Cuauhtémoc Cárdenas y el ocaso del nacionalismo revolucionario

Rubén Rivera

Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano nació en 1934, así que podría decirse que fue uno de los cachorros de la revolución. Su padre, Lázaro Cárdenas, fue un general miembro de las filas del ejército carrancista, muy cercano a su ala izquierda, a los generales Lucio Blanco y Francisco J. Mújica, este último francamente simpatizante de ideas socialistas.

No fue el caso de Lázaro Cárdenas, quien profesaba la idea de la unidad nacionalista de todas las clases para desarrollar al país. Ya como presidente, impulsó una serie de reformas para crear, por medio del Estado, una nueva clase dirigente: una nueva burguesía que, si bien emanaba de la burocracia estatal, era distinta de aquella que había sido derrocada por la revolución y que, durante los mismos años del gobierno de Cárdenas, se reagrupaba en torno al Partido Acción Nacional.

La juventud de Cuauhtémoc se caracterizó por esta tendencia dual del cardenismo: mostrar una actitud antiimperialista frente a las cuestiones internacionales, pero, al mismo tiempo, mantener una firme solidaridad con la burguesía emergente que el Partido Revolucionario Institucional acaudillaba. 

Cuauhtémoc, desde 1960, se integró a distintos cargos en la burocracia del Estado, al tiempo que se alineaba con el ala izquierda del PRI, particularmente con el Movimiento de Liberación Nacional, una iniciativa amplia que buscaba aglutinar un frente en torno al cardenismo, más allá del propio partido, y que logró reunir a organizaciones obreras y campesinas, así como a partidos comunistas y socialistas. Su padre fue uno de sus principales impulsores y dirigentes.

No fue sino hasta mediados de los setenta cuando intentó ser candidato a gobernador de Michoacán por el PRI. No lo logró, pero, a cambio, José López Portillo lo llevó a la senaduría por ese mismo estado. Este último, firmemente decidido a impulsar su carrera política, lo integró como miembro de su gabinete desde 1976 y, para 1980, movió los hilos para postularlo como gobernador de Michoacán, cargo que ocupó hasta 1986.

El gobierno de López Portillo fue el último presidente priísta de lo que podríamos caracterizar dentro del nacionalismo revolucionario, que mantenía como estandarte la protección y el desarrollo de una burguesía nacional, por medio de una fuerte política proteccionista y una amplia participación del Estado en todo tipo de industrias. Ejemplo de ello es que, para 1982, cerca de la mitad de la inversión productiva, que se situaba en torno al 12% del PIB, provenía del Estado. La cifra actual no llega al 4%.

Miguel de la Madrid marcó una ruptura. Bajo la supuesta «reconversión industrial», impulsó una política de privatizaciones y liberalización del comercio exterior, integrando al país al GATT (hoy Organización Mundial del Comercio).

Además de ello, impulsó la llegada de una nueva camada de funcionarios, los llamados «tecnócratas», educados en universidades norteamericanas y firmemente decididos a impulsar una integración comercial con Estados Unidos. Entre ellos destacaba Carlos Salinas de Gortari, su secretario de Programación y Presupuesto y futuro presidente del país.

Los cuadros identificados con el nacionalismo revolucionario —entre ellos Rodolfo González Guevara, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez y el propio Cárdenas, estaban siendo desplazados— de toda posibilidad de trascender dentro del escenario político. Su única posibilidad era agruparse y buscar abrir espacios dentro del PRI para lograr representaciones, a pesar de la voluntad de los «tecnócratas» de Miguel de la Madrid. Así nació la Corriente Democrática. Cuauhtémoc recordaría que intentaron democratizar un partido y se puso sobre la mesa la democratización del país.

Cárdenas emprendió una gira por todo el país que logró agrupar de manera consistente a sus adeptos, aunque de ninguna manera logró conmover la monolítica estructura priista, que el 4 de octubre de 1987 proclamó a Carlos Salinas como su candidato.

Unos días después, Cárdenas fue postulado por los partidos Auténtico de la Revolución Mexicana, Popular Socialista y Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional, y, ya muy avanzada la campaña, declinando Heberto Castillo a su candidatura, por el Mexicano Socialista, que era un reagrupamiento de la izquierda electoral emanada del Partido Comunista.

La campaña de Cárdenas significó, por un lado, la convergencia del nacionalismo revolucionario, que había gobernado México hasta 1982 y los movimientos de izquierda procedentes tanto los partidos Comunistas y Socialistas como de movimientos estudiantiles (entorno al CEU en la UNAM o a la CEP en el IPN), sociales de la ciudad (como las organizaciones de barrio surgidas tras el terremoto) y el campo.

Para el pueblo trabajador mexicano, representaba una válvula de escape a una situación no vista desde los tiempos de la revolución, el sexenio de Miguel de la Madrid representó una época de congelamiento salarial y pactos interclasistas, los aparatos sindicales se combinaron con el estado para impedir las huelgas y reprimir. En esas circunstancias  la campaña electoral de 1988  apareció como una opción para protestar.

No había posibilidades de componendas. El PRI, que se quedaba con el aparato partidista-estatal y el poder político, no podía aceptar políticos como Cárdenas y Muñoz Ledo, que no estaban dispuestos a participar en la privatización de las empresas estatales y en la entrega de los principales instrumentos económicos del país al capital privado. No porque fueran revolucionarios, sino porque no eran lo suficientemente reaccionarios.

Así pues, la elección de 1988 era de interés estratégico, especialmente para la gran burguesía, que ya se preparaba para hacer negocios con la entrega de las palancas económicas mexicanas a Estados Unidos.

El 6 de julio de 1988 se verificó un espectacular fraude, lo cual desató una lucha postelectoral nunca antes vista. El poder estaba en las calles, masas radicalizadas estaban dispuestas, incluso con las armas en la mano, a la toma del Palacio Nacional y de sus respectivos municipios pero, en el momento más álgido, Cárdenas explicó que no se podía ir más allá porque el movimiento no tenía un partido propio. Por ello, orientó toda la lucha a crear dicho partido el 5 de mayo de 1989, adoptando el registro que provenía del Partido Comunista Mexicano, que lo había heredado al PSUM y este, a su vez, al PMS.

En realidad, la aspiración de Cárdenas era más bien preservar lo que consideraba bueno del régimen anterior, añadiéndole la democracia electoral. No obstante, el PRD de los primeros años se conformó, en sus bases, por activistas campesinos, sindicales, estudiantiles y de colonias populares, entre otros, lo que le dio una opción política a un movimiento que hasta ese momento había estado al margen de la lucha electoral.

La dirección del PRD, totalmente hegemonizada por la Corriente Democrática priísta, nunca estuvo cómoda con esas circunstancias e inmediatamente procuró atraerse a cuadros priístas, bloqueando y saboteando toda organización de base.

El sexenio de Salinas significó una auténtica contrarrevolución: desmanteló cientos de empresas del Estado, privatizándolas a precios irrisorios; mientras que el PRD, sumido en una guerra civil interna contra su propia militancia y enfrentado a la violencia del Estado, fue incapaz de organizar una resistencia consistente.

Cárdenas nuevamente fue candidato presidencial en 1994 y 2000, no obstante, la efervescencia popular que se vivió en 1988 se traslado a otros escenarios, particularmente debido al estallido del levantamiento zapatista de 1994. Millones de trabajadores del campo y la ciudad, incluyendo las propias bases del PRD, pusieron sus esperanzas en el EZLN, y esto se sostuvo al menos hasta la marcha zapatista a la ciudad de México en el 2001.

Mientras que el arrastre de Cárdenas entre las masas se desvanecía—porque estas dejaban de ver en él a un dirigente con las agallas para enfrentarse seriamente al régimen, debido a que nunca quiso confrontarlos con contundencia, al menos diera un triunfo electoral—, en el seno del propio partido crecían nuevos liderazgos: unos más dedicados a integrarse al régimen establecido; otros, como López Obrador, más preocupados por mantener al conjunto del movimiento social como el instrumento fundamental para hacer política.

El sexenio de De la Madrid rompió la columna vertebral del Estado como principal agente económico del país; Salinas emprendió la contrarrevolución privatizadora y el sexenio de Zedillo estableció la conversión del país en una inmensa maquiladora.

Fue en 1997 cuando Cárdenas logró su mayor éxito, al ser electo jefe de Gobierno de la Ciudad de México con casi 2 millones de votos, pese a la tradicional campaña sucia que se orquestó en su contra. Fue una gran oportunidad que, desafortunadamente, no se aprovechó. En medio del golpeteo de la derecha y del acoso mediático, su administración introdujo cambios significativos: reorganizó la política social, impulsó nuevas instituciones culturales y recuperó los espacios públicos. Sin embargo, estos cambios no se tradujeron en una transformación profunda de las condiciones de vida de los trabajadores ni en una mayor participación y organización popular. La administración de Cárdenas no se distinguió especialmente de cualquier otra y eso, al final, significó el fin de su papel como principal dirigente de masas del país.

En este contexto, la última candidatura de Cárdenas, en el año 2000, representó un rotundo fracaso: obtuvo poco más de 6 millones de votos, el 17 % de la votación. Cierto es que, desde la cúpula del poder, se había concertado una entrega del gobierno a la derecha panista; no obstante, es claro que en ese momento no había ningún entusiasmo de parte de las masas hacia Cárdenas. En el seno del propio PRD estaba surgiendo la figura de López Obrador, quien había logrado llegar a la jefatura de gobierno de la Ciudad de México. Lo cual lo terminó de catapultar como líder nacional.

En el fondo, la batalla emprendida por los «tecnócratas» salinistas, a principios de los noventa, ya se había completado: las privatizaciones habían abarcado casi todas las empresas importantes del país, se había producido un éxodo masivo hacia Estados Unidos. Por otro lado, los sectores más radicalizados fincaban sus esperanzas en una alternativa que parecía más radical: el EZLN. Las esperanzas hacia esta organización también quedarían truncas en el año 2001.

Los simples llamados a la democracia, sin una propuesta que entrara en confrontación con la contrarrevolución salinista, simplemente no eran suficientes. Mucho menos cuando, al menos en apariencia, la figura de AMLO entró en confrontación con el gobierno de Vicente Fox hasta casi llevarlo a prisión en 2005. Esto, para las masas, era una muestra de que sí era capaz de ir hasta el final.

Al final, Cárdenas declinó participar en la contienda interna para la elección de 2006, para evitar ponerse en evidencia. Desde entonces, su papel fue más bien el de antagonista de AMLO, sin destacar particularmente por nada.

Históricamente, puede ser recordado como el elemento más representativo de la corriente del nacionalismo revolucionario que buscó evitar el control hegemónico del salinismo en el PRI y en el Estado. En esa batalla, su figura abrió el espacio para que millones de trabajadores despertaran a la vida política y encontraran una vía de intervención electoral para confrontar al sistema. No obstante, en 1988 Cárdenas no se atrevió a llamar a derrocar al gobierno surgido del fraude y eso le quitó una credibilidad que nunca pudo recuperar.

Cárdenas perdió la batalla no por falta de apoyo, sino porque ni siquiera se atrevió a emprenderla.

En las citas históricas sucede como en los amores. Ya lo dice Silvio Rodríguez:

La cobardía es asunto
de los hombres, no de los amantes.
Los amores cobardes no llegan
a amores ni a historias, se quedan allí
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Ni el recuerdo los puede salvar
ni el mejor orador conjugar
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