Desde Aztlán a la “tierra prometida”, el nacimiento de un símbolo

Escrito por David Rodrigo García Colín Carrillo

“Pero los aztecas por allá anduvieron caminando,

Iban a buscar tierras…

Cuánto tiempo en las llanuras anduvieron,

Ya nadie lo sabe”. [Códice Matritense de la Real Academia de la Historia]1

La legendaria peregrinación de los mexicas desde la misteriosa Aztlán hasta llegar a su “tierra prometida” para fundar México Tenochtitlan está lejos de ser la única migración épica de los pueblos mesoamericanos, el mito de Aztlán –más allá de la ubicación geográfica real, tema interesante por sí mismo- y el mito del águila posada sobre un tunal devorando una serpiente, pueden ser comprendidos en el marco de fenómenos migratorios recurrentes que eran mitificados por sus protagonistas, migraciones que se explican en el marco del auge y declive de antiguos Estados, es decir, en el marco de un sistema socioeconómico que arroja luz sobre la confusa neblina de una leyenda épica. Veremos que los mitos –aun con sus grandes dosis de arbitrariedad- no se construyen caprichosamente, sino que obedecen a condiciones históricas que no tienen nada de arbitrarias.

El códice Boturini (o “Tira de la peregrinación”) -entre otros documentos como la Crónica mexicayotl, los relatos recogidos por Durán, Códice Azcatitlan, Mapa Sigüenza, Códice Mexicano- relatan o ilustran la larga peregrinación que los aztecas realizaron desde el norte antes de asentarse en el lugar donde fundarían la Gran Tenochtitlán, un éxodo que duro unos 200 años. Los aztecas fueron una de las 8 tribus chichimecas (de acuerdo a la Tira de la Peregrinación), siete (Torquemada) o seis tribus (según Durán)2, que peregrinaron desde el mismo lugar. Las tradiciones toletecas llaman al punto de origen Chicomóztoc –lugar de las siete cuevas-, mientras las narraciones mexicas le llaman Aztlán –lugar de la blancura- y localizan a éste en una isla

Las causas de éxodo

¿Cuáles fueron las causas del éxodo de los aztecas desde Aztlán hasta el Valle México? En términos generales podemos afirmar que los flujos migratorios en las sociedades mesoamericanas estaban determinados por patrones de atracción o repulsión causados por el reacomodo de los centros hegemónicos de poder. Así, por ejemplo, la caída del clásico mesoamericano en el área maya –tras el colapso de ciudades como Tikal, Copán y Yaxchilán- tuvo como consecuencia éxodos masivos desde las tierras bajas del sur hacia las costas del Caribe y el norte de la Península de Yucatán, que implicaron el colapso dramático del 99% de la población;3 algo similar sucede tras el abandono de Monte Albán en el 750 d. C., en el caso teotihuacano, se estima que tras el ocaso del 600 d.C. al menos el 80% de los habitantes de la urbe abandonaron la ciudad –la población de la cuenca de México se redujo de forma dramática en 75 mil individuos4-, dando como resultado una especie de balcanización y fragmentación del mundo mesoamericano, fragmentación que caracteriza el inicio del posclásico.5

Estos reacomodos dieron lugar a nuevas sedes relativamente modestas –como Cacaxtla, Xochicalco, El Tajín, etc.- que se disputaban el poder y el tributo, o a pueblos aldeanos que se replegaban a una lógica de autoconsumo. Tras la caída de la cultura norteña de Chalchihuites –caída vinculada, al parecer, con el colapso teotihuacano- los migrantes nonoalcas –entre otros pueblos-fundarán la importante ciudad del Tula-Hidalgo del posclásico. Así pues, el ascenso y colapso de las grandes civilizaciones mesoamericanas es la historia de idas y venidas de sus pueblos.

A primera vista resulta desconcertante que la caída de ciudades tributarias causara tan dramático reacomodo poblacional: los calpullis eran unidades aldeanas de autoconsumo en donde prácticamente todo su excedente se destinaba al sostenimiento de los centros urbanos, parecería –a priori- que los únicos que se verían obligados a migrar tras el colapso de las grandes capitales serían los habitantes de los centros urbanos. Si, por ejemplo, Teotihuacán en su punto álgido era habitada por unos 125 mil habitantes, parece no tener mucho sentido el reacomodo dramático que se da en toda la cuenca de México tras el declive de la gran ciudad (mismo que implicó que de los cerca de 230 mil habitantes que habitaron la Cuenca de México sólo quedaran 75 mil tras el colapso del 900 d C.).

Pero es necesario considerar, para entender este fenómeno, no sólo el aspecto económico de la cuestión sino también el aspecto político: las comunidades tributarias eran explotadas a cambio de recibir la protección ante la amenaza de otros centros de poder que ambicionaban también la expoliación y el control estratégico. Tras la caída de un polo muchas aldeas buscarían el padrinazgo de otros centros de poder o tratarían de coaligarse para llenar vacíos, en un reacomodo similar al del polvo de hierro ante el desplazamiento de fuertes polos magnéticos. De esta forma resultan perfectamente explicables las migraciones en el marco de su forma de vida y producción.

Es muy probable que la serie de éxodos de pueblos chichimecas estén vinculados con un reacomodo análogo a los anteriormente descritos. La diáspora chichimeca estaría relacionada con la caída y quema de Tula como centro hegemónico en el siglo XII d C. y, quizás, con el declive de jefaturas como la de los Anazasi de Oasisamérica –caída que comienza en el 1,110 d C.-. A esto habría que añadir la contracción de la frontera norte mesoamericana unos 250 kilómetros producto de un cambio climático que vuelve menos fértil el norte de la región. De esta forma nos encontramos con procesos que desde el norte presionan hacia el sur y con vacíos de poder en el sur que posibilitan la entrada de una serie de oleadas migratorias de pueblos norteños. Estos pueblos migrantes tenderían a seguir las viejas rutas comerciales que unían a Oasisamérica con los grandes centros mesoamericanos. La ruta de la turquesa y de la sal, que llegaba más al norte de Paquimé, parece marcar la ruta de las migraciones chichimecas.

Zona arqueológica Paquimé

Según Torquemada, los Chichimecas (“mamadores” “chupadores”) eran llamados con ese gentilicio náhuatl por la costumbre de comer carne cruda y “mamar” la sangre de los animales que cazaban.6 Pero en realidad, los pueblos chichimecas que vivían en la periferia del mundo mesoamericano se encontraban en distintos grados de complejidad social y eran de distinto origen étnico: desde simples cazadores recolectores, pasando por agricultores, hasta fuertes jefaturas herederas de ciudadelas megalíticas. Oleadas chichimecas fluyen hacia las cercanías del Valle de México desde el 1200 d C.: Mexicas, chichimecas de Xolotl, acolhuas, tepanecas, otomíes, etc.

Para entender la diáspora chichimeca, hay que agregar a los procesos geopolíticos que hemos señalado, patrones de dispersión que son comunes a pueblos tribales -cazadores recolectores e incipientes agricultores-, patrones que se verían acentuados por los vacíos de poder antes descritos. Las guerras en los pueblos preestatales no tienen como objetivo fundamental la explotación, ni la captura de esclavos–al menos hasta que no se conforman en Estados-; sino la dispersión, la expulsión de tribus de nichos ecológicos que resultan insuficientes o cuya explotación podría llevar a una producción agrícola decreciente. Las pugnas intertribales e interclánicas suelen estar motivadas por la insuficiencia de cotos de caza, pesca o labranza. Así, el objetivo de los choques bélicos, reiteramos, es el de dispersar la presión poblacional sobre un territorio más amplio. No debe ser casual que a principios del segundo milenio –coincidente con la época en la que los mexicas fueron expulsados de Aztlán- las tribus amerindias sufrieran un cambio climático que los sometió a una mayor presión al volver más árido el norte americano.7

También es interesante que la leyenda de la “Tierra prometida” sea común a tribus exiliadas que conocen la agricultura y que buscan nuevas zonas de cultivo. Por ello el éxodo judío y azteca tiene como leimotif la búsqueda de la tierra prometida por su Dios, y así como los judíos primitivos cargaban su “Arca de la alianza” -con el mandato de su Dios y un becerro de oro- los mexicas cargaban consigo su bulto sagrado “[…] al que adoraban, oían que hablaba, y le contestaban los aztecas […]”8. Claro que no podía haber, en este caso, “becerro de oro” puesto que en Mesoamérica jamás se conoció el pastoreo al carecer de grandes herbívoros domesticables. En los caso de judíos y mexicas vemos fetiches mágicos propios de pueblos tribales nómadas que no podían darse el lujo de construir templos permanentes y debían cargar con sus símbolos de identidad.

¿Dónde estaba Aztlán?

Para muchos, Aztlán es sólo un mito sin correspondencia con ningún lugar geográfico real. Pero, como ha señalado Matos Moctezuma, “detrás de todo rito hay un mito y éste, a su vez, surge de un hecho real, histórico”;9 por supuesto, el problema radica en determinar qué realidad histórica es la que el mito expresa. Si Aztlán no fue nunca un lugar realmente existente expresaría –de todas formas- una migración que sabemos existió. Matos mismo opina que Aztlán no tiene correspondencia con ningún lugar físico real. Pero sin olvidar nunca que en los pueblos mesoamericanos la historia y el mito se funden, quizá no debamos renunciar a explorar algunas opciones de lugares reales como correlato del mito, después de todo la peregrinación desde Aztlán señala lugares cuya correspondencia con la realidad – Pátzcuaro, Tula y Chapultepec- está fuera de duda. Si asumimos que Aztlán no existió podríamos estar cerrando la puerta a una interrogante válida y potencialmente fructífera.

De acuerdo a León Portilla, Aztlán estaba originalmente ubicada en tierras amerindias, en Oasisamérica, en donde actualmente habitan los llamados Indios Pueblo, pueblos que alcanzaron el nivel de jefaturas y que llegaron a construir ciudadelas como la de los Anasazi.10 La ubicación de Aztlán en estas latitudes no es una teoría nueva, Tezozomoc afirmó que Aztlán o Aztatlán estaba en Nuevo México.11 Portilla señala elementos circunstanciales, como el hecho de que en épocas invernales la nieve vuelva esas regiones un “lugar de la blancura”-uno de los significados que se le han dado a la palabra Aztlán-. También se ha llamado la atención sobre la especie de quibas subterráneas y circulares que existen en las protociudades de Oasisamérica, al norte de México y al suroeste de Norteamérica. Los pueblos Hopis, por ejemplo, construían espacios subterráneos de forma circular –que reconstruyen el inframundo y la matriz original- que en mucho recuerdan a Chicomóztoc: matriz de donde surgieron las diferentes tribus o clanes chichimecas. Esta matriz puede referirse al pueblo o tronco original del que se desprendieron.

Chicomóztoc en Códice Historia Tolteca Chichimeca

La Tira de la Peregrinación o Códice Boturini representa a los clanes que emprendieron la peregrinación. Están entre ellos el clan de la serpiente y otro que representa a Chimalma, madre de Quetzalcóatl, con un glifo que parece ser la reproducción de un escudo prácticamente idéntico pintado en una estela Hopi [Véase:Expedición Azteca, Capítulo I, documental de History Chanel]. Las tradiciones Hopis hablan de una antigua peregrinación en donde diversos clanes partieron hacia los cuatro puntos cardinales, entre ellas un clan conocido con el de la víbora de cascabel que partió hacia el sur y que podría ser uno de los clanes representados en La Tira de la Peregrinación.12 Lo que es cierto es que todas estas tribus –llamada genéricamente Indios Pueblo- hablan lenguas emparentadas con el nahua, las lenguas uto-aztecas.

El primer personaje lleva un escudo circular muy parecido al encontrado en una estela Hopi, también aparece el clan de la serpiente.

Curiosamente, los Zuñi –tribu de integrante de los Indios Pueblo-, en los tiempos de la conquista, “habitaban siete poblados relativamente grandes en el extremo occidental del actual estado de Nuevo México”13, la similitud numérica entre las siete tribus y las siete tribus nahuas que, según algunas fuentes como Fray Diego Durán, abandonaron Chicomóztoc –una de las cuales fundaría la Gran Tenochtitlan-no deja de ser llamativa. Adicionalmente, así como en Mesoamérica la tierra solía ser una vagina dentada -como se observa en el Códice Mendocino-, los Indios Pueblo solían representar a la tierra como un monstruo terrible, una “vagina dentada” que alimenta a los hombres pero también los devora y los reintegra a su ser.14 Llamativa similitud la de una “vagina con dientes” al que idolatraban y temían, aunque esta coincidencia bien podría ser una simbología producto de una relación con la tierra similar, sin que haya influencia directa.

Recién acabada la conquista de Tenochtitlán varias expediciones fueron rumbo al norte a la búsqueda de las Siete Ciudades de Cíbola con base en testimonios indígenas nahuas que ubicaban en esas latitudes su lugar original. El origen del mito de las siete ciudades no sería medieval como se había creído, sino era una idealización fantástica hecha por los ambiciosos invasores, de tradiciones nahuas, alimentada con relatos maravillosos de exploradores como Castañeda Nájera y Cabeza de Vaca, que despertaron el interés, incluso, del conquistador Hernán Cortés, quien por entonces se había enfrascado en una ruinosa expedición al Golfo de California –de ahí el nombre de “Mar de Cortés”-. Francisco de Ibarra, conquistador de Nueva Vizacaya, escribió que la búsqueda de Cíbola pretendía “descubrir el origen, venida, raíz y tronco de los antiguos culguas (sic) mexicanos, teniendo sospecha de gran número de indios, poblaciones e riquezas, para sugetarlos (sic) al gremio de nuestra santa fe católica”.15 Motolinia también localizó Chicomóztoc16 en Cíbola: “[…] los más ancianos de los Tlaxcaltecas tienen que vinieron de aquella parte del Noroeste; y de allí señalan y dicen que vinieron los Nahuales […] Hacia esta misma parte del Noroeste están ya conquistadas y descubiertas quinientas leguas, hasta la provincia de Cíbola […] han descubierto multitud de gente, en las cuales no se han hallado lengua de los nahuales, por donde parece ser gente extraña y nunca oída “.17 Cíbola, es, al parecer, “una deformación del término shiwina (o ashiwi) término con el que los zuñi se designaban a sí mismos”.18

En el periodo de 1539 a 1542 se emprendieron dos expediciones en búsqueda de una ciudad perdida de infinita riqueza en metales preciosos, algunos frailes franciscanos encontraron los restos de viejas ciudadelas abandonadas talladas en la roca –casas acantilado de los Paquimé-, pero la riqueza legendaria consistía en la producción de turquesa de poco interés para los invasores, que además “ofrecía pocas posibilidades para el enriquecimiento […] no tenía oro ni plata, su suelo era poco propicio para la agricultura y, sobre todo su población era escasa, de ánimo rebelde y poco dispuesta a prestar servicio a los españoles”.19 Se trata de condiciones adversas para la agricultura que no sólo pueden haber explicado el colapso de los Anasazi, sino, incluso el éxodo de pueblos nahuas. Los pueblos “chichimecas” tuvieron la suerte de no contar con excedentes considerables que los invasores les pudieran saquear, ni un sistema político de extracción de tributos que pudieran aprovechar; pero la conquista del norte mesoamericano –junto con el genocidio y esclavización pueblos como zacatecos y guachichiles durante la llamada Guerra Chichimeca- comenzará cuando los invasores descubran las venas de plata de Zacatecas en 1548, un proceso largo de conquista de una tierra incógnita que durará más de 200 años y que de cierta manera, con la lucha de los Yaquis por conservar las aguas de sus ríos sagrados, continua en la actualidad.

Por supuesto, dados los elementos puramente circunstanciales, otros lugares al occidente de México (como Nayarit -Jiménez Moreno- Guanajuato –Kirchoff-) reclaman ser el original Aztlán. Zacatecas, por ejemplo, cuenta con vestigios que refuerzan la idea de que el culto a Tezcatlipoca –representado en vasos del clásico como un águila devorando una serpiente- surgió en esta región fronteriza de Mesoamérica. En esta zona también está muy presente la tradición de empalar cráneos en hileras -en forma de Tzompantli- que tanto practicarán los mexicas-.20

El “Aztlán” que se ubica en una amplia zona que un señorío llamado Aztatlán dominó desde el siglo IX -comprendiendo los estados de Nayarit, Colima, Sinaloa y Jalisco- cuenta con elementos circunstanciales que retan a la hipótesis de los Indios Pueblo que referimos. Los aztatecas –cuya similitud con los Azteca es difícil omitir- pudieron haber sido los aztecas que tenían subyugada a una tribu que sería conocida posteriormente como los mexicas. Según Gomara: “[…] los chichimecas […] vinieron de Aculuacan, que está más allá de Jalisco, cerca de los años 720 que Cristo nació, reduciendo su cuenta”.21 Igualmente, Tezozomoc menciona el nombre Culhuacan22 que tal vez sea Culiacán Sinaloa. No es la única fuente que señala esta región como el original Aztlán; el fraile Antonio Tello (1590-1653) –el cual vivió en la Nueva España, más precisamente en la Nueva Galicia23– en su libro Crónica Miscelánea de Sancta provincia de Xalisco escribió: “Todas las familias que vinieron de las partes Septentrional[es], se llaman aztecas, por haber venido de la Provincia de Aztatlán que cae entre el norte y el poniente […]”.24 Alvarado Tezozomoc dice claramente que Aztlán es sinónimo de Aztatlán pero –de forma contradictoria-la ubica en las costas de Nuevo México: “[…] Aztlan Aztatlan, asiento de las garzas, que por eso se llama Aztlan -era allá por donde ahora quede tal vez muy próximo de las extensas costas, las extensas riberas, donde ahora llaman los españoles Nuevo México, Aztlán Chicomostoc-”.25

Alfredo Chavero intentó precisar aún más la localización señalando la isla de Mexcaltitán en el estado de Nayarit, en México a través de los siglos afirmó: “Aztlán […] en el lienzo de Tlaxcala, está entre Xalisco y Chiametla, sobre la costa del Pacífico, es decir, en la laguna de de Mescaltitán o Mexticacán: cualquier de estos nombres que aceptamos tienen la raíz Mexi, el dios de los aztecas. Y no nos detengamos porque en esta relación se dice Aztatlán y no Aztlán, pues en el manuscrito nonoalca se llama aztateca a los azteca”.26 Jiménez Moreno –a quien comúnmente se le atribuye la teoría del Aztlán nayarita- no es sino uno de los exponentes más recientes de una hipótesis que parece haber propuesto por vez primera el sabio liberal Alfredo Chavero. La propuesta nayarita no deja de ser muy sugerente aunque no está respaldada por evidencia arqueológica: Mexcaltitán no sólo es una isla ubicada hacia el noroeste, como lo señalan las crónicas y el Códice Boturini en su lámina 1; también es una isla cuyas calles, aún hoy, se llenan de agua durante la temporada de lluvias y puede ser recorrida en canoas, en un ambiente que recuerda lo que fue la Gran Tenochtitlán, ciudad construida por gente que debió conocer la vida lacustre. Jesús Jauregui, ha objetado que “[…] las calles de Mexcaltitán en realidad no son canales […] el diseño circular del pueblo […] no corresponde para nada con el diseño cuadrangular de Tenochtitlan y el dibujo del remador del Códice Boturini contrasta notablemente con el sistema típico de impulso con palanca de los mexcaltecos”.27 Pero, esto sea, quizá, pedir demasiada literalidad a una simbología mítica que debe ser leída en clave.

Mexcaltitán, Nayarit

Debe reconocerse, sin embargo, –y es advertido por este último autor- que la promoción del Aztlán nayarita ha sido impúdicamente usada por el gobierno estatal para promoverse a sí mismo –aun cuando el asunto de Aztlán no está de ninguna manera zanjado y en la isla no se ha encontrado evidencia arqueológica- llegando al extremo de decretar a Nayarit como “cuna de la mexicanidad” – inclusive le cambiaron el escudo de armas al estado en 1993 para introducir la simbología de Aztlán- creando una nueva mitología que ha servido de “consuelo a su depauperada población [para que] a pesar de su marginalidad [se vean como] los meros padres de los mexicanos”,28 como si el Estado Nación burgués de hoy hubiera existido eternamente y como si los cientos de señoríos, etnias, culturas y poblaciones mesoamericanas no hubieran contribuido a la llamada “mexicanidad”, cualquier cosa que esto signifique. Aun compartiendo estas objeciones, ello no significa, necesariamente, que Mexcaltitán deba descartarse como el Aztlán original (como tampoco aceptarse sin más omitiendo todo un abanico de hipótesis posibles que esperan demostración o su refutación definitiva).

La propuesta amerindia defendida por Portilla y la del occidente que hemos expuesto podrían complementarse. Después de todo Sinaloa –el lugar más norteño del presunto dominio Aztateca- no está muy lejano de la esfera de influencia de los Indios Pueblo, culturas que estaban relacionadas por lazos comerciales. Quizá la historia de la peregrinación amalgamó diferentes puntos de una amplia región norteña. Lo cierto es que los mexicas pudieron venir de cualquier lugar de la llamada “Gran Chichimeca” –la frontera más allá de los ríos Sinaloa, Santiago, Lerma Moctezuma y Pánuco (o más burdamente: por encima del trópico de cáncer), región que los mexicas llamaban Chichimecatlalli; una región que abarcó desde la frontera mesoamericana hasta centros protourbanos como Anazasi y Paquimé (Casas Grandes) –en lugares tan lejanos como Durango, Chihuhua, Sonora, Arizona y nuevo México-. Regiones que se conectaban a Mesoamérica por fortalezas como Chalchihuites –Zacatecas-, al parecer, puesto de avanzada teotihuacano.

Es cierto, sin embargo, que decir que los Aztecas vinieron de allá es decir mucho y nada: hablamos de una enorme macrorregión -valga la redundancia- que tuvo constantes vínculos entre sí (aunque de menor intensidad que las propias de Mesoamérica) en virtud del intercambio de minerales como la turquesa y la sal, comercio que conectaba a esta inmensa región norteña con las altas culturas mesoamericanas, una región emparentada por lengua y cultura.29 En virtud de estas conexiones comerciales – venas donde viajan también tradiciones- no sería extraño si se descubriera que todas las teorías sobre el origen de Aztlán tienen algo de verdad, que los mexicas sintetizaron en el mito diversas tradiciones de regiones interconectadas.

Sea como fuere, futuros descubrimientos arqueológicos arrojarán luz y quizá debelarán al Aztlán histórico.

El águila y la serpiente, símbolo de dominio

Alvarado Tezozómoc –como otras fuentes- relata que el hijo de Malinalxóchitl, Copil, quiso cobrar venganza de que los mexicas abandonaran a su madre para seguir su éxodo sin ella–el abandono se da en Malinalco (de ahí el nombre del lugar), representa una escisión tribal- Copil se enfrenta con su tío el dios Huitzilopochtli en Chapultepec; Copil es derrotado y sacrificado, su corazón es arrojado al lago30–según Diego Durán de aquí saldría el nombre de Copilco (Acopilco-que quiere decir el “agua de Copil”)-. El corazón de Copil se convertirá en una piedra y de ella crecerá el tunal donde se posará el águila devorando una serpiente –o un pájaro en otras fuentes-, la señal que a los mexicas les había dado su dios guerrero Huitzilopochtli, para construir su ciudad sagrada, en su “tierra prometida”.

Fray Diego Durán, Historia de las Indias de Nueva España e islas de Tierra Firme.

Sin embargo, la simbología del águila y el nopal fue construida posteriormente para justificar el dominio que esta tribu logrará sobre no menos de 30 señoríos que a su arribo a la Cuenca de México ya ocupaban el entorno lacustre. Fue el cuarto tlatoani, Izcóatl quien en 1428 mandó reescribir la épica historia de la peregrinación como si fuera parte del destino mandatado por su dios guerrero, con el objetivo de servir como un medio de propaganda imperial. Así en el Teocalli de la Guerra Sagrada –monolito que fue mandado a hacer en 1507- se observa en su parte posterior a un águila posada sobre un nopal sosteniendo en su pico el símbolo de la guerra: “atl tlachinolli” (significa “agua-hoguera”, o sea la lucha de los opuestos en el contexto de guerra). La simbología es clara: el dios solar –Huitzilopochtli- representado como un águila –símbolo sagrado- dominando mediante la guerra a todos los pueblos circundantes: los devora por medio del sacrificio e incluso el canibalismo ritual (la imagen podría ser más literal de lo que normalmente se cree) y –sobre todo- por medio del tributo. Pero la elección de la isla que los mexicas ocuparán no tuvo que ver nada con un designio divino, sino con la voluntad del señor de Azcapotzalco: Tezozomoc, quien imperaba en la región cuando los mexicas imploraron por un lugar para asentarse –se sometieron adhiriendo su linaje a Tezozomoc- Éste “decide darles ese espacio [señala Matos Moctezuma] para tener un pueblo [más] sujeto a él que le fuera de ayuda durante sus guerras de expansión y que también le pagara tributo, esa es la verdadera causa de por qué se van a asentar en esos islotes, ya después los mexicas van a crear esta imagen del águila […]”31 Es decir, la imagen expresaría la supremacía del Dios de la guerra, lo masculino y el Sol -asociado al águila- que “devora”, mediante tributos y sacrificios rituales, a otros grupos agricultores -simbolizados por la serpiente, deidad terrestre, asociada a la fertilidad y a lo femenino-.

La épica peregrinación mexica fue, en síntesis, uno más de los éxodos y reacomodos de poder del posclásico; la leyenda de la tierra prometida, el águila, la serpiente y el nopal no serán sino la simbología de una tribu que se convertirá en imperio, elementos de una ideología construida sobre experiencias reales mistificadas –en medio camino entre la fábula y la verdad histórica-, cuyo objetivo será justificar el dominio de la última gran civilización mesoamericana. En forma codificada el mito expresa la caída de Tula, la lucha entre pueblos nómadas e imperios, la escisión tribal, la sustitución de deidades predominantemente femeninas y agrícolas por otras predominantemente guerreras y tributarias.

En fin, el símbolo impreso en la bandera mexicana dice mucho más de lo que se aprecia a simple vista, oculto en este símbolo están las características principales –la guerra y el tributo- de las grandes civilizaciones mesoamericanas, aunque sobre ese significado se le hayan sobrepuesto otros propios de la actualidad.

1 Citado en: Miguel León-Portilla, De Teotihuacán a los aztecas, México, UNAM, 2017, pp. 182-183.

2Duran, Diego; Historia de la indias de la Nueva España e islas de tierra firme, Tomo I, México, CONACULTA, 2002, p. 65.

3Diamond, Jared; Colapso, México, Random House Mondadori, 2007, p. 235.

4López Austin, Alfredo; López Luján, Leonardo, El pasado Indígena, México, FCE, 2014, p. 173.

5Escalante Gonzalbo, Pablo; “El Posclásico en Mesoamérica”, en: Nueva Historia general de México, México, Colmex, 2014, p. 119.

6Cf. Torquemada, Monarquía indiana, selección, introducción y notas por León Portilla, México, UNAM, 1964, p. 18.

7Amos Segala, Literatura náhuatl, fuentes, identidades, representaciones, México, Grijalbo, 1990, p. 47.

8Alvarado Tezozomoc, Fernando; Crónica mexicayotl, México, Imprenta universitaria, 1949, p. 17.

9Matos Moctezuma, Eduardo, El templo Mayor, crónicas del siglo XVI, México, Asociación nacional de librero de México, 1981, p. 25.

10León Portilla, “Aztlán: ruta de venida y de regreso”, Letras Libres: http://www.letraslibres.com/revista/convivio/aztlan-ruta-de-venida-y-de-regreso.

11Alvarado Tezozomoc, Fernando; Crónica mexicayotl, México, Imprenta universitaria, 1949, p. 22.

12 Cf. Expedición Azteca, Capítulo I, documental de History Chanel.

13Levin Rojo, Danna Alexandra; “Las Siete ciudades de Cíbola”, en Arqueología mexicana, Vol XII, num. 67, mayo-junio 2004, p. 51.

14Felix Báez, Jorge; “Mitología y simbolismo de la vagina dentada”, en: Arqueología mexicana, vol. XVIII, num. 104, julio-agosto 2010, pp. 51- 55.

15Citado en: Levin Rojo, Danna Alexandra; “Las Siete ciudades de Cíbola”, en Arqueología mexicana, Vol XII, num. 67, mayo-junio 2004, p. 53.

16En sus Relaciones de la Nueva España Chicomóztoc se nombra como “Chicomorto” pero correctamente traduce como “Siete cuevas”. Op. cit. p. 11.

17Toribio de Benavente (Motolinia), Relaciones de la Nueva España, México, UNAM, 1956, pp. 17-18.

18Levin Rojo, Danna Alexandra; “Las Siete ciudades de Cíbola”, en Arqueología mexicana, Vol XII, num. 67, mayo-junio 2004, p. 51.

19Levin Rojo, Danna Alexandra; “Las Siete ciudades de Cíbola”, en Arqueología mexicana, Vol XII, num. 67, mayo-junio 2004, p. 54.

20López Austin, Alfredo; López Luján, Leonardo; El pasado indígena, México, CFE, 2014, p. 143.

21López de Gomara, Francisco; La conquista de México, Madrid, Historia 16, 1987. p. 424.

22 Crónica mexicayotl, México, Imprenta universitaria, 1949, pp. 27.

23Recordemos que Gomara nuca cruzó el Atlántico pero escribió sus relatos con valiosos testimonios tanto de Cortés como de otros invasores –por lo que su obra no se debe desdeñar-.

24Citado en: Jáuregui, Jesús; “Mexcaltitán-Azatlán Un Nuevo Mito”, Arqueología Mexicana, Vol. XII-núm. 67, mayo-junio de 2004, p. 59.

25Alvarado Tezozomoc, Fernando; Crónica mexicayotl, México, Imprenta universitaria, 1949, p. 22.

26Alfredo Chavero, et al, México a través de los siglos, Tomo II, México, Editorial Cumbre, 1981, pp.

27Jáuregui, Jesús; “Mexcaltitán-Azatlán Un Nuevo Mito”, Arqueología Mexicana, Vol. XII-núm. 67, mayo-junio de 2004, p. 57.

28Jáuregui, Jesús; “Mexcaltitán-Azatlán Un Nuevo Mito”, Arqueología Mexicana, Vol. XII-núm. 67, mayo-junio de 2004, p. 61.

29Cf. Escalante Gonzalbo, Pablo; “El México Antiguo”, en: Nueva historia mínima de México (ilustrada),México, Colmex, 2008, p. 81.

30Alvarado Tezozomoc, Fernando; Crónica mexicayotl, México, Imprenta universitaria, 1949, p. 64.

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