Las ideas detrás de la Revolución de Independencia de México

León E. Alcántar, La Paz

La noche de la víspera del 16 de septiembre, millones de mexicanos en todo el mundo celebran el aniversario del inicio de la Independencia. Aunque este evento puede pasar como una festividad calendárica como cualquier otra o una cuestión meramente identitaria, recuerda, en realidad, el inicio de la primera revolución mexicana: aquella que abolió la esclavitud y las castas, rompió las cadenas del colonialismo español y, mediante la autodeterminación de la naciente nación mexicana, comenzó la construcción de la sociedad burguesa y moderna en la cual vivimos. Los revolucionarios mexicanos tenemos la obligación de observar la Independencia para entender, fundamentalmente, dos cosas: que la historia de nuestro país sólo se transformará por el poder de la acción de las masas y que se necesitan ideas claras, plasmadas en un programa revolucionario, para lograrlo.

¿Qué fue la Independencia de México?

Las revoluciones son acontecimientos extraordinarios en los cuales las masas dejan de aceptar el orden existente y, en cambio, toman en sus manos las riendas de la historia. La Independencia de México es un magnífico ejemplo de una revolución social, aunque, por haber nacido en otro tiempo, en una sociedad con una técnica y una cultura menos avanzadas, sus tareas y consignas fueron, naturalmente, muy distintas a las que los revolucionarios actuales tenemos. A inicios del siglo XIX, el Imperio español, que llevaba en declive por ya un tiempo, estaba en jaque: la Francia napoleónica se había apoderado de la península y había dejado cierto vacío de poder en las colonias. Contrario a otros imperios, España sufría una contradicción mortal: las colonias producían riquezas incontables, pero la península no había aprovechado esto para hacer progresar la industria y la técnica, como sí lo hacía Inglaterra, permaneciendo en la oscuridad del absolutismo y la Iglesia.

Fueron estas particularidades las que condujeron a la aparición de juntas y conspiraciones en la América hispana: los criollos, burgueses en pininos, planteaban, en un primer momento, no una ruptura total con la corona (planteaban gobernar «en nombre de Fernando VII», rey depuesto por los Bonaparte), sino gobiernos autonómicos (criollos) en América, sin privilegios nobiliarios para los peninsulares (gachupines), basados en una soberanía proveniente del pueblo y aboliendo los tributos. Este discurso progresista —aunque no radical— provenía en gran medida del estudio de las ideas de la Ilustración, que habían sido aplicadas en las revoluciones francesa y estadounidense. 

Originalmente, los criollos ilustrados se decantaron por ideas reformistas y moderadas, éstas se comprobaron inaplicables con el asesinato del dirigente Francisco Primo de Verdad. Algo estaba claro: las tareas históricas de la burguesía sólo se cumplirían mediante una revolución violenta, pero las masas campesinas y esclavizadas eran la única fuerza capaz de ganarla. Así nace una alianza orgánica producto de un enemigo común, reflejado en el grito de guerra de la famosa madrugada en Dolores: «¡Muerte a los gachupines!».

Criollos ilustrados y masas esclavizadas:
conflictos en la Insurgencia

Quedaba claro que el plan criollo original, reformista, no era suficiente para hacer un compromiso con indígenas y negros. Luego de casi trescientos años de abusos, explotación y humillación, las masas exigían un cambio radical sellado con sangre gachupina: abolición de la esclavitud y el sistema de castas, reparto de tierras y apertura de las cárceles. Fue Miguel Hidalgo quien, a diferencia de Ignacio Allende, comprendió la necesidad de conceder estas demandas.  

Sin embargo, tras la muerte de ambos líderes y que Ignacio López Rayón estableciera un doble poder en la sierra sureña con un programa fernandista más parecido al de Allende, era evidente que las demandas populares no podían llevarse a cabo sin trastocar el sistema feudal. Fue José María Morelos quien, rescatando las mejores ideas de Hidalgo, se percató de esto. Siendo él descendiente de indígenas y negros, Morelos superó el programa de López Rayón y, con un programa revolucionario consecuente en mano, capaz de abolir el feualismo, promulgó la independencia. 

Las ideas liberales de Morelos, expresadas en el programa Sentimientos de la Nación y la Constitución de Apatzingán, estaban empapadas de las de la burguesía progresista de Europa. Declaraba no solo que la soberanía nacional reside en el pueblo, que todos los americanos serían en adelante iguales ante la ley y que, dejando atrás las castas, sólo les distinguiría el vicio y la virtud, sino que también rechazaba coronas extranjeras. Tras la desafortunada ejecución de Morelos, sería Vicente Guerrero (descendiente de indígenas y negros) el revolucionario que mejor se apegaría a estas ideas, militando además por el republicanismo. 

No fue por la bondad y generosidad criolla la abolición de la esclavitud y las castas, sino por la intervención directa de los millones de explotados de aquella sociedad. También debemos esclarecer que, aunque la Ilustración proclamaba la idea abstracta de «igualdad», la burguesía era una clase que no podía abolir la propiedad privada. Por ello, la igualdad ilustrada se convirtió en liberalismo: igualdad ante la ley, libertad para explotar y ser explotado.

Criollos conservadores

Contrario a lo que arrojaría un entendimiento mecánico de la historia, los marxistas afirmamos que puede haber lucha no solo entre dos clases, sino entre dos sectores de una misma clase. Hacia el fin de la Revolución de Independencia se observa muy claramente esto. Mientras que los criollos ilustrados luchaban por la destrucción de las estructuras coloniales, los conservadores luchaban por apropiarse de ellas. En 1820 se promulgó en el Imperio una constitución de corte liberal que amenazaba los privilegios de la Iglesia, la oligarquía y los terratenientes. Los criollos conservadores, que eran hasta más reaccionarios que los propios peninsulares, dieron la espalda al realismo y conspiraron por la independencia. Aunque fueran reaccionarios, la historia les había puesto en una condición que les obligaba a participar en una tarea revolucionaria.

Agustín de Iturbide, conservador, se ve en la necesidad de unir fuerzas con la Revolución, con Guerrero a la cabeza. El compromiso hecho entre las facciones enemigas cumplía con las demandas insurgentes sólo en la independencia y la abolición de castas, pero preservaba, bajo la forma de la monarquía constitucional, los privilegios coloniales. En 1821, el Imperio mexicano se promulga independiente, pero no era el Estado revolucionario visionado por Hidalgo, Morelos y Guerrero sino la dictadura de la Iglesia y los terratenientes sobre las masas campesinas y esclavas. Eso lo llevó rápidamente a una crisis que derrocó al emperador y estableció una república inestable. La abolición de la esclavitud se consumó hasta 1828, el fin de los privilegios eclesiásticos hasta 1863 y la repartición de tierras requeriría de toda otra revolución burguesa para concluirse el siglo pasado.

Soberanía y tareas revolucionarias hoy

Aunque las consignas de la Independencia parecen haber quedado muy atrás, la soberanía de nuestra nación no está intacta. El imperialismo estadounidense amenaza constantemente a América Latina y ya ha vencido en Venezuela, hoy bajo un criminal dominio semicolonial. Tal como correspondió, en su momento, a la movilización de masas campesinas y esclavas promulgar la Independencia, hoy toca a las masas obreras defenderla. 

Sólo mediante la acción masiva podremos llevar a cabo las nuevas tareas que la historia pone frente a nosotros. Marchemos hacia una nueva Revolución mexicana, liderada no por la burguesía sino por el proletariado, no por las ideas del liberalismo sino por las del socialismo. Nuestra victoria será gracias a la fuerza tanto de nuestra clase como de nuestras ideas o, como expresaba la consigna en la bandera ondeada por las tropas de Morelos: «Victoriosa con ojos y garras por igual».