Lenin y Trotski: ideas para una nueva generación de revolucionarios
Alan Woods
Hay pocas figuras en la historia cuyo legado haya sido tan distorsionado y atacado como el de Lenin y Trotski. Esto es tan cierto hoy como lo era en 1969, cuando Alan Woods y Ted Grant escribieron Lenin y Trotski: qué defendieron realmente para aclarar las cosas.
A continuación publicamos la introducción de Alan Woods a nuestra nueva edición de esta magistral defensa de los dos revolucionarios más importantes del siglo XX.
La reedición de Lenin y Trotsky: qué defendieron realmente llega en un momento muy oportuno.
Este libro, escrito en estrecha colaboración con mi gran amigo, camarada y maestro, el difunto Ted Grant, se publicó por primera vez en inglés en 1969 y tuvo una acogida muy positiva.
Desde entonces se ha publicado en muchos idiomas diferentes, entre ellos el español, el ruso, el griego, el danés, el holandés y el bahasa indonesio.
La razón de ser del libro queda suficientemente explicada en las notas introductorias originales escritas por Ted y por mí. Por lo tanto, no veo mucho sentido en repetirlas aquí en mayor detalle.
Creo que el libro cumplió su propósito de aclarar los hechos históricos. Esta tarea era absolutamente necesaria, dada la avalancha de calumnias y distorsiones a las que han sido sometidos estos dos grandes revolucionarios, no solo por parte de los enemigos declarados del comunismo y el socialismo, sino también por una horda de revisionistas sin principios tanto del campo del estalinismo como del sectarismo.
Sin embargo, ha pasado más de medio siglo desde que se publicó el libro y han ocurrido muchos acontecimientos dramáticos que confirman de manera contundente el análisis que hicimos en ese momento.
Hoy en día, el interés por el comunismo está experimentando un notable resurgimiento, especialmente entre los jóvenes. Esto no es casualidad. Se diga lo que se diga sobre la Revolución Bolchevique, es imposible negar que tuvo un profundo impacto a nivel mundial. Más que cualquier otro acontecimiento por sí solo, cambió todo el curso de la historia mundial.
Por primera vez, la clase trabajadora había llegado al poder y se había mantenido en él, luchando contra enormes adversidades. Y, en última instancia, ese gran acontecimiento solo fue posible gracias al trabajo de dos figuras destacadas: Vladimir Lenin y León Trotsky.
Por lo tanto, a pesar de la monstruosa campaña de falsificación a la que Lenin ha sido sometido durante décadas, hoy la reputación de ese gran revolucionario es más alta que nunca, mientras que la reputación de Trotsky también ha experimentado una bienvenida recuperación en las últimas décadas.
Por lo tanto, parece tanto necesario como apropiado reiterar algunas de las ideas principales contenidas en nuestro libro y comentar los acontecimientos que han ocurrido desde su primera publicación.
¿Quién fue Trotsky?
El materialismo histórico nos enseña a mirar más allá de los actores individuales en el escenario de la historia y a buscar causas más profundas para los grandes acontecimientos históricos.
Pero esto de ninguna manera niega ni menosprecia el papel del individuo en la historia. En determinados momentos, el papel de un solo hombre o una sola mujer puede ser decisivo. La clase trabajadora necesita un partido para cambiar la sociedad. Si no hay un partido revolucionario, capaz de brindar un liderazgo consciente a la energía revolucionaria de la clase, esta energía puede desperdiciarse, de la misma manera que se pierde el vapor si no hay una máquina que pueda aprovechar su potencia.
Lev Davidovich Bronstein (conocido en la historia como León Trotsky) fue, junto a Lenin, uno de los dos marxistas más importantes del siglo XX. Dedicó toda su vida a la causa de la clase trabajadora y a la lucha por el socialismo internacional.
El papel de Trotsky, tanto durante como después de la Revolución de Octubre, fue fundamental. De hecho, Trotsky era reconocido universalmente como el segundo en la dirección del partido, solo por detrás de Lenin.
Basta con señalar que, en aquella época, tanto las masas como los enemigos de la revolución se referían habitualmente al Partido Bolchevique como el «partido de Lenin y Trotsky».
Sin embargo, los individuos solo pueden desempeñar tal papel cuando se dan todas las demás condiciones. La concatenación de circunstancias en 1917 permitió que Lenin y Trotsky desempeñaran un papel decisivo.
Pero esos mismos hombres habían estado presentes durante más de dos décadas antes y no pudieron desempeñar el mismo papel. Del mismo modo, cuando la revolución decayó, a pesar de su colosal capacidad personal, Lenin y Trotsky no pudieron impedir la degeneración burocrática del Partido Bolchevique. Esto fue causado por fuerzas objetivas, contra las cuales incluso los líderes más grandes se mostraron impotentes.
Revolución y contrarrevolución
En toda gran revolución de la historia, la fuerza motriz es siempre la participación activa de las masas. Vemos este proceso muy claramente en el caso de la gran Revolución Francesa de 1789-93.
Capa sociales antes atrasadas e inertes de los oprimidos se levantan contra sus opresores. Descubren una inmensa reserva de cualidades desconocidas de confianza en su propio poder y son impulsadas siempre hacia adelante por un espíritu revolucionario indomable que asalta cada barricada y supera cada obstáculo.
Pero, como señaló Trotsky, las revoluciones son grandes devoradoras de energía humana. Tras un período inicial de inmensas luchas y sacrificios, que comienza con los elementos más atrasados, empieza a instalarse un clima de cansancio.
Agotadas por sus esfuerzos y sacrificios sobrehumanos, las masas comienzan gradualmente a caer en un estado de depresión y apatía, y poco a poco vuelven a hundirse en la vieja pasividad.
En este contexto, las clases contrarrevolucionarias comienzan a recuperar la compostura. Actuando al principio con gran cautela, poco a poco empiezan a hacer a un lado a los revolucionarios y a infiltrarse en puestos de poder y autoridad en el Estado.
Sin embargo, es necesario que los agentes de la contrarrevolución se disfracen, haciéndose pasar bajo la falsa bandera de defensores de la revolución.
Así ocurrió en Francia, tanto con los reaccionarios «termidorianos» que tomaron el poder tras la ejecución de Robespierre (la mayoría de los cuales se encontraban en las filas de los jacobinos) como con Napoleón Bonaparte, quien se presentaba como el principal representante de la Revolución Francesa, mientras pisoteaba sistemáticamente todos los principios básicos de esa revolución.
Los años de auge revolucionario se caracterizaron por el surgimiento de figuras destacadas. Pero un período de reacción requiere personas de una estatura mucho menor.
La Gran Revolución Francesa de 1789-1793 produjo una serie de grandes oradores, estadistas y valientes representantes de las masas revolucionarias. Mirabeau, Danton y Robespierre son aceptados a regañadientes incluso por los críticos actuales de la revolución, mientras que los líderes más coherentes de las masas, Marat y Hébert, siguen siendo tratados como perros muertos, si es que se los menciona.
Pero el período del «Termidor» que siguió produjo figuras de un tipo muy diferente. Fue la época del oportunista sin principios, del conformista y del apóstata cobarde. El rugido del león fue silenciado por el croar ronco de las «ranas del pantano» en la Convención Nacional. A la era de los gigantes le siguió la era de los pigmeos.
Vemos procesos análogos en Rusia tras la muerte de Lenin. El agotamiento de las masas tras años de guerra, revolución y guerra civil, combinado con el aislamiento de la revolución en condiciones de espantoso atraso y pobreza, condujo al surgimiento de una burocracia privilegiada, que gradualmente se elevó por encima de la clase trabajadora e incluso del propio Partido Comunista gobernante
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Esto es algo que Lenin no solo identificó, sino contra lo que advirtió repetidamente.
El ascenso de Stalin
En tales circunstancias, ya no se requerían visionarios audaces ni líderes de la talla de Lenin y Trotsky. En cambio, la burocracia necesitaba a un hombre a su propia imagen. Ese hombre fue Joseph Dzhugashvili, también conocido como Stalin.
En un período de contrarrevolución, la mediocridad reina suprema, y Stalin era la mediocridad suprema. En todos los sentidos, no era más que un político provinciano. Otros bolcheviques destacados hablaban idiomas extranjeros con fluidez. Aparte de su georgiano nativo, Stalin solo hablaba ruso, y con un fuerte acento georgiano. Su nacionalismo estrecho acabaría desempeñando un papel fatal en su manejo de la cuestión nacional en la Unión Soviética.
Carente de una visión amplia, un hombre de poca o ninguna cultura, era lo que podríamos describir como un «práctico»: un hombre cuyo principal interés era la organización en el sentido más limitado de la palabra. Su ámbito natural era el del aparato.
Por supuesto, esta definición no agota sus cualidades. También poseía una voluntad y una determinación de hierro, una sed obstinada e indomable de poder y ascenso personal, y una habilidad innata para manipular a la gente, maniobrar e intrigar.
Pero no preveía nada y se limitaba a seguir los procesos que surgían objetivamente del reflujo del movimiento que siguió a la Revolución Rusa.
Tras la revolución, el aspecto organizativo del trabajo adquirió necesariamente una importancia mucho mayor. Al fin y al cabo, los bolcheviques tenían ahora la responsabilidad de dirigir un enorme aparato estatal, alimentar a la población, mantener operativo el sistema de transporte, etc., mientras se libraba una brutal guerra civil. Este trabajo, naturalmente, absorbió a una parte considerable de los cuadros del partido.
Era evidente que esta situación entrañaba peligros y, en particular, a Lenin le preocupaba que el partido mantuviera un firme control político sobre esta labor.
Sverdlov, como secretario general del partido, cumplió esta tarea de manera admirable. No era un teórico, pero sí un organizador maravilloso, honesto, completamente desprovisto de ambición personal y totalmente dedicado a la causa de la revolución y del partido.
Cuando Sverdlov murió en 1919, Lenin buscaba un buen organizador con un carácter fuerte para encargarse de este aspecto del trabajo y pensó que Stalin podría desempeñar ese mismo papel. Pero se equivocó. Stalin se aprovechó de su posición en el partido y en el aparato estatal (que por entonces se identificaban cada vez más entre sí) para promover a sus compinches y concentrar el poder en sus propias manos.
Cuando Lenin se dio cuenta de lo que estaba sucediendo, inmediatamente inició una lucha contra Stalin. Pero también temía que las diferencias en la dirección pudieran derivar en una escisión de carácter de clase, lo cual debilitaría la dictadura del proletariado y conduciría a una contrarrevolución capitalista.
Por esa razón, Lenin se vio obligado a actuar con gran cautela. No obstante, en ese momento de peligro, se apoyó en una alianza con el único hombre de la dirección en quien podía confiar para continuar la lucha contra Stalin y la burocracia: Trotsky.
En su llamado Testamento, Lenin dice que Trotsky era:
… se distinguía no solo por su extraordinaria capacidad. Personalmente, es tal vez el hombre más capaz del actual Comité Central. En relación con Stalin, escribió:
El camarada Stalin, al haberse convertido en secretario general, tiene una autoridad ilimitada concentrada en sus manos, y no estoy seguro de si siempre será capaz de ejercer esa autoridad con la suficiente cautela.
Aquí Lenin se expresaba en un lenguaje muy cauteloso. Pero unas semanas más tarde añadió una posdata, en la que describía a Stalin como grosero y desleal, y abogaba por su destitución como secretario general.
El consejo de Lenin no se puso en práctica. Stalin continuó en su cargo de secretario general, el cual utilizó para lanzar una lucha despiadada y sin escrúpulos contra Trotsky.
Tras la muerte de Lenin en enero de 1924, Trotsky asumió el liderazgo de la lucha contra la degeneración burocrática del Estado soviético —una lucha que Lenin ya había iniciado desde su lecho de muerte—.
Los límites de la analogía histórica
Los paralelismos históricos a menudo pueden ser muy esclarecedores, pero tienen sus límites. Y este hecho es aún más cierto en el caso de la comparación entre individuos.
Trotsky describió la dictadura estalinista como un régimen de «bonapartismo soviético»; es decir, un régimen bajo el cual se ha derrocado al capitalismo, pero se ha privado al proletariado del poder político. Y Ted Grant utilizó el término «bonapartismo proletario» para referirse al mismo fenómeno. Esta definición es científicamente impecable, pero, como todas las definiciones, tiene sus limitaciones.
Cuando utilizamos la expresión «bonapartismo proletario», se puede deducir que se está haciendo una comparación entre Stalin y Napoleón Bonaparte.
Esa comparación puede ser correcta hasta cierto punto, pero solo si nos referimos al hecho de que ambos hombres actuaron como los sepultureros de una gran revolución.
Sin embargo, estos límites agotan por completo el contenido de cualquier comparación real. Sea lo que sea lo que se pueda pensar de Napoleón Bonaparte en el ámbito militar, sin duda demostró cualidades sobresalientes. ¡Difícilmente se puede decir lo mismo de Joseph Dzhugashvili!
Carente de toda capacidad para inspirar a las masas, ya sea como orador revolucionario o en el campo de batalla, el verdadero campo de acción de Stalin se limitaba a las cuatro paredes de su oficina, su teléfono y su infinita habilidad para intrigar, manipular y maniobrar.
La figura que más se asemeja a Stalin no es Napoleón Bonaparte, sino Joseph Fouché, quien, al igual que Stalin, era un hombre sin principios, un burócrata e intrigante consumado, impulsado por una ambición y una sed de poder que lo consumían por completo.
Fouché fue, sin duda, la figura más representativa de la reacción termidoriana.
Después de Termidor, el péndulo de la reacción se desplazó cada vez más hacia la derecha, pasando del Directorio a la dictadura de Bonaparte, y tras la derrota de Napoleón en Waterloo, culminó en la restauración de la monarquía borbónica.
Estos cambios convulsivos vinieron inevitablemente acompañados del ascenso y la caída de líderes políticos. Pero, a lo largo de todo este proceso, un hombre logró no solo mantener su posición, sino también concentrar un inmenso poder en sus manos.
Fouché comenzó su carrera como un partidario particularmente sanguinario del Terror jacobino, ganándose el apodo de «el verdugo de Lyon». Pero, como un camaleón, más tarde logró transformarse en un consumado agente de la reacción. El antiguo terrorista revolucionario jacobino se convirtió en jefe de policía, primero al servicio de Napoleón y más tarde de la monarquía restaurada.
El Termidor soviético bajo Stalin no terminó con el derrocamiento del Partido Comunista y la restauración completa del capitalismo —aunque en un momento, a finales de la década de 1920, esa fue una posibilidad clara—. Como escribió Trotsky:
El Termidor ruso sin duda habría inaugurado una nueva era de dominio burgués, si ese dominio no se hubiera demostrado obsoleto en todo el mundo. En cualquier caso, la lucha contra la igualdad y el establecimiento de diferenciaciones sociales muy profundas no ha logrado hasta ahora eliminar la conciencia socialista de las masas ni la nacionalización de los medios de producción y la tierra, que fueron las conquistas socialistas básicas de la revolución…
Aunque socava estos logros, la burocracia aún no se ha atrevido a recurrir a la restauración de la propiedad privada de los medios de producción.
Al final, la Revolución de Octubre sobrevivió, pero solo como una caricatura monstruosamente deformada, burocrática y totalitaria de un Estado obrero.
El terror de Stalin
Stalin y la burocracia respondieron a los argumentos políticos de Trotsky con el puño de hierro de la represión. Los miembros de la Oposición de Izquierda rusa fueron despedidos de sus trabajos, acosados y, más tarde, arrestados y encarcelados. Pero estos métodos resultaron insuficientes.
Para consolidar su poder, los usurpadores burocráticos de octubre necesitaban erradicar por completo las tradiciones del bolchevismo y de la Revolución Rusa. Esto requirió el exterminio físico del partido de Lenin, lo cual se llevó a cabo mediante los monstruosos juicios de purga.
Trotsky describió las purgas como una guerra civil unilateral, librada por Stalin y la burocracia contra el Partido Bolchevique. Stalin incriminó, torturó y asesinó a todos los líderes del partido de Lenin.
Un hombre contra el mundo entero
Desde su exilio en México, Trotsky fue testigo de la masacre de sus amigos y colaboradores dentro y fuera de la URSS, y de la destrucción de los logros políticos de la Revolución de Octubre.
La sed de venganza de Stalin se extendió incluso a las familias de sus víctimas. Uno por uno. Trotsky presenció el asesinato de sus hijos y de otros miembros de su familia. Sin embargo, se mantuvo desafiante: un hombre contra el mundo entero.
En medio de la feroz contrarrevolución estalinista, siguió defendiendo las tradiciones revolucionarias, democráticas e internacionales de octubre.
Siguió expresándose con valentía, sin miedo, denunciando los crímenes de Stalin. Pero al mismo tiempo, Trotsky siguió siendo un firme defensor de la URSS y de las conquistas de la Revolución de Octubre —una postura que mantuvo hasta el final de su vida.
Al inicio de la Segunda Guerra Mundial, Trotsky predijo que la Unión Soviética sería inevitablemente atacada por la Alemania nazi y planteó la consigna de la defensa incondicional de la Unión Soviética.
Explicó que era deber de todos los trabajadores unirse en su defensa. Pero también advirtió que el mayor peligro para el futuro de la Unión Soviética no provenía de una intervención militar extranjera, sino de las intolerables contradicciones que surgían inevitablemente de la existencia del régimen burocrático estalinista.
La historia posterior ha demostrado que tenía razón.
El asesinato de Trotsky
Ya en la década de 1920, Zinóviev y Kámenev habían advertido a Trotsky: «Tú crees que Stalin responderá a tus ideas. ¡Pero Stalin te golpeará en la cabeza!».
Esa advertencia profética finalmente se convirtió en un hecho trágico el 20 de agosto de 1940, cuando un agente de la NKVD, Ramón Mercader —alias Jacson— logró infiltrarse en la casa de Trotsky bajo falsos pretextos.
Convenció a Trotsky de que leyera un artículo que había escrito y, mientras este lo leía, Mercader se colocó detrás de él, levantó el brazo y lo bajó con toda su fuerza, clavando un picahielo en el cráneo de este hombre indefenso.
Trotsky se defendió valientemente y los guardias redujeron al agresor. Pero la sangrienta obra del asesino ya se había consumado.
El hombre que, junto con Lenin, condujo a los trabajadores rusos a la conquista del poder, que construyó el Ejército Rojo y derrotó a las fuerzas combinadas de la contrarrevolución, murió al día siguiente en un hospital mexicano.
Cuando Stalin se enteró de la noticia, seguramente se sintió muy satisfecho de sí mismo. Había resuelto este problema, tal como había resuelto todos los demás: mediante el uso de la fuerza bruta.
En realidad, no fue tan difícil. Los seres humanos somos criaturas débiles. Cualquier cosa puede cortar el frágil hilo que nos une a la vida: una bala, un cuchillo o un picahielo.
Es fácil matar a un hombre o a una mujer. Pero no es posible matar una idea cuyo momento ha llegado.
La URSS en guerra
De todos los muchos mitos que rodean a Stalin, el más persistente —y el más mendaz— es el de Stalin como un «gran líder de guerra». Esto no resiste el más mínimo escrutinio.
Las purgas de Stalin provocaron la destrucción masiva de los cuadros dirigentes del Ejército Rojo, lo que debilitó gravemente la defensa de la Unión Soviética.
Cuando los generales de Hitler se opusieron al ataque contra la Unión Soviética, Hitler respondió que no se trataba de una fuerza seria, porque «no tienen buenos generales». Afirmó que la Unión Soviética era un edificio podrido y que una buena patada bastaría para derribarlo.
Por su parte, Stalin depositó todas sus esperanzas en el pacto de no agresión que había firmado con Hitler en 1939. Tanto fue así que, cuando Hitler invadió en el verano de 1941, Stalin se negó a creerlo y, temiendo una provocación, ordenó al ejército que no opusiera resistencia. El resultado fue una catástrofe.
La Fuerza Aérea Soviética quedó destruida en tierra, mientras que millones de soldados del Ejército Rojo fueron rodeados, capturados y enviados a campos de exterminio, donde la mayoría de ellos pereció.
Como consecuencia, el ejército alemán avanzó profundamente en territorio soviético sin encontrar inicialmente ninguna resistencia efectiva. Los líderes soviéticos estaban desorientados. Stalin, al principio, entró en pánico y se escondió. Sus acciones equivalieron a una capitulación abyecta.
La verdadera situación fue revelada más tarde por Jrushchov, quien escribió:
Sería un error olvidar que, tras el primer desastre grave y la derrota en el frente, Stalin pensó que eso era el fin. En uno de sus discursos de aquellos días dijo: «Todo lo que Lenin creó lo hemos perdido para siempre».
La Unión Soviética se vio en peligro mortal. Pero, gracias a sacrificios sobrehumanos, las masas soviéticas demostraron su tremenda fuerza de voluntad y su lealtad inquebrantable a la Revolución de Octubre.
La gloriosa victoria del Ejército Rojo también demostró la viabilidad de las nuevas relaciones de propiedad establecidas por la Revolución de Octubre. Fue gracias a la colosal superioridad de una economía planificada y nacionalizada que la URSS pudo sobrevivir a los primeros desastres de la guerra y reorganizar la producción más allá de los Urales.
Para 1942, la economía se estaba recuperando rápidamente. Para 1943, los soviéticos superaban en armamento al enemigo, produciendo equipo y armas de primera calidad, a menudo superiores a las que utilizaban los alemanes, los británicos y los estadounidenses. Este es el secreto de su éxito y desmiente la afirmación tan repetida de que una economía planificada y nacionalizada es incapaz de producir bienes de alta calidad.
El hecho es que, a pesar de todos los problemas de la Unión Soviética bajo el mandato de Stalin, una economía atrasada y semifeudal se convirtió, en unas pocas décadas, en un poderoso Estado industrial moderno, que demostró su vitalidad al derrotar a las fuerzas de la Alemania de Hitler en la Segunda Guerra Mundial.
En realidad, la URSS ganó la guerra contra Hitler por sus propios medios. Los británicos y los estadounidenses fueron meros espectadores en una batalla titánica entre la Unión Soviética y la Alemania de Hitler, que contaba con el respaldo de las fuerzas productivas combinadas de Europa.
Pero la guerra la ganaron los trabajadores y campesinos soviéticos, no gracias al régimen de Stalin, sino a pesar de él.
La Unión Soviética pagó un precio terrible, con 27 millones de muertos y una destrucción generalizada de las fuerzas productivas en una vasta franja de su territorio. Sin embargo, a pesar de la colosal destrucción que sufrió, se recuperó rápidamente después de la guerra. En un par de décadas, la economía planificada y nacionalizada logró crear la segunda mayor potencia del mundo.
¿Por qué se derrumbó la Unión Soviética?
La Unión Soviética logró milagros en los ámbitos del desarrollo económico, social y cultural, superando rápidamente el atraso extremo que había heredado del pasado.
Pero hay que plantearse la pregunta: a pesar de todos estos grandes logros, la Unión Soviética finalmente fracasó y se derrumbó. ¿Fracasó porque el socialismo no puede funcionar?
Este argumento ha sido repetido sin cesar por los defensores del capitalismo como una forma de justificar la existencia continua de su propio sistema socioeconómico decrépito y en bancarrota.
Pero el argumento de que el socialismo no funciona se ve contradicho por toda la experiencia de la Unión Soviética a partir de octubre de 1917. Nunca en la historia se ha visto una transformación tan colosal.
Los éxitos de la economía planificada no pueden ser seriamente cuestionados. Quedaron brillantemente demostrados por los notables logros del programa espacial soviético, que lanzó el primer satélite espacial en 1957 y, poco después, logró enviar al primer hombre al espacio. Aún en la década de 1980, la CIA admitió que el programa espacial soviético llevaba décadas de ventaja al de Estados Unidos.
Lo que fracasó en la Unión Soviética no fue el socialismo, en ningún sentido que Marx o Lenin hubieran entendido, sino una monstruosa caricatura burocrática que sofocó y estranguló toda iniciativa creativa, y que finalmente anuló las ventajas de la economía planificada y nacionalizada, asegurando así el colapso de todo el sistema.
El yugo de la burocracia
Trotsky señaló que una economía planificada y nacionalizada requiere democracia de la misma manera que el cuerpo humano requiere oxígeno.
Todo trabajador sabe que en las empresas privadas no faltan la mala gestión, los errores, las estafas y la corrupción. Pero si una empresa lleva esto demasiado lejos, eventualmente quebrará.
Es decir, bajo el capitalismo, el mecanismo del mercado actúa como un «control» rudimentario. Es extremadamente derrochador y destructivo, pero establece un límite a las empresas improductivas.
Sin embargo, en una economía planificada y nacionalizada, el mecanismo de mercado no se aplica, o solo lo hace de manera muy limitada. La única forma de mantener a raya las prácticas corruptas e improductivas es mediante la participación y el control conscientes de la propia clase trabajadora.
Sin la participación activa de la clase trabajadora a través del control y la gestión de la industria por parte de los trabajadores, el nivel de incompetencia, corrupción y mala gestión burocrática actuará inevitablemente como una carga constante e insoportable que pesará fuertemente sobre el desarrollo ulterior de las fuerzas productivas.
El control burocrático puede tener éxito por un tiempo en una economía primitiva, donde las tareas de reconstrucción dependen principalmente de la construcción de la industria pesada. Ese fue el caso de la Unión Soviética en la década de 1930.
Incluso en esa época, la chapuza, la mala gestión, las estafas y la corrupción en las altas esferas tuvieron sin duda un efecto negativo, pero no impidieron que la URSS alcanzara altas tasas de crecimiento durante los primeros planes quinquenales.
Sin embargo, a medida que la Unión Soviética se fue convirtiendo en una economía moderna, donde las relaciones entre las diferentes ramas de producción y la tarea de la gestión se volvían cada vez más sofisticadas y complejas, la economía planificada entró en conflicto con el dominio asfixiante de la burocracia en un grado cada vez mayor.
La existencia de una casta burocrática privilegiada, libre de todo control desde abajo, pasó de ser un obstáculo relativo a uno absoluto para el desarrollo de las fuerzas productivas.
Cuando era estudiante en la Universidad Estatal de Moscú en 1970, la prensa soviética se llenaba todos los días de informes sobre el uso indebido más escandaloso de los recursos, la mala gestión y el despilfarro colosal que representaban una sangría muy grave para la economía.
Este hecho se manifiesta de manera llamativa en la desaceleración de la tasa de crecimiento, que pasó de alcanzar hasta un 20 por ciento antes de la Segunda Guerra Mundial a un 10 por ciento después de la guerra, cayendo a alrededor del 6 por ciento bajo el mandato de Jruschov en 1960, y acercándose luego al 0 por ciento en los años de estancamiento diez años más tarde.
En los años de estancamiento bajo Brezhnev, la brecha entre la Unión Soviética y Estados Unidos se hizo cada vez más amplia. Incluso en términos de la tasa de crecimiento del PIB, la Unión Soviética ya no era capaz de lograr mejores resultados que el Occidente capitalista.
Una vez alcanzada esta etapa, la burocracia había dejado de desempeñar incluso el papel relativamente progresista que había tenido en el pasado. Este hecho selló en última instancia su destino. Ted Grant fue el único marxista que sacó la conclusión necesaria de esto en ese momento. Predijo que la caída del estalinismo era inevitable ya en 1972.
Todo lo que es real es racional
Por coincidencia, al momento de preparar esta introducción, estoy trabajando en la producción de un nuevo libro sobre el materialismo dialéctico.
Siguiendo los pasos de Lenin, realicé un estudio minucioso de la gran obra maestra dialéctica de Hegel, La ciencia de la lógica, en la que leemos lo siguiente:
Todo tiene su fundamento suficiente.
Si algo existe, lo hace por necesidad. Pero, del mismo modo, si algo pierde su «fundamento», entonces necesariamente dejará de existir.
En su libro Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, Engels aborda la afirmación de Hegel: «Todo lo que es real es racional; y todo lo que es racional es real». Esta afirmación es correcta, en la medida en que se aplica, pero sacada de contexto y presentada como una justificación del orden existente en todo momento, se vuelve parcial y, por lo tanto, falsa.
Como explica Engels:
Ahora bien, según Hegel, la realidad no es, sin embargo, en modo alguno un atributo que pueda atribuirse a cualquier situación dada, ya sea social o política, en todas las circunstancias y en todo momento.
Cuando un Estado en particular o sus instituciones han dejado de ser necesarios, pierden su «fundamento» y no tienen razón de ser. El ideal ya no se corresponde con la realidad. Como lo expresó Hegel:
Los conjuntos como el Estado y la Iglesia dejan de existir cuando se disuelve la unidad entre su concepto y su realidad.
Las cosas que antes tenían todo el sentido del mundo, ya no tienen sentido alguno. Para citar al Fausto de Goethe: «La razón se convierte en irracionalidad».
La teoría ya no se corresponde con la práctica. Las palabras no se corresponden con los hechos. Las viejas creencias se desmoronan y se disuelven en la nada, y con ellas, los cimientos mismos del Estado comienzan a tambalearse.
¿De qué servirían las ideas si no se correspondieran con la realidad objetiva? Lo único que queda es un cascarón vacío, hipocresía, fingimiento, que debe ser barrido.
Y esa era precisamente la situación que existía en la Unión Soviética en vísperas de su colapso. La burocracia estalinista había perdido todo derecho a gobernar; toda la autoridad que había usurpado a la Revolución de Octubre y convertido en una caricatura burocrática se había agotado, y todo el edificio podrido se tambaleaba a punto de derrumbarse.
La gran traición
Trotsky había esperado que la clase trabajadora derrocara al régimen estalinista mediante una revolución política, preservando la economía planificada y nacionalizada. Pero si eso no sucedía, planteó la posibilidad de que, en cierta etapa, el proceso de contrarrevolución burocrática pudiera conducir a la restauración del capitalismo.
Los viejos líderes estalinistas del llamado «Partido Comunista» de la Unión Soviética, en su etapa final, ofrecían un lamentable panorama de decadencia y decrepitud.
Al final, solo una pandilla de jefes militares borrachos se mantuvo a su lado y este se les escapó de sus dedos temblorosos. A pesar de todo su poderío y fuerza militar, en el momento de la verdad, un edificio aparentemente todopoderoso, sólido y monolítico se derrumbó como un castillo de naipes.
La responsabilidad principal recae en los propios estalinistas. Este hecho es difícil de aceptar para los estalinistas de hoy en día. Pero no por eso deja de ser un hecho.
¿Cómo es posible explicar el colapso de la Unión Soviética y la monstruosa traición de prácticamente todos los líderes del llamado Partido Comunista?
¿Acaso todos ellos se vieron repentinamente afectados por alguna misteriosa aberración mental que los transformó al instante en una banda contrarrevolucionaria, dispuesta a traicionar todo aquello que dicen defender?
Tales ideas, que rayan en el misticismo, no tienen nada en común con el método científico del marxismo, que se basa en los hechos, no en ficciones convenientes.
¡No! No se trató de una aberración repentina, sino de la consecuencia inevitable de décadas de retroceso y traición a las auténticas ideas leninistas del bolchevismo, lo cual terminó inevitablemente en la completa degeneración de los estalinistas rusos. Y esto, a su vez, tenía una base material.
La hinchada casta de millones de funcionarios, junto con sus esposas, hijos y parásitos, se apoyaba en la economía planificada y nacionalizada, mientras esta siguiera siendo la fuente de su riqueza y sus privilegios.
Pero cuando eso ya no estuvo garantizado, inevitablemente buscaron una alternativa. Y como predijo Trotsky, para preservar sus privilegios, la burocracia «deberá, inevitablemente, en etapas futuras, buscar apoyo para sí misma en las relaciones de propiedad [capitalistas]». La historia demostró que tenía razón.
Tal como predijo Trotsky, la burocracia no se conformó con la colosal riqueza y los privilegios que había obtenido mediante el saqueo del Estado soviético.
Hombres como Boris Yeltsin y Eduard Shevardnadze, quienes durante décadas alabaron el socialismo y el comunismo y ocuparon puestos de liderazgo en el llamado Partido Comunista de la Unión Soviética, se convirtieron de inmediato en fervientes defensores del capitalismo.
Pasaron al bando de la restauración capitalista, transformándose de una casta parasitaria a una clase dominante sin pestañear. Esto incluyó no solo a la cúpula directiva y a quienes se han convertido en multimillonarios, sino también a la mayoría de los altos mandos del ejército, la policía y la burocracia estatal.
El repugnante espectáculo de líderes, gerentes y funcionarios del Partido Comunista de larga trayectoria transformándose repentinamente en «empresarios» capitalistas, con la misma facilidad con la que un hombre pasa de un compartimento a otro en un tren, muestra cuán alejado estaba el régimen estalinista del socialismo genuino.
Esto constituye un comentario devastador sobre la podredumbre de la burocracia estalinista. Pero todo esto es pasado por alto hoy en día por los estalinistas con un silencio avergonzado. Es un silencio que no es más que una máscara hipócrita para encubrir su complicidad en un crimen histórico monstruoso.
El papel del PCRF
Las leyes de la mecánica nos dicen que toda acción tiene una reacción igual y opuesta. La misma ley se aplica a la sociedad y a la lucha de clases.
A medida que las realidades de la barbarie de clase se volvían cada vez más evidentes, surgió una reacción inevitable contra el nuevo orden, basado en el robo generalizado de la propiedad estatal por parte de una banda codiciosa de oligarcas parásitos.
Durante la crisis de 1998, amplios sectores de la pequeña burguesía habían perdido sus empleos e ingresos y se estaban volviendo en contra del capitalismo. Hubo huelgas masivas y protestas de los trabajadores. Si el «Partido Comunista» (CPRF) hubiera querido liderar un movimiento de regreso a una economía planificada y nacionalizada, ese era el momento de hacerlo.
Esto podría haber sido la base para una poderosa oposición comunista en Rusia, que condujera al derrocamiento del nuevo y odiado régimen. Pero no fue así.
La razón de esto no hay que buscarla en la clase trabajadora rusa, sino en la completa podredumbre de los líderes estalinistas del llamado Partido Comunista.
El CPRF siguió siendo un partido poderoso con una base de masas. Pero en lugar de movilizar a la clase trabajadora contra la restauración capitalista, Ziuganov y los demás líderes dedicaron todo su tiempo a maniobrar e intrigar con la élite gobernante y la oligarquía.
Desde el principio, el partido ha limitado sus actividades al parlamentarismo de la peor clase. A sus diputados les interesa mucho más mantener sus carreras, salarios y privilegios que luchar por la clase trabajadora.
Ziuganov y los dirigentes del PCFR no hicieron ningún intento por apoyar la renacionalización. Para llevar a cabo una lucha seria contra la restauración capitalista, los dirigentes del PCFR habrían tenido que movilizar a los trabajadores.
Pero estos supuestos «comunistas» estaban aterrorizados ante cualquier movimiento de la clase trabajadora. Demostraron ser incapaces incluso de luchar por un retorno al antiguo sistema burocrático, que probablemente la mayoría de la gente habría apoyado en ese momento. Habían hecho las paces con el capitalismo.
En ese momento, Ted Grant estaba convencido de que se produciría tal reviravolta y de que el avance hacia el capitalismo podría detenerse. Pero había subestimado enormemente el grado de degeneración de esos líderes.
Recuerdo muy bien cómo Ted llegaba a la oficina por la mañana, con un ejemplar del Morning Star —el diario del Partido Comunista Británico— en la mano. Apenas podía contener su incredulidad e indignación ante la conducta de los líderes del PCRF. «¡Es increíble!», exclamaba: «¡Mira lo que están haciendo!».
Pero no era nada increíble: simplemente el resultado inevitable de décadas de degeneración, retroceso y el abandono sistemático de todos y cada uno de los principios e ideas de Lenin.
El momento para una acción decisiva pasó. La economía comenzó a recuperarse del colapso. Al no ver otra alternativa, las masas volvieron a sumirse en un estado de pasividad, y el régimen de Putin pudo consolidarse.
El trotskismo ruso
En la década de 1930, Trotsky había predicho que la crisis del estalinismo se manifestaría en una polarización entre el ala abiertamente procapitalista de la burocracia, a la que llamó la facción de Butenko, y un ala de izquierda, a la que llamó la facción de Reiss (en honor a Ignace Reiss, un oficial de la NKVD que rompió con Stalin y proclamó su lealtad a Trotsky antes de ser asesinado).
En el período previo al colapso de la Unión Soviética, la existencia de una poderosa tendencia procapitalista en las altas esferas de la burocracia se hizo cada vez más evidente, encontrando a su principal portavoz en la persona de Boris Yeltsin.
Sin embargo, no se puede hablar de nada que se parezca ni remotamente a una facción de Reiss, aunque hubo algunos casos aislados de personas que a veces se autodenominaban (sin mucho fundamento real) «trotskistas».
Tres generaciones de estalinismo afectaron la conciencia de la clase trabajadora. Como resultado, las cosas resultaron ser diferentes de lo que habíamos esperado.
Stalin logró, con más éxito del que podría haber esperado, destruir los últimos vestigios de la verdadera tradición del bolchevismo. Como resultado de la confusión general, al pequeño número de jóvenes que simpatizaban con el trotskismo les resultaba difícil formarse una idea clara de lo que Trotsky realmente defendía.
Por supuesto, había un número significativo de jóvenes que se esforzaban honestamente por recuperar las auténticas tradiciones del bolchevismo y el leninismo. Pero los grupos trotskistas, tanto escasos en número como ideológicamente confusos, se veían frecuentemente influenciados por ideas y métodos anarquistas.
La característica más llamativa de muchos de estos grupos en Rusia era una antipatía profundamente arraigada, que rayaba en el odio absoluto hacia el estalinismo. Dada la larga historia de los crímenes de Stalin, esto puede ser comprensible. Pero el propio Trotsky siempre insistió en que sus seguidores debían intentar por todos los medios acercarse a los trabajadores y jóvenes comunistas que se encontraban bajo la influencia del estalinismo.
Siempre se opuso al tipo de retórica histérica de los sectarios de la ultraizquierda. El lema de Trotsky fue siempre el de Lenin: explicar con paciencia.
En la época de la que hablamos, existían bastantes partidos estalinistas, que surgieron como resultado de numerosas escisiones en el PCRF. Muchos trabajadores y jóvenes, en busca de una organización combativa que liderara la lucha, se volcaron naturalmente hacia las organizaciones comunistas, que contaban con cierta base en la clase trabajadora.
En general, las masas no comprenden a las organizaciones pequeñas. Las minúsculas sectas trotskistas no podían ofrecer una alternativa seria —incluso si estos trabajadores y jóvenes se percataban de su existencia—.
En estas circunstancias, no cabe duda de que, si Trotsky estuviera vivo, habría insistido en que sus seguidores en Rusia ofrecieran un frente único a los estalinistas para una lucha conjunta contra la restauración capitalista.
Había buenas perspectivas, siempre y cuando los trotskistas trabajaran correctamente y no cometieran demasiados errores. Desafortunadamente, cometieron todos los errores imaginables —y no pocos que son inimaginables—.
Recuerdo un incidente que me dejó absolutamente atónito. Hubo una gran manifestación estalinista en San Petersburgo. Esto ocurrió en el momento en que la contrarrevolución capitalista estaba en pleno apogeo. Pero el pequeño grupo de trotskistas que existía en San Petersburgo decidió presentarse en esa manifestación con una enorme pancarta, decorada con el lema: «Stalin es el sepulturero de la revolución socialista».
Ahora bien, independientemente de lo que se pueda pensar del contenido de la consigna mencionada, ¡hay que reconocer que esa no era precisamente la mejor manera de establecer relaciones camaraderiles con las bases de un partido estalinista!
Desafortunadamente, este tipo de acciones eran demasiado comunes entre muchos que se identificaban falsamente como seguidores de Trotsky.
Consideremos un posible paralelo. Imaginemos que los partidarios de la teología de la liberación convocaran una manifestación para protestar contra el asesinato de trabajadores, campesinos y sacerdotes de izquierda, y nosotros nos presentáramos con una pancarta que proclamara: «La religión es el opio del pueblo».
Al actuar de esta manera, nos aseguraríamos de quedar completamente aislados de las bases del movimiento. Tales métodos no tienen absolutamente nada en común con los métodos de León Trotsky y del auténtico bolchevismo-leninismo.
De esta manera, los autodenominados trotskistas no hacen más que desacreditar la idea misma del trotskismo y aseguran que queden marginados para siempre como sectas insignificantes.
Es esencial que los auténticos seguidores de Trotsky trabajen con paciencia para convencer a las bases de las organizaciones comunistas de que el trotskismo no es más que otro nombre para el bolchevismo, y de que tenemos todo el derecho a ser considerados una corriente genuina dentro del movimiento comunista. ¿El fin de la historia?
La caída del Muro de Berlín y el colapso del estalinismo en Rusia y Europa del Este provocaron una ola de euforia en Occidente.
Los enemigos del comunismo creyeron que habían logrado exorcizar con éxito los fantasmas de octubre. El colapso de la Unión Soviética parecía confirmar su sospecha de que el comunismo estaba muerto y enterrado. «La Guerra Fría ha terminado», se regodeaban, «y ganamos».
Embriagados por sus ilusiones de éxito, los defensores del capitalismo hablaron del fin del comunismo, del fin del socialismo, y Francis Fukuyama incluso habló del «fin de la historia». Pero de la historia no se puede deshacerse tan fácilmente.
La crisis que ahora afecta a toda la economía mundial ha sacudido al sistema capitalista hasta sus cimientos.
Los líderes soviéticos hablaban del socialismo y del comunismo exactamente de la misma manera en que los capitalistas y sus apologistas hablan ahora de la democracia. Pero esa palabra suena cada vez más vacía y sin sentido en sus labios. Ya nadie la cree.
La clase multimillonaria está contemplando su propio futuro como en un espejo. Al igual que la Unión Soviética en vísperas de su colapso, el sistema capitalista se encuentra en una crisis terminal: un cascarón vacío, desprovisto de todo contenido real, que hace mucho que perdió cualquier razón para seguir existiendo y está condenado a ser arrojado al basurero de la historia.
La quiebra de la «izquierda»
Resulta profundamente irónico que, durante la crisis más profunda de los últimos 200 años, los llamados partidos de «izquierda» hayan abandonado por completo el socialismo y se aferren a los faldones de la burguesía.
Los reformistas y los burócratas sindicales temen la lucha revolucionaria de la clase trabajadora como el diablo teme al agua bendita. Esto también se aplica (quizás incluso más) a ciertas «izquierdas», que se esconden detrás de frases socialistas radicales o incluso comunistas, pero que, de hecho, representan solo el flanco izquierdo de una corriente conservadora y burocrática dentro del movimiento obrero.
Su odio hacia el «trotskismo» no solo se debe al miedo por sus propios puestos, empleos y salarios, sino también a su incapacidad para responder a los marxistas con argumentos políticos. Como siempre, un hombre con ideas confusas odia a un hombre con la cabeza bien puesta sobre los hombros.
Las cosas son aún peores con los antiguos «comunistas» que han tirado por la borda las ideas de Lenin y el marxismo y se han rendido ante los partidos de la clase dominante.
Bajo el pretexto del «frente popular» y la «estrategia del mal menor», intentan atrapar a la clase trabajadora en una alianza colaboracionista de clase con sus enemigos, los liberales burgueses. El resultado ha sido el mismo en todas partes: derrota y desmoralización.
Los partidos comunistas estalinistas siguen la misma política errónea bajo la bandera de «un mundo multipolar», con la que intentan subordinar a la clase internacional a las maquinaciones de tal o cual grupo de Estados imperialistas.
En todo esto, revelan su total falta de fe en la clase trabajadora, su escepticismo venenoso y su abandono total de la lucha revolucionaria por el socialismo. Los viejos estalinistas eran al menos una caricatura de lo auténtico. Ahora no son más que una pálida imitación del reformismo.
Un legado invaluable
Hoy, más de treinta años después de la tan cacareada “muerte” del comunismo, los representantes de la burguesía en la política, la prensa y el mundo académico están produciendo un aluvión de propaganda anticomunista. La razón de esto no es difícil de entender. La crisis mundial del capitalismo está dando lugar a un cuestionamiento general del sistema existente.
Hay un resurgimiento del interés por la idea del comunismo, lo cual está alarmando a la burguesía. La nueva campaña de calumnias no es un reflejo de confianza, sino de miedo.
Una nueva generación está entrando en el camino de la lucha de clases y, instintivamente, se está orientando hacia el comunismo en busca de un camino a seguir. Este es un hecho de enorme importancia progresista.
A esta nueva generación de luchadores, las ideas de Marx, Engels, Lenin y Trotsky les ofrecen un legado invaluable: una guía y una brújula que necesitarán para encontrar el camino que conduce al socialismo —el camino revolucionario—.
Espero que la publicación de este libro les proporcione la munición ideológica que necesitan para llevar adelante la lucha hasta la victoria final.
Bolchevismo y estalinismo.
Sobre las raíces históricas y teóricas de la Cuarta Internacional
León Trotski
29 de agosto de 1937
Las épocas reaccionarias como la que estamos viviendo no sólo desintegran y debilitan a la clase obrera y su vanguardia, sino que también rebajan el nivel ideológico general del movimiento y retrotraen el pensamiento político a etapas ya ampliamente superadas. En estas circunstancias, la tarea más importante de la vanguardia es no dejarse arrastrar por el flujo regresivo, sino nadar contra la corriente. Si la relación de fuerzas desfavorable le impide mantener las posiciones conquistadas, por lo menos debe aferrarse a sus posiciones ideológicas, porque éstas expresan las costosas experiencias del pasado. Los imbéciles calificarán esta política de “sectaria”. En realidad, es la única manera de preparar un nuevo y enorme avance cuando se produzca el siguiente ascenso de la marea histórica.
La reacción contra el bolchevismo y el marxismo
Las grandes derrotas políticas provocan inevitablemente una reconsideración de los valores, que generalmente procede de dos direcciones. Por un lado, la verdadera vanguardia, enriquecida por la experiencia de la derrota, defiende la herencia del pensamiento revolucionario con uñas y dientes y, sobre esta base, trata de educar a los nuevos cuadros para las próximas luchas de masas. En cambio, los rutinarios, los centristas y los diletantes hacen todo lo posible por destruir la autoridad de la tradición revolucionaria y por volver en busca de un “Nuevo Verbo”.
Podríamos señalar una gran cantidad de ejemplos de reacción ideológica la mayoría de los cuales toman la forma de la postración. Toda la literatura de las internacionales segunda y tercera y de sus satélites del Buró de Londres, consiste esencialmente en tales ejemplos. Ni sombra de análisis marxista. Ningún intento serio por explicar las causas de la derrota. Ni una palabra nueva acerca del futuro. Nada más que lugares comunes, conformismo, mentira y, por encima de todo, preocupación por la supervivencia de la burocracia. Basta olfatear diez líneas de Hilferding o de Otto Bauer para sentir el hedor de podredumbre[1]. En cuanto a los teóricos de la Comintern, ni siquiera vale la pena mencionarlos. El célebre Dimitrov es tan ignorante y trivial como un tendero con un jarro de cerveza. Los intelectos de esta gente son demasiado holgazanes como para renunciar al marxismo: lo prostituyen. Pero éstos no son los que nos interesan aquí. Vayamos a los “innovadores”.
El excomunista austríaco Willi Schlamm ha publicado un folleto sobre los procesos de Moscú, bajo el título sugestivo de La dictadura de la mentira[2]. Schlamm es un periodista de talento, que se ocupa principalmente de los acontecimientos políticos del momento. Su crítica de los fraudes judiciales de Moscú, así como su denuncia del mecanismo psicológico de las “confesiones voluntarias” son excelentes. Sin embargo, no se limita a esto: quiere crear una nueva teoría del socialismo que nos inmunice contra nuevas derrotas y fraudes en el futuro. Pero dado que Schlamm no es un teórico y, aparentemente, no conoce bien la historia del socialismo, retorna por completo al socialismo premarxista, principalmente a su variante alemana, la más atrasada, sentimental y sensiblera de todas. Schlamm renuncia a la dialéctica y a la lucha de clases, por no hablar de la dictadura del proletariado. Para él, la cuestión de la transformación de la sociedad se reduce a la realización de ciertas verdades morales “eternas”, con las cuales quisiera imbuir a la humanidad, inclusive bajo el capitalismo.
El intento de Willi Schlamm de salvar al socialismo mediante el trasplante de una glándula moral fue recibido con alborozo y orgullo en la revista Novaya Rossiia (vieja revista provinciana rusa que ahora se publica en París) de Kerensky: como era de esperar, la jefatura de redacción proclama que Schlamm ha llegado a los principios del auténtico socialismo ruso, el cual mucho tiempo atrás contrapuso los sacros preceptos de fe, esperanza y caridad a la austeridad y rigor de la lucha de clases. La “nueva” doctrina de los socialrrevolucionarios rusos es, en sus premisas “teóricas”, un simple retorno al socialismo alemán anterior a marzo… ¡de 1848![3] Sin embargo, sería injusto exigirle a Kerensky un conocimiento de la historia de las ideas más profundo que el de Schlamm. Es mucho más importante señalar que este mismo Kerensky que se solidariza con Schlamm, cuando encabezó el gobierno acuso a los bolcheviques de agentes del estado mayor alemán y los persiguió. Vale decir que organizó los mismos fraudes judiciales contra los cuales Schlamm moviliza sus apolillados absolutos metafísicos.
No resulta difícil desentrañar el mecanismo psicológico de la reacción ideológica representada por Schlamm y otros de su especie. Es gente que participó durante un tiempo en un movimiento político que juraba fidelidad a la lucha de clases y apelaba, si no en los hechos al menos en las palabras, al materialismo histórico. Tanto en Austria como en Alemania el asunto culminó en una catástrofe. Schlamm saca una conclusión global: ¡he aquí el resultado de la dialéctica y de la lucha de clases! Y dado que la elección de revelaciones está restringida por la experiencia histórica y … por el conocimiento personal, nuestro reformador y buscador del Verbo se encuentra con un hato de ropa vieja y la opone valientemente al bolchevismo y al marxismo en su conjunto.
A primera vista, se diría que la reacción ideológica variante Schlamm es demasiado burda (de Marx a… ¡Kerensky!) como para detenerse en ella. En realidad, es muy aleccionadora: por su primitivismo, representa el común denominador de la reacción en todas sus formas, principalmente de aquellas expresadas en la condena total al bolchevismo.
“Retorno al marxismo”
El marxismo encontró su expresión histórica más elevada en el bolchevismo. Bajo la bandera bolchevique se realizó la primera victoria del proletariado y se instauró el primer estado obrero. Pero, dado que en la etapa actual la revolución de octubre condujo al triunfo de la burocracia con su sistema de represión, pillaje y fraude (a la “dictadura de la mentira”, en la expresión feliz de Schlamm) muchas mentes formales y simplistas llegan a la misma conclusión sumaria: no se puede luchar contra el estalinismo sin renunciar al bolchevismo. Como hemos visto, Schlamm va todavía más lejos: el bolchevismo, que degeneró en estalinismo, surgió del marxismo: por consiguiente, no se puede combatir al estalinismo sobre las bases sentadas por el marxismo. Otros individuos, menos consecuentes, pero más numerosos, dicen lo contrario: “Debemos volver del bolchevismo al marxismo.” ¿Cómo? ¿A qué marxismo? Antes de caer en “bancarrota” bajo la forma del bolchevismo, el marxismo ya había degenerado en socialdemocracia. ¿Significa, entonces, que “de vuelta al marxismo” es un salto por encima de las internacionales segunda y tercera… a la Primera Internacional? Pero también ésta se derrumbó en su momento. Por lo tanto, en última instancia, se trata de volver… a las obras completas de Marx y Engels. Cualquiera puede realizar este salto mortal sin abandonar su gabinete, sin siquiera quitarse las pantuflas. Pero, ¿cómo hemos de pasar de nuestros clásicos (Marx murió en 1883, Engels en 1895) a las tareas de nuestro tiempo, saltando varias décadas de luchas teóricas y políticas, incluido el bolchevismo y la revolución de octubre? Ninguno de los que propone renunciar al bolchevismo como tendencia histórica “en bancarrota” ha señalado otro camino. Por consiguiente, el problema se reduce a estudiar El capital. Por nuestra parte no hay objeción. Pero también los bolcheviques estudiaron El capital, y no con los ojos cerrados. Lo cual no impidió la degeneración del estado soviético y la realización de los procesos de Moscú. Entonces, ¿qué hacer?
¿Es el bolchevismo el responsable del estalinismo?
¿Es cierto que el estalinismo es un producto legítimo del bolchevismo, como sostienen todos los reaccionarios, como jura el mismo Stalin, como creen los mencheviques, anarquistas y ciertos doctrinarios de izquierda que se consideran marxistas? “Siempre lo hemos predicho, afirman. Al prohibir a los demás partidos socialistas, reprimir a los anarquistas e imponer la dictadura bolchevique en los sóviets, la revolución de octubre sólo podía culminar en la dictadura de la burocracia. Stalin es la continuación y, a la vez, la bancarrota del leninismo”.
La falla en este razonamiento radica en la tácita identificación del bolchevismo, la revolución de octubre y la Unión Soviética. Se remplaza al proceso histórico del choque de fuerzas hostiles por la evolución del bolchevismo en el vacío. Sin embargo, el bolchevismo es sólo una tendencia política, estrechamente fusionada con la clase obrera, mas no idéntica a la misma. Y en la Unión Soviética, aparte de la clase obrera, existen cien millones de campesinos, varias nacionalidades y una herencia de opresión, miseria e ignorancia. El estado construido por los bolcheviques refleja no sólo el pensamiento y la voluntad del bolchevismo, sino también el nivel cultural del país, la composición social de la población, la presión de un pasado bárbaro y un imperialismo mundial no menos bárbaro. Presentar el proceso de degeneración del estado soviético como la evolución de un bolchevismo puro, es ignorar la realidad social en nombre de uno solo de sus elementos, aislado mediante un acto de lógica pura. Basta llamar a este error elemental por su verdadero nombre, para destruirlo sin dejar vestigios.
Sea como fuere, el bolchevismo jamás se identificó con la revolución de octubre, ni con el estado surgido de ésta. El bolchevismo siempre se consideró un factor de la historia, el factor “consciente”, importante, pero de ninguna manera el decisivo. Jamás caímos en el pecado del subjetivismo histórico. Para nosotros, el factor decisivo (sobre la base de las fuerzas productivas existentes) era la lucha de clases, no a escala nacional, sino internacional.
Al hacer concesiones a la propiedad privada campesina, establecer reglas estrictas para el ingreso y pertenencia al partido, purgar al partido de elementos extraños, prohibir otros partidos, introducir la Nep, entregar la concesión de empresas a sectores privados, concertar acuerdos diplomáticos con los gobiernos imperialistas, los bolcheviques sacaban conclusiones parciales de un hecho que, en el terreno teórico, les resultaba claro desde el comienzo: que la conquista del poder, por importante que sea, de ninguna manera trasforma al partido en soberano del proceso histórico. El partido que se apodera del estado puede, por cierto, ejercer su influencia sobre el desarrollo de la sociedad con un poder que antes le resultaba inaccesible; pero, a cambio de ello, se decuplica la influencia que los demás elementos de la sociedad ejercen sobre él. Un ataque directo de las fuerzas hostiles puede arrojarlo del poder. Si el ritmo del proceso es más lento, puede degenerar internamente sin perder el poder. Esta es precisamente la dialéctica del proceso histórico que se les escapa a los lógicos sectarios para los cuales la decadencia del estalinismo constituye un argumento aniquilante contra el bolchevismo.
En esencia, lo que dicen estos caballeros es: el partido que no contiene en sí mismo la garantía contra su propia degeneración es malo. Con ese criterio, el bolchevismo está condenado, pues no tiene talismanes. Pero el criterio es erróneo. El pensamiento científico exige un análisis concreto: ¿cómo y por qué se degeneró el partido? Hasta el momento, sólo los bolcheviques han hecho ese análisis. Y no les resultó necesario romper con el bolchevismo: su arsenal les proveyó de todas las herramientas necesarias para aclarar su suerte. Llegaron a la siguiente conclusión: es cierto que el estalinismo “devino” del bolchevismo, pero no de manera mecánica, sino dialéctica; no como afirmación revolucionaria, sino como negación termidoriana. No es lo mismo.
El pronóstico fundamental del bolchevismo
Sin embargo, los bolcheviques no tuvieron que esperar a que se produjeran los procesos de Moscú para explicar las razones de la desintegración del partido gobernante de la URSS. Hace mucho tiempo ya que previeron y describieron la posibilidad teórica de ese proceso. Recordemos ese pronóstico que los bolcheviques formularon no sólo en vísperas, sino también muchos años antes de la revolución de octubre. Es posible que, en virtud de una determinada alineación de fuerzas nacionales e internacionales, el proletariado conquista el poder por primera vez en un país atrasado como es Rusia. Pero la misma alineación de fuerzas demuestra de antemano que, sin una victoria más o menos rápida del proletariado en los países adelantados, el gobierno obrero ruso no sobrevivirá. El régimen soviético abandonado a su propia suerte degenerará o caerá. Más precisamente, comenzará degenerando y luego caerá. Yo mismo lo he escrito más de una vez, a partir de 1905. En mi Historia de la revolución rusa (véase el apéndice del último tomo: “El socialismo en un solo país”) están las declaraciones formuladas por los dirigentes bolcheviques entre 1917 y 1923. Todas llevan a la misma conclusión: sin revolución en occidente el bolchevismo será liquidado por la contrarrevolución interna, la intervención extranjera, o una combinación de ambas. Lenin subrayó una y otra vez que la burocratización del estado soviético no era un problema teórico u organizativo, sino el comienzo potencial de la degeneración del estado obrero.
En el undécimo congreso del partido (marzo de 1922) Lenin habló del apoyo que ciertos políticos burgueses, como el profesor liberal Ustrialov, ofrecían a la Rusia soviética bajo la Nep. “Estoy a favor de apoyar al gobierno soviético dice Ustrialov, a pesar de haber sido un demócrata constitucional, burgués y partidario de la intervención.[4] Estoy a favor de apoyar al gobierno soviético porque ha tomado un rumbo que lo conducirá al estado burgués común”. Lenin prefiere la cínica voz del enemigo a las “sentimentales mentiras comunistas”. Sobria, ásperamente, advierte al partido del peligro: “Debemos decir francamente que las cosas que dice Ustrialov son posibles. La historia conoce todo tipo de metamorfosis. Confiar en la firmeza de las convicciones, en la lealtad y en otras magníficas cualidades morales es todo menos una actitud seria en política. Algunos pocos poseerán cualidades morales magníficas, pero los problemas históricos son resueltos por las grandes masas, las cuales tratan a los pocos sin miramientos si éstos no les gustan”. En fin, el partido no es el único factor del proceso y, a escala histórica más amplia, ni siquiera es el factor decisivo.
“Una nación conquista a la otra [prosigue Lenin en el mismo congreso, el último al que asistió]. Esto es sencillo, cualquiera lo puede entender. Pero, ¿qué sucede con la cultura de ambas naciones? Esto no es tan sencillo. Si la nación conquistadora es más culta que la vencida, aquélla le impone su cultura a ésta; si sucede lo contrario, los conquistados le imponen su cultura al conquistador. ¿No ha ocurrido algo parecido en la capital (de la república rusa)? ¿No ha sucedido que 4.700 comunistas (casi una división del ejército, y todos de lo mejor) se encuentran bajo la influencia de una cultura ajena?”
Esto se dijo a principios de 1922, y no por primera vez. La historia no la hacen los pocos, ni siquiera “los mejores”. Más aún: los “mejores” pueden degenerar en el espíritu de una cultura ajena, es decir, burguesa. Así como el estado soviético puede abandonar el socialismo, el Partido Bolchevique puede, en condiciones históricas desfavorables, perder su bolchevismo.
La Oposición de Izquierda surgió definitivamente en 1923 a partir de una comprensión clara de este peligro. Al registrar los síntomas de degeneración día a día, trató de oponer la voluntad consciente de la vanguardia proletaria al termidor creciente. Sin embargo, el factor subjetivo resultó insuficiente. Las “grandes masas” que, según Lenin, resuelven el resultado de la lucha, se cansaron de las privaciones internas y de aguardar a la revolución mundial. Su estado de ánimo decayó. La burocracia se impuso. Atemorizó a la vanguardia proletaria, pisoteó al marxismo, prostituyó al Partido Bolchevique. El estalinismo triunfó. El bolchevismo, bajo la forma de la Oposición de Izquierda, rompió con la burocracia soviética y su Comintern. Así fue el verdadero proceso.
Es cierto que, en sentido formal, el estalinismo surgió del bolchevismo. Hasta el día de hoy la burocracia de Moscú sigue autotitulándose Partido Bolchevique. Utiliza el viejo rótulo del bolchevismo para engañar mejor a las masas. Tanto más dignos de lástima son los teóricos que confunden el cascarón con el meollo, la apariencia con la realidad. Al identificar al estalinismo con el bolchevismo, le rinden el mejor de los servicios a los termidorianos y, precisamente por eso, desempeñan un papel evidentemente reaccionario.
Eliminados todos los demás partidos de la escena política, los intereses y tendencias políticas antagónicas de los diversos estratos de la población deben expresarse, en mayor o menor medida, en el partido gobernante. En la medida que el centro de gravedad político se ha desplazado de la vanguardia proletaria hacia la burocracia, se ha alterado tanto la estructura social como la ideología del partido. En quince años, el desarrollo precipitado del proceso le ha provocado una degeneración mucho más radical que la sufrida por la socialdemocracia en medio siglo. Después de la purga, la demarcatoria entre el estalinismo y el bolchevismo no es una línea sangrienta, sino todo un torrente de sangre. La aniquilación de toda la vieja generación bolchevique, de un sector importante de la generación intermedia, la que participó en la guerra civil, y del sector de la juventud que asumió seriamente las tradiciones bolcheviques, demuestra que entre el bolchevismo y el estalinismo existe una incompatibilidad que no sólo es política, sino también directamente física. ¿Cómo ignorarlo?
Estalinismo y “socialismo de estado”
Por su parte, los anarquistas quieren ver en el estalinismo un producto orgánico no sólo del bolchevismo y del marxismo, sino también del “socialismo de estado” en general. Están dispuestos a remplazar el concepto patriarcal de Bakunin de la “federación de comunas libres” por el concepto más moderno de federación de sóviets libres[5]. Pero, hoy como ayer, se oponen al poder estatal centralizado. En los hechos, un sector del marxismo “estatal” la socialdemocracia, llegó al poder y se convirtió en agente franco del capitalismo. Del otro surgió una casta privilegiada. Es evidente que la raíz del mal es el estado.
Desde un punto de vista histórico amplio, este razonamiento contiene una pizca de verdad. El estado, en tanto que aparato de coerción, es indudablemente una fuente de degeneración política y moral. La experiencia demuestra que esto también sucede en el caso del estado obrero. Puede decirse, por lo tanto, que el estalinismo es producto de una situación en la cual la sociedad fue incapaz de liberarse del chaleco de fuerza del estado. Pero esta situación no hace a la evaluación del marxismo y del bolchevismo: caracteriza tan sólo al nivel cultural general de la humanidad y, sobre todo, a la relación de fuerzas entre el proletariado y la burguesía. Aun coincidiendo con los anarquistas en que el estado, incluyendo al estado obrero, es hijo de la barbarie de clase y que la verdadera historia de la humanidad comenzará con la abolición del estado, queda planteado, con todo vigor, el siguiente interrogante: ¿cuáles serán las vías y métodos que conducirán, definitivamente, a la abolición del estado? La experiencia reciente nos demuestra que esos métodos no serán los del anarquismo, por cierto.
En el momento crítico, los dirigentes de la CNT, la única organización anarquista importante del mundo, entraron a un gabinete ministerial burgués. Para justificar su traición a los principios del anarquismo, invocaron la presión de las “circunstancias excepcionales”. ¿Pero acaso los dirigentes socialdemócratas alemanes no invocaron el mismo pretexto en su momento? Lógicamente, la guerra civil no es una situación pacífica, ni común, sino una “circunstancia excepcional”. Sin embargo, las organizaciones revolucionarias serias se preparan para actuar, precisamente, en “circunstancias excepcionales”. La experiencia de España demostró una vez más que se puede “negar” el estado en panfletos publicados en “circunstancias normales” con el permiso del estado burgués, pero que las circunstancias de la revolución no permiten “negar” el estado; por el contrario, exigen la conquista del estado. No tenemos la menor intención de condenar a los anarquistas por no haber abolido el estado de un plumazo. La conquista del poder (que los dirigentes anarquistas se mostraron incapaces de realizar, a pesar del heroísmo desplegado por los obreros anarquistas) de ninguna manera convierte al partido revolucionario en amo soberano de la sociedad. Pero sí condenamos severamente la teoría anarquista que, aunque aparentemente apta para épocas de paz, debió ser abandonada rápidamente cuando aparecieron las “circunstancias excepcionales” de… la revolución. Existían en los viejos tiempos ciertos generales (probablemente todavía existen) que decían que no hay cosa más dañina para un ejército que la guerra. A esa misma categoría pertenecen los revolucionarios cuya doctrina es destruida por la revolución.
Los marxistas coinciden plenamente con los anarquistas en cuanto al objetivo final: la abolición del estado. Los marxistas son “estatistas” tan sólo en la medida en que resulta imposible abolir el estado ignorándolo. La experiencia del estalinismo no refuta las lecciones del marxismo: las confirma a contrario. Evidentemente, la doctrina revolucionaria que enseña al proletariado a encontrar la orientación justa y a aprovechar activamente cada situación, no contiene una garantía automática de victoria. Pero sólo se puede alcanzar la victoria mediante la aplicación de esa doctrina. Por otra parte, no se debe visualizar a la victoria como un hecho único. Debe proyectársela sobre la perspectiva de la época histórica. El primer estado obrero (montado sobre bases económicas inferiores a las del imperialismo y rodeado por éste) se trasformó en la gendarmería del estalinismo. Pero el bolchevismo auténtico lanzó una lucha de vida o muerte contra esa gendarmería. Ahora el estalinismo, para mantenerse en el poder, se ve obligado a librar una guerra civil abierta contra el bolchevismo, bajo el rótulo de “trotskysmo”, no sólo en la URSS, sino también en España. El viejo Partido Bolchevique ha muerto, pero el bolchevismo levanta cabeza en todas partes.
Deducir al estalinismo del bolchevismo o del marxismo equivale, en un sentido más amplio, a deducir la contrarrevolución de la revolución. Esta perogrullada ha sido una característica permanente del pensamiento liberal-conservador y luego del reformista. Debido a la estructura de clases de la sociedad, las revoluciones siempre engendran contrarrevoluciones. ¿No significa esto, dice el lógico, que el método revolucionario tiene un defecto intrínseco? A pesar de ello, hasta el momento ni los liberales, ni los reformistas han podido hallar un método más económico. Pero si no es fácil racionalizar el proceso histórico viviente, no resulta en absoluto difícil encontrar una interpretación racional de sus sucesivas oleadas y deducir, por pura lógica, al estalinismo del “socialismo de estado”, el fascismo del marxismo, la reacción de la revolución, en fin, la antítesis de la tesis. En este terreno, como en muchos otros, el pensamiento anarquista cae en el racionalismo liberal. No puede haber pensamiento revolucionario auténtico sin dialéctica.
Los “pecados” políticos del bolchevismo como fuente del estalinismo
En ciertas ocasiones, los argumentos de los racionalistas asumen, al menos en su forma externa, un carácter más concreto. No deducen al estalinismo del bolchevismo en su totalidad, sino de sus pecados políticos.[6] Los bolcheviques, según Gorter, Pannekoek, ciertos “espartaquistas” alemanes y otros[7], remplazaron la dictadura del proletariado por la dictadura del partido; Stalin remplazó la dictadura del partido por la dictadura de su burocracia. Los bolcheviques destruyeron todos los partidos menos el propio; Stalin estranguló al Partido Bolchevique en el altar de su camarilla bonapartista. Los bolcheviques concertaron acuerdos con la burguesía; Stalin se convirtió en aliado y puntal de la burguesía. Los bolcheviques sostenían la necesidad de participar en los viejos sindicatos y en el parlamento burgués; Stalin buscó y consiguió la amistad de la burocracia sindical y de la democracia burguesa. Se pueden hacer comparaciones semejantes a voluntad. Con toda su aparente contundencia, su valor es nulo.
El proletariado sólo puede conquistar el poder por intermedio de su vanguardia. La necesidad del poder estatal es, de por sí, un producto del insuficiente nivel cultural y de la heterogeneidad de las masas. La vanguardia revolucionaria, organizada en partido, cristaliza las aspiraciones de libertad de las masas. Si la clase no confía en la vanguardia, si la clase no apoya a la vanguardia, ni siquiera puede hablarse de conquista del poder. En este sentido, la revolución y la dictadura proletarias son obra de la clase en su conjunto, pero sólo bajo la dirección de la vanguardia. Los sóviets son sólo la forma organizada del vínculo entre la vanguardia y la clase. Sólo el partido puede darle a esta forma un contenido revolucionario, tal como lo demuestran la experiencia positiva de la revolución de octubre y la experiencia negativa de otros países (Alemania, Austria, ahora España). Nadie ha demostrado en la práctica, ni tratado de explicar en forma articulada sobre el papel, cómo el proletariado puede conquistar el poder sin la dirección política de un partido que sabe lo que quiere. La subordinación política de los sóviets a los dirigentes del partido, a través del partido, no abolió el sistema soviético, de la misma manera que la mayoría conservadora no ha abolido el sistema parlamentario británico.
En cuanto a la prohibición de los demás partidos soviéticos, ésta no es producto de una “teoría” bolchevique, sino una medida de defensa de la dictadura en un país atrasado y devastado, rodeado de enemigos. Los bolcheviques comprendieron claramente, desde el principio, que esta medida, complementada posteriormente con la prohibición de fracciones en el propio partido gobernante, señalaba un peligro enorme. Sin embargo, el peligro no radicaba en la doctrina, ni en la táctica, sino en la debilidad material de la dictadura y en las dificultades internas e internacionales. Si la revolución hubiera triunfado tan sólo en Alemania, hubiera desaparecido por completo la necesidad de prohibir los partidos soviéticos. Es absolutamente indiscutible que la dominación del partido único sirvió como punto de partida jurídico para el sistema totalitario estalinista. Pero la causa de este proceso no está en el bolchevismo, ni en la prohibición de los demás partidos como medida transitoria de guerra, sino en las derrotas del proletariado en Europa y Asia.
Lo mismo puede decirse de la lucha contra el anarquismo. Durante el período heroico de la revolución los bolcheviques pelearon hombro a hombro con los anarquistas auténticamente revolucionarios. Muchos pasaron a las filas del partido. Más de una vez, Lenin y el autor de estas líneas discutieron la posibilidad de conceder a los anarquistas determinados territorios donde, con el consentimiento de la población local, pudieran realizar la experiencia de abolir el estado. Pero la guerra civil, el bloqueo y la hambruna no permitieron dar cabida a tales planes. ¿La insurrección de Cronstadt? Pero, naturalmente, el gobierno revolucionario no podía “regalar” la fortaleza que defendía la capital a los marineros insurrectos, simplemente porque unos cuantos anarquistas vacilantes se unieron a la rebelión reaccionaria de los soldados y campesinos. El análisis histórico concreto de los acontecimientos reduce a polvo todas las leyendas, basadas en la ignorancia y en el sentimentalismo, sobre Cronstadt, Majnó y otros episodios de la revolución.
Sólo resta el hecho de que, desde el comienzo, los bolcheviques aplicaron no sólo la convicción, sino también la compulsión, frecuentemente de la manera más brutal. También es indudable que la burocracia que surgió de la revolución posteriormente monopolizó el sistema coercitivo para sus propios fines. Cada etapa del desarrollo, incluso etapas tan catastróficas como la revolución y la contrarrevolución, deriva de la etapa precedente y hunde sus raíces en ella y de ella toma prestados determinados rasgos. Los liberales, inclusive los Webb, han dicho siempre que la dictadura bolchevique es una nueva versión del zarismo.[8] Cierran los ojos ante “detalles” tales como la abolición de la monarquía y de la nobleza, la entrega de la tierra a los campesinos, la expropiación del capital, la introducción de la economía planificada, la educación atea, etcétera. Asimismo, el pensamiento liberal-anarquista olvida que la revolución bolchevique, con toda su coerción, significó un trastocamiento de todas las relaciones sociales en bien de las masas, mientras que el trastocamiento estalinista termidoriano acompaña a la transformación de la sociedad soviética en bien de los intereses de una minoría privilegiada. Evidentemente, el pensamiento que identifica al estalinismo con el bolchevismo no contiene un grano de criterio socialista.
Problemas de teoría
Uno de los rasgos más sobresalientes del bolchevismo ha sido su actitud severa, exigente, inclusive irascible con respecto a las cuestiones teóricas. Los veintisiete volúmenes de las obras de Lenin permanecerán para siempre como un ejemplo de la más elevada seriedad teórica[9]. Sin esta cualidad fundamental, el bolchevismo jamás hubiera podido realizar su misión histórica. En esta esfera, el estalinismo, grosero, ignorante y totalmente empírico, se encuentra en el polo opuesto.
Hace ya más de diez años, la Oposición [Conjunta] declaró en su programa: “Desde la muerte de Lenin, se han creado toda una serie de nuevas teorías, simplemente para justificar, en teoría, la distancia del grupo Stalin del camino de la revolución proletaria.”[10] Hace pocos días, el autor norteamericano Liston. M. Oak, quien participó en la revolución española, escribió lo siguiente: “Hoy en día los estalinistas son los mayores revisionistas de Marx y Lenin: Bernstein no se atrevió a recorrer ni la mitad del camino que ha recorrido Stalin en la revisión de Marx.”[11] Es totalmente cierto. Sólo falta agregar que Bernstein debía satisfacer ciertas necesidades teóricas: trató conscientemente de establecer la relación entre la práctica reformista y el programa de la socialdemocracia. La burocracia estalinista, en cambio, es ajena no sólo al marxismo, sino también a cualquier doctrina o sistema. Su “ideología” está imbuida de subjetivismo policíaco; su práctica es la empírica de la violencia desnuda. Por la naturaleza misma de sus intereses esenciales, esta casta de los usurpadores es hostil a toda teoría: ella no puede rendir cuenta de su rol social ni a sí misma ni a nadie más. Stalin revisa a Marx y a Lenin, pero no con la pluma del teórico, sino con la bota de la GPU.
El problema moral
Los que más se quejan de la “inmoralidad” de los bolcheviques son esas nulidades jactanciosas a quienes el bolchevismo arrancó sus máscaras baratas. Los círculos pequeñoburgueses, intelectuales, democráticos, “socialistas”, literarios, parlamentarios y otros, conservan los valores convencionales, o emplean un lenguaje convencional para ocultar su falta de valores. Esta vasta y abigarrada cooperativa de protección mutua (“vive y deja vivir”) no puede soportar el roce del escalpelo marxista en su sensible epidermis. Esos teóricos, escritores y moralistas que oscilan entre los distintos campos, pensaban y siguen pensando que los bolcheviques exageran arteramente las diferencias, que son incapaces de colaborar en forma “leal” y que, con sus “intrigas”, rompen la unidad del movimiento obrero. Por su parte, el centrista sensible y remilgado siempre ha creído que los bolcheviques lo “calumniaban”, simplemente porque desarrollaban los vagos pensamientos del centrista hasta el fin: él jamás pudo hacerlo. Pero es un hecho que sólo la invalorable cualidad de mantener una actitud intransigente hacia todo lo que sea sofisma y evasión le permite al partido revolucionario educarse y no ser sorprendido por “circunstancias excepcionales”.
En última instancia, las cualidades morales de cualquier partido derivan de los intereses históricos que éste representa. Las cualidades morales bolcheviques de abnegación, desinterés, audacia y desprecio por todo oropel y falsedad (¡las más grandes cualidades del ser humano!) derivan de su intransigencia revolucionaria al servicio de los oprimidos. En este terreno, la burocracia estalinista imita los términos y gestos del bolchevismo. Pero la “intransigencia” y la “inflexibilidad”, aplicadas por un aparato policial al servicio de una minoría privilegiada, se convierten en fuente de desmoralización y gansterismo. Sólo podemos sentir desprecio por esos caballeros que identifican el heroísmo revolucionario de los bolcheviques con el cinismo burocrático de los termidorianos.
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Hoy en día, a pesar de los acontecimientos dramáticos del pasado reciente, el filisteo común quiere creer que el choque entre el bolchevismo (“trotskysmo”) y el estalinismo es un mero choque de ambiciones personales o, en el mejor de los casos, entre dos “matices” del bolchevismo. Tenemos la expresión más grosera de esta opinión en Norman Thomas, dirigente del Partido Socialista Norteamericano: “Existen pocas razones para creer [escribe en American Socialist Review, setiembre de 1937, página 6] que si el ganador (¡!) hubiera sido Trotsky en lugar de Stalin, se hubieran terminado las intrigas, conjuras y el reino del terror en Rusia.” El hombre que esto escribe se considera… marxista. Aplicando el mismo criterio, podríamos decir: “Existen pocas razones para creer que, si el titular de la Santa Sede no fuera Pío XI sino Norman I, la iglesia católica se transformaría en un bastión del socialismo.”
Thomas se niega a comprender que no se trata de una pelea entre Stalin y Trotsky, sino del antagonismo entre la burocracia y el proletariado. Es cierto que la burocracia gobernante se ve obligada inclusive hoy a adaptarse a la herencia de la revolución, aun no totalmente liquidada, a la vez que prepara un cambio en el régimen social a través de la guerra civil (“purga” sangrienta: aniquilación en masa de los descontentos). Pero en España la camarilla estalinista ya actúa abiertamente como baluarte del orden burgués contra el socialismo. Ante nuestros ojos, la lucha contra la burocracia bonapartista se trasforma en lucha de clases: dos mundos, dos programas, dos morales. Si Thomas piensa que la victoria del proletariado socialista sobre la infame casta de opresores no regeneraría política y moralmente al régimen soviético, entonces demuestra que, a pesar de sus reservas, evasiones y suspiros piadosos, se encuentra mucho más cerca de la burocracia estalinista que de los obreros.
Thomas, al igual que todos los que se enfurecen con la “inmoralidad” bolchevique, no está a la altura de la moral revolucionaria.
Las tradiciones bolcheviques y la Cuarta Internacional
Los “izquierdistas” que trataron de “volver” al marxismo pasando por alto al bolchevismo, generalmente cayeron en panaceas aisladas: boicot a los viejos sindicatos, boicot al parlamento, creación de sóviets “auténticos”. Todo esto podía parecer muy profundo al calor de los primeros días de la posguerra. Ahora, después de las experiencias recientes, semejantes “enfermedades infantiles” ni siquiera resultan interesantes como objetos de estudio. Los holandeses Gorter y Pannekoek, los “espartaquistas” alemanes, los bordiguistas italianos, quisieron demostrar su independencia del bolchevismo: exaltaron artificialmente una de sus características y la opusieron a las demás.[12] Pero nada queda de estas tendencias de “izquierda”, ni en la teoría, ni en la práctica; prueba indirecta pero contundente de que el bolchevismo es el único marxismo posible para nuestra época.
El Partido Bolchevique mostró en la acción la combinación de la mayor audacia revolucionaria con el realismo político. Mostró por primera vez cuál es la única relación entre vanguardia y clase capaz de garantizar la victoria. Demostró en la experiencia que la alianza entre el proletariado y las masas oprimidas de la pequeña burguesía rural y urbana requiere la previa derrota política de los partidos pequeñoburgueses tradicionales. El Partido Bolchevique le mostró al mundo entero cómo se debe realizar la insurrección armada y la conquista del poder. Quienes contraponen la abstracción de los sóviets a la dictadura del partido deben comprender que sólo gracias a la dirección bolchevique pudieron los sóviets elevarse del fango del reformismo y acceder a la forma estatal proletaria. En la guerra civil, el Partido Bolchevique logró la combinación justa de arte militar y política marxista. Si la burocracia estalinista lograra destruir los cimientos económicos de la nueva sociedad, la experiencia de la economía planificada bajo la dirección bolchevique pasará igualmente a la historia como una de las más grandes lecciones de la humanidad. Sólo pueden ignorarlo los sectarios lastimados y ofendidos, que le han vuelto la espalda al proceso histórico.
Pero no es todo. El Partido Bolchevique pudo realizar su magnífica obra “práctica” porque iluminó todos sus pasos con la teoría. El bolchevismo no creó la teoría: se la proporcionó el marxismo. Pero el marxismo es la teoría del movimiento, no del estancamiento. Sólo los acontecimientos de gran envergadura histórica podrían enriquecer la propia teoría. El bolchevismo hizo aportes invalorables al marxismo: el análisis de la época imperialista como época de guerras y revoluciones; de la democracia burguesa en la era de la decadencia capitalista; de la relación recíproca entre huelga general e insurrección; del papel del partido, los sóviets y los sindicatos en la revolución proletaria; la teoría del estado soviético, la economía de transición, el fascismo y el bonapartismo en la época de decadencia capitalista; por último, el análisis de la degeneración del propio Partido Bolchevique y del estado soviético. Nómbrese alguna tendencia que haya agregado algún aporte esencial a las conclusiones y generalizaciones del bolchevismo. En los terrenos teórico y político, Vandervelde, De Brouckere, Hilferding, Otto Bauer, león Blum, Zyromsky, ni qué hablar del mayor Attlee y Norman Thomas, viven de los restos podridos del pasado16. La expresión más grosera de la degeneración de la Comintern es su descenso al nivel teórico de la Segunda Internacional. Los grupos intermedios en todas sus variantes (Partido Laborista Independiente de Gran Bretaña, POUM y demás) adaptan retazos tomados al azar de Marx y Lenin a sus necesidades de cada semana. Nada pueden enseñar a los obreros.
Sólo los fundadores de la Cuarta Internacional, que han asumido la tradición de Marx y Lenin, mantienen una actitud seria hacia la teoría. Los filisteos pueden burlarse de los revolucionarios que, veinte años después de la revolución de octubre, vuelven a convertirse en modestos grupos de propaganda y preparación. En este terreno, como en tantos otros, los grandes capitalistas demuestran ser mucho más perspicaces que los pequeños burgueses que se consideran “socialistas” o “comunistas”. No es casual que el tema de la Cuarta Internacional no desaparezca de las columnas de la prensa mundial. La candente necesidad histórica de construir una dirección revolucionaria le asegura a la Cuarta Internacional un ritmo de crecimiento excepcionalmente rápido. La mayor garantía de su futuro éxito radica en que no ha surgido apartada del gran camino histórico, sino como producto orgánico del bolchevismo.
29 de agosto de 1937
¿Qué significa la lucha contra el trotskysmo?
(Sobre Lombardo Toledano y otros agentes de la GPU)
9 de octubre de 1938
En muchas cartas y conversaciones se me preguntó sobre el significado de la lucha que actualmente se libra en la Unión Soviética y por qué en otros países, especialmente en México, varios dirigentes del movimiento obrero abandonaron sus tareas específicas para emprender una campaña de calumnias contra mí personalmente, pese a que no me inmiscuyo en los problemas internos de este país. Aprecio estas preguntas porque me brindan la oportunidad de contestarlas públicamente con la mayor claridad y precisión posible.
En primer lugar, hay que entender claramente que cuando se libra una lucha política de gran importancia, especialmente si involucra a decenas y centenas de miles de personas, no se la puede explicar en términos de motivos “personales”. No poca gente superficial y esquemática atribuye la lucha entre trotskystas y estalinistas a la ambición personal. Esta puede impulsar a algunos políticos individualmente, pero en la Unión Soviética se ejecutó y se sigue ejecutando a miles y miles de personas acusadas de “trotskystas”. ¿Puede ser que tanta gente sacrifique su posición, su libertad, su vida y frecuentemente la vida de sus familiares solamente por la ambición de un solo individuo, es decir de Trotsky? Y a la inversa; es igualmente absurdo pensar que se puede explicar la política estalinista en función de la ambición personal de Stalin. Esta lucha traspasó hace mucho las fronteras de la Unión Soviética. Para entender correctamente el significado del conflicto que actualmente divide al movimiento obrero de todo el mundo hay que dejar de lado, antes que nada, toda la hueca charlatanería sobre los motivos personales y comenzar a analizar las causas históricas que lo engendraron.
Todo el mundo conoce, aunque sea a rasgos generales, las causas y problemas de la revolución que estalló en Rusia en octubre de 1917. Fue la primera revolución triunfante de las masas oprimidas, dirigidas por el proletariado. El objetivo de la revolución era abolir la explotación y la desigualdad entre las clases, crear una nueva sociedad socialista basada en la propiedad colectiva de la tierra, las minas y las fábricas, y lograr una distribución racional y justa de los productos del trabajo entre todos los miembros de la sociedad. Cuando estábamos haciendo esta revolución, muchos socialdemócratas (oportunistas reformistas como Lewis, Jouhaux, Lombardo Toledano, Laborde, etcétera) nos decían que no podríamos tener éxito, que Rusia era un país demasiado atrasado, que no podríamos construir allí el comunismo, etcétera. Respondíamos lo siguiente: por supuesto, considerado aisladamente, Rusia es un país demasiado atrasado e incivilizado como para poder construir por su cuenta una sociedad comunista. Pero, agregábamos, Rusia no está sola. En el mundo hay países capitalistas mucho más avanzados, con un nivel tecnológico y cultural mucho mayor y un proletariado mucho más desarrollado. Nosotros, los rusos, estamos comenzando la revolución socialista, es decir, vamos dando los primeros pasos audaces hacia el futuro. Pero los obreros alemanes, franceses e ingleses comenzarán su lucha revolucionaria inmediatamente después que nosotros, conquistarán el poder en esos países y luego nos ayudarán con su tecnología y cultura superiores. Bajo la dirección del proletariado de los países más avanzados, hasta los pueblos más atrasados (India, China, Latinoamérica) emprenderán la nueva senda socialista. Así llegaremos gradualmente a la instauración de una nueva sociedad socialista a escala mundial.
Como se sabe, nuestras esperanzas de que se hiciera pronto una revolución proletaria en Europa no se materializaron. ¿Por qué? No porque las masas trabajadoras no lo hayan querido. Por el contrario, después de la Gran Guerra de 1914 el proletariado de los países europeos comenzó a luchar contra la burguesía imperialista y se demostró totalmente dispuesto a tomar el poder. ¿Qué fue lo que lo hizo retroceder? Los dirigentes, los burócratas obreros conservadores, los señores de la calaña de Lewis y Jouhaux, los maestros de Lombardo Toledano.
Para lograr sus objetivos la clase obrera tiene que crear sus organizaciones, los sindicatos y el partido político. En este proceso una capa de burócratas, secretarios de los sindicatos y de otras organizaciones, diputados, periodistas, etcétera, se eleva por encima del sector explotado. Los elevan tanto sus condiciones materiales de vida como su influencia política. Pocos son los que mantienen una íntima relación con la clase obrera y permanecen leales a sus intereses. Los más comienzan a mirar a los que están por encima de ellos en lugar de mirar a los que están debajo. Empiezan a ponerse del lado de la burguesía, olvidando los sufrimientos, las miserias y las esperanzas de la clase trabajadora. Esta es la causa de muchas de las derrotas infligidas al proletariado.
Más de una vez vimos a través de la historia que partidos y organizaciones surgidos del movimiento popular sufrieron luego una degeneración total. Es lo que sucedió en su momento con la iglesia cristiana, que comenzó como un movimiento de pescadores, carpinteros, de los oprimidos y de los esclavos y luego engendró una poderosa, rica y cruel jerarquía eclesiástica. Es lo que nosotros mismos presenciamos que les sucedió a los partidos de la Segunda Internacional, que se alejaron gradualmente de los reales intereses del proletariado y fueron empujados hacia la burguesía. Durante la guerra, la socialdemocracia defendió en todos los países a su imperialismo nacional, es decir a los intereses del capital usurpador, vendiendo a los obreros y a los pueblos coloniales. Cuando los movimientos revolucionarios comenzaron, en el transcurso del conflicto bélico, la socialdemocracia, el partido que tendría que haber llevado a los trabajadores a la insurrección, ayudó de hecho a la burguesía a destrozar el movimiento obrero. La traición enquistada en su estado mayor paralizó al proletariado.
Por eso nunca se concretaron las expectativas de una revolución europea y mundial para después de la guerra. La burguesía siguió aferrada a su riqueza y poder. Sólo en Rusia, donde existía un partido verdaderamente revolucionario, el Partido Bolchevique, el proletariado ganó y creó el estado obrero. Sin embargo, la Unión Soviética se encontró aislada. Los trabajadores de los países más ricos y avanzados no podían ayudarla. En consecuencia, el proletariado ruso se encontró en una situación muy difícil.
Si el nivel tecnológico de Rusia hubiera sido tan elevado como el de Alemania o el de Estados Unidos, la economía socialista hubiera producido desde el comienzo todo lo necesario para satisfacer las necesidades cotidianas del pueblo. En esas circunstancias la burocracia soviética no hubiera podido jugar un rol importante, ya que el alto nivel tecnológico también hubiera implicado un alto nivel cultural, y los obreros nunca hubieran permitido que la burocracia les diera órdenes. Pero Rusia era un país pobre, atrasado, incivilizado. Además, estaba devastado por años de guerra imperialista y civil. Esa es la razón por la que, a pesar de los enormes progresos realizados, la nacionalización de la tierra, las fábricas y las minas, no pudo producir rápidamente -y aún hoy no se lo logra la cantidad de mercancías necesarias como para satisfacer las necesidades cotidianas de la población. Y la escasez de bienes implica inevitablemente la lucha por esos bienes. La burocracia interviene en esta lucha; hace de árbitro, divide, les da a unos, les quita a otros. Por supuesto, en este proceso la burocracia no deja de preocuparse por ella misma. Hay que tener en cuenta que en la URSS la burocracia no está sólo en el partido o en los sindicatos sino también en el aparato estatal. La burocracia tiene a su disposición toda la propiedad nacionalizada, la policía, la justicia, el ejército y la armada.
El control sobre la economía y la distribución de las mercancías dio a la burocracia soviética la oportunidad de concentrar toda la autoridad en sus manos, evitando que las masas trabajadoras tengan acceso al poder. De este modo, en el país de la revolución de octubre una nueva capa privilegiada se eleva por sobre las masas y dirige el país con métodos idénticos a los que utiliza el fascismo. Los sóviets de obreros y campesinos ya no juegan ningún rol. Todo el poder está en manos de la burocracia. La persona que gobierna es el jefe de esta burocracia: Stalin.
Es imposible afirmar que la URSS marcha hacia la igualdad socialista. En lo que hace a la situación material, el estilo de vida de la capa superior de la burocracia es el mismo que el de la gran burguesía de los países capitalistas. La capa media vive más o menos como la burguesía mediana, y los obreros y campesinos, finalmente, viven en condiciones mucho más difíciles que los obreros y campesinos de los países avanzados. Esta es la simple verdad.
Se podría preguntar: ¿significa esto que la revolución de octubre fue un error? Esa conclusión sería, sin duda, totalmente equivocada. La revolución no es el resultado de los esfuerzos de una sola persona o de un solo partido. La revolución estalla como culminación de un proceso histórico, cuando las masas populares ya no quieren tolerar más las antiguas formas de opresión. Pese a todo, la revolución de octubre posibilitó grandes avances. Nacionalizó los medios de producción y, a través de la economía planificada, permitió el rapidísimo desarrollo de las fuerzas productivas. Es un enorme paso adelante. Toda la humanidad aprendió de esta experiencia. La revolución de octubre dio un tremendo impulso a la conciencia de las masas populares. Despertó en ellas un espíritu de independencia e iniciativa. Si bien en muchos aspectos la situación de los trabajadores es difícil, sin embargo, es mucho mejor que bajo el zarismo. No; la revolución de octubre no fue “un error”. Pero en una Rusia aislada no podía lograr su objetivo fundamental, el establecimiento de una sociedad fraternal, socialista. Esta meta está todavía por lograrse.
Desde el momento en que en la URSS un nuevo sector parasitario se impuso al proletariado, la lucha de las masas se dirigió naturalmente contra la burocracia como obstáculo principal en el camino al socialismo. Para justificar su existencia, la burocracia explica que “se ha llegado” al socialismo gracias a sus esfuerzos. En realidad, la cuestión social sólo se resolvió para la burocracia, cuyo nivel de vida dista de ser malo.
“Yo soy el estado [razona la burocracia]. En la medida en que las cosas anden bien para mí, todo está en orden.” No hay nada de sorprendente en el hecho de que las masas populares, que no salieron de la miseria, alberguen sentimientos de hostilidad y odio hacia esta nueva burocracia que se devora una gran parte de los frutos de su trabajo.
Mientras pretende defender los intereses del socialismo, la burocracia en realidad defiende sus propios intereses, y ahoga y extermina inevitablemente a cualquiera que plantee una crítica contra la opresión y la terrible desigualdad existentes en la Unión Soviética. La burocracia apoya a Stalin porque éste defiende resuelta e implacablemente su situación privilegiada. Quien no entendió esto no entendió nada.
Es absolutamente natural que los trabajadores, que en el lapso de doce años (1905 a 1917) hicieron tres revoluciones, estén disconformes con este régimen y hayan intentado más de una vez controlar a la burocracia. En la Unión Soviética, a estos representantes de la clase obrera disconforme, que critican y protestan, se los llama trotskystas porque su programa se corresponde con el que yo defiendo en la prensa. Si la burocracia luchara por los intereses del pueblo podría castigar a sus enemigos ante las masas, y por crímenes reales, no inventados. Pero como la burocracia sólo lucha por sus propios intereses y contra los del pueblo y sus verdaderos amigos, obviamente no puede decir la verdad sobre las causas de las innumerables persecuciones, arrestos y ejecuciones. En consecuencia, la burocracia acusa a todos los que llama trotskystas de crímenes monstruosos que no cometieron ni pueden cometer. Para fusilar a un opositor que defiende los intereses vitales de los trabajadores, la burocracia simplemente lo llama “agente fascista”. No se pueden controlar esas actividades de la burocracia. Durante los procedimientos judiciales secretos, que se realizan al estilo de la Santa Inquisición, se extraen de los acusados confesiones de crímenes increíbles. Así son los juicios de Moscú, que conmovieron a todo el mundo. Según estos juicios, parecería que la vieja guardia bolchevique, la generación que libró junto a Lenin la lucha suprema por la conquista del poder por la clase obrera, estaba en realidad formada por espías y agentes de la burguesía. Simultáneamente se liquidó a los mejores representantes de la generación siguiente, que soportó sobre sus espaldas todo el peso de la guerra civil (1918 a 1921).
¿Entonces la revolución de octubre la hicieron los fascistas? ¿Y la guerra civil obrera y campesina fue dirigida por traidores? ¡No! ¡Es una calumnia despreciable contra la revolución y el bolchevismo! El factor básico de esta calumnia es que fueron precisamente esos bolcheviques, que tenían un verdadero pasado revolucionario, los primeros en protestar contra la nueva casta burocrática y sus monstruosos privilegios. La burocracia, que le tiene un terror mortal a la oposición, llevó a cabo una lucha incansable contra los representantes del viejo Partido Bolchevique y, finalmente, los exterminó a casi todos. Esta es la simple verdad.
La burocracia de Moscú cuenta en todo el mundo con una inmensa cantidad de agentes para mantener su autoridad en el extranjero, para aparecer como representante de la clase obrera y defensora del socialismo, y mantener bajo su férula a la clase obrera mundial. Con ese fin gasta decenas de millones de dólares por año. Muchos de estos agentes secretos son dirigentes del movimiento obrero, funcionarios sindicales o de los llamados partidos “comunistas”, que de hecho no tienen nada que ver con el comunismo. La tarea de estos agentes pagados por el Kremlin consiste en engañar a los trabajadores presentando los crímenes de la burocracia soviética como “actos en defensa del socialismo”, calumniando a los obreros rusos avanzados que luchan contra la burocracia y tachando de “fascistas” a los verdaderos defensores de los obreros. “¡Pero es un rol repugnante!”, exclama todo trabajador honesto. Nosotros también creemos que es repugnante.
Lombardo Toledano, el secretario general de la CTM, es uno de los más celosos y desvergonzados agentes de la burocracia de Moscú. Su despreciable actividad se desarrolla ante los ojos de todo el mundo. Defiende a Stalin, su violencia y sus traiciones, a sus provocadores y a sus verdugos. No sorprende en lo más mínimo que Toledano sea el más ávido enemigo del trotskysmo. ¡Es el trabajo de este señor!
Hace un año y medio la Comisión Investigadora Internacional comenzó a revisar los juicios de Moscú. Toledano, junto con otros estalinistas, fue invitado a participar en esta comisión.
¡Presenten sus acusaciones, aporten evidencias! Sin embargo, Toledano rehusó la invitación con una falsa y cobarde excusa: la comisión, según él, “no era imparcial”. Entonces, ¿por qué el “imparcial” Toledano no aprovechó la oportunidad para demostrar públicamente la “parcialidad” de la comisión? Porque no dispone de ninguna evidencia para respaldar las calumnias que repite, siguiendo las órdenes de Moscú.
La comisión internacional, formada por personas conocidas en todo el mundo por su integridad, publicó los resultados de su trabajo en dos volúmenes de más de mil páginas. Se examinaron todos los documentos. Se interrogó a decenas de testigos. Se analizó detalladamente cada mentira y cada calumnia. La comisión resolvió unánimemente que todas las acusaciones contra mí y mi hijo menor León Sedov son malignas mentiras fabricadas por Stalin. ¿Qué respondieron Stalin y sus agentes? Nada, ni una palabra. A pesar de ello, Toledano continúa presentando y defendiendo las falsas acusaciones de Moscú y agregando otras de hechura propia. “¡Pero es vergonzoso!”, exclamará todo trabajador honesto. Absolutamente cierto. ¡Está más allá de toda descripción!
En febrero, el congreso de la CTM votó una resolución contra Trotsky y los “trotskystas”. La resolución repite, palabra por palabra, las falsas acusaciones del fiscal Vishinsky, que era abogado de los magnates petroleros del Cáucaso antes de la revolución y conocido desde hace mucho como un completo canalla. ¿Cómo puede el congreso de una organización obrera adoptar una resolución tan desgraciada? La responsabilidad directa recae sobre Lombardo Toledano, que en este caso no actuó como secretario de un sindicato sino como agente de la policía secreta de Stalin, la GPU.
Ni hace falta aclarar que personalmente no tengo ningún inconveniente en que las organizaciones obreras mexicanas se formen una opinión sobre el “trotskysmo” como tendencia política y hagan públicas sus conclusiones. Pero para ello tienen que examinar la cuestión con honestidad; es un requisito elemental de democracia obrera. Antes del congreso todos los sindicatos tendrían que haber analizado el problema del “trotskysmo”. Los que lo apoyan tendrían que haber contado con la oportunidad de expresar sus posiciones directamente ante los trabajadores. Más aún; en un congreso evidentemente preparado para juzgarme, la más elemental cortesía exigía que se me invitara para explicarme personalmente. En realidad, las maquinaciones impuestas por Moscú se realizaron no sólo a espaldas mías sino de todos los obreros mexicanos. Nadie se enteró anticipadamente de que en el congreso se trataría el problema de Trotsky y del “trotskysmo”. Para servir a los objetivos de Stalin, Toledano conspiró contra los trabajadores mexicanos. Los delegados al congreso no disponían de ningún material informativo; los sorprendieron como en una emboscada militar. Toledano impuso la innoble resolución de la misma manera en que Stalin, Hitler y Göebbels aplican las decisiones del “pueblo”. Este método indica un “totalitario” desprecio por la clase obrera. Al mismo tiempo, Toledano exige que el gobierno mexicano me haga callar y me prive de la oportunidad de defenderme contra los calumniadores. ¡Este es el campeón de la “democracia”, Lombardo Corazón de León!
Sin embargo, no se limitó a repetir simplemente las falsedades oficiales del fiscal Vishinsky en Moscú. Toledano emplea también su imaginación. Poco tiempo después de mi llegada a México, afirmó públicamente que yo estaba preparando una huelga general contra el gobierno del general Cárdenas. Es obvio lo absurdo de esta “acusación”, pero el absurdo no es ningún obstáculo para Toledano: Moscú exige abnegación y obediencia. El mismo Toledano afirmó en México, Nueva York, París y Oslo que en todo México yo no contaba con más de diez amigos, cantidad que luego se redujo a cinco y finalmente a dos. Si es así, ¿cómo podría yo organizar una huelga general y una conspiración? Por otra parte, ¿qué pasó con todos mis “amigos” de la derecha, los fascistas, los “camisas pardas”, etcétera? Como puede verse, el nivel intelectual de las acusaciones de Toledano no difiere mayormente del nivel de las acusaciones dirigidas en Moscú contra los opositores a la burocracia. Pero Toledano no tiene una GPU propia que lo defienda de los críticos a punta de revólver. ¡Por eso tendría que haber sido más cauteloso!
El otro agente mexicano de la GPU, Laborde, dirigente del llamado partido “comunista” (¡quién podría creerlo!) declaró en una solemne reunión celebrada el pasado otoño, frente a una gran audiencia en la que figuraba el presidente de la república, que yo me había aliado secretamente con (¡atención!) el general Cedillo y Vasconcelos con el fin, por supuesto, de dar un golpe de estado fascista. Laborde, que se comprometía y deshonraba a su partido, tuvo que lanzar una acusación tan idiota sólo porque, como Toledano, había recibido órdenes de Moscú de actuar de esa manera; y en Moscú se perdió hace mucho todo sentido de la proporción, no sólo en lo que hace a la moralidad sino a la lógica y a la psicología. El estudiante no puede ubicarse en un nivel superior al del maestro. El agente de la GPU no puede hacer lo que le place. Tiene que seguir las órdenes de su patrón. No hacerlo significaría que el partido de Laborde perdería inmediatamente los subsidios de Moscú y se derrumbaría como un mazo de naipes.
El verano pasado hice un viaje por México para conocer mejor el país que nos ofreció, a mi esposa y a mí, una hospitalidad tan generosa. En El Popular, el periódico de Toledano, se publicó la noticia de que durante mi viaje me había reunido con algunos contrarrevolucionarios, especialmente con el pro fascista doctor Atl. Declaré a la prensa que no conocía al doctor Atl. Pero mi categórica negativa no detuvo al señor Toledano; siguió publicando notas y caricaturas mostrándome en compañía de ese hombre. ¿Qué significa esto? Toledano es abogado, sabe qué quiere decir “calumnia” y “falso testimonio”. Sabe que nada desacredita tanto a una persona como la divulgación de una calumnia consciente inspirada en razones personales. ¿Cómo puede caer tan bajo, sacrificando su reputación de dirigente obrero y de persona honesta? Es probable que Toledano sienta corroída su conciencia. Pero se desliza por una pendiente. Cae y no puede detenerse. No les es fácil a las víctimas de la GPU escapar de sus garras.
Se podría objetar que le doy demasiada importancia a Toledano, pero no es así. Toledano no es un problema individual, es un prototipo. Hay una multitud de calcos suyos, ¡todo un ejército mercenario entrenado por Moscú! Al utilizar como ejemplo a Toledano desenmascaro a este ejército, que siembra en la opinión pública las semillas de la mentira y el cinismo.
Cada vez que me veo obligado a refutar las últimas calumnias de Toledano y de Laborde, estos señores proclaman que soy… un enemigo de la Confederación de Trabajadores Mexicanos. ¡Qué acusación ridícula! Ellos realizan sus maquinaciones a espaldas de los trabajadores, y se esconden tras de ellos cuando los atrapan. ¡Qué caballeros! ¡Qué héroes!… ¡Y qué sofistas miserables! ¿Cómo podría yo, que dediqué cuarenta y dos años de mi vida a servir al movimiento obrero, abrigar alguna hostilidad hacia una organización proletaria que lucha por mejorar la situación del conjunto del movimiento obrero? Pero la CTM no es Toledano, ni Toledano es la CTM. A los obreros mexicanos les corresponde decidir si es o no un buen funcionario sindical. Pero cuando Toledano pasa al frente para defender a los verdugos de la GPU contra lo mejor de la clase obrera de Rusia, yo también debo ponerme de pie y decir públicamente a los trabajadores de México y de todo el mundo: ¡Toledano es un mentiroso traidor que actúa en beneficio de la banda del Kremlin! ¡No le crean!
Los métodos de Toledano son idénticos a los utilizados en los juicios de Moscú. En esencia, ambos sustituyen las diferencias políticas por historias de detectives; inventan intrigas monstruosas para excitar la imaginación de los ignorantes, mienten y calumnian, calumnian y mienten. En Moscú dicen que tuve una entrevista secreta con el ministro fascista Hess (al que nunca vi en mi vida y con el que, por supuesto, nunca tuve ningún trato). En México afirman que tuve una entrevista secreta con este doctor Atl, sobre el que no sé nada. Así procede la GPU.
Pero, a pesar de estas similitudes, hay una diferencia. La GPU, después de silenciar toda crítica y utilizar falsos testimonios, tiene la posibilidad de arrancar falsas confesiones a los acusados. Si no lo logran, fusilan secretamente al acusado, sin permitirle gozar del derecho a juicio. En México, el señor Toledano no tiene todavía oportunidad de utilizar este tipo de represión. Por supuesto, aprovecha las falsificaciones fabricadas en Moscú, como la película Lenin en octubre, totalmente deshonesta y sin ningún valor, pero con esto no es suficiente. La humanidad no está formada únicamente por imbéciles. Hay muchas personas capaces de pensar. Por esta razón es fácil desenmascarar las calumnias de Toledano. ¡Y continuaremos esta tarea hasta el fin!
Propongo que se realice una investigación pública de las acusaciones de Toledano respecto a los preparativos de la huelga general contra el gobierno del general Cárdenas, a mis “relaciones” con Cedillo y Vasconcelos, a mis relaciones secretas con el doctor Atl, etcétera. Sería una excelente oportunidad para establecer la verdad o falsedad de los cargos que se me imputan. El señor Toledano, tan celoso en su defensa de los juicios de Moscú, le hará un gran favor a Stalin si puede demostrar aquí en México la validez de las acusaciones que se me hacen. ¡Díganselas al juez! ¡Acusadores, presenten sus evidencias!
Sin embargo, no nos hacemos ilusiones. Toledano no aceptará el desafío. No se atreverá a aceptarlo. No puede comparecer ante una comisión imparcial que inevitablemente se transformaría en un medio para desenmascarar a la GPU y sus agentes. ¿Evidencias? ¿Qué clase de evidencias puede presentar el calumniador? Sólo cuenta con su falta de escrúpulos y su mala conciencia. ¡No tiene otra cosa!
De todo lo que venimos diciendo, cualquier persona inteligente sacará la siguiente conclusión: si aquí en México, donde todavía existen la libertad de prensa y el derecho de asilo, los agentes de Stalin se permiten hacer acusaciones tan absurdas y deshonrosas, ¿qué no se permitirán los agentes de Stalin en la Unión Soviética, ya que de la prensa del régimen totalitario desapareció toda crítica, oposición y protesta? En el transcurso de este proceso, contra su propia voluntad, Toledano dio a la opinión pública mexicana la clave de todos los juicios de Moscú. En general, hay que decir que los amigos demasiado celosos son más peligrosos que los enemigos.
Mis ideas les resultan desagradables a todos los oportunistas y aprovechadores. Si a éstos les cayeran bien lo consideraría una gran desgracia. Los oprimidos no lograrán su emancipación bajo la dirección de los oportunistas y aprovechadores. ¡Que estos señores ataquen públicamente mis ideas! Pertenezco a la Cuarta Internacional y no escondo mis posiciones. La Cuarta Internacional es el único partido mundial que lucha realmente contra el imperialismo, el fascismo, la opresión, la explotación y la guerra. Sólo esta joven y pujante organización expresa los reales intereses del proletariado. Precisamente por esta razón lucha implacablemente contra la corrupta burocracia de la Segunda Internacional y de la Tercera Internacional, obsoletas y patrióticas. Este es el origen del odio rabioso que sienten hacia el “trotskysmo” los trepadores oportunistas, aventureros y bien alimentados. Cuando puede hacerlo, la pandilla del Kremlin asesina a nuestros luchadores (Erwin Wolf, Ignace Reiss, León Sedov, Rudolf Klement y muchos otros). Cuando no puede asesinarlos, los calumnia. No le faltan ni el dinero ni agentes a sueldo. Sin embargo, está destinada a sufrir un colapso vergonzoso. Las ideas revolucionarias que corresponden a las necesidades del proceso histórico superaran todos los obstáculos. Los calumniadores se estrellarán contra esta invencible verdad.
[1] Rudolph Hilferding (1877-1941): dirigente socialdemócrata alemán antes de la Primera Guerra Mundial, fue pacifista durante la misma. Fue ministro de hacienda en los gabinetes burgueses de 1923 y 1928. Murió en un campo de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial.
[2] Willi Schlamm (n. 1904): uno de los fundadores de la Oposición de Derecha Austríaca. Cuando Hitler
llegó al poder publicó varios artículos importantes de Trotsky en Die Neue Weltbuehne, revista que él
dirigía. Posteriormente se radicó en Estados Unidos y fue editor de la cadena de publicaciones Henry Luce.
[3] Socialismo anterior a marzo de 1948: se refiere al socialismo utópico, refutado y repudiado por Marx y
Engels cuando iniciaron la construcción del movimiento revolucionario
[4] N. V. Ustrialov (1890-¿?): miembro del Partido Demócrata Constitucional (Cadete), era un liberal,
partidario de una monarquía constitucional o de una república en Rusia. Era un partido de terratenientes,
burgueses medios e intelectuales burgueses progresivos. Ustrialov se opuso a la revolución bolchevique,
pero luego trabajó para el gobierno soviético creyendo que éste se vería obligado a restaurar el capitalismo.
Arrestado en 1937, fue acusado de realizar actividades antisoviéticas y desapareció.
[5] Mijaíl Bakunin (1814-1876): contemporáneo de Marx y miembro de la Primera Internacional, fue el
fundador del anarquismo. Su teoría propugnaba por la abolición del estado y la creación de una federación
de comunidades libres.
[6] Uno de los representantes destacados de esta corriente de pensamiento es el francés B. Souvarine, autor
de una biografía de Stalin. El lado fáctico y documental de su obra es producto de una investigación
prolongada y seria. Pero la filosofía histórica de este autor brilla por su vulgaridad. Busca la explicación de
los contratiempos históricos posteriores en las fallas intrínsecas del bolchevismo. Para él no existen las
presiones del verdadero proceso histórico sobre el bolchevismo. Taine, con su teoría del “entorno”, se
encuentra más cerca de Marx que Souvarine. Nota de León Trotsky. [Híppolyte Taine (1828-1893), filósofo
francés cuyas teorías deterministas según las cuales el hombre es producto de la herencia, del
condicionamiento histórico y del medio social se convirtieron en la base de la escuela naturalista].
[7] Hermann Gorter (1864-1927) y Anton Pannekoek (1873-1960): escritores de la izquierda
socialdemócrata holandesa. Durante la Primera Guerra Mundial fueron pacifistas e internacionalistas y se
vincularon a la izquierda de Zimmerwald. Ingresaron al PC holandés en 1918, pero se opusieron a la
participación de los comunistas en los sindicatos y en el parlamento. Criticados por su ultraizquierdismo,
se separaron del PC en 1921. los primeros espartaquistas tomaron el nombre de Partido Comunista Alemán
en 1919. Posteriormente, distintas sectas oportunistas y ultraizquierdistas de Alemania y otros países
utilizaron ese nombre, Trotsky se refiere aquí a estas últimas.
[8] Sydney (1859-1947 y Beatrice (1858-1943) Webb, socialistas fabianos ingleses y admiradores de la
burocracia estalinista.
[9] Entonces ese era el total de tomos publicados, ampliamente superado después.
[10] Plataforma de la Oposición Conjunta, Obras Escogidas de León Trotsky
[11] Liston Oak (1895-1970), periodista, rompió con los estalinistas durante la guerra civil española en 1937.
Escribió durante un tiempo para la prensa trotskysta, pero luego se afilió a la socialdemocracia. Eduard
Bernstein (1850-1932), principal teórico del revisionismo en la socialdemocracia alemana. Sostenía que el
marxismo ya no era válido y debía ser “revisado”: el socialismo no sería producto de la lucha de clases y
de la revolución, sino de la reforma gradual del capitalismo empleando métodos parlamentarios; por
consiguiente, el movimiento obrero debía abandonar la política clasista y adoptar la de colaboración de
clases. [En nuestro sello hermano Alejandría Proletaria, el lector podrá encontrar entre otras la obra de Karl
Kautsky Bernstein y el programa socialdemócrata. Una anticrítica (La doctrina socialista), en Obras
Escogidas de Karl Kautsky. EIS]
[12] Bordiguistas italianos, grupo ultraizquierdista dirigido por Amadeo Bordiga (1889-1970), expulsado del
PC italiano por “trotskysta” en 1929. Los trotskystas trataron de trabajar con los bordiguistas, pero no
pudieron debido al sectarismo de estos últimos: por ejemplo, se oponían al frente único por razones
principistas.
