Lucio Cabañas y el Partido de los Pobres: Lecciones de un movimiento campesino guerrerense para la construcción del partido revolucionario internacional

Gramsci Murga, Chihuahua

Este texto es construido con cariño para mis camaradas

 en la Internacional Comunista Revolucionaria.

Introducción: El “cabañismo” como expresión de la rebelión campesina

El 2 de diciembre de 1974, en la sierra de Atoyac, Guerrero, el ejército mexicano asesinó al profesor rural Lucio Cabañas Barrientos, líder del Partido de los Pobres (PDLP) y su brazo armado, la Brigada de Ajusticiamiento. Su caída, precedida por una brutal campaña de contrainsurgencia que incluyó desapariciones forzadas, torturas y bombardeos aéreos por parte del gobierno federal, no significó el fin de la llama de rebeldía que había encendido en las comunidades campesinas de la Costa Grande. 

Cincuenta años después, la figura de Cabañas “El Chivo”, “El Profe”, “El Maistro”, “El Gallo” y “Miguel”, según los distintos apodos que lo identificaron (Lutz 2016: P.1-2). Sigue siendo un símbolo de resistencia, pero también un campo de batalla política que nos invita a extraer lecciones estratégicas para las luchas actuales.

Un análisis desde la perspectiva marxista revolucionaria, nos permite abordar la experiencia del PDLP más allá del culto al héroe de la lucha social  o la condena moral. 

Se trata de comprender su surgimiento como expresión de contradicciones estructurales profundas como el caciquismo, el despojo agrario, la represión sistemática, asi como los proceso de acumulacion por despojo, pero también de señalar sus límites estratégicos: el aislamiento del proletariado urbano, la ausencia de una dirección política orgánica y la caída en lógicas que, si bien no fueron un foquismo guevarista ortodoxo, demostraron padecer de la necesaria articulación con las luchas de masas más allá de las comunidades de la Costa Grande.

La lección fundamental que nos deja Lucio Cabañas no es la de repetir su camino, sino la de aprender de su coherencia y de sus errores para forjar el instrumento que la clase obrera y el campesinado necesitan: un partido revolucionario capaz de convertir el heroísmo aislado en victoria colectiva.

El crisol de la rebelión: Caciquismo, represión y la herencia del agrarismo

Para comprender el surgimiento del PDLP, es necesario situarlo en el contexto de violencia estructural que ha caracterizado esta y otras regiones del país. “Guerrero: territorio de una violencia perenne que se manifiesta…desde tiempos inmemoriales” (Lutz 2016: 2).

Esta violencia no es un fenómeno aislado, sino producto de relaciones de poder de dominación y subordinación que hunden sus raíces desde los tiempos del sistema colonial y se mantuvo a través del caciquismo, así como por sobre este.

El cacique opera como un intermediario entre el poder central y las comunidades, ejerciendo una dominación que combina la racionalidad del Estado con la tradición violenta (Ávila Coronel 2016: 161). Esta estructura de poder, enquistada en el Estado posrevolucionario, fue la que generó las condiciones para la rebelión campesina.

La historiografía ha debatido extensamente sobre las causas del surgimiento del PDLP. Una de las premisas más citadas es aquella que vincula la guerrilla con la herencia del zapatismo: “Con base en testimonios de campesinos de la región de Atoyac, Guerrero, explica que Lucio Cabañas tuvo un abuelo que fue general zapatista: Pablo Cabañas” (Ávila Coronel 2016: 154).

Sin embargo el establecimiento de esta continuidad como una cuestión unifactorial corre el riesgo de caer en una narrativa que simplifique en extremo la complejidad del fenómeno.

La Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (FEMOSPP) planteó que “la rebelión estalló en la región que avizoraba un mayor bienestar” y que “los campesinos que vivieron un auge y bienestar en las décadas de 1940 y 1950, posterior a la reforma agraria cardenista, se organizaron y revelaron entre 1960 y 1970 debido a las crisis en los precios agrícolas, en la concentración de tierra en manos de agiotistas y acaparadores”  (Femospp, 2006, p. 220) En Ávila Coronel 2016: 159). 

El movimiento armado sería, desde esta perspectiva, “un esfuerzo por volver la rueda de la historia para recuperar las conquistas perdidas” (Ávila Coronel 2016: 159). Esta interpretación, aunque menos reduccionista, sigue siendo insuficiente si no se consideran las subjetividades y las decisiones políticas de los actores involucrados.

Lucio Cabañas: El maestro rural que se hizo guerrillero

Nacido en 1938 en El Porvenir, en la sierra de Atoyac, la biografía de Lucio Cabañas  es inseparable de la historia de las luchas campesinas. “…En la escuela lo conocieron como El Chivo; fuerte, incansable y terco como el cuadrúpedo. Brincó la barda de su casa para seguir estudiando” (Lutz 2016: 1). 

Su trayectoria como estudiante normalista en Ayotzinapa lo vinculó a la Federación de Estudiantes Campesinos de México (FECSM), al movimiento magisterial y campesino. “Como docente lo apoderaron El Profe, El Maistro. Su actividad rebasaba con creces la formación de los alumnos en el aula: las desigualdades eran tantas que organizaba grupos siempre que había un conflicto de intereses entre los habitantes y unos poderosos” (Lutz 2016: 1).

El viraje hacia la lucha armada no fue un acto espontáneo. Según fuentes citadas en el presente artículo:  “Lucio, por lo menos abiertamente, no quería tomar las armas. Como militante del PCM rechazaba que en México hubiera las condiciones para una actividad guerrillera” (Ávila Coronel 2016: 168). 

Sin embargo, la represión sistemática, y en particular la matanza de Atoyac del 18 de mayo de 1967 “que tuvo un saldo de cinco muertos y 27 heridos, incluyendo una mujer embarazada” (Ávila Coronel 2016: 169), pudo operar como uno de varios posibles detonantes. 

“…resulta riesgoso enunciarlo de tal manera que se pueda entender como explicación causal”…ya que …”existían comités clandestinos en una vasta zona de los pueblos de la sierra y la estructura del partido se había iniciado años atrás” (Ávila Coronel 2016: 170).

La ideología del PDLP fue un producto híbrido, alejado de los marcos ortodoxos del estalinismo. La decisión de tomar las armas fue el resultado de un proceso de maduración política y organización previa, precipitado por la violencia estatal. “Este movimiento no copió ningún modelo revolucionario al pie de la letra…. Fue algo singular, original, inédito” (Lutz 2016: 2). Aunque probablemente influido por el guevarismo, el maoísmo y algunas ideas tomadas del marxismo.

Una de las inspiraciones de Lucio Cabañas fue el Movimiento 26 de Julio cubano, aunque “el gobierno castrista nunca haya buscado apoyar la guerrilla del maestro de Ayotzinapa” (Lutz 2016: 2). Se dice también en la bibliografía que, elementos del Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR) “aportaron a la Brigada Campesina de Ajusticiamiento técnicas guerrilleras aprendidas en Corea del Norte” (Lutz 2016: 2), sin embargo esto no quita que la base del movimiento era profundamente local.

Esta singularidad ideológica se expresaba en una práctica concreta. Cabañas, a diferencia de otros líderes guerrilleros, “no se caracterizó por tomar decisiones solo y de manera arbitraria. En cuanto podía consultaba con sus compañeros para decidir la estrategia a seguir. Era una guerrilla …en la cual los líderes no se otorgaban el grado de comandante ni el de jefe supremo de la revolución” (Lutz 2016: 3).
La asamblea era el espacio de decisión, y “la mayoría de las decisiones se tomaban de manera consensuada en presencia de todos y todas” (Lutz 2016: 3). Esta práctica democrática interna, aunque con sus limitaciones, logró darle peso político en Guerrero.

La relación de Cabañas con el campesinado no era abstracta; se expresaba en un lenguaje y una praxis que partían de la realidad concreta en términos históricos y materiales desde la cual se ubicaba.”En sus discursos contenía elementos de la doctrina cristiana. Lucio Cabañas no estaba divorciado con la Iglesia católica ni su dogma, pero recalcaba, al igual que Saint Simon dos siglos antes, la crucial importancia de la solidaridad para con los pobres” (Lutz 2016: 3). 

Esta cercanía le valió críticas de los sectores más dogmáticos de la izquierda, que “lo criticaron duramente por leer la Biblia, hablar de ella a los campesinos y por dejar que los guerrilleros del Partido de los Pobres se casaran por la Iglesia” (Lutz 2016: 3). Sin embargo, esta práctica reflejaba una comprensión profunda de la cultura popular y la necesidad de hablar el lenguaje de las masas.

La represión como método de clase: La contrainsurgencia y el terror de Estado

La respuesta del Estado mexicano al PDLP no fue una reacción excepcional, sino la expresión de su carácter de clase. La “guerra sucia” en Guerrero no fue una desviación, sino un método sistemático de control social “la represión en Guerrero recurría a la ley fuga y los fusilamientos” (Lounassaari et al. 2021: 30). Así como los denominados como “vuelos de la muerte”. 

La contrainsurgencia se institucionalizó a partir de 1969, cuando el Estado mexicano, en coordinación con Estados Unidos, redefinió su estrategia. El Plan Telaraña, ejecutado en marzo de 1971, marcó un punto de inflexión: “se secuestra al padre de Genaro Vázquez y a familiares cercanos de Lucio Cabañas, a simpatizantes, y a población no relacionada con el conflicto armado. Decenas de detenidos son concentrados en el Cuartel de Atoyac y posteriormente en el Campo Militar No. 1” (Lounassaari et al. 2021: 33). 

Según las fuentes la operación fue coordinada directamente por el Secretario de la Defensa Nacional y el Presidente Echeverría fue enterado de todas las detenciones ilegales (Lounassaari et al. 2021: 34).

Las prácticas contrainsurgentes incluyeron la violación sexual de mujeres, el desplazamiento forzado de familias, la desaparición forzada de aproximadamente 450 personas mayoritariamente habitantes de Atoyac y decenas de ejecuciones extrajudiciales (Argüello Cabrera 2020: 95). 

Los estados de sitio, conocidos como aldea vietnamita, tenían la intención de “concentrar a la población y desestructurarla. Los habitantes quedaban privados de su libertad, sometidos a interrogatorios constantes, aislados y sin poder proveerse de productos de primera necesidad” (Lounassaari et al. 2021: 30. La XXVII Zona Militar de Atoyac fue habilitada “como campo de concentración” (Lounassaari et al. 2021: 31).

La represión no solo buscaba aniquilar físicamente a la guerrilla, sino también desarticular su memoria y su legitimidad. “el silencio en torno al aniquilamiento de la guerrilla en la Sierra de Atoyac de Álvarez (entre 1971 y 1974) fue producto de la estigmatización y la persecución, pues, en su momento, los guerrilleros fueron catalogados por la prensa local y nacional predominantes como ‘gavilleros’ o simples delincuentes negando el carácter político de sus acciones” (Argüello Cabrera 2020: 91). Esta criminalización y estigmatización de la disidencia, que persiste hasta nuestros días, es un mecanismo fundamental del control de clase.

Las grabaciones de Lucio Cabañas: Memoria aural y lucha por la historia

Uno de los aspectos más singulares de la experiencia del PDLP fue el uso sistemático de grabadoras de casete como herramienta de organización y memoria. Lucio Cabañas “tenía fe en que la revolución de los pobres podía llegar a la victoria y estaba muy interesado en dejar un registro aural de ella” (Ávila Coronel 2021: 79). Las grabadoras se convirtieron en “parte del pertrecho militar, junto con las armas y los equipos tácticos” (Ávila Coronel 2021: 77).

Estos casetes cumplían múltiples funciones. Eran un instrumento de organización y propaganda: 

“Lucio grababa o pedía que se grabaran algunos de sus discursos, sobre todo en momentos que se consideraban importantes. En las grabaciones el escucha puede ‘entrar a las asambleas’ y enterarse de los acuerdos, de las mediaciones que la guerrilla hacía para fomentar la unidad comunitaria y buscar la seguridad de las bases de apoyo”…”después podían ser reproducidas ante otros campesinos que así conocían de primera voz el sentir del grupo revolucionario” (Ávila Coronel 2021: 81).

Finalmente, las grabaciones tenían una función de preservación de la memoria. Lucio veía en la fonografía “la posibilidad de perpetuar su memoria. En principio a corto plazo, para que las noticias del movimiento fueran conocidas y repetidas en otros sitios del país asolados con la misma opresión y miseria, y posteriormente como un legado que dejaría la huella de uno de los movimientos revolucionarios latinoamericanos más originales” (Ávila Coronel 2021: 81-82).

La historia misma de los casetes revela la dialéctica de la lucha de clases. Las grabaciones “permanecieron semi-ocultas… De hecho, no hubiesen llegado hasta nosotros sino fuera porque el propio ejército que persiguió y desmanteló el movimiento, y que las confiscó en una de sus incursiones militares, las preservó y archivó con fines contrainsurgentes” (Ávila Coronel 2021: 78). En manos de los militares, “los casetes se convirtieron en un arma de contrainteligencia que permitió identificar a las integrantes del movimiento por su voz, y conocer sus pseudónimos y su forma de operación” (Ávila Coronel 2021: 78). La voz grabada, que pretendía construir comunidad y memoria, se convirtió en instrumento de identificación y aniquilamiento del PDLP.

Las conmemoraciones como campo de disputa: Memoria, política y lucha de clases

La figura de Lucio Cabañas y la memoria del PDLP no han permanecido estáticas. En las conmemoraciones del 2 de diciembre en Atoyac (2002-2018), la memoria pública es un campo de disputa política donde se expresan contradicciones de clase, generacionales y estratégicas. Las conmemoraciones “ponen de relieve experiencias sociales de una ‘violencia sin fin'”… donde “los bordes entre la violencia pasada y la presente se diluyen debido a la impunidad” (Argüello Cabrera 2020: 105).

Las conmemoraciones han estado marcadas por dos grandes posturas: la de “vencedores y vencidos” centrada en el conflicto que le dio origen y constantemente fortalecida por la adición de nuevos agravios y la de víctimas y victimarios ligada a la noción de derechos humanos contemporánea, centrada en sus efectos y en una pasividad de las víctimas” (Argüello Cabrera 2020: 105-106). 

Según algunas de las fuentes aquí citadas, la creación de la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (FEMOSPP) en 2002 generó expectativas, pero también conflictos entre los familiares de las víctimas. Las labores de FEMOSPP en Atoyac (2002-2006) “estimularon el surgimiento de grupos orientados a la reparación financiera, dividiendo a los familiares de desaparecidos entre “víctimas politizadas” y “víctimas no politizadas”. Las primeras tendían a reconocer la importancia de la reivindicación pública de sus familiares desaparecidos, mientras que las segundas se limitaban a exigir reparaciones económicas individuales” (Argüello Cabrera 2020: 99). Esta división, lejos de ser accidental, refleja la estrategia del Estado para despolitizar la memoria y reducir la lucha por la justicia a un asunto de compensación individual.

El contexto de la denominada guerra contra el narcotráfico inaugurada por Felipe Calderón agravó las condiciones de violencia en Guerrero y en el país entero. Argüello Cabrera señala que “entre 2011 y 2013 la guerra contra el narcotráfico desenfrenó las condiciones de violencia que se vivían en Atoyac” (Argüello Cabrera 2020: 102). 

La persistencia de la represión y la impunidad revela que las demandas de verdad y justicia no han sido resueltas. “Mientras los campesinos no sean reconocidos como sujetos políticos, la violencia física seguirá presente en los intercambios con sectores dominantes…” La conmemoración de Lucio Cabañas, en este sentido, “…expresa luchas sociales por el reconocimiento de los campesinos como sujetos políticos” (Argüello Cabrera 2020: 105-106), en un contexto donde “ser campesino y exigir espacios de participación en la construcción de la vida política en el país queda oscurecido bajo el manto de la sospecha de ser “rebelde”, “gavillero’, por no aceptar las condiciones impuestas de marginación, miseria e invisibilidad” (Argüello Cabrera 2020: 106).

Conclusión: Lecciones para la construcción del partido revolucionario

La experiencia de Lucio Cabañas y el Partido de los Pobres ofrece lecciones fundamentales para los revolucionarios del presente. Su inserción orgánica en las comunidades campesinas y su capacidad de hablar el lenguaje del pueblo son aspectos que debemos reivindicar y estudiar. Sin embargo, también debemos señalar sus límites estratégicos con la misma honestidad crítica.

El PDLP, a pesar de su originalidad y de su práctica democrática interna, adoleció de una desconexión con el movimiento obrero urbano. Su base social era fundamentalmente campesina, y aunque logró articular algunas alianzas con grupos urbanos, nunca logró construir un frente único que integrará al proletariado industrial. Esta limitación, es un error estratégico que el Marxismo revolucionario internacional ha criticado consistentemente: la revolución socialista requiere de la alianza del campesinado con el proletariado urbano, bajo la dirección de este último.

Si bien aunque el PDLP no fue un movimiento foquista en sentido estricto, pues tenía bases sociales y una organización política mixta, no logró construir una dirección revolucionaria que trascendiera la figura carismática de Lucio Cabañas.

“La trayectoria relámpago de Lucio Cabañas inspiró a muchos revolucionarios, algunos aprendieron la lección pero nadie lo igualó” (Lutz 2016: 4). Esta dependencia del liderazgo individual es un síntoma de la debilidad organizativa involuntaria que el partido revolucionario debe superar.

La experiencia del PDLP demuestra la ferocidad del Estado capitalista cuando se enfrenta a un desafío a su dominio. La contrainsurgencia no fue una excepción, sino la regla demostrada de forma paulatina. La violencia de Estado, la estigmatización y la impunidad de los crímenes del imperialismo son mecanismos estructurales de control de clase que persisten hasta nuestros días. La “guerra contra el narcotráfico”, la militarización del territorio, las violaciones sexuales por parte de instituciones de seguridad como método de sometimiento institucionalizado y la criminalización de la protesta social son expresiones contemporáneas de la misma lógica represiva.

La lección estratégica fundamental que nos deja Lucio Cabañas es la necesidad de construir un partido revolucionario de la clase obrera, en alianza con el campesinado pobre y los sectores oprimidos. Un partido que, como el PDLP, esté arraigado en las luchas concretas, que hable el lenguaje del pueblo, pero que también tenga una teoría revolucionaria, una estructura orgánica y una estrategia para la toma del poder. Como hemos señalado en otras ocasiones, el heroísmo individual, la espontaneidad (o reaccionariedad) o el foquismo no pueden sustituir la construcción paciente y sistemática de la organización política de la clase trabajadora.

Honrar verdaderamente a Lucio Cabañas y a los caídos del PDLP, como a la gente de caída en otras luchas no significa repetir sus tácticas ni caer en el culto al sacrificio. Significa extraer las lecciones de su experiencia: su coherencia, su inserción en el pueblo, su lucha contra el caciquismo y el despojo, pero también sus limitaciones estratégicas para analizarlas de forma crítica. Significa comprender que la emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos, organizados en su propio partido revolucionario. 

La llama de Lucio Cabañas no se extinguió en la sierra de Atoyac en 1974. Su verdadero legado es el espíritu de rebelión contra un sistema de opresión que perdura. El desafío para las nuevas generaciones de revolucionarios es canalizar ese espíritu hacia una estrategia superior, forjando el instrumento político que pueda convertir el heroísmo aislado en victoria colectiva.

La lucha de clases continúa, y su desenlace depende de nuestra capacidad para asimilar las lecciones del pasado sin repetir sus tragedias. Como cantaba José de Molina, “la sangre hace costra dura, no se derrite con llantos, ni se limpia con lamentos, ni con lágrimas se lava” (Lounassaari et al. 2021: 38). La justicia para los caídos no vendrá del reconocimiento estatal ni de las conmemoraciones institucionales. Vendrá de la organización revolucionaria de los explotados, de la construcción del poder popular desde abajo, la destrucción del capitalismo y de la toma del poder político por la clase obrera y el campesinado. ¡Por la revolución permanente! ¡Hasta la victoria siempre!

Bibliografía citada

Argüello Cabrera, Libertad. (2020). “Violencia crónica y memoria pública. Entre rebeldes y víctimas, a propósito de Lucio Cabañas en Atoyac de Álvarez, Guerrero (2002-2018)”. Inter disciplina, 8(22), 87-112.

Ávila Coronel, Francisco. (2016). “Historiografía de la guerrilla del Partido de los Pobres (PDLP) (Atoyac, Guerrero)”. Secuencia, (95), 152-187.

Ávila Coronel, Francisco y Rivas, Francisco J. (2021). “Los casetes de Lucio Cabañas o las alteridades del escuchar”. Laocoonte, (8).

Lounassaari, A. K. K., Vázquez, J. C. R., Emerson, R. G., Martínez, M. Á. M., & Solís, D. I. (2021). “La vida en las sombras. Subjetividades guerrilleras (David Cabañas y el Partido de los Pobres)”.

Lutz, Bruno. (2016). “La guerrilla de Lucio Cabañas”. Intersticios sociales, (12).