Capital y Narcotráfico: Racismo, drogas y anticomunismo (Primera Parte)
Gerardo “Mapache” Galeote
Cocaína, meta, cristal, crack, marihuana, tachas, PCP, fentanilo, heroína, LSD, opio: ya hemos oído estos nombres en nuestra vida cotidiana como en los medios de comunicación o desde los fueros internos de nuestros lectores ya han probado algunas de estas sustancias (y son afortunados) de seguir aquí sin alguna adicción pero también nos ha afectado en la experiencia propia por mediación de algún familiar o conocido que ha caído en la dependencia (o peor, recién salen de este abismo de manera personal) de estas sustancias o en un sentido más general en la llamada “guerra contras las drogas”.
Y como no olvidar a aquellos políticos de todos los bandos oficiales que repiten el mismo guión “para eliminar el narcotráfico es necesario declararles la guerra” o, repitiendo la vieja conocida reaganiana “just say no”, consejo incapaz de detener una epidemia de muertes por sobredosis en Estados Unidos, alcanzando las 100,000 para el año 2022, y que, de manera contradictoria ha ido a la baja el número de muertos por sobredosis: durante el 2024 fueron un total de 80,000 fallecidos, siendo una disminución del 27%, y el 2025 con 70,000 (añadiendo que ya no es a causa única a la heroína y cocaína sino los opioides sintéticos como el fentanilo la causa principal) sumando otro 14% frente al 2019.
Del lado mexicano, el número de “bajas colaterales” producto de la militarización en las tareas públicas sigue aumentando pero, curiosamente, el número de muertos por sobredosis en México es de 2,609 personas para el 2019, siendo el alcohol el principal causante. Ante todo este panorama, donde la guerra contra las drogas ha cobrado tantas víctimas, cabe preguntarse ¿por qué sigue existiendo el comercio y consumo de estas sustancias, aunque la policía y los militares siguen desplegados en las calles imponiendo la prohibición?
Esta pregunta y muchas más han resonado en la clase proletaria cuyas respuestas oficiales (con todo su desfile de libros y reportes oficiales que solamente avalan la ideología dominante de que este es un problema que se resuelve por medio de las armas) son insuficientes y del cual es el motor principal en la que, su servidor, tiene el objetivo de trazar un camino para relucir la no tan conocida historia de la “guerra contra las drogas” y como este es uno de los problemas que solamente el comunismo puede resolver sin medias tintas ni salidas cobardes.
Este es la primera parte de una trilogía que inicia a finales del siglo XIX en la China manchú invadida por los poderes imperialistas, el racismo interiorizado en las legislaciones prohibicionistas así como la relación entre la CIA, “capos” y el anticomunismo para terminar en estos tiempos con la amenaza perpetua de una intervención militar en México por causa del “narcoterrorismo”.
Pero tras este aparente caos y hechos inconexos existe una realidad que ningún otro autor “crítico” ha querido ahondar por temor a ser excomulgado por la burguesía: el narcotráfico es solamente una expresión (la más violenta) del capital.
Esta es una historia que debe ser conocida por todos y que ponga en la mesa la necesidad de una alternativa revolucionaria.
De la “guerra del opio” a la “guerra contra las drogas”
Antes que nada haremos una distinción: el consumo de drogas es tan antiguo como la propia humanidad, hay estudios en las que se registra el uso de opio en Europa hacia el 5,700 a.C así como semillas de la cannabis en el ¡8,100 a. C! Incluso hay científicos que defienden la idea de que el consumo de drogas fue uno de los aceleradores para la evolución de la conciencia humana pero los registros del uso intensivo fue a partir de la revolución neolítica cuando se inventó la agricultura.
Retomando el tema; el término “guerra contra las drogas” no es una política surgida de la nada, sino que es el resultado de una serie de decisiones tomadas desde el Estado (el norteamericano para ser precisos) y que se justifica por “combatir a los productores y comerciantes de sustancias que dañan a la sociedad y su moral” ¡que hermoso principio! Pero vayamos un poco atrás.
Las drogas (en principio el opio, el tabaco, la coca) es una mercancía cuyo valor económico fue crucial para la expansión colonial de las principales potencias (el opio en el caso británico o el alcohol basada en la caña de azúcar y el tabaco de parte de España) así como una poderosa arma política introduciéndose en las comunidades indígenas como primer asalto y para mantener su dominio en las colonias: en las mesetas andinas los colonos comerciaban con la hoja de coca para que los obreros mineros obtuvieron acceso al estimulante. El caso de China es, para algunos, el punto donde el nexo drogas-capital fue el más nítido.
En el siglo XIX, China podría presumirse a sí misma como una de las sociedades tecnológicamente más avanzadas por el hecho de ser autosuficiente de modo que las mercancías europeas estaban restringidas en el mercado chino. Entre Europa y China operaba un intercambio desfavorable al pagar en plata si ansiaban los exclusivos productos nacionales como la seda, el té y porcelana pero esto estaba conduciendo a una exportación masiva de metales que amenazaba con un déficit para la burguesía occidental. Tenían que solucionar este asunto y la encontraron en una sustancia que tenían en abundancia en la India: el opio.
Por medio de la creciente demanda de este producto derivado del deterioro de su sociedad por problemas internos el régimen manchú prohibió tajantemente el comercio de opio, y esto se tradujo a una situación en la que las autoridades recibían su buena porción de sobornos (que proporcionalmente eran inferiores frente a los impuestos de importación) pero cuando la monarquía nombró a Lin Zexu como comisionado para erradicar el consumo de opio entonces las cosas se fueron por la borda: confiscaciones, clausuras y lo más notorio, la destrucción de diez mil arcones de opio fue el pretexto perfecto para la guerra. En las dos Guerras del Opio, China fue humillada y sometida por la maquinaria militar británica y francesa y la obligaron a firmar Tratados Desiguales (por ejemplo, la posesión de Hong Kong de parte de Gran Bretaña y la ampliación de Macao por Portugal) y que marcó la “Época de Humillaciones” para China hasta 1949 cuando la Revolución China derrocó el orden capitalista y se instaló el Partido Comunista Chino bajo Mao Zedong.
En la misma época, el procesamiento y refinamiento de la coca y el opio en sus versiones más conocidas como la cocaína, la heroína y la morfina fueron de la mano de los alemanes y el control del mercado de estas sustancias estaba bajo el monopolio de Merck ¡e incluso era un ingrediente básico de la Coca-Cola en 1900! Pero entonces ¿Cuál es la razón por la que prohibieron un jugoso y lucrativo negocio? La respuesta es ¡racismo!
Racismo y drogas
Hagamos un ejercicio mental, piensen en las palabras “drogas” y “adictos” e imaginen quién encaja en esas dos palabras. Aquí no somos la GPU para juzgarlos pero si pensaron en una persona latina (o afroamericano si se van a lo norteamericano) y pobre consumiendo cristal en un gueto perdido, entonces ya hemos descubierto la relación entre racismo y la guerra contra las drogas.
Porque seamos serios, ningún lector piensa en policías/milicos arrestando o golpeando a gente blanca adinerada por haberles encontrado su respectivo bloque de coca traída desde Colombia. Nada, cero (a excepción de una u otra película). Al imaginario colectivo se le ha impuesto una sutil asociación entre pobres y drogas en la que no vemos a los muertos (sean por enfrentamientos o resultado de una sobredosis) como es, muertos, sino “bajas” dentro de un conflicto donde una sociedad buena se enfrenta a los elementos degenerados que busca corromper a sus juventudes (sutil ese tono eugenésico, en mi opinión) por medio de las drogas.
Dicha asociación no es accidental sino es la base ideológica para dicha guerra: en los círculos políticos norteamericanos se asocia el consumo de opio, coca y marihuana a los chinos, afroamericanos y latinos por medio de prejuicios como aquellos que mencionan que el consumo de estas sustancias enloquecen a tal modo que busca aparearse con las jóvenes blancas (afroamericanos), hacerlos flojos o asesinos (latinos) o seducir (noten ese sexismo) a las mujeres para usurpar a la población blanca y santa (chinos).
El racismo, como sabemos, es un arma que el capital usa para dividir a la misma clase proletaria entre “razas” y potenciar el sentimiento nacionalista para asociar que el enemigo del obrero es aquel extranjero que quiere usurpar su trabajo, familia y país por esas extrañas y degeneradas culturas que lo lleven a unirse con su patrón en la “lucha nacional”. Eso es básico. ¿Pero cómo se conjugó el racismo y la guerra contra las drogas? Bueno, es momento de irnos a los locos años veinte.
Conozcan a Harry Anslinger (1892-1975), es un nombre muy poco difundido en el imaginario que rodea a la “narcocultura” pero él fue el artífice, su creador. No es muy mencionado en la poca literatura “crítica” sobre el tema debido a que esta tenía una clara alusión racista así como ignorar los informes de doctores especializados en adicciones que rechazaba el prohibicionismo (como en la actualidad), de hecho, se coloca en su lugar a Richard Nixon como el “creador” de la actual política antidrogas en el sentido de asociar las disidencias (la antibelicista en la Guerra de Vietnam y la de los derechos de los afroamericanos) con el consumo de drogas, tal es así que el Jefe de Seguridad de la administración Nixon, John D. Ehrlichman menciona que
La Casa Blanca tenía dos enemigos: la izquierda antiguerra y la población afro-estadunidense. […] Sabíamos que no podíamos convertir en algo ilegal estar en contra de la guerra o ser negro, pero lograr que el público asociara a los hippies con la marihuana y a los negros con la heroína, y después criminalizarlos severamente, podríamos irrumpir en esas comunidades, […] arrestar a sus líderes, catear sus casas, disolver sus reuniones y vilipendiarlos noche tras noche en los noticieros. ¿Sabíamos que estábamos mintiendo sobre las drogas? Por supuesto que sí.
Pero volvamos a Anslinger. El fue el primer comisionado de la Oficina Federal de Narcóticos y sus aportaciones en la criminalización de las sustancias psicoactivas fue la base para lo que años después sería la DEA. Él consideraba que el uso de estas sustancias estaba relacionada a ciertas “etnias” y para probar su punto usaba historias sensacionalistas para “exponer” que su uso desataba conductas anormales y criminales, un ejemplo sería la de Víctor Lacata donde el consumo de cannabis lo motivó a agarrar un hacha y descuartizar a su familia. Con esta historia Harry logró motivar a que el Estado le diera más presupuesto a su dependencia (en aquella época, la Oficina Federal de la Prohibición) donde se demonizaba el consumo de esta sustancia y, de este modo, meter miedo a los congresistas.
El caso de los afroamericanos es aún más notorios, consideraban que el consumo de cannabis impulsaba a los “negros” a olvidar las barreras raciales y saciaran sus deseos sobre las mujeres blancas y el jazz fue metido al costal considerándolo como uno de los efectos del consumo de esta sustancias. Por otro lado, la cocaína era una sustancia que volvía sobrehumanos a los afroamericanos y se volvían una amenaza para la población blanca.
El opio, dentro del imaginario impulsado por Anslinger, era una arma de los chinos como una forma para acercarse y pervertir a mujeres blancas para reducirlas a meras máquinas sexuales sin frenos.
Hagamos una aclaración: Anslinger no lograría nada de lo que cometió si no fuera por las ideas imperantes que asediaban a las minorías etnicas en aquellos tiempos, como sabemos, el racismo fue parte importante en las justificaciones expansionistas de las potencias europeas y en Estados Unidos era normal la segregación contra los afroamericanos (cuyas expresiones mas violentas como los linchamientos eran el pan de cada día en el Sur norteamericano) a pesar de la abolición de la esclavitud tras la Guerra Civil. En lo que sí fue innovador era en crear este nexo en el consumo de estas sustancias y potenciar el racismo hacia estas minorías.
Pero esto no se quedaría limitado a las minorías étnicas sino que fue el vehículo perfecto para una política agresiva en el exterior.
Anticomunismo, “capos” y la CIA
La paranoia que caracterizó a Anslinger y al prohibicionismo sobre las sustancias ilícitas no se limitaron en el interior, sino que fue usado como un trampolín para una política exterior agresiva y no era para menos; Estados Unidos era la potencia que salió más beneficiada tras la matanza imperialista que fue la Primera Guerra Mundial (1914-1918) sin mencionar su ascenso como tal gracias a la victoria sobre el moribundo Imperio español arrebatándole Cuba y Filipinas y la enorme influencia que ejerció el capital financiero sobre los bancos europeos al ser deudores de cuantiosos préstamos para estabilizar Europa tras la guerra. Trotsky describe así su influencia:
En el curso de la nueva época el capitalismo de América del Norte constituirá la fuerza fundamental de la contrarrevolución, cada vez más interesada en que se mantenga el “orden” en todos los puntos del globo terrestre.
Tras la Segunda Guerra Mundial la intervención de los Estados Unidos en la política exterior global se hizo más evidente y en la década de 1950 nuestro compañero Anslinger comenzó a extorsionar (a la vía diplomática para no perder la costumbre, claro está) a países en la recién creada Naciones Unidas para explicar su plan de prohibición de drogas disfrazando su fracaso interior en la única forma de acabar con la amenaza que representaba las drogas (los pobres que la usaban), aquellos quiénes se negaban seguir sus planes se les amenazaba con cancelar sus ayudas tan vitales para la reconstrucción de sus economías destrozadas por la guerra como Gran Bretaña y Tailandia.
Pero mientras que el Zar antidrogas promocionaba su política prohibicionista su propio gobierno financiaba y protegía a estos mismos criminales que se debían eliminar.
Charles “Lucky” Luciano es un nombre que se asocia a las mafias sicilianas que luego se harían famosas a películas como El Padrino o Gánster Americano pero lo que no se cuenta es que él fue una fuente importante para la inteligencia norteamericana durante la segunda guerra mundial en el frente italiano en la forma de sabotajes y paso de información respecto a los movimientos de los nazis en los puertos italianos así como destruir vías en vísperas del Día D, pero no fue el único; gracias al tráfico de opio chino (de mano de los señores de la guerra provinciales y del propio Kuomintang en tiempos de la guerra civil) que llegaba a Marsella fueron apoyados por la CIA para aplastar huelgas y agredir militantes comunistas que se oponían al Plan Marshall (que profundizaba la dependencia europea a la banca norteamericana). Tanto fue la utilidad de las familias sicilianas que incluso establecieron un gobierno provisional en la recién “liberada” Sicilia colocando al jefe de la mafia local, Don Calogero, usando al criminal Vito Genovese, miembro de la Cosa Nostra y lugarteniente de Luciano como oficial de enlace entre Sicilia y la Armada norteamericana.
Luciano, por su parte, había construido un imperio de tráfico de opio desde Turquía hasta Estados Unidos dónde la CIA procuró mantenerlo a salvo mientras que sus criminales eran usados como esquiroles y guardias blancas en Italia (hay que recordar que Estados Unidos se encontraba en pugna contra la burocracia soviética sobre Italia en la que, simultáneamente, fue la raíz de la Operación Gladio dónde la CIA y la OTAN entrenaron y financiaron a fascistas y ultraderechistas en caso de una invasión soviética resultando en una espiral de violencia y terrorismo). Antes de la salud pública, el anticomunismo: porque no hay mejor aliado que el gánster.
Mientras que los corsos y sicilianos eran vanguardia anticomunista en Europa, nuestro amigo Luciano se dedicaba en sus negocios en Estados Unidos en la que, en una ocasión, fue a reunirse con jerarcas criminales como Santo Trafficante en La Habana prerrevolucionaria dónde acordaron nuevas rutas del opio usando a países como Chile y México, pero tras la caída de Batista cambió por completo los planes relocalizando los centros de suministro al Sudeste Asiático. Durante la Guerra Civil en China el Kuomintang había capturado uno de los mayores campos de amapola en la frontera con Birmania y, con ayuda de la CIA que ya los ayudaba por medio de un puente aéreo y empresas fantasmas, se volvieron sus “mulas” para traficar opio hacia Estados Unidos y con esto resurgió el Triángulo Dorado (Sur de China, Birmania, Laos, Tailandia) siendo un importante punto de suministro de heroína para las tropas norteamericanas en la Guerra de Vietnam.
Fue tal el nivel de complicidad de la CIA en el tráfico de opio que solamente diremos dos puntos:
1. El primero involucra una investigación realizada por dos periodistas independientes, Peter Dale Scott y Alfred McCoy, lograron contactarse con un ex boina verde (soldados élites entrenados por los Estados Unidos desde la guerra de Corea) que testificó cómo durante una misión secreta en Laos cargaban un avión con heroína pilotado por un agente de la CIA. Tras el contacto con los periodistas recibió un “mensaje”: una bala sobre la puerta de su coche deportivo para que desistiera de la entrevista propuesta.
2.El comercio de heroína era tan lucrativo que los más grandes traficantes eran jerarcas militares del Ejército de la República de Vietnam (Vietnam del Sur) y las autoridades norteamericanas, como sucede en las alianzas, ignoró y negó las acusaciones.
Pero no todo dura para siempre: las protestas internas, la represión, la creciente impopularidad y los fracasos militares en la guerra terminó por hacer retirar a los norteamericanos de Vietnam y con ellos, el dinero y los clientes de la heroína (cuyo total desplegado, un 20% se hicieron adictos al finalizar la guerra) cuyo efecto fue el colapso de la frágil economía de Vietnam del Sur construida a partir del mercado negro terminó por ser derrotada por los comunistas del Norte y los insurgentes.
Pero así como se cierra una puerta, la CIA abre la ventana y esta vez fueron dos: la Creciente Dorada que abarca Pakistán, Afganistán e Irán durante la Guerra Afgano-Soviética (1979-1991) donde estos se financiaron en base al dinero generado por los campos de opio y armando con cohetes Stinger, junto con el ISI pakistaní a los fundamentalistas islámicos, los muhayadines, para matar soviéticos. En segundo lugar, los campos de coca en Centroamérica durante la Guerra Civil Nicaragüense en manos de los famosos Contras que se oponían al nuevo régimen sandinista.
¿Qué aprendimos de este largo recorrido? Que la actual guerra contra las drogas nació de prejuicios racistas y fue un instrumento que la CIA ha usado para financiar operaciones negras (al fin y al cabo, es dinero sucio que no pasa por fiscalización ni declaración ante un parlamento) pero esto no es todo. En la segunda parte vamos a aterrizar sobre México, la génesis del “narco” como enemigo interno en la política mexicana así como revisitar a nuestros compañeros de la CIA junto con los Contras, el controversial Irangate y la epidemia de crack durante los años ochenta.
Y la pregunta más importante, ¿qué función tiene el narcotráfico en la lógica de la acumulación capitalista? Esta historia apenas está comenzando.
