¿Cómo ganar a la mayoría obrera? Las lecciones del frente único

Héctor Mora

Vivimos en un contexto en el que nos levantamos por la mañana, tomamos el celular casi de forma automática y nos encontramos con un torrente de noticias que refleja un mundo cada vez más convulso. Entendemos, que detrás de estos acontecimientos no hay decisiones aisladas de determinados gobiernos, sino la crisis profunda del capitalismo, cuya fase imperialista intensifica la competencia entre potencias y descarga sus efectos sobre la clase trabajadora y los pueblos oprimidos.

Frente a este escenario, los sectores organizados de la clase trabajadora han comenzado a desarrollar respuestas que buscan enfrentar las agresiones imperialistas y defender conquistas democráticas, económicas y nacionales. En distintos países han surgido formas de coordinación de lucha que, bajo diversas denominaciones, se presentan como frentes antiimperialistas. Estas iniciativas reflejan una tendencia hacia la unidad frente a un enemigo común, pero también expresan procesos complejos, atravesados por distintas corrientes políticas, programas y estrategias en disputa.

Precisamente por ello, resulta indispensable comprender qué son realmente estos frentes, cuál ha sido su papel histórico dentro del movimiento obrero y, sobre todo, bajo qué condiciones pueden convertirse en herramientas útiles para la lucha revolucionaria; y cuando estas experiencias corren el riesgo de diluir su potencial transformador y ser desviadas hacia salidas que no busquen cambiar el sistema de fondo.

¿A qué nos referimos con el frente único?

Dentro de la tradición de lucha de la clase trabajadora, el frente único se refiere a una forma de unidad en la acción entre distintas organizaciones y sectores del proletariado para la realización de objetivos concretos de lucha. No se trata de la construcción de una sola organización política que concilie los distintos programas, sino de un acuerdo práctico entre organizaciones que deciden actuar de manera conjunta frente a un enemigo común.

Históricamente, los marxistas han considerado esta forma de unidad como un elemento central de su política hacia las masas en momentos determinados. La experiencia del movimiento obrero demuestra que la clase trabajadora no se presenta de manera homogénea, sino atravesada por distintos programas, estrategias, tácticas y tradiciones organizativas. El frente único surge precisamente como una herramienta para intervenir en esa situación concreta, permitiendo coordinar y unificar la lucha en torno a reivindicaciones económicas, sociales, democráticas o de autodefensa frente a fuerzas reaccionarias.

Es fundamental subrayar que el frente único no es en sí mismo una estrategia para la toma del poder, sino una táctica para organizar la acción común en torno a demandas inmediatas, ello no debe implicar la disolución de los programas políticos de las organizaciones participantes. Es precisamente por eso que la unidad de acción debe combinarse con la plena libertad de crítica, propaganda y defensa del propio programa revolucionario.

Esta concepción se sintetiza en una frase escrita por Trotski en una carta a un obrero comunista alemán en 1931: “¡Marchar separados, golpear juntos! La única condición es no atarse las manos”. Es decir, las organizaciones participan en las luchas comunes junto a otras corrientes del movimiento obrero, pero preservando su independencia política, su programa y su capacidad de intervenir críticamente en el desarrollo del proceso de lucha.

¿Por qué el frente único es indispensable para los comunistas?

La experiencia del movimiento obrero demuestra que ninguna revolución socialista puede triunfar sin el apoyo consciente de una mayoría decisiva de la clase trabajadora. Mientras no se conquiste con estas ideas a la mayoría, cualquier intento insurreccional está condenado al aislamiento y, eventualmente, a la derrota. Justamente por eso, la tarea fundamental de los revolucionarios es ganar para su programa al mayor número posible de trabajadores mediante la experiencia práctica de lucha común, demostrando en los hechos la superioridad de sus métodos y consignas.

La clase obrera no nace con una conciencia revolucionaria plenamente desarrollada. Sus distintos sectores se forman bajo la influencia de tradiciones políticas diversas, incluyendo el reformismo, el sindicalismo limitado a demandas económicas o incluso la apatía política. La conciencia de clase avanza, fundamentalmente, a través de la experiencia directa en la lucha. En ese proceso, el frente único permite que amplios sectores obreros participen en acciones colectivas donde puedan contrastar, en la práctica, las distintas políticas y direcciones existentes. Al obligar a las direcciones reformistas a comprometerse en la lucha común, los revolucionarios crean las condiciones para que las masas evalúen, por su propia experiencia, la capacidad real de esas direcciones para defender sus intereses históricos.

Esta dinámica es clave para ganar a los sectores menos politizados de la clase trabajadora. A través de reivindicaciones concretas, el frente único actúa como una escuela de combate que eleva el nivel organizativo y político del proletariado, permitiendo que cada enfrentamiento con el capital abra el camino hacia planteamientos más profundos sobre el poder y la necesidad de una revolución.

En ese sentido, el frente único también implica una delimitación política frente a dos desviaciones que debilitan la lucha revolucionaria. Por un lado, el ultraizquierdismo sectario que rechaza la acción común con organizaciones reformistas termina aislando a la vanguardia revolucionaria de las masas, facilitando que las direcciones moderadas mantengan su influencia sin ser puestas a prueba. Por otro lado, el oportunismo que diluye el programa comunista en alianzas sin independencia política, sacrificando la perspectiva revolucionaria en nombre de acuerdos momentáneos y desarmando ideológicamente al proletariado. El frente único, correctamente aplicado, permite evitar ambas desviaciones al combinar la unidad en la acción con la lucha política abierta por la dirección del movimiento obrero.

Primeras experiencias: Marx, Engels y los bolcheviques

Las raíces de esta política se encuentran en los propios orígenes del marxismo. En El Manifiesto Comunista, Marx y Engels explican con claridad que los comunistas no persiguen intereses separados del movimiento obrero, sino su expresión más consciente. Esta perspectiva fue llevada a la práctica con la creación de la Asociación Internacional de Trabajadores, la Primera Internacional. Esta no era una organización homogénea, sino que agrupaba a corrientes muy diversas del movimiento obrero europeo, incluyendo marxistas, anarquistas, proudhonianos, nacionalistas radicales, entre otros. El marxismo no surgió en ese espacio como una corriente dominante en un inicio, sino como una minoría que logró consolidarse a través de su intervención en los debates políticos, en la organización del movimiento y en la orientación de las luchas obreras.

Décadas después, el bolchevismo confirmó y profundizó esa experiencia. Tras la ruptura definitiva con los mencheviques en 1912, los bolcheviques actuaron como organización independiente, pero continuaron interviniendo en espacios comunes del movimiento obrero. Participaron junto a otras corrientes en campañas para la Duma y trabajaron en sindicatos legales profundamente reaccionarios, incluso vigilados por la policía. Esto no los debilitó; por el contrario, les permitió consolidarse progresivamente como la corriente más tenaz y consecuente del movimiento obrero ruso.

La prueba decisiva llegó en 1917. En los sóviets —órganos unitarios de obreros, campesinos y soldados— los bolcheviques eran inicialmente minoría frente a los mencheviques y los socialrevolucionarios. No llamaron a romper esos organismos ni a sustituirlos por estructuras propias: defendieron su fortalecimiento como espacios comunes de la clase, mientras exigían a las direcciones reformistas que resolvieran las demandas urgentes (el fin de la guerra, la entrega de la tierra y la satisfacción de las reivindicaciones laborales). La incapacidad de esas direcciones, contrastada con la firmeza bolchevique en momentos críticos, como el intento golpista de Kornílov, modificó en unos cuantos meses la correlación de fuerzas. La calidad se transformó en cantidad y los bolcheviques lograron conquistar la mayoría en los sóviets más importantes del país, creando las condiciones políticas para la insurrección de octubre de 1917 y la toma del poder por el proletariado.

Así, desde la Primera Internacional hasta la Revolución rusa, quedó establecida una lección estratégica: la vanguardia no se construye al margen de los organismos amplios de la clase, sino en su interior, disputando la dirección en la experiencia viva de la lucha.

La Internacional Comunista y su eventual degeneración

El triunfo de la Revolución rusa y la fundación de la Internacional Comunista marcaron el paso a la expansión de partidos comunistas en Europa, lo cual planteó un problema decisivo, como ganar a la clase trabajadora que, pese a la guerra y la crisis capitalista, seguía organizada mayoritariamente bajo direcciones socialdemócratas o sindicalistas.

En sus primeros años, la Internacional enfrentó fuertes desviaciones ultraizquierdistas que rechazaban el trabajo común con trabajadores influenciados por el reformismo o impulsaban acciones prematuras sin base suficiente. Las derrotas en Alemania entre 1919 y 1921 evidenciaron esos límites. El debate que siguió cristalizó en el III Congreso (1921) y, con mayor claridad, en el IV Congreso (1922), donde se aprobaron las Tesis del Frente Único, redactadas fundamentalmente por León Trotski. Allí se planteaba una orientación precisa: intervenir en los organismos de masas, impulsar la unidad en la acción y disputar la dirección sin renunciar a la independencia política.

La aplicación de esta política tuvo resultados concretos. En Alemania, el Partido Comunista (KPD) pasó de decenas de miles a cientos de miles de militantes en pocos años. Ese crecimiento no fue producto de concesiones programáticas, sino de una intervención amplia con el Partido Socialdemócrata Independiente (USPD) en sindicatos, organizaciones obreras y luchas cotidianas. La Internacional logró así transformar experiencias dispersas en una línea coherente para ganar a la mayoría de la clase trabajadora a través de su propia experiencia.

Sin embargo, esta orientación comenzó a deformarse con la consolidación burocrática del régimen soviético bajo el estalinismo. A partir de entonces, la Internacional dejó de actuar como instrumento de la revolución mundial para subordinarse crecientemente a las necesidades diplomáticas del Estado soviético. El resultado fue una sucesión de giros tácticos contradictorios que tuvieron consecuencias desastrosas.

Tras la derrota alemana de 1923 y el aislamiento en que quedó la revolución rusa, una casta burocrática que no buscaba la revolución se erigió y se impuso una línea oportunista que subordinó partidos comunistas a direcciones reformistas o a movimientos nacionalistas burgueses considerados “progresistas”. El caso más trágico fue China en 1925–1927, donde la subordinación al Kuomintang culminó en la masacre de miles de obreros y militantes comunistas. A esas alianzas de las organizaciones proletarias con las supuestas burguesías progresistas se les conoció como frentes populares.

Luego, entre 1929 y 1933, el llamado “tercer período” giró al extremo opuesto: una política sectaria que equiparó a la socialdemocracia con el fascismo y rechazó toda acción común con sus bases. Esta división del proletariado alemán facilitó el ascenso del nazismo sin una resistencia unificada capaz de enfrentarlo.

Finalmente, desde 1934, la línea de los frentes populares promovió alianzas interclasistas con sectores burgueses liberales. En países como España y Francia, estas coaliciones limitaron la independencia obrera y frenaron procesos revolucionarios en nombre de la “defensa de la democracia”.

Así, la historia de la Internacional Comunista encierra una doble lección: en su fase revolucionaria, generalizó la política del frente único como herramienta para conquistar a la mayoría; en su degeneración burocrática, cuando se promovió la conciliación de clases, mostró cómo el oportunismo y el sectarismo (aparentemente opuestos) pueden conducir por caminos distintos a la derrota del proletariado.

El frente único hoy y la tarea de los comunistas

Ahora que hemos comprendido su carácter y su definición, es momento de aterrizar la discusión en el contexto actual. Partimos de una caracterización concreta de la coyuntura. La fase presente del imperialismo atraviesa un endurecimiento visible: disputas geopolíticas más abiertas, presión económica sobre países dependientes y una creciente militarización del escenario internacional. Para países como el nuestro, esto no es un fenómeno ajeno. La posibilidad de agresiones económicas, chantajes arancelarios, desestabilización política o incluso escenarios de intervención directa no puede descartarse. En un escenario así, la lucha antiimperialista deja de ser una consigna general y puede transformarse rápidamente en una necesidad práctica para amplios sectores de las masas.

Un escenario de escalada modifica la situación política: se acelera el factor subjetivo, se quiebran mediaciones tradicionales y se vuelve urgente la acción común. Pero precisamente en ese terreno se concentran las contradicciones. Las direcciones reformistas intentarán canalizar el descontento hacia salidas institucionales. En algunos estados de México, por ejemplo, sectores de Morena que encabezan ciertos frentes han orientado a “esperar indicaciones” de la presidenta, subordinando la movilización independiente a los intereses del ejecutivo, llamando (esencialmente) a la inacción. Tampoco faltarán quienes, desde posiciones sectarias, se nieguen a cualquier coordinación que no parta de un programa acabado.

Frente a esto, el frente único antiimperialista se plantea como una herramienta concreta para la acción común: movilizaciones amplias, respuestas rápidas ante agresiones, coordinación efectiva en momentos críticos. No es un espacio para la contemplación ni para la diplomacia estéril entre organizaciones; es, o debe ser, un instrumento operativo.

Ahora bien, la situación de un partido de vanguardia debe analizarse siempre con realismo. Puede ocurrir que se trate de una fuerza aún pequeña, sin capacidad inmediata para dirigir un movimiento de masas a escala nacional. En esas condiciones, en una coyuntura aguda, un frente puede convertirse en un terreno donde se dispute la dirección, donde se contrasten programas y donde se pruebe, en la práctica, qué corriente está dispuesta a ir hasta las últimas consecuencias. Esto no es mecánico, sólo un frente con capacidad efectiva de movilización, arraigo real en la clase trabajadora y dinámica de acción puede transformarse en un espacio donde se dirima la dirección política.

Además, tenemos que entender que no existe una receta universal. La política en estados con alta densidad organizativa (donde confluyen múltiples organizaciones, corrientes, tradiciones) no puede ser la misma que en regiones donde apenas existen unas cuantas organizaciones activas. En los primeros, la disputa puede ser más compleja y mediada; en los segundos, más directa. La orientación correcta exige siempre un análisis concreto de la situación concreta, evitando trasladar recetas acabadas a realidades distintas.

Pero sí hay una advertencia general, el frente no debe ser la estrategia final de un partido revolucionario. La escalada antiimperialista es una perspectiva, no un hecho consumado. Hoy, en la mayoría de los casos, los frentes están compuestos fundamentalmente por organizaciones y núcleos de activistas; las masas aún no se han incorporado de manera decisiva a esos espacios. Por tanto, sería un error atar el desarrollo del partido a la existencia o no de un frente. Tampoco puede sustituirse la construcción orgánica (propaganda, agitación, formación de cuadros, inserción en centros de trabajo y estudio) por la actividad frentista. La construcción real se libra en el contacto cotidiano con la clase trabajadora y la juventud.

Entonces, ¿qué implica esto para un partido de vanguardia consecuente? Ante todo, mantener una política clara e independiente. En cualquier frente donde participe: no bajar banderas, no diluir el programa, no aceptar restricciones al debate político. Unidad en la acción, sí; silencio político, jamás. Esta firmeza no implica imposición. Defendemos la democracia interna en los espacios de coordinación: contribuimos en las decisiones adoptadas para la acción común, pero reivindicamos plenamente el derecho a exponer nuestras posiciones y luchar por convencer.

En este marco, de acción común y debate abierto, la disputa por la dirección no se resuelve por métodos burocráticos, sino en la práctica viva del movimiento. Donde se sea una fuerza respetable, se debe disputar la dirección políticamente y de cara a las masas. No se buscan frentes simbólicos ni espacios donde una organización cargue sola con todo el trabajo mientras otras administran la inacción. Tampoco se debe ingresar a estructuras burocratizadas que funcionen como cerrojos políticos y limiten la intervención revolucionaria.

Al mismo tiempo, nuestra intervención como partido debe ser fraterna pero firme. Las direcciones reformistas, como la de Morena, no caerán por denuncias abstractas, sino porque las masas las pondrán a prueba. Muchos trabajadores confiarán primero en opciones con mayor peso institucional. La experiencia viva —frente a la traición, la conciliación o la impotencia— abrirá un espacio para que un programa consecuente gane autoridad. Nuestra tarea es estar ahí, organizados y preparados.

En última instancia, el frente único antiimperialista es una escuela de lucha. En la acción común las masas aprenden más que con mil discursos, y las organizaciones también. No buscamos refugios tácticos ni la ilusión de dirigir pequeños acuerdos sin base real. Nos preparamos para momentos en que la historia pueda acelerarse y las contradicciones estallen con mayor crudeza. Porque cuando la historia vuelva a golpear la puerta con la fuerza de las crisis y las guerras, no bastará con tener razón: será necesario haber construido, en la lucha común y sin renunciar a nada, la herramienta capaz de transformar la indignación de las masas en poder consciente, y el poder consciente en revolución.