Capitalismo y fútbol, o cómo el imperialismo arruinó el mundial
Christian Herrera Medina
El fútbol es, en primer lugar, un juego estructurado con reglas practicado para el disfrute y convivencia social. Es el deporte profesional más extendido en todo el mundo. Citando a Eduardo Galeano, “es la única religión que no tiene ateos, la única justa de todas las batallas”. Este juego lo inventaron trabajadores y estudiantes ingleses desde mediados del siglo XIX. Diferentes procesos migratorios de la clase obrera inglesa difundieron dicho deporte por todo el orbe, ganando adeptos en la inmensa mayoría de las naciones.
Por su sencillez, el fútbol es una modalidad de expresión cultural identitario de los pueblos del mundo; la danza alegre de la capoeira brasileña tuvo su reproducción en los campos de fútbol con el jogo bonito; la exquisita técnica y elegancia del tango también tuvo su contraparte en la vida del fútbol uruguayo y argentino, este último lleno de picardía, drama y épica; qué decir de la garra charrúa, que es el espíritu incombustible de resistencia y determinación por no rendirse jamás, propio del fútbol uruguayo. El juego defensivo del catennacio italiano, la furia roja o tiki-taka españoles, o el hermoso fútbol total holandés, todos ellos son ejemplos de la adopción del fútbol como una manera peculiar de entender y expresar el mundo, la vida y el deporte.
Poco a poco, el fútbol se convirtió en una actividad de audiencias masivas, y con esto, fue necesario crear estadios para albergar a sus espectadores, ávidos por mirar la estética del balompié, el cual también se desarrolla como actividad profesional por ser una arista de la lucha de clases. Con la venta de boletos y patrocinios de los equipos, el fútbol se convierte en un negocio lucrativo y los primeros jugadores profesionales se convirtieron en asalariados por medio de huelgas que exigían el derecho a la remuneración y al contrato.
El fútbol moderno se despliega en las sociedades donde el capitalismo impera como modo de producción dominante. Y dado que es ya un deporte propio del espectáculo de masas, el capitalismo subsume dicho juego con su lógica, priorizando el amor a las ganancias dinerarias por encima de cualquier valor humano. La reproducción de las relaciones económicas capitalistas en el balompié supone reducir al jugador, a los equipos y los torneos como mercancías. Y la competencia futbolística profesional, en última instancia, se troca en disputa capitalista.
La competencia entre los jugadores para convertirse en profesionales, entre los equipos para ganar algún torneo, y entre las federaciones de fútbol para acaparar la mayor cantidad de ingresos, todo ello arruina la moral deportiva sana; para derrotar al adversario futbolísticamente, todo se vale para hacer trampa: robar, mentir, envenenar al contrario (como lo hizo la selección argentina en 1990 con el seleccionado brasileño Branco), intimidar al adversario por diferentes tipos de violencia (con insultos, con porras que arrojan cosas a los jugadores que están en el campo), pateando al rival hasta dejarlo lesionado, sobornando árbitros, vaya, hasta sacando a jugadores del torneo de forma injusta (como le sucedió a Diego Maradona en 1994).
El fútbol es alcanzado por el negocio de las apuestas, y hay de aquel que se atreva a ser humano y equivocarse arruinando las quinielas; no solo recibe el repudio enajenado de la afición, un error también le puede costar la vida al futbolista (como le sucedió al colombiano Andrés Escobar, asesinado por cometer un autogol en el mundial de 1994).
Los equipos, convertidos en una empresa capitalista, compran y venden a sus jugadores tal cual fueran mercancías enajenables. Y los futbolistas profesionales, sometidos a la competencia, terminan siendo esclavos del negocio, subordinados a regímenes deportivos inhumanos que lesionan a los jugadores de forma masiva. Las roturas musculares o del ligamento anterior cruzado, los esguinces de tobillo o de los meniscos son más bien la norma, y jugar profesionalmente sin dolor es más bien la excepción.
A cambio de tratar como cosas a los futbolistas, los equipos profesionales obtienen ingresos onerosos por la comercialización de entradas a los estadios, playeras, patrocinios o derechos de transmisión. Lo mismo sucede con las ligas o federaciones de fútbol, las cuales organizan torneos enfermizos, cada vez más extenuantes para los futbolistas por la exacerbada cantidad de partidos. A pesar de que algunos futbolistas son contratados por cifras millonarias, lo cual propicia que una parte de los jugadores se conviertan en individuos ricos, burgueses desclasados hiperespecializados en el fútbol, los jugadores están imposibilitados para hacer con su tiempo lo que quieran, lo cual incluye instruirse o formarse un criterio propio. No es raro que el sexismo, racismo, machismo u otras actitudes reaccionarias imperen en la mente del futbolista millonario, dada la ruina subjetiva propia del proceso de cosificación de las personas en el mundo deportivo.
Es pertinente considerar también que no solo los equipos de fútbol son modernas empresas capitalistas. En tanto este deporte tiene como contexto al capitalismo en su fase superior imperialista, las relaciones sociales que impone el imperialismo también subsumen a las actividades deportivas. En la era de los monopolios, donde el capital financiero es el amo y señor de toda actividad humana, la superganancia de las empresas trasnacionales se convierte en corrupción, como un gasto más de la circulación capitalista. Así como Lenin explicaba que la superganancia de los monopolios es usada para corromper a los sindicatos, así también los onerosos ingresos de las transnacionales que lucran con el fútbol son usados para prostituir tan loable deporte.
Por ejemplo, en 2015 el Departamento de Justicia de los Estados Unidos acusó a varios dirigentes de la FIFA por recibir sobornos millonarios, lavar dinero, cometer fraude y comprar votos para las elecciones de las sedes mundialistas. El entonces presidente de la FIFA, Joseph Blatter fue destituido, y también varios dirigentes fueron encarcelados. El mundial de Qatar 2022 (un país sin tradición futbolística y con condiciones terriblemente negativas para llevar a cabo un mundial) pudo realizarse no solo a la explotación inhumana de ejércitos de obreros migrantes sin derechos laborales; también contó con el apoyo de una escandalosa maniobra corrupta de compra de votos para elegir tan lamentable sede, inadecuada para jugar fútbol en medio del desierto.
Otra modalidad en la que el capital financiero destruye al fútbol es por medio de los monopolios televisivos, quienes lucran con los derechos de transmisión, lo cual conlleva la privatización del deporte por medio de la obligatoriedad de la paga para poder observar los partidos de interés general. Además, el fútbol, como escenario de publicidad, es una de las actividades que más recaudan ingresos por patrocinios. Empresas como Emirates, Spotify, Adidas o Nike pagan miles de millones de dólares para obtener espacios de imagen, lo cual obstruye el simple disfrute del deporte.
En este contexto, la Copa Mundial, escenario donde se encuentran las diferentes modalidades de jugar al fútbol, ha sido una celebración caracterizada por partidos inolvidables llenos de remontadas inesperadas, drama y enfrentamiento de figuras legendarias del fútbol; imposible olvidar el dramatismo de la final disputada entre Francia y Argentina en el 2022, o los dos goles anotados por Maradona contra Inglaterra en 1986. Ni se diga la enorme sorpresa que supuso la derrota de la selección brasileña en su propio estadio, el Maracaná, en 1950, perpetrada por la selección uruguaya.
Actualmente, la Copa del Mundo como negocio es un privilegio de unos pocos (pues las entradas son carísimas, inaccesibles para los trabajadores). El mundial es ecocida, gentrificante, e impone dinámicas enfermizas a los jugadores. La copa del mundo debiera ser simplemente una fiesta de entendimiento y comunión de los pueblos del mundo, y el fútbol un acto de libertad, de amor por lo espontáneamente inesperado, a la gambeta, a la rebeldía de intentar ganar en medio de la adversidad, en última instancia, el mundial debiera ser la satisfacción social de la necesidad colectiva de la belleza de una hermosa jugada. Pero no será plenamente así mientras subsista el capitalismo y el imperialismo.
