tanto el tejido social que la impunidad ya no es la excepción, sino la regla. No podemos separar la violencia que sufren las mujeres de la precarización de la vida, de la falta de empleos dignos y del abandono de la educación pública. Es esta maquinaria de opresión la que hoy tiene a Morelos sumido en la barbarie, y es precisamente contra este sistema de muerte que la juventud estudiantil ha decidido levantarse, entendiendo que no habrá justicia real mientras los estudiantes no se unifiquen con los trabajadores del campo y la ciudad no se organicen. 

La respuesta de la juventud en Morelos ante los crímenes contra Kimberly y Karol no se ha quedado en el simple lamento, sino que ha transitado hacia una huelga y la toma de instalaciones. Estas acciones no son solo una pausa con las actividades académicas, sino un quiebre total con la normalidad que el sistema nos exige. Bajo el capitalismo, se nos educa para seguir produciendo y estudiando sin importar que nuestras compañeras falten, como si la vida fuera una pieza reemplazable de una maquinaria que no puede detenerse. Al cerrar las facultades de la UAEM, el movimiento estudiantil envía un mensaje claro: no hay normalidad posible mientras el sistema siga cobrando la vida de las mujeres de nuestra clase.

La huelga y la toma de las unidades académicas son una acción directa frente a la incompetencia del Estado y de las autoridades universitarias. Las asambleas permanentes que hoy se generan en las diferentes facultades, son espacios donde la toma de decisiones ya no reside en una rectoría o en una burocracia alejada de la realidad, sino en la base estudiantil organizada. Tomar la universidad es recuperar el territorio que nos pertenece para transformarlo en una trinchera de lucha contra la barbarie que se vive afuera en las calles de Morelos.

Si el Estado y su policía no tienen la voluntad ni la capacidad de protegernos, la solución inmediata no es pedir más vigilancia oficial, sino tomar la seguridad en nuestras propias manos a través de la organización independiente. Dentro de la UAEM, esto significa la creación de comités de seguridad y autodefensa integrados y controlados por la organización de los propios estudiantes, trabajadores administrativos, de limpieza y académicos. No necesitamos guardias privados que solo cuidan los edificios ni policías que nos ven como enemigos; en su lugar, los trabajadores sindicalizados que ya realizan labores de vigilancia en las escuelas deben ponerse al servicio real de la comunidad, combinando su trabajo con brigadas de estudiantes y trabajadores que conozcan el territorio y tengan un interés real en proteger la vida de la comunidad estudiantil. Estos comités deben ser elegidos en asambleas y ser responsables ante la comunidad, no ante la rectoría o el Estado.

Es fundamental entender que la inseguridad y la violencia que vivimos en Morelos nos afectan a todos como una sola clase. Las estudiantes que hoy llenan las asambleas en la UAEM son, en su gran mayoría, hijas de la clase trabajadora: de trabajadoras domésticas, taxistas y chóferes de las rutas. Por lo tanto, el peligro de caminar por las calles de Morelos o esperar el camión no es un problema exclusivo de la universidad, sino un golpe constante contra las familias que sostenemos el estado con nuestro esfuerzo. La seguridad es una necesidad de clase, y no podemos permitir que el sistema nos divida en sectores aislados mientras nos siguen asesinando.

El camino que han tomado las facultades de la UAEM al declarar la huelga y tomar las instalaciones es el correcto, porque rompe con la inacción de las autoridades y señala directamente a los responsables. Sin embargo, la huelga estudiantil, por más combativa que sea, es insuficiente para derrotar a un sistema tan violento como el capitalismo. Los estudiantes tienen la valentía para iniciar la lucha, pero es la clase obrera la que tiene el poder de detener la producción y golpear realmente al Estado y a los dueños del capital en sus bolsillos. Para que la justicia por Karol y Kimberly sea efectiva, necesitamos que los sindicatos y los trabajadores sigan el ejemplo de los estudiantes y se sumen a la protesta con paros de labores y movilizaciones conjuntas.

Por ello, el control obrero-estudiantil de la seguridad dentro de la universidad es una respuesta directa al fracaso del sistema capitalista. Mientras las autoridades universitarias se limitan a instalar cámaras que solo sirven para grabar los crímenes después de que ocurren, la organización de base permite la prevención real y la respuesta colectiva inmediata. Esto implica que las decisiones sobre quién entra al campus, cómo se iluminan los caminos y cómo se sanciona a los agresores dejen de ser trámites burocráticos y se conviertan en acuerdos tomados por quienes habitan la universidad. Al expulsar a las empresas de seguridad privada de nuestras facultades, estamos recuperando nuestra verdadera autonomía y demostrando que la clase trabajadora organizada puede gestionar su propia seguridad dentro de los campus, sin necesidad de un aparato represivo externo.

Esta forma de organización no debe ser algo temporal que termine cuando se levante la huelga, sino que debe ser el inicio de un nuevo modelo de justicia. Si logramos que en la UAEM las decisiones de seguridad pasen por las manos de las y los estudiantes, estamos sentando las bases para extender este modelo a las colonias y barrios de Morelos. La autodefensa y el control de los espacios públicos por parte del pueblo organizado son las únicas herramientas que pueden frenar la violencia que el sistema fomenta. Al dejar de depender de las instituciones del Estado burgués para nuestra protección, empezamos a construir el poder necesario para transformar toda la sociedad y asegurar que ninguna otra mujer sea víctima de la barbarie capitalista.

La organización de estudiantes y trabajadores en contra de la violencia no puede quedarse solo en una universidad, ciudad o estado. Es necesario generalizar la creación de comités y brigadas de autodefensa, policías comunitarias y milicias populares; todos ellos vinculados y controlados por el movimiento de masas de trabajadores y estudiantes. Estas expresiones, que ya existen en el país, son el embrión de un nuevo poder. Es necesario destruir el viejo Estado, que se pone al servicio de capitalistas y criminales, y construir un nuevo Estado de los trabajadores y al servicio de estos.

La lucha por la seguridad de las mujeres en las aulas es el primer paso para disputarle el control de todo el estado al sistema capitalista. Para acabar realmente con la violencia que sufrieron Kimberly y Karol, es necesario que los comités estudiantiles se unan a los trabajadores de las fábricas, a los campesinos y a los vecinos de las colonias más golpeadas por la inseguridad. Esta unión es lo que llamamos la construcción de un poder obrero, donde el pueblo organizado empieza a tomar las riendas de su propia vida, dejando de lado a un Estado que solo sirve a los dueños del dinero.

Bajo este nuevo sistema, las instituciones actuales que no funcionan, como las fiscalías y los tribunales corruptos, serían reemplazadas por asambleas populares de justicia. En lugar de burócratas que no conocen la realidad de las víctimas, serían los propios trabajadores y la comunidad quienes juzgarían y decidirían las sanciones contra los agresores, garantizando que no haya impunidad para quienes tienen influencias o dinero. 

El objetivo final es el derrocamiento del sistema capitalista, porque mientras la economía esté basada en la ganancia de unos pocos, la vida de las mujeres, la juventud y la clase obrera seguirá siendo tratada como una mercancía sin valor. No se puede reformar un sistema que se alimenta de la opresión; es necesario destruirlo para construir una sociedad donde la seguridad sea una responsabilidad de todos y no un servicio que solo algunos pueden pagar.

El paso hacia una sociedad socialista en México permitiría atacar la raíz económica de la violencia de género. Gran parte de la vulnerabilidad que viven las mujeres en Morelos se debe a la dependencia económica, a los salarios de hambre y a la falta de servicios básicos como vivienda y salud. Al expropiar y socializar los medios de producción, es decir, al hacer que las fábricas y la tierra sean propiedad de toda la sociedad, se garantiza que ninguna mujer tenga que soportar violencia por falta de recursos. Esta idea no es ajena a nuestra historia: en Morelos —bajo la dirección de Emiliano Zapata— ya se experimentó un gobierno dirigido por los propios campesinos y trabajadores que logró establecer niveles de seguridad y justicia social mucho mayores que los que tenemos hoy. En este nuevo sistema general, la prioridad deja de ser la acumulación de capital y pasa a ser el bienestar humano. Solo cuando eliminemos la explotación del hombre por el hombre, podremos decir que hemos sentado las bases para un mundo donde caminar por las calles de Morelos deje de ser un acto de peligro para convertirse en un derecho pleno.

La conclusión de esta lucha es clara: nos enfrentamos a la elección entre el socialismo o la barbarie. Mientras el sistema capitalista siga en pie, la violencia contra las mujeres en Morelos y en todo México no va a desaparecer, porque este orden social necesita de la opresión y el miedo para mantenerse. No podemos conformarnos con reformas a medias o con promesas de políticos que solo buscan calmarnos para que volvamos a producir. La memoria de Kimberly Joselín y de Karol Toledo debe ser el motor que nos impulse a organizarnos de manera permanente, no solo para exigir justicia en los tribunales del Estado, sino para construir una fuerza política capaz de derribar este sistema de muerte desde sus cimientos.

La verdadera justicia para nuestras compañeras no vendrá de una sentencia de cárcel aislada, sino de la destrucción de las bases económicas y políticas que permiten que sus vidas sean despreciadas. El capitalismo en Morelos ha demostrado que prefiere la impunidad y el control antes que la seguridad de las hijas de la clase trabajadora. Por eso, el llamado hoy es a la unidad de los estudiantes de la UAEM con todos los sectores explotados para formar una organización revolucionaria. Necesitamos un partido y un movimiento que no se venda, que no confíe en el gobierno y que tenga como objetivo final que el poder pase a manos de quienes realmente movemos el mundo.

Debemos entender que la lucha contra el feminicidio es parte inseparable de la lucha contra el capital. Solo en una sociedad socialista, donde la vida humana esté por encima de las ganancias de las empresas, podremos garantizar que ninguna mujer vuelva a ser víctima de la violencia machista que el sistema fomenta. La toma de las facultades y las movilizaciones en las calles tienen que ser solo el comienzo de una batalla mucho más grande por nuestra propia existencia. Nuestra consigna debe ser la de no dar ni un paso atrás hasta que hayamos eliminado este sistema podrido y construido un mundo nuevo donde caminar por Morelos sea, por fin, un acto de libertad y no de supervivencia.

¡Ni un feminicidio más, justicia para las víctimas!
¡Por una huelga general de obreros y estudiantes!
¡Por comités de seguridad estudiantiles y obreros!