La ciencia como herramienta para desestigmatizar el aborto
Estephania Ávila, CDMX
El 28 de septiembre se conmemora el Día de Acción Global por el Aborto Legal, Seguro y Accesible. Anteriormente, hemos abordado este tema como un derecho de clase vulnerado sistemáticamente. También hemos evidenciado cómo la clase capitalista y sus partidos de derecha recurren a la desinformación y a la polarización de la opinión pública para obstaculizar la lucha por el legítimo derecho de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos.
En esta ocasión, presentamos un análisis desde una perspectiva científico-marxista de los juicios morales que pueden surgir dentro de la propia clase trabajadora hacia nuestras hermanas de clase. En particular, dirigidos contra quienes, determinadas por sus condiciones materiales, deciden interrumpir su embarazo. Este análisis busca aportar elementos que permitan comprender, cuestionar y superar dichos juicios.
El debate moral alrededor del aborto suele comenzar con preguntas como «¿cuándo comienza la vida?», «¿el embrión es un ser humano?» o «¿abortar significa matar?». Sin embargo, estas preguntas mezclan deliberadamente categorías distintas.
La primera categoría es la de «vida». Este concepto puede definirse de distintas maneras según el contexto. Por ejemplo, desde una perspectiva biológica, la célula se considera la unidad fundamental de los seres vivos, pues constituye la estructura más pequeña capaz de realizar funciones vitales como el intercambio de materia y energía con su entorno, al mismo tiempo que mantiene una organización interna relativamente estable (Gómez-Márquez, 2021). Es decir, tanto el ovocito como el espermatozoide son células vivas, así como lo son las células que resultan de su unión, del mismo modo que están vivas muchas células del epitelio bucal que desprendemos diariamente o algunas de las células eliminadas durante la menstruación. Todas intercambian sustancias con su entorno y mantienen actividad biológica durante cierto tiempo. Por lo tanto, la vida no aparece de un momento a otro durante la fecundación, sino que existe antes, durante y después de este proceso. Sin embargo, el reconocer que una célula está viva no equivale a considerarla un ser humano.
Reconocer que un embrión humano es un organismo vivo de nuestra especie tampoco resuelve por sí mismo el debate sobre el aborto. El desarrollo embrionario es un proceso de transformación material, continuo pero no homogéneo, durante el cual aparecen progresivamente nuevas estructuras y capacidades. Por ello, constatar que un embrión está vivo y pertenece a la especie humana no permite atribuirle automáticamente propiedades como la conciencia o la capacidad de sentir dolor, y mucho menos resuelve por sí solo la cuestión de la personalidad o los derechos, pues éstas últimas son categorías filosóficas, sociales y jurídicas, no biológicas (Cox, 2025).
Tras la fecundación no aparece un ser humano diminuto y completamente formado que simplemente necesita crecer durante nueve meses, sino una sola célula, el cigoto, que durante las siguientes semanas se divide, reorganiza y especializa (Shahbazi, 2020). Poco a poco comienzan a formarse tejidos, órganos y sistemas, pero que una estructura haya comenzado a aparecer no significa que pueda realizar inmediatamente todas sus funciones. Que existan células nerviosas, por ejemplo, no significa que exista ya un cerebro con la organización funcional necesaria para producir una experiencia consciente (Falsaperla et al., 2022).
La capacidad de sentir dolor es un buen ejemplo de este proceso. Aunque existe discusión científica sobre el momento preciso en que podría aparecer alguna forma de experiencia dolorosa, ésta no existe desde la fecundación ni surge simplemente con la aparición de las primeras células nerviosas, sino que requiere cierto grado de desarrollo y organización funcional del sistema nervioso (Derbyshire y Bockmann, 2020).
Esta precisión es importante cuando hablamos del aborto, porque una gran parte de las interrupciones del embarazo ocurren precisamente durante estas primeras etapas del desarrollo. Durante las primeras 12 semanas, el aborto puede realizarse mediante medicamentos como la mifepristona y el misoprostol. La primera bloquea la acción de la progesterona, una hormona necesaria para mantener el embarazo, mientras que el segundo provoca contracciones uterinas que permiten expulsar el tejido gestacional (World Health Organization, 2025).
Para entender qué significa interrumpir un embarazo también debemos comprender qué significa desarrollarse. Un cigoto, un embrión de varias semanas, un feto avanzado y un recién nacido forman parte del mismo proceso, pero no son biológicamente iguales. Que exista una continuidad entre ellos no significa que todo aquello que encontramos al final estuviera ya presente desde el principio.
Encontramos aquí una característica profundamente dialéctica del desarrollo: la acumulación de cambios cuantitativos puede producir transformaciones cualitativas. Es decir, no basta con que aumente el número de células, sino que al multiplicarse, relacionarse y organizarse entre sí es cuando aparecen estructuras y capacidades que antes no existían. El desarrollo, entonces, no consiste simplemente en crecer, sino en transformarse y adquirir nuevas cualidades.
Precisamente sobre la negación de estas transformaciones se construye una parte importante de la carga moral alrededor del aborto, ya que se presenta la interrupción de un embarazo temprano como equivalente a terminar con la vida de un recién nacido. Pero para establecer esa equivalencia es necesario borrar todo el proceso de desarrollo y atribuir al inicio de la gestación características y capacidades que solo aparecen progresivamente como resultado de su transformación.
Desde una perspectiva materialista, comprender este proceso significa partir de la realidad tal como existe y no de cómo quisiéramos que fuera, según determinadas creencias morales o religiosas. La ciencia no puede decidir por nosotros qué es moralmente correcto, pero sí puede mostrarnos cuándo nuestras concepciones de ciertos fenómenos se construyen sobre una representación equivocada de la realidad.
Para los marxistas, ninguna decisión humana ocurre al margen de las condiciones materiales de su propia existencia. Detrás de cada embarazo hay una mujer concreta, con conciencia, necesidades, proyectos y circunstancias determinadas. Una trabajadora puede decidir abortar porque no cuenta con los recursos para sostener una maternidad, porque ya tiene hijos, porque quiere continuar estudiando o, sencillamente, porque no desea ser madre en ese momento. No necesita demostrar que su situación es suficientemente desesperada para que su decisión sea legítima. Combatir estos prejuicios dentro de nuestra propia clase es también una tarea política.
Además, defender el aborto legal, seguro y accesible no significa despreciar la maternidad ni negar el valor de la vida, sino defender que ninguna mujer sea obligada por el Estado, la Iglesia o la precariedad a continuar un embarazo contra su voluntad. Nuestra tarea no es juzgar a nuestras hermanas de clase, sino luchar por una sociedad en la que la maternidad pueda ser verdaderamente elegida y en la que existan las condiciones materiales para ejercerla dignamente.
