La 4T, el medio ambiente y el capitalismo
León E. Alcántar
Recientemente, una noticia esperanzadora fue celebrada por doquier: El gobierno de Quintana Roo, encabezado por la morenista Mara Lezama, decidió echar para atrás el megaproyecto destinado a convertir al área natural protegida Mahahual en un destino turístico, empresa a la que iba a aventurarse la corporación imperialista Royal Caribbean. La noticia, respaldada por la presidenta Sheinbaum y por las autoridades de Semarnat, fue considerada un triunfo del movimiento luego de que se recolectaran miles de firmas para presionar a estas instancias y se expresara el rechazo fuertemente en redes y medios. Ante este ambiente, tanto activistas como expertos en conservación aprovecharon para advertir de la presencia de otros proyectos igual de nocivos en el país.
Ni siquiera un mes pasó antes de que ocurriese una serie de movilizaciones amplias por todo el país por temas similares. En Nayarit, se denuncia el ecocidio en Punta Mita. En Yucatán, los consejos mayas exigían el fin de la agresión estatal a los defensores de sus tierras ante el despojo más cruento; este caso es similar al de la Huasteca, donde comunidades indígenas se organizan contra el proyecto de fracking de BlackRock. En La Paz, Baja California Sur, se denuncia la privatización y proyectos turísticos en la Sierra de la Laguna, área natural protegida y fuente de agua de la región, irónicamente, el proyecto involucra al exdirigente del Partido Verde Ecologista, Jorge Emilio González «El Niño Verde». En el mismo estado, se habla de la reclasificación del puerto de Loreto como puerto de altura, siendo que es un santuario de la ballena azul, especie ya amenazada por el Proyecto Saguaro de extracción de gas natural en Sonora, proyectado para ser transportado al exterior en megabuques por el Golfo de California, poniendo en un grave riesgo las rutas de las más de diez especies de ballenas en él. En Los Mochis y Topolobampo, Sinaloa, la nación mayo-yoreme, acompañada de activistas locales, denuncia enérgicamente la construcción del megaproyecto de extracción de amoníaco en la Bahía de Ohuira, que se advierte destruirá los humedales cercanos debido a la calefacción de las aguas marinas inmediatas, arrasando con el ecosistema; sin mencionar el riesgo a la población humana, pues se ha dicho que ante la más mínima fuga de este gas tóxico, podría acabar con miles de manera inmediata.
Este último, encabezado por la empresa alemana Proman-Gas, ha llevado a muchos trabajadores, campesinos y jóvenes mexicanos a percatarse de las contradicciones sistémicas del imperialismo. ¿Por qué en México sí y en Alemania no?, ¿por qué en Europa pueden permitirse un «capitalismo verde» y regulado estrictamente por gobiernos ambientalistas, pero en América Latina esas mismas corporaciones pueden venir a hacer cuanto les monte en gana, extraer sin ningún miramiento por la biodiversidad local ni por la población humana?
El mandato de Sheinbaum —irónicamente Doctora en ingeniería ambiental y activista de antaño por la protección ecológica— resulta en uno donde no cesan las polémicas, las rupturas y las luchas sociales en torno a la cuestión ambiental. El sexenio de López Obrador tampoco estuvo libre de polémicas que hacían a la clase obrera cuestionar cada vez más el compromiso del Estado mexicano con la preservación ambiental: desde las crisis por derrames de petróleo en el Golfo de México hasta las irregularidades en la deforestación necesaria para la construcción del tren maya, se demostró que el gobierno de la 4T carecía de una propuesta ambiental real. Continuando en esa línea, en marzo de este año, uno de los peores derrames de petróleo se ha suscitado en las costas de Tabasco y Veracruz.
Aprovechando esto como los peores vampiros, la oposición de derecha ha buscado reivindicarse a sí misma y a sus partidos como los grandes y desinteresados salvadores del planeta desde la perspectiva más hipócrita posible. Pretendiendo que la gente ignore que antes de que gobernarse Morena, eran el PRI y el PAN los encargados de administrar la destrucción del medio ambiente. Esto no exime, sin embargo, de la más severa crítica a los gobiernos de la 4T por su profunda irresponsabilidad ambiental, no ocasionada por una simple «mala gestión» sino por un compromiso servil hacia los grandes capitalistas y sus proyectos. Aunque es verdad que muchos activistas se dan cuenta de esta correlación, es necesario no sólo que la vislumbremos, sino que entendamos la raíz del problema y, aún más importante, que podamos proponer un sistema donde el ecocidio y la sobreexplotación no sólo no existan, sino que sea materialmente imposible que existan.
¿Por qué no puede haber capitalismo compatible con la sustentabilidad?
Karl Marx alguna vez dijo que el Estado es tan sólo un comité para administrar los negocios comunes de toda la clase burguesa. A pesar de que suele presentarse como neutral, el Estado es, esencialmente, propiedad de la clase dominante: la capitalista. Aunque es verdad que los poderes del aparato burocrático deben tomar en cuenta muchas demandas e intereses, como instituciones tienden a adoptar una postura servil a los grandes capitales, incluyendo los grandes negocios de extracción de recursos o los gigantes del turismo.
El capital —ya sea nacional o imperialista— acosa el ambiente en todo momento. Hoy vivimos en un sistema económico donde no existe descanso para los ecosistemas, uno donde la clase dominante ha ampliado su estrangulante opresión más allá de los seres humanos para pasar a destruir, de la misma manera, al planeta.
La razón de este carácter desastroso reside en la propia lógica del capital. Para el capital y sus esbirros, las cosas sólo tienen un valor si pueden generar o convertirse en mercancías y, consecuentemente, pueden reproducir ganancias. Los ecosistemas, aunque son necesarios para que el ser humano exista, no generan ganancias financieras. El funcionamiento del capitalismo prioriza la ganancia a la satisfacción racional de las necesidades humanas, generando una lógica de sobreexplotación y expansión donde es más importante generar ganancias para los capitalistas que atender las necesidades de los demás seres humanos —ya ni se diga de los seres no humanos.
Mientras esta dinámica gobierne la sociedad, simplemente no podrá haber una garantía permanente de que el ambiente esté a salvo. Los obreros constituyen la única clase que, debido a que no les pertenece propiedad privada ni acumulan capital, pueden destruir la lógica del capital. Es decir, plantear un sistema donde todo lo que se produzca responda a una necesidad concreta de los seres humanos y no para generar ganancias. Bajo un sistema con estas características, sería imposible destruir el planeta. Esta es la solución máxima de la crisis ambiental, y la única solución de raíz. Sin embargo, hoy vinculamos nuestra lucha con las demandas inmediatas del movimiento social.
¿Qué hacer?
Si una táctica ha caracterizado la lucha ambiental este año es la colecta de firmas digitales en plataformas web. Esto consiste, sin duda, en la forma menos activa y menos movilizada de activismo. Aunque por fortuna esto ha servido para frenar el ecocidio de Royal Caribbean en Mahahual, combatir la crisis ambiental desde la lucha de clases requiere de una movilización de masas activas, consecuentes y con un programa político claro.
El activismo visibiliza y presiona a las autoridades a responder a las demandas, pero se queda sólo en esto. Si buscamos un cambio real en la gestión medioambiental, es necesario que obreros, campesinos y juventudes se involucren democráticamente en estos temas, que desde las comunidades y barrios los oprimidos se organicen solidariamente para defender su territorio.
Son los hijos de los trabajadores quienes sufrirán las consecuencias de la crisis ambiental, no los de los burgueses. Este matiz es lo que nos hace afirmar que la lucha por la defensa del medioambiente es la lucha de clases. Del lado de los capitalistas se encuentra nadie menos que el monstruo burocrático-militar, aparato hoy vestido de guinda y de «izquierda». Aún así, de nuestro lado hay más fuerzas de las que nadie pueda contar: somos los millones de explotados y oprimidos que resentimos la explotación y la violencia por todos los medios imaginables, incluyendo la violencia hacia el planeta que habitamos. La tarea de nuestra clase no es sencilla, pero aún así es nuestra: derrocar a la burguesía y a su Estado, terminar la opresión del hombre al hombre y del hombre a la naturaleza y construir un sistema que sirva para satisfacer las necesidades de cada quien, sin destruir la tierra por ganancias.
¡Gobierne quien gobierne, la vida se defiende!
