Contra el Anarquismo
Alejandro Aguilar-Reyes, CDMX.
Al estar completamente desposeídos de todos los medios de subsistencia en nuestras vidas, estamos sujetos a todas las barbaridades dentro del capitalismo. Ante esto, consignas como “abolir el Estado”, “abolir toda jerarquía y poder”, “acción directa”, “no líderes ni amos” (entre otras consignas que son parte del repertorio de quienes se dicen anarquistas), pueden ser muy atractivas para una parte de las juventudes y clase trabajadora cansadas de este sistema en decadencia. Pero como revolucionarios consecuentes es nuestra labor evaluar históricamente qué métodos han servido a las clases oprimidas para levantarse en contra de los opresores y cuáles no. Es por esto que es necesario contextualizar y analizar los métodos del anarquismo.
Comúnmente se dice que marxistas y anarquistas buscamos lo mismo —una sociedad sin clases, sin Estado y sin dinero— aunque con métodos muy diferentes. Sin embargo, esto no es lo único en lo que nos diferenciamos. La diferencia fundamental yace en la filosofía y nuestro método de análisis de la realidad. La lucha entre una filosofía idealista abstracta y una filosofía materialista dialéctica capaz de entender el mundo y transformarlo adquiere consideraciones prácticas importantes en la lucha política. Esto es precisamente lo que analiza en 1895 el pionero del marxismo ruso, Jorge Plejánov. Por eso, desde el Centro de Estudios Socialistas Carlos Marx hemos sacado una edición de su texto Contra el Anarquismo junto con 5 breves y recientes artículos polemizando temas varios del anarquismo.
En su texto, Plejánov empieza por recordar las posturas de los filósofos idealistas y socialistas utópicos franceses de principios del siglo XIX, que consistían en la búsqueda de la “legislación idealista y perfecta del hombre” para combatir las injusticias sociales. Al desprenderse de toda consideración histórica y material, se vuelve una abstracción idealista, agradable, pero incapaz de entender las raíces materiales del problema: la sociedad dividida en clases y el modo de producción capitalista. Las investigaciones de dichos filósofos partían, además, de otra abstracción ahistórica e inmaterial que es la naturaleza humana por sí misma. Utopista es aquel que concibe una organización social perfecta partiendo de un principio abstracto.
Quienes rompen con esta noción son Marx y Engels, que proponen un análisis que parte de las condiciones materiales de la existencia para entender la realidad. Sitúan el foco de su análisis en el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad a lo largo de la historia y la lucha de clases como motor de la historia. Es decir, su punto de vista era diametralmente lo contrario: no es la naturaleza humana el motor del movimiento histórico, es más bien la naturaleza humana la que se ve influenciada por las condiciones históricas. La dialéctica materialista nos permite comprender que no existen hechos inamovibles, sino condiciones que se transforman y pueden superarse, como la sociedad dividida en clases.
Plejánov expone el pensamiento de los socialistas utópicos para compararlo con la doctrina anarquista, particularmente las aportaciones de Stirner, Proudhon, Bakunin y Kropotkin. Para llegar así a la conclusión de que en esencia, la filosofía anarquista no dista mucho de aquella filosofía utopista. Hay de utopías a utopías.
Cada una pone sobre la mesa una abstracción nueva que es el punto de partida de sus diferentes tesis. Para Stirner es la idea del “Yo”, el “ser” es muy abstracto, lo único real es el “Yo”. Todo aquello que transgrede el “Yo” como la iglesia y el Estado son yugos déspotas en contra del “Yo”. La sociedad no es más que una simple suma Yo+Yo+Yo….
Para Proudhon es la idea del contrato, junto con la idea de que el Estado es una ficción. La constitución social inherente a la humanidad es necesaria y a falta de ella, el humano se ha visto obligado a imaginar la sociedad política. Es decir, para Proudhon no hay mejor organización política que la ausencia de organización política, citándole: “Fuera partidos; fuera autoridad; libertad absoluta del hombre y del ciudadano” en una confesión de renunciar a cualquier lucha política y abandonar la lucha de clases para abogar por la conciliación de clases. Es el ejemplo por excelencia de un planteamiento pequeñoburgués como lo exploran Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, para él la pequeña propiedad debe ser la base de la organización social sin entender el desarrollo objetivo de las fuerzas productivas y la necesidad de que los trabajadores utilicen la gran industria de manera democrática y planificada.
Hoy en día rara vez veremos a un anarquista reivindicando a Stirner o a Proudhon por sus ideas individualistas, pero a quien sí es común reivindicar por sus ideas colectivistas es a Bakunin. Este anarquista ruso se plantea fervientemente en contra de la figura “autoritaria y centralizada” del Estado y en favor de la organización de la sociedad y propiedad por medio de la asociación libre e igualitaria de los individuos. Aunque esto suene bonito, el problema fundamental es que deja de lado la necesidad de la organización del proletariado como clase en su conjunto. La dispersión, falta de unidad y la descentralización lo único que logran es que la clase dominante tenga las condiciones necesarias para reprimirnos.
Por último, Kropotkin cae en la idea metafísica de que no puede existir soberanía popular sin la completa autonomía de los individuos y de los grupos, rechazando por completo la idea de un Estado, pues, según sus palabras “sabemos que una institución que existió durante varios siglos no puede ser adaptada para un papel contrario“. Aquí vemos la superioridad del pensamiento dialéctico sobre el pensamiento formal e inamovible del anarquista. En realidad, lo que nos dice es que no confía en el papel revolucionario de las masas para tomar el poder del Estado y transformarlo para su propia liberación.
El lector se preguntará: “¿Por qué analizar la teoría de unos señores de hace ya casi dos siglos cómo si esta teoría no ha sufrido cambios?” En esencia las ideas siguen siendo las mismas (sólo que ahora con una buena dosis de eclecticismo teórico, decolonialidad y política de identidad) y, el análisis que hace Plejánov lo podemos hacer con figuras que les siguieron como Goldman, Makhno, Malatesta e incluso anarquistas de hoy en día como Graeber.
Los anarquistas son una variedad particular de utopistas. Si bien los utopistas de principios del siglo XIX hacían avanzar la ciencia social dentro de lo que cabía hasta ese punto en la historia, los anarquistas en realidad lo retroceden pasos atrás al tener consignas meramente económicas e inmediatas. Es una mirada idealista, utópica y rechazando la lucha política organizada del proletariado para la toma del poder. Después de todo lo expuesto, Plejánov concluye su texto con la siguiente cita: “En nombre de la revolución, los anarquistas sirven la causa de la reacción; en nombre de la moral, aprueban los actos más inmorales; en nombre de la libertad individual, atropellan todos los derechos de sus semejantes”.
El libro viene acompañado de una serie de artículos recientes que tocan temas como los claros límites de la acción directa y el terrorismo individual en la lucha de clases, la necesidad de una teoría revolucionaria, lecciones de la guerra civil española y una visita por la polémica de Kronstadt y el ejército negro de Makhno al terminar la guerra civil rusa. Son todas lecciones valiosas que hoy nos sirven para la lucha en contra de las ideas reaccionarias del anarquismo.
Por nuestra parte, nosotros como comunistas decimos: el capitalismo es un sistema que no ha dejado ya un rincón de la tierra sin tocar. Es un sistema de calamidades que se exacerban cada día más, es por esto que necesitamos un movimiento internacional de toda nuestra clase, no la lucha local y aislada en comunas; centralizado, que funcione como un solo cuerpo ante la reacción; con una filosofía y tradiciones propias del proletariado —no de la pequeñaburguesía— y que no claudique ante demandas inmediatas o el espontaneísmo. Aquellos que se dicen anarquistas o simpaticen con esas ideas no son nuestros enemigos, al contrario, muchos son nuestros compañeros de clase que al querer ver cambios inmediatos en la sociedad son persuadidos por una ideología que en la superficie aparenta ser revolucionaria, pero que en esencia ha sido y es contrarrevolucionaria. Nos tomamos con la más profunda seriedad las tareas de la revolución, por eso seremos firmes y pacientes a la hora de explicar los métodos correctos de la lucha obrera y la necesidad del marxismo. Si concuerdas con nuestras ideas, te invitamos a adquirir el libro y a organizarte con el PCR.
