La pandemia reveló lo que el capitalismo oculta
Testimonio de un médico: del sufrimiento en las salas COVID a la conciencia de clase y la organización
Dr. Héctor V
En la sala de cuidados intensivos de COVID, antes de intubar a un paciente, le hacía una última pregunta: “Antes de sedarte ¿Qué le gustaría decirle a su familia? ¿Hay algo que quisiera que supieran?”.
La dura realidad dentro del área COVID
Debido a los protocolos establecidos en los hospitales en los que trabajé en México, los pacientes, una vez hospitalizados en las áreas COVID, no podían conservar consigo un teléfono ni disponían de otra forma de comunicarse con sus familiares. Ingresaban únicamente con la bata hospitalaria. Debido a la cantidad extraordinaria de enfermos y el tiempo limitado, los informes a familiares que dábamos desde el interior eran estrictamente médicos: evolución, oxígeno, estudios, tratamiento y pronóstico. No podíamos transmitir mensajes personales.
Sin embargo, antes de intubar a un paciente, procuraba abrir un espacio dentro de aquella rutina para que pudiera enviar un mensaje personal a sus seres queridos. Sabía que estaban en un estado crítico de salud y que, después de la sedación, tal vez no volverían a estar lúcidos. Tras explicarles la gravedad de la situación y los riesgos implicados con el procedimiento, y obtener su consentimiento, les preguntaba qué deseaban decirles a sus seres queridos. Hablar representaba para ellos un esfuerzo enorme: cada palabra les costaba aire y cada frase interrumpía su lucha por respirar. Yo escuchaba, anotaba sus mensajes y los incorporaba de manera informal en sus informes médicos para poder transmitirlos posteriormente a sus familiares.
Entre los múltiples pacientes con quienes pude abordar aquella pregunta, ninguno empleó ese momento para hablar de propiedades, inversiones o deudas. Pedían que sus familiares supieran cuánto los querían; expresaban cariño, gratitud, amor, perdón o, simplemente, el deseo de que fueran felices. Ante la posibilidad de estar pronunciando sus últimas palabras, no intentaban proteger su patrimonio, sino tranquilizar y cuidar a las personas que dejaban atrás.
Aquellos mensajes no demuestran que el dinero carezca de importancia. En una sociedad donde la vivienda, el alimento, la salud y la seguridad dependen de él, condiciona prácticamente todas nuestras decisiones. Pero revelaban una contradicción: como probablemente nos ocurre a la mayoría, habían pasado gran parte de la vida obligados a perseguirlo o a temer perderlo; sin embargo, al final, lo que daba sentido a su existencia no eran sus posesiones, sino sus vínculos humanos. El sistema organiza nuestra vida alrededor de la acumulación; aquellas despedidas hablaban de amor, cuidado y relaciones humanas
Lo que ocurría detrás de las puertas del hospital
Trabajé como médico de urgencias y cuidados intensivos durante la pandemia de COVID-19, tanto en hospitales públicos como privados. Durante más de un año vi a personas luchar por cada respiración mientras sus familiares esperaban noche y día por noticias afuera del hospital, y mientras el personal de salud intentaba sostener la atención con camas, medicamentos y equipo médico insuficientes.
No fue solamente el agotamiento físico y cognitivo. Fue la carga moral de convertirnos en el único vínculo entre pacientes que sufrían en aislamiento y familias desesperadas por noticias. Explicábamos que el oxígeno ya no era suficiente, comunicábamos la necesidad de intubar y, con demasiada frecuencia, informábamos que su familiar había fallecido. Ante la escasez de respiradores, aplicábamos criterios bioéticos para tomar decisiones que podían determinar quién recibiría la última oportunidad disponible.
Después de más de un año como testigo de esta realidad, dejé de trabajar en áreas COVID para recibir tratamiento por haber desarrollado síndrome de estrés postraumático, como también ocurrió con muchos otros de mis colegas que vivieron experiencias similares. No fue consecuencia de un solo acontecimiento, sino de haber presenciado la misma tragedia una y otra vez, día tras día, por mucho que uno se esforzara por evitarla. El daño no terminaba en los pacientes: también era absorbido por quienes trabajábamos dentro de un sistema insuficiente.
Para mí, la pandemia no terminó cuando disminuyeron los contagios. Terminó mucho después, cuando comprendí que la realidad menos discutida no estaba solamente en la complejidad de la enfermedad, sino en aquello que la crisis hizo visible: si había recursos, pero no estaban disponibles para todos; algunas personas podían protegerse y otras estaban obligadas a exponerse; había quienes obtenían ganancias mientras millones ponían en riesgo su propia vida y la de sus familiares más vulnerables para que la sociedad continuara funcionando. La pandemia no creó esas contradicciones; las despojó de sus disfraces.
Hoy, varios años después, la emergencia sanitaria ha quedado atrás y muchas familias han aprendido a vivir con sus pérdidas. Sin embargo, las desigualdades que la pandemia dejó al descubierto aún persisten en la salud, la vivienda, la educación, la alimentación, la seguridad y el trabajo. La explotación y la desigualdad no fueron consecuencias pasajeras de aquella crisis: persistirán mientras exista el sistema que las produce.
El virus no fue el gran igualador
Durante meses escuchamos que el virus era el gran igualador porque no distinguía entre ricos y pobres, empresarios y trabajadores, profesionistas y obreros. Biológicamente podía ser cierto. Socialmente nunca lo fue. No todos podían quedarse en casa, dejar de trabajar ni recibir atención en las mismas condiciones. La enfermedad era compartida; la posibilidad de protegerse y sobrevivir, no lo era.
Muchas familias que se autodenominaban de “clase media” o “media alta” llevaban a sus seres amados a hospitales privados convencidas de que estarían protegidas. Habían contratado seguros de gastos médicos costosos durante años, acumulado ahorros y construido un patrimonio. Entonces descubrieron que las pólizas tenían límites o exclusiones y que una hospitalización prolongada podía consumir los ahorros de toda una vida. Algunas pasaron de solicitar una habitación privada a suplicar un traslado al hospital público porque ya no podían seguir pagando o endeudándose.
Mientras algunos hospitales públicos estaban en crisis, en los privados podía haber camas vacías, múltiples especialistas y recursos fuera del alcance de quienes no podían pagarlos. Familiares angustiados vendían sus pertenencias y suplicaban donaciones para comprar medicamentos y materiales con los cuales suplir las carencias del hospital público, con el fin de aliviar la agonía de sus seres queridos internados. Aunque esos mismos recursos podían encontrarse en abundancia a pocos kilómetros de distancia, entre ellos y esos recursos se alzaba una barrera puramente económica. Hubo corrupción, errores administrativos e improvisación, pero estas explicaciones no bastan para entender por qué el acceso obedecía sistemáticamente la capacidad de pago, o por qué los riesgos recaían más sobre quienes tenían menos poder para decidir.
La sociedad poseía los medios y recursos; lo que no poseía era una forma de distribuirlos según la necesidad humana. La pregunta, entonces, no era solamente médica: ¿debe aquello que puede salvar una vida depender de la capacidad de pago? ¿O existen necesidades humanas que jamás deberían tratarse como mercancías?
¿Y quién va a limpiar mi casa?
Al inicio de la pandemia acudí a valorar a una paciente en su domicilio. Vivía con su familia en un penthouse frente al mar caribeño y acababan de regresar de vacaciones en Italia. Era aquella época inicial de la pandemia, donde los contagios en el extranjero habían alcanzado niveles alarmantes. Por sus síntomas y antecedentes de viaje, la familia cumplía con los criterios de sospecha de COVID-19.
Seguí las normas internacionales y les expliqué que debían usar cubrebocas, evitar el contacto con otras personas y adherirse a una cuarentena en su vivienda. Mientras daba las indicaciones llegaron tres trabajadoras: una para realizar el aseo, otra para cocinar y una tercera para cuidar a los niños. Advertí a la dueña que debían regresar a sus hogares de inmediato, porque podían contagiarse y transmitir el virus.
Me miró con desprecio y preguntó: “Pero ¿quién va a hacer la comida y limpiar mi casa?”. Después me pidió que no hablara más del tema.
Aquella respuesta condensó una relación de clase que suele permanecer escondida. La familia tenía espacio para aislarse, atención médica en casa y capacidad para protegerse sin perder sus ingresos. Las trabajadoras, en cambio, debían entrar en un lugar donde existía una sospecha real de contagio y después regresar, en transporte público precario y saturado, a viviendas hacinadas donde probablemente convivían con adultos mayores y familiares inmunocomprometidos.
El riesgo no desaparecía: era transferido hacia abajo. “Quedarse en casa” podía ser una medida sanitaria universal en el discurso, pero en la práctica era un privilegio sostenido por trabajadores que continuaban desplazándose, sirviendo y exponiéndose. La clase social no determinaba quién podía contraer el virus, pero sí quién podía protegerse y preservar su comodidad mediante una estructura económica que obligaba a otras personas menos privilegiadas a exponerse al peligro y asumir sus consecuencias.
El pequeño especulador y el gran saqueo
Durante las primeras semanas vimos personas acaparar guantes, papel higiénico, gel antibacterial, cubrebocas y equipo de protección para revenderlos por internet a precios multiplicados. Algo semejante ocurrió con quienes controlaban el suministro de tanques de oxígeno cuando conseguir un tanque podía significar la diferencia entre la vida y la muerte. La indignación social fue inmediata, y con razón: lucrar con la desesperación ajena era una forma evidente de abuso.
Sin embargo, era fácil señalar al revendedor porque era visible, cercano y con frecuencia pertenecía a la misma clase social que quienes lo criticaban. Pero cuando una gran empresa acapara agua, contamina un territorio, desplaza comunidades o convierte recursos esenciales en propiedad privada, el mismo acto cambia de nombre. Ya no se habla de acaparamiento, sino de inversión; no de saqueo, sino de crecimiento del PIB; no de abuso, sino de libertad de mercado.
Esto no justifica a quien retuvo insumos durante una emergencia sanitaria. Exige preguntarnos por qué reconocemos el abuso cuando ocurre en pequeña escala, pero aprendemos a admirarlo cuando se institucionaliza. Si consideramos inmoral retener oxígeno para manipular la balanza de oferta y demanda, ¿por qué aceptar que una corporación controle agua, medicamentos, vivienda o alimentos para maximizar ganancias? El pensamiento crítico exige aplicar el mismo criterio sin importar la riqueza o el prestigio de quien se beneficia.
¿Quién sostuvo realmente la sociedad?
Cuando las ciudades comenzaron a cerrar, los trabajadores esenciales no fueron necesariamente los más prestigiosos ni los mejor remunerados. Fueron los trabajadores de la salud y de limpieza, repartidores, conductores, agricultores, empleados de supermercados, técnicos, cuidadores y trabajadores de mantenimiento y del turismo.
En las zonas turísticas, mientras se pedía a la población permanecer en casa, hoteles y restaurantes continuaban operando para preservar sus ganancias. Sus trabajadores entraban en contacto con turistas —muchos de los cuales incluso negaban la existencia del virus—, se contagiaban y luego regresaban a sus hogares, donde terminaban contagiando involuntariamente a sus seres queridos . Quienes concentraban la mayor parte de las ganancias generadas por esa actividad no eran quienes asumían los mayores riesgos.
La pandemia mostró que los beneficios y los peligros no se distribuían de la misma manera: las ganancias se concentraban en pocos, mientras el riesgo se trasladaba a los muchos que necesitaban trabajar. Millones se exponían para mantener en funcionamiento aquello de lo que todos dependíamos. Si su trabajo era indispensable, ¿por qué recibían una parte tan pequeña de la riqueza que ayudaban a producir? ¿Por qué quienes tenían menos poder sobre las decisiones cargaban con las consecuencias más graves? Y esa es la gran contradicción del sistema capitalista: Mientras que la producción se ha socializado —todo el mundo debe trabajar—, el fruto del trabajo se privatiza en gran parte a una minoría parasitaria.
Aprender a mirar
Pensar críticamente no significa desconfiar de todo ni reemplazar la evidencia con consignas y conspiraciones. Significa dejar de aceptar como naturales situaciones producidas por decisiones e intereses concretos de clase. Ante una injusticia conviene preguntar: ¿quién realiza el trabajo?, ¿quién decide cómo se organiza?, ¿quién recibe los beneficios?, ¿quién asume los riesgos?, ¿quién posee los recursos y quién queda excluido?
También debemos distinguir entre un hecho aislado y un patrón. Una familia arruinada por una hospitalización puede parecer una tragedia individual; miles de familias enfrentando la misma ruina revelan un problema estructural. Un trabajador sin protección puede parecer víctima de un error administrativo; miles de trabajadores expuestos mientras pocos lucran con la escasez revelan una prioridad de clase.
Una explicación recurrente de la desigualdad sostiene que “el pobre es pobre porque quiere” o porque “no se esfuerza lo suficiente”. Pero esa idea se desmoronaba frente a las personas que atendíamos. ¿Era flojo el taxista, padre de familia, que terminó intubado después de pasar jornadas enteras transportando pasajeros para sostener su hogar? ¿Era floja la recepcionista de hotel, embarazada y en estado crítico, que continuó trabajando porque no podía prescindir de su salario? No estaban allí por falta de esfuerzo, sino porque necesitaban un ingreso. Cuando dejar de trabajar significa no poder pagar la vivienda, los alimentos o los servicios, la tan proclamada “libertad de elección” no pasa del discurso. Lo que se presenta como una falla individual era, en realidad, consecuencia de una sociedad que obliga a millones a escoger entre proteger su salud y la de sus seres queridos o conservar los ingresos necesarios para sobrevivir.
El pensamiento crítico no elimina la responsabilidad individual, pero examina las condiciones materiales que influyen en nuestras decisiones y libertades. Compara experiencias, estudia los datos, identifica contradicciones y analiza el panorama general de los hechos.
También exige poner a prueba nuestras propias conclusiones. No basta con señalar a un “mal gobierno” como único culpable simplemente para confirmar aquello que ya estábamos predispuestos a creer. Hay que considerar qué evidencia podría contradecirnos, comparar explicaciones alternativas y distinguir entre una decisión individual y un resultado producido sistemáticamente. Si la falta de protección fuera solo un accidente o consecuencia de algún “político corrupto”, esperaríamos casos excepcionales. Pero cuando el mismo patrón se repite en distintos hospitales, sectores, períodos históricos y gobiernos alrededor del mundo, y la capacidad de pago determina sistemáticamente el acceso, debemos investigar la estructura económica y el tipo de sociedad que lo reproduce. Toda esta realidad tiene nombre y apellido: La economía capitalista (que prioriza las ganancias) y una sociedad dividida en clases (que coloca a una clase minoritaria por encima de la mayoría).
Reconocer nuestra posición de clase
Tendemos a pensar que un médico pertenece a una clase distinta que el personal de limpieza; un gerente, que una cajera; un profesionista, que un albañil. Claro que existen diferencias reales de ingreso, educación, poder y prestigio dentro del sistema en que vivimos. Sin embargo, la mayoría compartimos una relación fundamental: necesitamos vender nuestra fuerza de trabajo para vivir y no vivimos de la apropiación del valor producido por el trabajo ajeno.
Una persona puede poseer una casa, un automóvil, algunos ahorros o incluso un pequeño negocio, sin embargo, sigue dependiendo principalmente de su propio trabajo para vivir. Si deja de trabajar durante un periodo prolongado, pierde estabilidad, capacidad para sostener a su familia e incluso libertades para decidir sobre su vida. La conciencia de clase surge cuando esa dependencia del trabajo deja de verse como un fracaso individual y comienza a comprenderse como una condición compartida.
La explotación no consiste simplemente en que un empleador maltrate a un trabajador. Ocurre cuando quienes realizan el trabajo producen la riqueza, pero reciben como salario solo una parte del valor que generan y poseen escaso control sobre cómo se organiza la producción y se distribuyen sus resultados. El propietario procura reducir costos y aumentar ganancias; el trabajador necesita un salario digno, seguridad, tiempo para vivir y servicios públicos. No se puede negar que, aunque puedan alcanzar acuerdos temporales, sus intereses son fundamentalmente opuestos.
De la indignación a la organización
Observar la explotación y la injusticia puede producir rabia, tristeza o impotencia, pero no basta. La indignación aislada se agota, se convierte en conformismo o cinismo, o termina dirigiéndose contra otros trabajadores. La transformación comienza cuando esa emoción encuentra comprensión, organización y un objetivo común.
La experiencia abre los ojos, pero el estudio de la realidad desde una postura de clase permite entender lo que vemos. Necesitamos conocer la historia de las luchas obreras, estudiar economía política y acercarnos al marxismo no como un conjunto de frases para repetir, sino como un método científico para analizar y adaptarlo a una realidad en constante cambio. Leer sin participar puede convertir la teoría en un ejercicio abstracto; actuar sin estudiar puede llevarnos a confundir síntomas con causas. La teoría y la acción deben corregirse mutuamente.
Organizarse tampoco significa seguir ciegamente a un líder, sino aprender a discutir, decidir y actuar colectivamente; respetar la voluntad democrática de la mayoría, evaluar los resultados y corregir los errores sistemáticamente. Los problemas colectivos requieren fuerza colectiva.
De la sala COVID a la lucha colectiva
No me convertí en marxista solamente leyendo teoría ni cuestioné siempre este sistema. Creía que el capitalismo, acompañado de leyes más rígidas, instituciones responsables y libres de corrupción y reformas sociales, podía corregir gradualmente la pobreza, la desigualdad y la explotación que él mismo producía. Pensaba que sus injusticias eran fallas reparables. La pandemia me obligó a considerar otra posibilidad: que aquello que entendía como errores aislados no fueran desviaciones del sistema, sino consecuencias previsibles de una sociedad obligada a subordinar las necesidades humanas a la acumulación de ganancias.
Llegué al marxismo observando y preguntándome quién se enfermaba; quién podía quedarse en casa y quién debía seguir trabajando; quién accedía al tratamiento y quién tenía que endeudarse; quién moría esperando recursos y quién obtenía ganancias en medio de la tragedia colectiva. Pero observar fue solamente el primer paso. Comprender aquella experiencia me enseñó que la salud no puede separarse de las condiciones materiales de vida y que la dignidad humana no debería depender de una cuenta bancaria. Hoy continúo ejerciendo la medicina y examinando críticamente la realidad que me rodea, pero sé que ninguna solución técnica o legislativa será suficiente mientras las decisiones sobre los recursos esenciales permanezcan subordinadas a las ganancias de una pequeña élite.
La tarea es pasar del “esto es injusto” al “¿por qué ocurre?”; del “¿por qué nadie hace nada?” al “¿cómo nos organizamos?”; y del sufrimiento individual a la lucha consciente por nuestros intereses comunes. Una sociedad donde la salud sea un derecho, la riqueza colectiva sirva al bienestar colectivo y la vida humana valga más que cualquier ganancia no surgirá de la buena voluntad de quienes se benefician del orden actual. Tendrá que ser conquistada mediante la lucha de una clase trabajadora consciente, organizada y unida.
Esa es la lección que me dejó la sala COVID. Y esa lección exige nuestra acción.
Como escribieron Marx y Engels: “No tenemos nada que perder, salvo nuestras cadenas. Y tenemos un mundo por ganar. ¡Trabajadores del mundo, uníos!”.
