El mundial expropiado

Rubén Rivera

El fútbol es el deporte más popular de todo el planeta. Para jugarlo puede bastar con dos piedras y una bola de trapo en forma de balón. Muchos de los grandes jugadores de la historia ni siquiera tenían calzado cuando en su niñez comenzaban a hacer malabares con sus amigos de barrios marginales en América Latina, África o Asia. La entrada masiva de las mujeres al juego en el siglo XXI —que pasó por una ardua lucha para ganar espacios, incluyendo un mundial femenil realizado en México en 1971 que no es reconocido por la FIFA— lo ha convertido en el único deporte auténticamente universal.

Resulta muy raro que una fábrica con más de 11 obreros no arme un equipo o que un barrio no tenga su equipo local y, cuando hay las suficientes trabajadoras, cosa que cada vez sucede más, aparezca una versión femenil o mixta.

Estas características hacen que las grandes masas generen un arraigo muy fuerte con el equipo de su región o país, o con aquellos que logran una trascendencia global.

Fueron los marineros ingleses quienes, a finales del siglo XIX, llevaron a los puertos de todo el mundo el fútbol con sus reglas modernas, pero al final fueron los franceses quienes crearon su organismo rector en 1904, la famosa Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA). En suma, el fútbol ha sido el principal deporte de las masas mucho antes que fuera un negocio para las elites, aunque eso no duró mucho.

Desde tiempos muy tempranos se ha intentado mezclar la imagen de este popular deporte con la política. No hay dictadura que no quiera mostrar consenso con un equipo nacional y no faltan ejemplos de rebeldía de jugadores y entrenadores emblemáticos, para demostrar que el juego puede ser también un escenario de reivindicaciones populares o revolucionarias.

Por esta razón, hoy más que nunca, el evento mundial es un escaparate de las profundas contradicciones del capitalismo en todas las esferas, desde la geopolítica hasta las distintas luchas de clases.

La voracidad de los mafiosos magnates de la FIFA que controlan el negocio global que genera el fútbol siempre había sido evidente. No obstante, en esta ocasión ha llegado a niveles absurdos, como lo es la especulación con los boletos, que ha disparado los precios a decenas de miles de dólares. Esto provocó, por ejemplo, que en el partido inaugural las gradas estuvieran pobladas en un 90% por ese 1% que en México tiene el equivalente del 40% del PIB.

El pueblo que sigue el mundial está cada vez más restringido a transmisiones de paga —incluso los restaurantes o bares pueden tener cuantiosas multas si trasmiten los partidos si no pagaron antes elevadas sumas por los derechos— o, cuando hay suerte, en pantallas en alguna plaza pública. Ahí podemos gritar lo que se nos pegue la gana sin la censura de la hipócrita FIFA, que suspende por motivos políticos a Rusia y al mismo tiempo cierra los ojos ante el genocidio de Palestina, o que tiene la desfachatez de darle un “premio de la paz” al presidente Donald Trump y al mismo tiempo permite con un odioso cinismo que los Estados Unidos impidan el paso a personas de los países que considera “peligrosos”, incluyendo al árbitro de Somalia Omar Hartan, quien simplemente fue obligado a regresar sin que la FIFA le diera alguna opción —no olvidar que también hay juegos en México y Canadá—. Las delegaciones de Uzbekistán y Senegal fueron humilladas con revisiones denigrantes y aficionados o personal de Marruecos, Irak e Irán, entre otros, fueron rechazados sin más razón que el racismo del régimen trumpista. Nada de esto le importa a la FIFA.

Canadá tampoco se queda atrás: también expulsó a miembros de la delegación iraní y se procedió a desalojar a personas sin casa en Vancouver y otras sedes mundialistas para no incomodar a los turistas.

En México se ha creado una especie de zona exclusiva alrededor del Estadio Azteca, a la que la población en general no tiene acceso, especialmente en los días del partido. Esta zona fue blindada con miles de granaderos y empleados de la Ciudad de México que se usaron como escudos humanos para interponerse contra los manifestantes, los cuales, en decenas de miles, colmaron la calzada de Tlalpan mostrando el contraste que hay entre el pueblo organizado y el negocio especulativo que solo disfruta la burguesía.

Mención especial merece el trato que se le dio a la delegación de futbolistas de Irán, a quienes ni Estados Unidos, ni Canadá les permitieron entrenar en su territorio. Como alternativa, México ofreció las instalaciones de los Xolos de Tijuana.

Desde la llegada del equipo de Irán a Tijuana hubo manifestaciones espontáneas de apoyo, lo que se puede interpretar como una muestra del espíritu antiimperialista entre amplios sectores de los trabajadores mexicanos, que están muy por encima de los cálculos timoratos del gobierno de Morena. Conforme pasaron los días estas fueron creciendo hasta tomar la forma de auténticas manifestaciones de solidaridad con Irán y Palestina.

Está claro que una cosa son los gobiernos y los oligarcas y otra cosa son los pueblos. En el caso de Irán, todo su peregrinaje hasta la llegada al propio estadio de Los Ángeles estuvo presidido de tremendas medidas de seguridad y, al mismo tiempo, evidentes muestras de apoyo, incluyendo a población norteamericana y mexicana que llenó el estadio y convirtió la ceremonia de apertura del partido en una manifestación a favor del pueblo de Irán. Una muestra de solidaridad internacional y toda una bofetada al régimen racista y xenófobo de los Estados Unidos y la hipocresía de la FIFA.

En suma, pese a que desde hace ya varias décadas la FIFA ejerce un dominio monopólico sobre el fútbol, este último mundial ha llegado a niveles verdaderamente escandalosos. Nunca como ahora se hace evidente que también en el terreno del deporte el capitalismo prostituye todo lo que toca; por tanto, también ese terreno solo la revolución socialista podrá arrebatar el fútbol de las manos de los oligarcas y regresarlo al pueblo. Por ese motivo y muchos otros más únete al Partido Comunista Revolucionario.