La insurgencia obrera de los setentas: los electricistas

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Por: Rubén Rivera

A principios de los setentas, el 60% de la población vivía en las ciudades, nuevas fuerzas sociales estaban por surgir. A la par, el movimiento juvenil seriamente afectado por la derrota del 68, se orientó hacia la construcción de nuevas organizaciones campesinas, sindicales, urbanas y una parte, tal vez la más desesperada, a la guerrilla.

En esta compleja situación comenzaron a generarse movimientos de carácter económico en distintas industrias, las cuales fueron asumiendo una posición cada vez más a la izquierda en términos políticos. Fue la época en la que apareció el sindicalismo universitario. Al mismo tiempo, se desataba en el seno del movimiento obrero oficial un conflicto que llegó a poner al régimen contra la pared, tal y como los ferrocarrileros hicieron en sus luchas de finales de los setentas. Se trataba de la tendencia democrática de Rafael Galván.

Galván era el dirigente obrero oficialista favorito del gobierno de López Mateos, cuando este último se decidió a nacionalizar la industria eléctrica en 1962 sólo había dos figuras en la dirección de los sindicatos de la Comisión Federal de Electricidad y de las empresas que se tuvieron que integrar a ella cuando se estableció la nacionalización, una de ellas era el citado Galván y la otra era el famoso Francisco Pérez Ríos.

Galván estaba al frente del Sindicato de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana y Pérez Ríos del Nacional de Electricistas, Similares y Conexos de la República Mexicana. La diferencia era que, pese a su priísmo, Galván tenía tras de sí un sindicato con tradiciones democráticas y muy combativo en lo que refiere a las luchas económicas, un tanto similar al SME. Por otro lado, Pérez Ríos era un gánster de la patronal que no dudaba en emplear grupos armados para eliminar contrincantes. Así pues, las bases del sindicato de Galván querían la unificación de los electricistas de la CFE, pero sobre las bases de sus tradiciones. Por otro lado, Pérez Ríos y su chofer Rodríguez Alcaine, no se hubieran podido mantener un día al frente de una base trabajadora tan combativa.

La discusión sobre la unificación comenzó a finales del gobierno de Díaz Ordaz y durante los primeros años del gobierno de Echeverría, éste maniobró para que la CTM y Pérez Ríos lograran el reconocimiento oficial al margen del sindicato de Galván. Los electricistas democráticos se dedicaron en cuerpo y alma a realizar una campaña para convencer a la base trabajadora de que el STERM galvanista era la mejor opción. El apoyo fue abrumador y el Gobierno no tuvo más opción que la de fusionar a las dos organizaciones y preparar un golpe en condiciones más favorables, es decir, cede, no para resolver sino para tener tiempo para preparar la represión.

Durante la lucha los electricistas se radicalizan, van elaborando no sólo un concepto propio de sindicalismo, sino del papel protagónico del obrero dentro de la dirección del país. En suma, forman un híbrido de ideas progresistas y nacionalistas que suena utópico en estos momentos, pero que en aquel entonces era una muestra de avances. Por decirlo en términos marxistas, se trataba de un auténtico giro hacia posiciones centristas.

En 1972 se crea el SUTERM, con Pérez Ríos a la cabeza y con Galván como Secretario Nacional de Vigilancia y Fiscalización. La batalla estaba en pleno desarrollo. Desde su posición, Galván profundizaba el desarrollo de propuestas para convertir al movimiento obrero en un constructor de las políticas sociales en base a la democracia sindical y la creación de instancias de codirección del país con el Gobierno. Evidentemente, esto era imposible en los marcos del capitalismo y demasiado para que el Estado lo aceptara.

Pérez Ríos era un charro consumado, pero ante el avance de Galván y su propia enfermedad, decide dejarlo hacer.

Todo ello ante la impaciencia de Echeverría, el cual era muy bueno para protestar contra la dictadura de Pinochet y al mismo tiempo aplicar los mismos métodos en contra de jóvenes y trabajadores. Finalmente Pérez Ríos muere en 1974, y su lugar es ocupado por Rodríguez Alcaine. Este último, temeroso de que la herencia se le fuera de las manos, optó por dar un golpe junto al Gobierno, aplicándole la cláusula de exclusión a Galván en 1975, en un Congreso extraordinario secreto.

Galván tenía una clara mayoría en todas las secciones, las cuales fueron desconocidas, tanto por el sindicato controlado por “la Güera”, como por la Secretaría del Trabajo, lo que provocó una ola de despidos, amenazas y golpes.

Galván funda entonces la Tendencia Democrática de Electricistas y llama al estallido de una huelga para el 16 de julio de ese año. La campaña en radio, prensa y televisión se hace intensa, satanizando el movimiento y pidiendo mano dura, nada distinto a lo que ahora ven nuestros ojos. A pesar de la ruda campaña, era evidente que los electricistas lograrían un triunfo abrumador, por tanto, el Gobierno ordenó la ocupación militar de todas las instalaciones y permitió que los pistoleros de la CTM hicieran de las suyas en contra de los trabajadores.

Galván, temeroso de que sucediera lo mismo que con Vallejo en años anteriores, decidió dar marcha atrás, esto facilitó el despido de los galvanistas más conocidos y el movimiento democrático recibió un golpe contundente.

Aún así, Galván creó el Movimiento Sindical Revolucionario en 1978, para dar continuidad a la lucha y mantener agrupados a sus compañeros. No obstante, su muerte, dos años después, provocó la disolución de su organización.

Galván, a lo largo de los años, se distinguió por ser un militante obrero honesto, que acompañó a los trabajadores en sus luchas y sus derrotas, su error consistió en considerar la posibilidad de acuerdos estratégicos con la burguesía nacional y su gobierno, combinándolo con democracia sindical que estableciera un contrapeso. Era en ese sentido, una especie de cardenista tardío -ideológicamente era un nacionalista radical-, no obstante, poco antes de su muerte, haciéndose una autocrítica, planteaba una orientación que aún es correcta y que debe llenar de inspiración a los militantes obreros actuales:

“Nosotros no sólo planteamos la democracia, sino que el proletariado se convierta en la dirección política del país y que se formule un proyecto nacional.”

[ . . . ] Se trata de encontrar un organismo de coordinación de la insurgencia, porque ya se tiene muy claro que ningún gremio en particular puede desarrollarse más allá de un límite, sin enfrentarse al Estado. En vez de hacerlo como gremio (que no se ha podido), los haremos como clase obrera.

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