La Revolución Traicionada: lucha de clases y burocracia en la URSS.

Manuel Viveros, CDMX

“Todo el que se inclina ante los hechos consumados es incapaz de preparar el porvenir” – León Trotski.

La tarea histórica que nos proponemos los comunistas no es nada sencilla, de hecho es un camino repleto de dificultades, giros y contradicciones. El viejo orden se rehúsa a morir hasta derramar la última gota de sus fuerzas. Es en el ir y venir dialéctico de la lucha de clases, donde las causas se vuelven efecto y viceversa, que se decidirá la victoria final, siempre y cuando el ala revolucionaria aproveche decididamente las lecciones del pasado. La historia de la Revolución Rusa, y de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas que surgió de ella no es la de un “experimento socialista” fracasado, sino un ejemplo ardiente de la fuerza del proletariado cuando decide tomar las riendas de la sociedad. Así como una prueba dolorosa de los errores y carencias que debemos evitar. 

Hay quienes argumentan que hoy en día es fútil preocuparse por los debates del pasado. Lamentablemente la revolución no se sostiene únicamente de buenas intenciones, sino que debemos emplear las mejores ideas y métodos de lucha. Lo que en ocasiones se caracteriza como una lucha entre Trotski y Stalin no tiene nada que ver con riñas personales. De hecho va mucho más allá de cualquier individuo, pues corresponde a la lucha de fuerzas sociales y económicas dentro de la sociedad soviética, y en un plano más general a la lucha de clases entre el proletariado y el capitalismo a nivel mundial.

Este año se cumplen 90 años de la redacción de La Revolución traicionada, escrito por Trotski en el exilio. También se cumplen 90 años del inicio de los juicios de Moscú, un episodio sangriento en el que la burocracia estalinista llevó a cabo el exterminio físico de prácticamente todos los viejos bolcheviques, colaboradores de Lenin y Trotski, que habían tenido un papel fundamental en la Revolución. ¿Cómo fue posible llegar hasta ese punto? ¿Qué fue la burocracia y por qué libraba una lucha contra la revolución? ¿Fue la URSS realmente socialista? Ninguna de estas preguntas tiene una respuesta sencilla, sin embargo a partir de un cuidadoso análisis de la realidad el autor nos revela la amarga verdad, a la vez que muestra el camino a seguir en la lucha por el porvenir.

La fuerza de las contradicciones

La Revolución rusa de 1917 trajo consigo triunfos concretos: la abolición de la propiedad privada a través de la nacionalización. Es decir, la tierra, las fábricas, los transportes y demás medios de producción pasaron a manos del Estado soviético, que en teoría representaba el poder directo de las masas organizadas. En otras palabras, se instauraron relaciones socialistas en la propiedad. Esto a su vez sentó las bases para una economía planificada, por mucho superior a la anarquía capitalista, que demostró su potencia “no en el lenguaje de la dialéctica, sino en el del hierro, el cemento y la electricidad”. 

Pero no todo es tan sencillo como suena, fueron dos factores fundamentales los que marcaron el desarrollo del Estado soviético, y que en última instancia sirvieron como base para su degeneración. El primero de ellos, el nivel de vida abismal del que se partía en la tarea de construir el socialismo. Previo a 1917 las masas rusas, principalmente campesinas, vivían en condiciones deplorables, diezmadas por enfermedades prevenibles, privadas de acceso a la higiene y la educación, y aún atadas a una agricultura principalmente de subsistencia. Además hemos de recordar que desde 1914 estaba en curso la primera gran guerra imperialista, derramando la sangre de obreros y campesinos pobres en nombre del capital, bajo la máscara del nacionalismo. El poder de los soviets se enfrentaba a una situación que estaba muy lejos de parecerse a una sociedad ideal. Para colmo, meses después de la toma de poder se desató una guerra civil de las más cruentas, en la que el pueblo debió resistir los ataques de los ejércitos blancos y la intervención de 16 países capitalistas que buscaban estrangular la revolución. 

No es fortuito que Marx y Engels plantearan que la revolución socialista probablemente tendría lugar primero en alguno de los países capitalistas avanzados de Europa, que contaban con una clase obrera mucho más fuerte y un nivel de desarrollo avanzado que era el punto de partida del futuro socialismo. En palabras de Marx: “El desarrollo de las fuerzas productivas es la primera condición absolutamente necesaria [del comunismo], porque sin ella sólo se generalizaría la escasez y, por tanto, con la pobreza, comenzaría de nuevo la lucha por lo indispensable, rebrotando consecuentemente todo el viejo caos”. Lenin más tarde caracterizó al socialismo como “el poder de los soviets más la electrificación”. Podría parecer incongruente haber realizado una revolución socialista donde aún no existían las condiciones para este nivel de transformación. Pero los bolcheviques siempre comprendieron que la revolución que había llevado a los trabajadores rusos al poder en octubre de 1917 no era más que el punto de partida para el derrocamiento del capitalismo a nivel mundial; el banderazo de salida para una serie de revoluciones a lo largo y ancho del planeta, que de ser exitosas acelerarían drásticamente el desarrollo del socialismo en todo el globo, incluida Rusia.

Lamentablemente este no fue el curso que siguió la historia. La revolución alemana de 1918, entre otros tantos levantamientos y sublevaciones en Europa fracasaron durante los primeros años de existencia de la URSS. Al principio por la falta de experiencia y preparación de sus dirigentes, después guiadas a su muerte por las políticas erróneas de la III Internacional, que en manos de la burocracia había puesto su misión de cabeza. He aquí el segundo factor que trastornó el desarrollo económico, social y político del país de los soviets: el aislamiento.

Estas condiciones desgarraron a la sociedad soviética en una profunda contradicción desde el principio. A pesar de haber abolido formalmente la propiedad privada, no existían las condiciones para la igualdad real, y todo el viejo caos de las normas burguesas del reparto no dejaba de resurgir. Esto es evidente sobre todo analizando la economía, atropellada una y otra vez por los zigzags de la burocracia. Las cifras presentadas por Trotski hablan de una desigualdad terrible, superando la de muchos países capitalistas de la época. De ahí las bases sociales para el fortalecimiento de una burocracia cada vez más segura de sí misma, traicionando los principios de la Revolución, pero dependiente de sus conquistas para asegurar sus privilegios.

La historia de la Revolución rusa de 1917, de la degeneración burocrática subsecuente, de la lucha librada por Trotsky por mantener viva la llama de la revolución proletaria, e incluso la posterior caída de la Unión Soviética, es inseparable de la historia de la lucha de clases internacional. Lejos de desmoralizarnos, esta obra nos plantea la mayor de las tareas, hacer nuestras las lecciones del pasado, y emplearlas decididamente para asegurar la victoria de nuestra clase de una vez por todas. Hoy el proletariado es más fuerte que nunca, crece día con día, alimentado por las nuevas generaciones que ven con ojos frescos el futuro y están libres del peso de las derrotas de las viejas generaciones. Concluyamos el trabajo de los millones de trabajadores que han librado una lucha heroica durante siglos, y que nos demostraron la importancia vital de la democracia obrera como herramienta para transformar la sociedad.

Aseguremos un partido internacional capaz de conquistar la victoria en el momento decisivo. ¡A construir la Internacional Comunista Revolucionaria! ¡Organízate, fórmate y lucha en el PCR!