El ridículo show del retorno de Machado y el futuro de la Venezuela tutelada
Paola Vásquez, Venezuela
El circo de la política derechista venezolana ha inaugurado una nueva función. Con un escueto “Estoy aquí. Con ustedes”, publicado en la red social X, María Corina Machado anunció su retorno al país, diez meses después de su fuga clandestina para recibir su cuestionado Premio Nobel de la Paz.
Buscando encarnar una especie de “inmaculada concepción” y presentarse como la “salvadora” enviada por los cielos y bendecida por el Departamento de Estado estadounidense, María Corina eligió el Santuario de la Divina Pastora en el Estado Lara para su “milagrosa” reaparición. Con ello dejó entrever, una vez más, sus delirios de grandeza y su complejo mesiánico nunca disimulado. Se trata de la típica estrategia de manipulación religiosa empleada por los populistas conservadores en todo el mundo, aunque cabe reconocer que la aparición de Machado del 25 de octubre resulta difícil de igualar.
Luego de su “milagrosa” reaparición, María Corina inició una caravana rumbo a Caracas, atravesando ciudades del centro del país, como Valencia y Maracay, entre banderas y consignas. El despliegue montado por la maquinaria de su partido, Vente Venezuela, pareció buscar un grotesco paralelismo con la entrada triunfal del Libertador Simón Bolívar a Caracas en 1813, como culminación de la Campaña Admirable. Pero la historia, como advertía Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte, cuando se repite, lo hace en forma de farsa.
Un prontuario de golpismo y servilismo
El prontuario de María Corina Machado se remonta a abril de 2002, cuando firmó el Decreto Carmona, siendo parte activa del golpe de Estado contra el presidente Hugo Chávez. Aquel intento de ruptura institucional buscó derogar la Constitución de 1999, disolver los poderes públicos e imponer una dictadura. Esto contradice por completo la calificación de “demócrata” que los medios burgueses suelen atribuirle.
Desde entonces, su trayectoria ha sido una constante incitación a la injerencia extranjera y a la desestabilización. En 2002 fundó Súmate, organización presentada como defensora de los derechos electorales, pero vinculada desde sus orígenes a la ofensiva desestabilizadora contra la Revolución Bolivariana. En 2003 encabezó la campaña de recolección de firmas para activar el referendo revocatorio contra Chávez.
En 2012 fundó su partido Vente Venezuela y, en los años sucesivos, participó en las ofensivas insurreccionales de 2014 y 2017, que en su punto más álgido produjeron crímenes de odio mediante linchamientos de personas de piel oscura o identificadas como chavistas. Desde entonces, Machado ya era reconocida como una de las voces más radicales de la reacción.
Desde 2019, en tiempos del llamado “gobierno interino”, promovió abiertamente una intervención militar extranjera contra Venezuela a través del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR). Suponemos que su promoción de la guerra y la invasión contra su propio país le dieron los pergaminos necesarios para ganar el Premio Nobel de la Paz, al más puro estilo de Barack Obama, Henry Kissinger y Shimon Peres, entre otros criminales de la misma calaña.
En su delirio de grandeza, Machado asumía que, de concretarse la agresión militar, el imperialismo yanqui la instalaría de inmediato en el Palacio de Miraflores. Su insistencia durante años en este asunto la convierte en corresponsable política del criminal bombardeo estadounidense del pasado 3 de enero, una acción imperialista que, lejos de encumbrarla, terminó permitiendo un nuevo esquema de dominación colonial y un pacto de poder pragmático entre la Casa Blanca y la cúpula gubernamental venezolana, encabezada por Delcy Rodríguez.
Tras salir del país hacia Noruega para recibir el Nobel de la Paz, acumuló al menos siete intentos fallidos de regresar a Venezuela, impedidos por sus propios jefes. Varios vuelos fueron cancelados o bloqueados de forma repentina, e incluso viajes marítimos agendados terminaron suspendidos a última hora, alegando sospechosas fallas mecánicas. Así se ve una negativa del imperialismo yanqui contra sus ovejas descarriadas.
El propio imperio al que tanto ha servido la mantuvo al margen de la situación del país durante meses, demostrando una máxima histórica: Estados Unidos usa a sus lacayos a su conveniencia, pero nunca les paga bien ni los respeta, por más arrastrados que se muestren. Y pocos lacayos imperialistas se han arrastrado más que Machado, que incluso llegó a obsequiar a Donald Trump el Premio Nobel de la Paz.
El reingreso de Machado a Venezuela ilustra que sus amos en Washington finalmente decidieron soltarle la mano, aunque seguramente con muchas restricciones. Machado viajó en un avión privado desde Panamá a Colombia y cruzó por tierra hacia Venezuela el domingo 25 de octubre, en un trayecto custodiado por contratistas estadounidenses —mercenarios— y coordinado entre los gobiernos de Estados Unidos, Panamá y Colombia.
El retorno de Machado no fue una hazaña individual, como la propaganda de su partido intenta vender, sino una operación autorizada y tutelada por el imperialismo yanqui. El secretario de Estado Marco Rubio confirmó este hecho al afirmar que el “retorno seguro” de Machado fue el “resultado directo” de las conversaciones de reconciliación, auspiciadas por Estados Unidos, que realizan representantes del gobierno encargado de Delcy Rodríguez y la delegación de la Asamblea Nacional de 2015, encabezada por Dinorah Figuera.
Lo que representa Machado
Hay que reconocer que Machado ostenta hoy un contrastable respaldo popular. No obstante, este fenómeno no es el resultado de un supuesto triunfo de su ideología conservadora frente al “fracaso del comunismo”, ni de su falsa “épica personal frente a la tiranía”, sino del profundo declive de la conciencia del pueblo trabajador venezolano tras más de una década de contrarrevolución madurista, crisis estructural y sanciones imperialistas. No es un dato menor que Maduro y sus secuaces que hoy colaboran con Washington desmantelaron casi todas las conquistas económicas y democráticas de las últimas décadas, en nombre del “socialismo” y del “poder popular”.
Actualmente, la inflación y la continua pulverización del salario, junto con el colapso de los servicios públicos —con apagones de 8 a 12 horas diarias en ciudades del interior del país, agravados por el fenómeno El Niño—, han llevado las calamidades del pueblo trabajador a niveles dramáticos. Con la tutela colonial estadounidense sobre el país, estos problemas, lejos de resolverse, siguen empeorando. Y esto no es novedad; el objetivo del imperialismo nunca fue reconstruir el país que ayudó a derrumbar. Su objetivo siempre fue controlar sus recursos petroleros y mineros, proyectar su nueva doctrina de seguridad nacional, ahuyentar a competidores “no hemisféricos” —como China y Rusia— de su área de influencia e intimidar a los demás gobiernos del continente sobre las consecuencias de no someterse a Washington.
En las calles de Venezuela se percibe un malestar creciente, ávido de un cauce. Las constantes declaraciones de Trump de que “al vencedor corresponden los despojos”, mientras comienza a ponerse en marcha el ruinoso acuerdo petrolero suscrito recientemente, están revelando ante un número creciente de venezolanos la verdadera naturaleza del plan imperialista.
Las condiciones de auténtica catástrofe que vive Venezuela han permitido que María Corina Machado, en cuestión de una década, haya pasado de ser la “sifrina radical”, sin ninguna simpatía entre los sectores populares y obreros, al símbolo de una falsa esperanza para millones que buscan desesperadamente una salida.
Pero esa esperanza está llamada a desvanecerse, porque lo que representa Machado no es una alternativa para los explotados, sino la expresión más acabada de los intereses de los ricos. Su programa contempla la privatización de la industria petrolera y de los servicios públicos, la eliminación de subsidios y de conquistas laborales, la flexibilización del mercado de trabajo, pensiones por capitalización privada y recortes masivos al gasto público.
En la práctica, se trata de un plan para gobernar en favor del gran capital y el imperialismo, descargando el costo de la crisis sobre los hombros de los pobres. Lejos de ofrecer una salida a la catástrofe social, Machado propone profundizar la austeridad, seguir entregando los recursos nacionales al capital extranjero y someter a los trabajadores a mayores sacrificios.
El espejo de Milei en Argentina, así como las movilizaciones que comienzan a despertarse en países donde la derecha ha retomado el control en Latinoamérica, como Colombia, muestran hacia dónde conduce ese camino. La derecha en su forma populista o cualquiera de sus otras presentaciones, en cualquier parte del mundo, no tiene solución alguna para la crisis del capitalismo.
Por ello, el amplio respaldo que hoy atrae Machado se convertirá, tarde o temprano, en un profundo desprecio por parte de los trabajadores de la ciudad y el campo. Su programa, de ponerse en práctica mediante un gobierno que ella encabece, encontrará el rechazo y la resistencia de la mayoría del pueblo trabajador. La falsa esperanza que hoy encarna terminará chocando contra la realidad de sus propias políticas, abriendo nuevas condiciones para la lucha de clases.
Maniobra electoral
Si Washington permitió el regreso de Machado, no fue por su pataleta continuada, sino a causa de las venideras elecciones de medio término en Estados Unidos, en un contexto donde la aprobación de Trump entre los votantes latinos de Florida cayó del 58% al inicio de su mandato al 36%, según Equis Research. En su búsqueda por congraciarse con el voto latino de Florida, Trump y Rubio intentan proyectar la idea de que la transición en Venezuela está avanzando. Como si solo este hecho, al margen de las redadas de ICE, pudieran frenar esta tendencia.
El problema es que este cálculo de corto plazo es pan para hoy y desestabilización para mañana. Para la estrategia yanqui por fases, es fundamental la recuperación económica y la creación de condiciones favorables para la extracción de los recursos venezolanos antes que la realización de un cambio de gobierno y de elecciones presidenciales, que es precisamente la principal demanda de Machado. Tanto Rubio como otros funcionarios estadounidenses han dejado claro que, mientras no exista estabilidad económica e institucional, no habrá elecciones en Venezuela.
Según Axios, funcionarios de la administración Trump consideran viable la realización de elecciones en 2028, pero condicionan el proceso a tres reformas previas: la renovación del Tribunal Supremo de Justicia, la reforma del Consejo Nacional Electoral y el abordaje de la deuda soberana venezolana, estimada en unos 300.000 millones de dólares. Machado, en cambio, presiona para que los comicios se celebren en 2027.
El propio Trump había declarado hace meses que Venezuela “no está realmente lista todavía” para celebrar elecciones, aunque afirmó que el país había avanzado bajo el gobierno encargado de Delcy Rodríguez. El 2 de septiembre reiteró esa posición: “Simplemente no creo que estén listos todavía”, dijo, al tiempo que reconocía que “Delcy quiere, pero todavía no están listos”.
Al permitir el retorno de Machado a Venezuela, el imperialismo ha decidido gastar un cartucho que le puede salir caro. La presencia de Machado en el país es una variable difícil de controlar. Su discurso beligerante y la desesperación de las masas —que ella intentará manipular a su favor— la convierten en un factor de inestabilidad incluso para quienes la han utilizado.
El propio Marco Rubio lo dejó entrever al advertir a Machado y a sus bases, un día después de su regreso, que “no vas a conseguir la democracia protestando en la calle”. Rubio añadió que quien intente descarrilar ese proceso “está haciendo un gran daño a Venezuela”, dejando claro que la Casa Blanca no tolerará que su peona rompa el tablero.
Machado es un personaje altamente detestado por la cúpula cívico-militar del gobierno de Rodríguez y representa un riesgo para sus intereses. En reiteradas oportunidades ha amenazado a estos sectores con un discurso revanchista de querer “cobrar”; por ello no es difícil entender el recelo del gobierno ante su llegada.
Aunque Estados Unidos tiene pleno control sobre el poder en Venezuela, es claro que el colaboracionismo de la cúpula cívico-militar no ha transcurrido sin exigencias: entre ellas, el mantener apartada a Machado. De otro modo no se puede explicar por qué Washington la mantuvo al margen por tantos meses, a pesar de sus incontrolables lloriqueos. Al imperialismo no le conviene propiciar un conflicto con la cúpula del régimen venezolano que le haga perder el control de la situación y lo obligue a intervenir de manera más decisiva.
Probablemente, el cambio de la Casa Blanca respecto al retorno de Machado también se deba a que ha ampliado su control sobre las instituciones y los estamentos armados y de inteligencia del Estado. Según el diario español ABC, Estados Unidos habría obtenido acceso a los archivos secretos del Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin) e iniciado una supervisión parcial de sus operaciones, lo que facilita las acciones de Washington para manipular el tablero nacional. Pero una cosa es controlar a una Machado recluida en Panamá y otra muy distinta es contenerla en una Venezuela exhausta, con su poder de convocatoria actual. Aunque Machado seguramente intentará moderarse, no dejará de presionar por elecciones presidenciales inmediatas, alborotando un avispero que Washington prefiere mantener bajo control.
La farsa del diálogo
El proceso de “diálogo nacional”, auspiciado y vigilado por Washington, ha transcurrido en tres rondas de conversaciones. Hasta ahora se han acordado medidas sobre libertad de expresión, desbloqueo de medios digitales, excarcelaciones de políticos de derecha y el inicio de la renovación del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ). Cabe recordar que hace pocas semanas Machado se quejó de que Estados Unidos la había dejado fuera de dichas negociaciones, puesto que su partido no forma parte del ente representativo de la oposición (directiva de la Asamblea Nacional 2015).
En materia judicial, las delegaciones acordaron conformar un Consejo de Revisión de Credenciales y un Comité de Postulaciones Judiciales para seleccionar a 32 nuevos magistrados del TSJ. En la rueda de prensa ofrecida por Rubio el lunes 26 de octubre, el Departamento de Estado precisó que el nuevo tribunal debería estar instalado antes de mediados de diciembre de 2026.
El siguiente paso sería la reforma y renovación del Consejo Nacional Electoral. Según el plan estadounidense, se creará un comité de expertos que proponga a los nuevos rectores, se transformará al CNE en una supuesta “plataforma técnica” y se reducirán sus atribuciones políticas. Esa reforma debería concretarse poco después de la instalación del nuevo TSJ. Solo después de esos dos pasos, según la ruta fijada por Washington, el gobierno de Delcy Rodríguez declararía la vacancia permanente de la presidencia, lo que activaría un período de seis meses para convocar elecciones presidenciales.
A pesar de la falsa pose de legitimidad institucional que representantes del PSUV y la derecha intentan dar a las negociaciones, en última instancia se trata de un diálogo entre dos fracciones entreguistas en el que se hace lo que desde el norte se dicta. Por tanto, el llamado “diálogo nacional” es una farsa que sirve como hoja de parra para tapar la subordinación y la ausencia de soberanía y autodeterminación.
Que el devenir del curso del país esté siendo dictado por Washington corresponde a uno de los capítulos más vergonzosos de nuestra historia desde el nacimiento de la República. Venezuela es hoy un protectorado de facto de Estados Unidos, gracias a la colaboración de los lacayos proyanquis que ven la realización de su servilismo en el saqueo de su propio país, y también de quienes, luego de traicionar y machacar al pueblo trabajador, hoy se arrodillan a cambio de salvar su pellejo y privilegios. Cuando el edificio de mentiras e ilusiones se derrumbe, la lucha de clases pondrá todo en su lugar. Los revolucionarios debemos, hasta tanto, preparar el terreno con denuncia, organización, lucha y movilización.
La salida al precipicio histórico en el que se encuentra Venezuela no está ni en el madurismo sin Maduro ni en la derecha proimperialista de Machado. Está en la independencia de clase de los trabajadores, en la reconstrucción de sus organizaciones y su capacidad de ejercer presión en la sociedad en favor de sus intereses.
