La vivienda como mercancía: Herón Proal y la huelga de inquilinos de 1922
Luisqui Jano
La huelga de inquilinos de 1922 demuestra que la organización de los trabajadores puede desafiar al capital, pero también que sólo una dirección revolucionaria puede convertir esa fuerza en una transformación definitiva de la sociedad.
¿Qué ocurre cuando una necesidad tan básica como tener un lugar donde vivir comienza a obedecer únicamente a la lógica de la ganancia? Para millones de trabajadores, la vivienda no es simplemente un techo bajo el cual resguardarse; es el destino de una parte cada vez mayor de su salario, una preocupación constante y, en muchos casos, una meta inalcanzable.
En el capitalismo, la vivienda no se produce para satisfacer una necesidad humana, sino para obtener ganancias. Como cualquier otra mercancía, su producción, su precio y su acceso no están determinados por las necesidades de quienes la habitan, sino por la rentabilidad que puede generar. Mientras miles de familias destinan buena parte de sus ingresos al pago de una renta o son expulsadas de sus barrios por el aumento de los precios, otros obtienen enormes beneficios gracias a la propiedad del suelo y de los inmuebles.
Hoy la crisis de la vivienda suele explicarse mediante conceptos como la gentrificación o la especulación inmobiliaria. Sin embargo, el problema tiene raíces mucho más profundas. Hace más de un siglo, en el puerto de Veracruz, miles de trabajadores enfrentaban una situación muy parecida. Los alquileres aumentaban constantemente mientras los salarios apenas alcanzaban para subsistir. La vivienda se había convertido, igual que ahora, en una mercancía cuyo principal objetivo era generar ganancias y no garantizar un hogar digno para quienes producían la riqueza de la sociedad.
Fue en ese contexto donde surgió una de las luchas urbanas más importantes de la historia del movimiento obrero mexicano: la huelga de inquilinos de 1922. Encabezada por Herón Proal y sostenida por miles de familias trabajadoras, aquella movilización desafió directamente a los propietarios urbanos y puso en cuestión un sistema que convertía una necesidad humana en una mercancía.
La historia de la huelga de inquilinos no sólo nos ayuda a comprender el origen de la crisis de la vivienda; también plantea una pregunta que sigue siendo plenamente vigente: si los trabajadores fueron capaces de organizar una lucha tan poderosa, ¿por qué terminó siendo derrotada? Esa pregunta no sólo nos permite comprender mejor el pasado; también nos ayuda a reflexionar sobre los desafíos que enfrenta hoy la clase trabajadora para transformar la sociedad.
El desarrollo del movimiento
El 10 de febrero de 1922 nació el Sindicato Revolucionario de Inquilinos (SRI), una organización que agrupó a quienes ya no estaban dispuestos a seguir soportando el aumento constante de las rentas mientras sus salarios permanecían prácticamente estancados.
Al frente del movimiento se encontraba Herón Proal, obrero y militante con tendencias anarquista, cuya capacidad organizativa permitió dar cohesión al creciente descontento popular. Bajo su dirección, el sindicato impulsó una consigna tan sencilla como contundente: negarse a pagar los alquileres abusivos hasta conseguir una reducción de las rentas y mejores condiciones de vida para los inquilinos.
La respuesta fue extraordinaria. Miles de familias comenzaron a organizarse por vecindades, celebraron asambleas y sostuvieron colectivamente la huelga. Muy pronto, el conflicto dejó de ser el problema particular de algunos inquilinos para convertirse en una causa que movilizó a amplios sectores populares del puerto.
Uno de los aspectos más notables del movimiento fue su capacidad para unir a distintos sectores de la clase trabajadora. Junto a obreros, cargadores, artesanos y empleadas domésticas participaron activamente numerosas mujeres, quienes desempeñaron un papel fundamental en la organización cotidiana de la huelga. Entre ellas destacaron también las trabajadoras sexuales del puerto, que contribuyeron al sostenimiento de la huelga, participaron en las movilizaciones y enfrentaron la represión junto con el resto de los inquilinos. Su participación demuestra que la lucha por la vivienda logró superar los prejuicios con los que la sociedad dividía a los explotados, uniendo en una misma causa a quienes compartían una misma condición de clase.
El crecimiento del movimiento encendió las alarmas entre los propietarios de las vecindades y las autoridades. Los principales periódicos del puerto emprendieron una intensa campaña para presentar la huelga como una amenaza al orden público, calificando a sus dirigentes de agitadores y sembrando el temor de que la ciudad cayera en el caos. Mientras tanto, los casatenientes exigían al gobierno que restableciera el orden y protegiera sus propiedades.
La tensión alcanzó su punto culminante los días 5 y 6 de julio de 1922. Bajo las órdenes del gobierno estatal, la policía y el ejército reprimieron a los huelguistas para poner fin al movimiento. La intervención dejó muertos, heridos y numerosos detenidos, entre ellos varios de sus dirigentes. La represión no fue un exceso aislado ni un error de las autoridades; fue la respuesta del Estado cuando la organización independiente de los trabajadores puso en cuestión los intereses de los propietarios urbanos. La huelga de inquilinos había dejado de ser únicamente un conflicto por el precio de las rentas: se había convertido en una expresión abierta de la lucha de clases.
La represión de julio de 1922 fue un golpe decisivo para la huelga de inquilinos, pero por sí sola no explica su derrota. A pesar de la enorme capacidad de movilización demostrada por el Sindicato Revolucionario de Inquilinos, el movimiento enfrentó los límites de una lucha que, aunque profundamente combativa, no logró articularse con un movimiento nacional fuerte capaz de sostenerse y empujar hacia un programa más amplio que le diera mayor impulso a la lucha. Mientras los inquilinos levantaban sus propias formas de organización, el Estado, los propietarios y la prensa actuaban como un solo bloque en defensa del orden existente.
El legado de Herón Proal
Herón Proal desempeñó un papel fundamental en la organización de la huelga. Su capacidad para unificar a miles de trabajadores convirtió al movimiento en una de las experiencias más importantes de la historia social de México. Sin embargo, aquella experiencia también mostró que incluso los dirigentes más capaces encuentran límites cuando la lucha depende principalmente de su iniciativa y no de una organización revolucionaria con un programa claro, una estrategia y una dirección colectiva capaces de generalizar la experiencia y preparar los siguientes pasos de la lucha.
La principal enseñanza de la huelga de inquilinos no es que los trabajadores carezcan de fuerza para enfrentarse a la clase dominante. Por el contrario, durante varios meses demostraron una extraordinaria capacidad para organizarse y luchar por sus intereses, poniendo en jaque a los propietarios urbanos. La experiencia de Veracruz confirma que la clase trabajadora posee una enorme capacidad para organizarse y luchar por sus intereses; pero también que la combatividad y el heroísmo, por sí solos, no bastan para derrotar a un Estado construido para defender la propiedad privada y los intereses de la clase dominante.
Más de un siglo después, la lucha encabezada por Herón Proal conserva toda su vigencia. La vivienda continúa tratándose como una mercancía y no como una necesidad humana, mientras millones de trabajadores destinan una parte creciente de su salario al pago de rentas o créditos. Recordar la huelga de inquilinos no significa únicamente rendir homenaje a quienes protagonizaron aquella batalla; significa extraer las lecciones necesarias para las luchas del presente. Y quizá la más importante de todas sea que la indignación necesita organización, la organización necesita un programa y ese programa necesita una dirección capaz de conducir la lucha hasta sus últimas consecuencias.
Frente a una clase dominante que actúa de manera organizada para defender sus intereses, la clase trabajadora sólo podrá conquistar una transformación profunda si cuenta también con una organización revolucionaria capaz de unificar sus luchas, dotarlas de una perspectiva común y conducirlas hasta sus últimas consecuencias. La historia de la huelga de inquilinos de 1922 demuestra que las grandes transformaciones sociales no dependen únicamente del valor de sus dirigentes ni del coraje de las masas, sino de la existencia de un partido revolucionario. Sólo así será posible acabar definitivamente con un sistema que convierte la vivienda —y tantas otras necesidades humanas— en mercancías al servicio de la ganancia.
Porque ningún trabajador debe destinar más del 30% de su salario a la renta, porque las rentas no deben subir por encima del aumento salarial, porque la vivienda es un derecho y no una mercancía y porque solo la organización de las y los trabajadores puede hacer frente al poder de los grandes propietarios y especuladores inmobiliarios. ¡Organízate, lucha y construye con nosotros el Partido Comunista Revolucionario!
