La posición antiimperialista de Mella, Mariátegui y Haya de la Torre en la coyuntura actual
Ubaldo Oropeza, CDMX
La intervención imperialista de Estados Unidos en América Latina se ha vuelto especialmente agresiva desde el regreso de Trump a la presidencia. Hoy constituye uno de los factores más importantes en la situación política de los países del continente.
En los últimos días hemos visto cómo la derecha avanza en las elecciones de Brasil en la primera vuelta, de la mano del imperialismo. Más escandalosa aún es la forma en que actúa en Bolivia, donde, se detiene al fiscal general y se construyen casos judiciales para encarcelar a quienes se interpongan en el camino del dominio norteamericano, con la colaboración del presidente Paz.
No pretendemos mencionar todos los países, pero el endurecimiento cotidiano de las medidas imperialistas para aplastar la revolución cubana y las constantes provocaciones contra México son otras muestras de esta política.
Para tener una visión completa de la situación, también debemos examinar la respuesta de los gobiernos progresistas (reformistas): su política conciliadora y su disposición a hacer concesiones al imperialismo. Uno tras otro, estos gobiernos van perdiendo terreno. Su contradicción es clara: defienden de palabra la soberanía nacional, pero en la práctica terminan aceptando los dictados del gobierno estadounidense.
Mientras tanto, el imperialismo avanza sistemáticamente en distintos frentes para imponer sus intereses y colocar en posiciones de poder a personas leales a su proyecto. Cuando se presenta la oportunidad, aprovecha las debilidades de estos gobiernos para alcanzar sus objetivos.
También recurre a campañas sucias, bots, dinero del narcotráfico y cualquier otra artimaña que le resulte útil. El imperialismo tiene objetivos claros y emplea todos los medios a su alcance para conseguirlos. Frente a ello, buena parte de la izquierda reformista se limita a lamentarse, actúa con timidez y mantiene una orientación política confusa.
En este artículo queremos centrarnos en la claridad política que necesitamos para enfrentar al imperialismo. Para ello, recuperaremos las ideas de tres referentes históricos del pensamiento latinoamericano: Víctor Raúl Haya de la Torre, José Carlos Mariátegui y Julio Antonio Mella, exponiendo sus posiciones antiimperialistas y examinaremos qué conclusiones podemos extraer para la coyuntura actual.
La expansión norteamericana y el nacimiento del imperialismo
La expansión territorial y económica ha sido una característica del desarrollo del imperialismo norteamericano. Aunque no pretendemos hacer un recorrido exhaustivo de este proceso, conviene recordar algunos de sus principales momentos.
En 1803, Thomas Jefferson compró Luisiana a Francia. Durante las décadas siguientes, Estados Unidos extendió su territorio hacia el oeste, a costa de los territorios que habían pertenecido a España y, posteriormente, a México. Texas, que se había separado de México, fue anexado por Estados Unidos en 1845. Un año después comenzó la guerra entre ambos países, que terminó en 1848 con la pérdida de una gran parte del territorio mexicano. A esta expansión se sumaron la adquisición de Florida, la compra de Alaska y otras incorporaciones territoriales.
Esta política expansionista se justificó mediante la doctrina Monroe, sintetizada en la consigna «América para los americanos», y posteriormente mediante la idea del «destino manifiesto», que atribuía a Estados Unidos una supuesta misión histórica de dirigir el desarrollo del continente. Más adelante se formularon el corolario Roosevelt, la política del gran garrote y la diplomacia del dólar, instrumentos distintos de una misma política de expansión y dominio.
Un caso especialmente revelador fue la Enmienda Platt, impuesta a Cuba en el marco de su independencia de España. Esta disposición limitó la soberanía cubana y otorgó a Estados Unidos el derecho de intervenir en sus asuntos internos bajo determinadas condiciones.
Las intervenciones estadounidenses se extendieron por todo el continente. En 1903, Washington apoyó la separación de Panamá de Colombia para asegurar sus intereses en la construcción del canal. En 1905, asumió el control de las aduanas dominicanas para garantizar el pago de la deuda externa. Cuba volvió a sufrir intervenciones y ocupaciones estadounidenses en distintos momentos. México fue invadido en 1914 y sufrió la expedición militar de 1916-1917. Nicaragua padeció una prolongada ocupación, mientras que Haití y la República Dominicana también quedaron sometidos a intervenciones militares y al control de sus finanzas.
A lo largo del siglo se registraron muchas otras intervenciones del imperialismo americano para quitar y poner presidentes que le fueran afines a sus intereses. Tal vez los dos ejemplos más dramáticos de esto fue el golpe de Estado en Guatemala contra Árbenz y en Chile contra Allende.
Al mismo tiempo que intervenía militarmente cuando lo consideraba necesario, Estados Unidos desarrolló la llamada «diplomacia del dólar». Mediante créditos, inversiones y el control de sectores económicos estratégicos, buscaba asegurar condiciones favorables para su capital. Este mecanismo, respaldado por la amenaza militar, contribuyó a extender su dominio sobre el continente. En ese proceso desempeñaron un papel importante los gobiernos oligárquicos o las dictaduras militares, que abrieron sus economías a los intereses extranjeros.
No es casual que durante este periodo se fortalecieran corrientes antiimperialistas latinoamericanas. El problema que debían resolver era cómo alcanzar una verdadera independencia nacional en un momento en que el desarrollo del capitalismo impulsaba la integración del mercado mundial. Esa integración no se producía entre iguales: unas potencias dirigían el proceso y otras economías quedaban subordinadas a ellas.
La pregunta central era, por tanto, la siguiente: ¿cómo luchar por la independencia nacional cuando se consolida un mercado mundial dominado por las grandes potencias? Las distintas corrientes antiimperialistas no ofrecieron la misma respuesta.
Las ideas de independencia nacional y antiimperialistas encontraron eco porque responden a la explotación y al dominio extranjero. Sin embargo, cuando la lucha por la independencia se mantenía dentro de los límites del capitalismo, sus propuestas tendían a quedarse a medio camino. que lograron romper, al menos parcialmente, con esa subordinación fueron aquellos que tomaron medidas socialistas, como la nacionalización de los principales medios de producción, y establecieron relaciones con el bloque soviético. Esto no eliminó todas las contradicciones ni garantizó por sí solo una independencia completa, pero sí permitió reducir determinadas formas de dependencia respecto de las potencias capitalistas.
Las ideas antiimperialistas
El antiimperialismo ocupa un lugar central en la historia política de América Latina. No es difícil entender por qué, desde comienzos del siglo XX, la presencia económica, política y militar de Estados Unidos condicionó el desarrollo de buena parte del continente. La disputa por el petróleo, los minerales, las tierras, los mercados y las rutas comerciales estuvo acompañada de intervenciones militares, presiones diplomáticas y alianzas entre las grandes empresas extranjeras y las clases dominantes de cada país.
Pero declararse antiimperialista nunca ha significado exactamente lo mismo.
Durante las primeras décadas del siglo XX, tres importantes pensadores latinoamericanos —Víctor Raúl Haya de la Torre, José Carlos Mariátegui y Julio Antonio Mella— participaron en este debate. Los tres identificaron al imperialismo como un problema central para los pueblos latinoamericanos, pero llegaron a conclusiones distintas sobre el carácter de la lucha, las fuerzas sociales que debían dirigirla y la relación entre la liberación nacional y la transformación de la sociedad.
Esta discusión conserva su actualidad. En las últimas décadas, los gobiernos progresistas latinoamericanos han recurrido con frecuencia al lenguaje de la soberanía, la integración regional, la independencia frente a Washington y la defensa de los recursos nacionales. Algunos han buscado ampliar sus márgenes de maniobra frente a Estados Unidos y, al mismo tiempo, han profundizado sus relaciones económicas con China y otras potencias.
Sin embargo, la presión imperialista y las limitaciones de estos gobiernos han contribuido a modificar el panorama político regional. El avance de la derecha y la derrota de distintos gobiernos progresistas plantean una pregunta que no podemos eludir: ¿qué tipo de lucha antiimperialista necesitamos?
Para responder, conviene regresar al debate que se desarrolló durante las décadas de 1920 y 1930.
Haya de la Torre: la unidad nacional contra el imperialismo
El pensamiento de Haya de la Torre partía de una premisa: los países latinoamericanos habían alcanzado la independencia política, pero continuaban sometidos a la dependencia económica respecto de las grandes potencias.
El programa inicial del APRA, formulado en 1926, planteaba cinco puntos: la acción contra el imperialismo yanqui, la unidad política de América Latina, la nacionalización de tierras e industrias, la internacionalización del canal de Panamá y la solidaridad con los pueblos y las clases oprimidas.
Para Haya, el problema no podía reducirse a la intervención militar estadounidense. El imperialismo también era una relación económica. Para combatirlo, proponía unir a las distintas clases y fuerzas sociales de cada país en un mismo movimiento político.
De ahí su propuesta de un frente único en el que trabajadores, campesinos, estudiantes, sectores medios, intelectuales y burguesía nacional formaran una fuerza capaz de enfrentarse al imperialismo y transformar la estructura económica de Indoamérica.
Esta idea del frente interclasista sigue presente en buena parte del reformismo contemporáneo. En México, por ejemplo, el Plan México reunió a los principales partidos políticos, incluidos sectores vinculados a organizaciones sindicales y empresariales, con el argumento de impulsar reformas y promover el crecimiento económico. Aunque se trató de una experiencia política distinta del proyecto de Haya, sirve para ilustrar cómo se presentan las alianzas entre clases y sectores con intereses diferentes en nombre de un objetivo nacional común.
Aquí aparece una primera diferencia importante con Mella y Mariátegui.
Haya no concebía la lucha antiimperialista como una prolongación directa de la lucha entre la burguesía y el proletariado. Su propuesta buscaba construir un movimiento nacional-popular que reuniera a diferentes clases enfrentadas a la dominación imperialista.
En su planteamiento, la unidad latinoamericana era también una herramienta económica. Los países aislados, dependientes y con economías fragmentadas tendrían enormes dificultades para negociar con las grandes potencias. Una América Latina políticamente integrada podría contar con mejores condiciones para defender sus recursos y desarrollar su propia industria.
El proyecto de Haya de la Torre no planteaba la lucha por el socialismo como objetivo inmediato. Su visión era etapista: consideraba necesario desarrollar un capitalismo nacional capaz de impulsar las fuerzas productivas y sentar las bases de una sociedad indoamericana independiente. Para conseguirlo, los trabajadores y los campesinos debían integrarse en un movimiento nacional cuyo eje articulador sería el Estado.
Esta concepción guarda semejanzas con la tradición del nacionalismo revolucionario mexicano, que defiende la independencia nacional dentro del capitalismo y atribuye al Estado el papel de organizar la unidad nacional frente a la intervención extranjera.
Aunque este discurso pueda presentarse como radical, su horizonte sigue siendo el desarrollo de un capitalismo nacional. Desde una perspectiva de clase, el problema es que la explotación de los trabajadores no desaparece porque el capital sea mexicano en lugar de extranjero. La burguesía nacional también tiene intereses propios y puede enfrentarse al movimiento obrero cuando sus reivindicaciones amenazan sus beneficios.
Mariátegui: no hay antiimperialismo separado de la lucha de clases
A diferencia de Haya de la Torre, Mariátegui no concebía la lucha antiimperialista al margen de la transformación socialista de la sociedad. En su texto Punto de vista antiimperialista, presentado en 1929, sostuvo que las burguesías latinoamericanas podían encontrar beneficios en su cooperación con el imperialismo. Por eso, no las consideraba una fuerza capaz de dirigir consecuentemente una transformación antiimperialista.
Mariátegui expresó esta crítica con claridad en su intervención durante la Conferencia Comunista Latinoamericana de Buenos Aires, en junio de 1929:
«¿Qué cosa puede oponer a la penetración capitalista la más demagógica pequeña burguesía? Nada, sino palabras. Nada, sino una temporal borrachera nacionalista. El salto al poder por el antiimperialismo, como movimiento demagógico populista, si fuera posible, no representaría nunca la conquista del poder por las masas proletarias, por el socialismo. La revolución Socialista encontrará su más encarnizado y peligroso enemigo —peligroso por confusionismos, por la demagogia—, en la pequeña burguesía afirmada en el poder, ganado mediante sus voces de orden».
Para Mariátegui, América Latina tenía economías dependientes y estructuras sociales marcadas por relaciones de dominación capitalista que no podían transformarse mediante la mera independencia económica respecto de Estados Unidos.
El problema era más profundo. El imperialismo no era una fuerza exterior que se imponía sobre sociedades internamente homogéneas. Se vinculaba con las clases dominantes locales y con el desarrollo del capitalismo en cada país. Por eso, combatir al imperialismo sin cuestionar las relaciones sociales que facilitaban su penetración podía dejar intactas las bases del problema.
Esta diferencia también se manifestó en su relación con el APRA. Mariátegui participó inicialmente en la construcción de un movimiento antiimperialista continental, pero terminó separándose políticamente de Haya de la Torre por sus diferencias sobre el carácter del frente antiimperialista, la dirección política del movimiento y su relación con las clases sociales.
Para Mariátegui, por tanto, el antiimperialismo no podía limitarse a mejorar las condiciones de negociación entre un Estado latinoamericano y las potencias extranjeras. Debía vincularse con una transformación socialista de la sociedad. La lucha tenía que ser antiimperialista y anticapitalista.
La pregunta no era únicamente quién controla los recursos nacionales, sino también quién controla la economía y en beneficio de quién se utiliza la riqueza que produce la sociedad.
Mella: la independencia nacional pasa por la independencia de clase
ulio Antonio Mella llevó esta crítica directamente al terreno de la lucha de clases.
Su polémica con Haya de la Torre quedó plasmada en ¿Qué es el ARPA?, escrito en el contexto de las discusiones con el APRA. Mella cuestionaba la idea de reunir a todas las clases oprimidas por el imperialismo en una misma organización política cuando eso significaba subordinar los intereses de los trabajadores a los de las burguesías nacionales.
Su argumento era claro: las burguesías latinoamericanas podían enfrentarse al imperialismo cuando este amenazaba sus propios intereses, pero eso no significaba que estuvieran dispuestas a llevar la lucha hasta sus últimas consecuencias.
Mella advertía que las burguesías nacionales podían utilizar al movimiento obrero para presionar al capital extranjero y, una vez conseguido un acuerdo que protegiera sus intereses, volverse contra los trabajadores.
Por eso sostenía que la liberación nacional no podía quedar en manos de las burguesías locales. Desde su perspectiva, que es la nuestra también, la liberación completa sólo podía alcanzarse mediante una revolución dirigida por el proletariado. Como se recoge en la cita siguiente : «Liberación nacional absoluta, sólo la obtendrá el proletariado, y será por medio de la revolución obrera».
La diferencia con Haya de la Torre no consistía en negar la necesidad de la unidad contra el imperialismo, sino en preguntarse qué clase dirigiría esa lucha y qué intereses terminarían imponiéndose. Para Mella, sin independencia política de la clase trabajadora, la liberación nacional podía quedar reducida a un cambio de dueños.
¿Qué tipo de soberanía defienden los gobiernos progresistas?
Una característica común de buena parte de los gobiernos progresistas latinoamericanos ha sido el defender una política exterior que reivindica la soberanía nacional y busca ampliar la capacidad de negociación de los Estados frente a Estados Unidos.
México ofrece un buen ejemplo. El gobierno de Claudia Sheinbaum ha insistido en que puede haber cooperación con Estados Unidos, pero no subordinación. Ha rechazado la entrada de tropas estadounidenses en territorio mexicano y ha sostenido que la cooperación en materia de seguridad debe respetar la soberanía nacional.
Sin embargo, desde nuestra perspectiva, existe una contradicción entre estos principios y las decisiones adoptadas en la práctica. La actuación de las fuerzas de seguridad contra los principales dirigentes de los cárteles, las detenciones, las extradiciones de sus cabecillas a Estados Unidos, etc. Es la aplicación de la política de seguridad norteamericana en México. No hay que ser muy inteligentes para darse cuenta de esto.
Cuando el gobierno mexicano no coopera en los términos que exige Washington, las presiones diplomáticas aumentan, las provocaciones del embajador norteamericano en México es burda y se entromete en todos los aspectos más delicados. Sumemos a esto la cooperación (podríamos decirlo de manera más clara, el servilismo vil) de la derecha mexicana al gobierno norteamericano.
Esta contradicción entre la defensa de la soberanía en el discurso y las concesiones en la práctica también aparece en el terreno económico.
Brasil ofrece otro ejemplo. La política exterior del tercer gobierno de Lula ha buscado ampliar la autonomía internacional del país mediante espacios como el G20, los BRICS y la COP30. Para ello, combina sus relaciones con China, Europa y otros actores con la defensa del multilateralismo.
Fuera de esto, el gobierno brasileño sigue cooperando de forma entusiasta con el imperialismo americano y sus grandes empresas que llegan a Brasil. Sin embargo, desde una perspectiva antiimperialista, cabe preguntarse hasta dónde llega esa autonomía cuando se trata de responder a las presiones y las intervenciones estadounidenses. Mantener relaciones con diferentes potencias y defender el multilateralismo no equivale a desarrollar una política capaz de enfrentarse al imperialismo.
En ambos casos encontramos elementos que recuerdan a la tradición antiimperialista de Haya de la Torre: la defensa de la soberanía, la búsqueda de mayor autonomía, la integración regional, la diversificación de las relaciones internacionales y el rechazo al supuesto derecho de Estados Unidos a intervenir en los asuntos internos de los países latinoamericanos.
También encontramos una apuesta por las alianzas interclasistas y por el Estado capitalista como garante de la unidad y la defensa nacionales. Esta perspectiva pasa por alto que el propio aparato estatal, incluidas algunas de sus instituciones, actúan para sabotear a los gobiernos reformistas y defienden abiertamente los intereses del imperialismo. Si hay alguna duda de lo que estamos hablando miremos Bolivia y como las mismas instituciones del Estado boliviano se someten al imperialismo, otro caso ejemplar es Venezuela.
¿Antiimperialismo y anticapitalismo o autonomía dentro del capitalismo?
Aquí la discusión entre Haya de la Torre, Mariátegui y Mella vuelve a ser útil.
Para los gobiernos reformistas, no existe necesariamente una contradicción entre oponerse a las políticas intervencionistas de Washington y mantener relaciones capitalistas con empresas estadounidenses. Ellos creen que un gobierno puede defender la soberanía sobre un recurso natural y, al mismo tiempo, permitir la participación del capital privado nacional y extranjero: o que puede buscar acuerdos comerciales más favorables sin cuestionar el sistema mundial de explotación.
Los gobiernos reformistas no se proponen romper con Estados Unidos ni oponerse al dominio imperialista. Buscan negociar en mejores condiciones y conseguir un trato que consideran más equitativo entre Estados. En otras palabras, aspiran a establecer relaciones entre países formalmente iguales sin romper con las relaciones económicas que sostienen la desigualdad entre ellos.
La política de Trump ha puesto en evidencia la bancarrota de esta visión del mundo. Sus amenazas y presiones muestran que las relaciones entre Estados no se desarrollan en condiciones de igualdad, aunque los acuerdos diplomáticos las presenten de ese modo. En todos los casos, hasta ahora, los reformistas prefieren mantener el decoro, apretar los dientes y pedir a sus gobernados que se mantengan en paz, que no se puede hacer más, antes de dar una lucha seria contra el capitalismo.
Toda lucha que pretenda defender la soberanía nacional frente al poder imperialista tiene que luchar contra el capitalismo. Veamos el ejemplo cubano. Cuba pudo lograr su independencia sólo sobre la revolución socialista triunfante y esta revolución se sustentó por la nacionalización de las fuerzas productivas. No hay otra salida.
Los gobiernos progresistas han mostrado las limitaciones de una estrategia que busca ampliar la autonomía nacional sin romper con las relaciones capitalistas.
No es posible asegurar una soberanía plena si las decisiones económicas fundamentales siguen subordinadas a los intereses del capital y si cualquier medida que afecte los intereses del imperialismo puede provocar represalias económicas, diplomáticas o militares. Esta contradicción se vuelve más aguda en el contexto de la rivalidad entre Estados Unidos y China, en la que Washington busca preservar su posición dominante en la región.
Lo que la historia reciente nos dice es que la defensa reformista de la soberanía no ha triunfado ante Trump, por el contrario ha mostrado su bancarrota. Por eso, es necesario distinguir entre la lucha por la soberanía dirigida por los reformistas y el antiimperialismo de clase, que vincula la oposición al dominio extranjero con la lucha contra el capitalismo.
Ya no se trata solamente de las intervenciones militares estadounidenses, de las compañías petroleras o de las ocupaciones territoriales de las primeras décadas del siglo XX. También existen nuevas formas de dependencia: las cadenas globales de producción, la deuda, el control tecnológico, la propiedad extranjera de sectores estratégicos, la dependencia de los mercados externos y la competencia entre las grandes potencias por los recursos naturales y los mercados. Frente a esta realidad, la idea de la soberanía conserva fuerza política.
Nuestra posición es que la soberanía no puede descansar únicamente en la voluntad de un gobierno ni en la capacidad negociadora de un Estado capitalista. La lucha antiimperialista debe formar parte de la lucha por el socialismo, con la participación activa y la dirección política de la clase trabajadora. Solo mediante esa transformación podremos sentar las bases de una independencia real y de una sociedad en la que la riqueza esté al servicio de las necesidades de la mayoría.
