La encrucijada de la sexodiversidad actual: entre la pasividad o la ofensiva revolucionaria
Gerardo “Mapache” Galeote, CDMX
Estos últimos años han sido de un asedio insoportable para la sexodiversidad en diferentes formas que van desde la discriminación en el ambiente laboral, la regresión de derechos ganados en años pasados, el rechazo de la esfera familiar y, en sus expresiones más violentas, el asesinato de odio.
Esto de por sí es el día a día del proletario a pie de la comunidad sexodiversa, que se agrava aún más cuando se tiene por detrás a políticos que públicamente nos tachan de “degenerados” o “anormales” y piden nuestra eliminación. Las organizaciones o colectivos que según nos representan, pero no buscan transgredir el sistema que nos ataca, se encuentran paralizados, temerosos de tomar una postura completamente revolucionaria mientras que se dedican a explayarse sobre el pacifismo y la “inclusión” en el discurso, pero que en la práctica vemos sus límites, pues se siguen cometiendo los crímenes más atroces día a día. Siguen predicando sobre la inclusión y tolerancia en medio de un clima cada vez más violento y represivo para la comunidad LGBTIQ+.
Los comunistas estamos en contra de cualquier forma de violencia ejercida contra nuestros compañeros sexodiversos, los discursos de odio representan una arma para la división de la clase obrera, que es quién sufre la peor parte de la violencia transhomofóbica (a diferencia de aquellos burgueses quienes tienen la libertad de ejercer su identidad). Pero tampoco nos callaremos sobre el papel tan nocivo que ha jugado en el movimiento estas filosofías idealistas y teorías individualistas (lideradas por Judith Butler y Foucault) que reducen la lucha a una mera aceptación personal y erigirla como una lucha revolucionaria: ¡Patrañas!
La interseccionalidad o la lucha de clases
Para estos filósofos y reformistas la lucha de la sexodiversidad descansa en las “opresiones selectivas” que se ejercer en ciertas fracciones del proletariado de modo que se desdibuja la raíz de clase para luchar contra estas opresiones alegando que unos sufren más que otros, esto es lo que se le llama interseccionalidad. Claro, es bien notorio cómo se discrimina a obreros afroamericanos, a quien padece una discapacidad o en este caso, por ser mujer o gay. Pero hay una gran diferencia: la interseccionalidad aisla las luchas en objetivos separados mientras que los comunistas defendemos que la raíz nace a partir de las relaciones de explotación entre el capital y el trabajo, y la sociedad dividida en clases; por tanto, debemos unirnos como una misma clase para acabar con cualquier forma de opresión.
La opresión es un arma que el capital usa para dividir a la misma clase explotada en base a sus características singulares (llámese ser mujer, afroamericano, trans) en forma de la competencia de la mano de obra (como la que ocurre entre hombres y mujeres) o explotar su identidad para mantener salarios bajos y una intensificación del trabajo por miedo al despido. Entonces podemos resumir que la opresión son aquellos mecanismos que permite una mayor extracción de plustrabajo entre la misma clase obrera así como evitar su unión.
Pero también se puede usar del siguiente modo: en pro de la “inclusión” se ejerce cuotas de género en la que se coloca a gente sexodiversa en diferentes cargos (véase en puestos de gobierno, partidos o sindicatos) sin tomar en cuenta si son elegidos o no democráticamente por las bases de modo que, al final, son instrumentalizados como extensiones de la patronal y del capital para incentivar, paradójicamente, el odio hacia estas secciones considerándolas como “privilegiados” por mano de la extrema derecha. Al final del día, los intereses de clase de un dirigente burgués, aunque se autoproclame parte de la comunidad, serán fundamentalmente opuestos a los de la clase trabajadora de la cual formamos parte la extensa mayoría, incluyendo las comunidades sexodiversas.
El marxismo y la lucha de la sexodiversidad
La defensa de la familia tradicional como núcleo de reproducción social (es decir la procreación, crianza y desarrollo de la futura mano de obra) en la que el esquema de la mujer y el hombre en sagrado matrimonio es lo “natural” ha sido un factor fundamental para justificar el odio estructural hacia la sexodiversidad. Pero debemos entender que la familia es un producto histórico de condiciones materiales concretas. Fue gracias a Engels en su clásico El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado quien explicaba desde el materialismo histórico que la familia no es sino producto de las relaciones sociales que inicia en familias polígamas (donde no existe uniones separadas sino en conjunto con la comunidad), pero fueron dos los factores que llevaron al surgimiento de la monogamia como institución social que hoy conocemos: 1) El avance de las fuerzas productivas que conllevó a una división de trabajo más especializada entre hombres y mujeres, lo que llevó a 2) la existencia de un sobreproducto social (la acumulación de riquezas) que dio origen a la propiedad privada de los medios de producción y la división de clases.
De esta manera, la existencia de la propiedad privada exigía una estructura que se alzara por encima de la comunidad que en aquel lapso ya estaba dividida en clases y sus intereses eran tan contrarios que las antiguas formas de resolución eran inviables, dando como resultado el Estado.
Si bien la existencia de la monogamia no impedía las relaciones entre miembros del mismo sexo (existían en Roma, Grecia y en varias civilizaciones prehispánicas) es también cierto que la prohibición aumentó con la caída del Imperio Romano Occidental y el ascenso del cristianismo que consagró la monogamia heterosexual como lo natural y permitido por la gracia de Dios para la justificación del ascenso de la nueva clase dominante.
Bajo el desarrollo del capitalismo no se dejó de perseguir a las poblaciones sexodiversas sino que se convirtieron en la norma, pero no fue sino a partir del siglo XIX dónde comenzaron a alzarse voces contra la homofobia. Por ejemplo, la socialdemocracia alemana (antes de la traición de 1914) se alzó en contra de un articulo del Codigo Penal que condenaba la homosexualidad; los bolcheviques descriminalizaron la homosexualidad en 1917 (hasta que la degeneración estalinista la criminalizó en 1933); los disturbios en Stonewall y los movimientos de liberación de la diversidad sexual en el México de los sesenta con un abierto sentido militante y de clase; por mencionar algunos.
Y si bien se han logrado grandes avances en materia de derechos y reconocimiento es necesario remarcar que el estalinismo y el avance de estas filosofías posmodernas han quitado los tintes revolucionarios que el movimiento poseía y se ha convertido en un vehículo para que las empresas y el capital se legitimen y las poblaciones sigan sufriendo el odio sin ningún problema. El problema con las posturas idealistas e individualistas de las políticas de identidad es que son claudicantes con el sistema: Creen que basta con breves reformas para parchar un sistema que está en crisis. Lo que necesitamos es romper por completo con nuestras cadenas.
Por eso mismo, en estos momentos donde la derecha se fortalece y el imperialismo ataca nuestros países sin ningún descaro, es necesario abandonar todo reformismo y activismo para una organización genuinamente revolucionaria, un Partido que acumule las experiencias históricas de la clase trabajadora y una teoría revolucionaria llevada a la práctica, donde en sus filas quepan todos y todas por igual en la lucha de la clase trabajadora, no por una simple cuota de género, sino por la emancipación completa contra la burguesía y el capitalismo.
¡Solamente la lucha por el comunismo es la vía para eliminar al capital y la homofobia!
¡Fuera el reformismo y el colaboracionismo de clases!
¡Arriba la lucha entre obreros y la sexodiversidad!
