Bolivia: O lo eliminamos o estamos jodidos—Beller, Cerimedo y el capitalismo
Toto R., ICR Bolivia
El lunes 17 de agosto a plena luz del día Santa Cruz se estremecía al escuchar el sonido de los disparos contra la abogada Nadia Beller, sonido que marcaba la detonación de una crisis política profunda. Las esquirlas de este intento de sicariato han alcanzado las más altas esferas del poder, destapando una caja de Pandora de acusaciones de corrupción que apuntan directamente al asesor presidencial Fernando Cerimedo y al círculo del gobierno de Rodrigo Paz. Denuncias sobre el control de negocios lucrativos, redes de encubrimiento y el uso del aparato estatal para controlar los medios dominan hoy el debate público, configurando un escenario donde los medios burgueses intentan reducir este conflicto a una simple rencilla entre funcionarios, asesores y operadores políticos.
Pero las balas no lograron su objetivo. Nadia Beller sobrevivió a la emboscada y, lejos de ser silenciada por el terror, el atentado encendió en ella una furia implacable. Al verse traicionada y con un pie en la tumba, Beller decidió patear el tablero y optó por la venganza política. Su rabia se convirtió en el catalizador necesario para exponer públicamente los pactos oscuros, los negocios turbios y las redes de extorsión. Y es que Beller no hablaba desde la especulación de una observadora externa; sus denuncias son letales precisamente porque ella era una pieza interna que conocía a la perfección el funcionamiento del engranaje y los secretos de la cúpula de poder.
En el centro de estas acusaciones se encuentra Fernando Cerimedo, un consultor político argentino que ejerce como estratega entre las sombras para las facciones de derecha en latinoamérica. Desde el Brasil de Bolsonaro hasta la Argentina de Milei, dando paso por Honduras, la Bolivia de Rodrigo Paz y el Chile de José Antonio Kast. La red de influencia de Cerimedo permite ver una suerte de ecosistema transnacional que une a la derecha, donde circulan consultores políticos, medios militantes, influencers, capitales y enormes inversiones en tecnologías de manipulación de redes sociales (bots).
Cerimedo comenzó su carrera política inicialmente en Argentina, donde actuó como militante y dió sus primeros pasos como estratega digital de la derecha. Luego, en 2021, tomó las riendas de La Derecha Diario, un medio digital de propaganda política de extrema derecha de gran relevancia en el medio. Para ilustrar su proximidad con el poder argentino, según El País, Javier Milei compartió 1539 publicaciones de este medio en tan solo 5 meses del 2025. Es justamente con Milei con quien empieza su enorme red de influencia como asesor político, siendo una pieza clave para la campaña presidencial victoriosa de 2023. En Brasil también formó parte de las especulaciones que ponían en duda las urnas electrónicas, planteando un supuesto fraude tras la derrota de Bolsonaro frente a Lula y tan solo hace unos meses (en Agosto de 2026) participó en una transmisión digital con el hijo de Bolsonaro, donde volvieron a plantear dichas acusaciones. El año pasado jugó un rol destacado en la campaña que llevó a Nasry Asfura a la presidencia de Honduras e incluso se vanaglorió por haber promovido el mensaje de apoyo que Trump dio al candidato conservador a través de su red Truth Social.
La cooperación entre el imperialismo estadounidense y Cerimedo en definitiva no se limitaba a ese mensaje de apoyo público: podemos estar absolutamente seguros que detrás de escena la operación de Cerimedo es solo una pieza en una estrategia mucho más amplia del imperialismo estadounidense de restablecer su control sobre el continente latinoamericano instaurando gobiernos sumisos. No podemos decir que no haya tenido cierto éxito, pero es un éxito superficial, no basado en el apoyo sólido de la población de la región, sino en el engaño y el agotamiento de las opciones reformistas en la izquierda.Como un castillo de naipes, estos gobiernos pueden colapsar a la primera ráfaga fuerte de viento. Irónicamente, el mismo Cerimedo está resultando ser el cabo suelto en este telar que ya empieza a deshacerse
Cerimedo ha saltado de país en país, como una pulga hambrienta que salta de persona en persona en busca de consumir más sangre. Ahora tras su gran carrera como hematófago ha terminado en Bolivia, donde actuó como asesor político de Rodrigo Paz y se quedó pegado al aparato estatal en busca de llenar su sed de poder. El rol que jugó en el gobierno actual es todavía incierto y parece ser mucho más grande de lo que se pensaba en un inicio. Podemos tomar por ejemplo el testimonio del vicepresidente Edmand Lara que ha testificado abiertamente que Cerimedo participaba de forma activa en las reuniones de gabinete y dictaba instrucciones directas a los ministros. Muy a pesar de las palabras vacías del presidente quien afirma a capa y espada que Cerimedo no trabajaba en el estado, no es difícil pensar que existe una razón por la cual el estado boliviano le pagaba a Cerimedo un alquiler de 25 mil bolivianos para una oficina en la mejor zona de La Paz o porque el fiscal departamental de La Paz aseguró que encontraron numerosos equipos tecnológicos que podían conformar una “mini granja de bots”; no hay que ser muy listos para entender que los 500 mil bolivianos en efectivo encontrados en la casa de Cerimedo no eran un regalo por una bonita amistad con el presidente.
Y ¿dónde entra Nadia Beller en esta historia? Ambos compartieron la misma trinchera, colaborando en la articulación de estrategias políticas y judiciales. Pero inevitablemente los parásitos siempre pelearán por ganar más control, justamente estas disputas llevaron a la quiebra de su relación, convirtiendo a Beller en un cabo suelto. Cerimedo ni tonto ni lento se apresuró a “atar” este cabo de la mejor forma que tienen los burgueses para eliminar las molestias. En el peritaje del celular de Fernando se encuentran las pruebas más contundentes de la tentativa de feminicidio, en las notas de texto extraídas del celular se puede leer:
No digas a nadie, pero nos vendió la amiga de Enrique, ¿te acordás? La Nadia. O la eliminamos ya o estamos jodidos. ¿Conocés a alguien que pueda hacer el trabajo?
Y si alguien necesitaba pruebas más contundentes, durante su traslado al penal de Chonchocoro un periodista del diario El Deber le preguntó al ahora convicto Fernando si tenía algunas palabras para el presidente, a lo que respondió:
Que me perdone por no haberle hecho caso y meterme con esa loca.
Sin embargo, quedarse solo en el morbo del atentado o caer en los análisis superficiales es un error fundamental. Más allá de si las afirmaciones y acusaciones cruzadas en el caso de Beller son verdaderas o falsas, el tejido que este escándalo ha dejado al descubierto revela una verdad estructural irrefutable sobre el verdadero funcionamiento del Estado. Este entramado de sangre, corrupción y cooptación no son una anomalía o un error del sistema, sino que dejan al descubierto con brutal honestidad la forma en la que la clase dominante hace negocios y asegura sus intereses.
Estos hechos no son el resultado exclusivo de la administración del gobierno de Rodrigo Paz. Lo que presenciamos es un mecanismo universal del modo de producción vigente. La naturaleza de la clase capitalista es , en su raíz, extremadamente violenta; cuando las cuotas de poder y los grandes negocios están en juego, la frontera entre las instituciones formales y las prácticas mafiosas simplemente desaparece, demostrando que la coerción física y la corrupción institucionalizada son engranajes cotidianos y también necesarios para sostener los privilegios de la burguesía.
Los defensores del libre mercado quieren vender el cuento de hadas de que bajo el capitalismo existe un intercambio voluntario, una competencia leal y que el mercado se regula solo. Nada más lejos de la realidad. Cuando una operadora política que conoce las entrañas del monstruo amenaza con hablar y exponer cómo se lavan los contratos y se reparten los sobornos, la famosa “mano invisible del mercado” se convierte en un puño de hierro. Beller no fue víctima de la inseguridad ciudadana, el atentado en su contra fue un ataque planeado porque representaba una amenaza para la cúpula de burgueses parasitarios. Cuando los negocios millonarios corren peligro, los asesores presidenciales como Cerimedo y la élite no se limitan a las reglas judiciales, no envían una carta notariada o mandan una citación apelando a los tribunales. Ellos desatan el terror, demuestran de la forma más descarada posible que detrás de las corbatas, las conferencias de prensa y la farsa democrática el Estado capitalista opera con la misma lógica que una organización criminal: quien controla el botín, impone el miedo y la fuerza.
En las escuelas y los medios se nos repite hasta el cansancio que las instituciones estatales son un árbitro imparcial que vela por el “bien común”. Sin embargo, cuando observamos las reuniones a puerta cerrada, los audios filtrados y el obsceno tráfico de influencias que rodea a este o cualquier otro gobierno, la realidad pisotea este mito. El Estado no es más que un comité ejecutivo encargado de administrar los negocios comunes de la burguesía.
Los ministerios y las agencias reguladoras, toda la justicia burguesa y el aparato estatal que la contiene no existen en la práctica para defender al ciudadano; funcionan como sucursales corporativas donde las distintas facciones de la clase dominante cortan un pedazo de la torta del país. Figuras como asesores presidenciales, operadores judiciales, agentes policiales, no son “servidores públicos” que un día amanecieron tentados por el mal. Son gerentes y cobradores al servicio de los burgueses. Las cuotas de diésel, las concesiones mineras que están devorando la Amazonia y los contratos amañados son las acciones y dividendos que se negocian en este directorio. Beller y otros operadores que navegan en este submundo no son más que piezas del engranaje y las acusaciones que realizan no son un acto heróico como un “David vs Goliath”; estos escándalos estallan cuando las pugnas internas por la tajada de ganancia o el control del monopolio se vuelven insostenibles para los pactos previos. De esta forma los funcionarios pelean como cerdos para ver quién puede obtener un pedazo más grande de la comida y, como en el mundo animal, ganará el que tiene más fuerza bruta.
La extorsión, los sobornos, los secuestros y los asesinatos (o los intentos de este) son tan solo el costo operativo estándar de este modelo económico. Bajo el capitalismo la vida de una persona se puede usar como un bien desechable, intercambiable a cambio del silencio; la corrupción es el lubricante que mantiene girando la maquinaria de acumulación; el sistema judicial, la policía y las aduanas son herramientas de chantaje, amenaza y ataque contra cualquiera que piense que puede enfrentar a la burguesía.
Frente a esta imagen tan clara del terror estatal, la reacción instintiva de la oposición política tradicional y de los analistas liberales será la siempre: intentar vendernos la desgastada ilusión de la “manzana podrida”. Nos dirán que la solución a este laberinto de matonaje, extorsiones y ministerios convertidos en cárteles es, sencillamente, castigar a los culpables, expulsar a los asesores extranjeros y cambiar a las autoridades en las próximas elecciones. Prometerán que con nuevos rostros, funcionarios “honestos” y una limpieza en el gabinete el Estado recuperará su “pureza” democrática y la justicia volverá a ser “ciega”.
Caer en esta trampa moralista es garantizar que la historia se repita. Asume, de forma ingenua y errónea, que las instituciones son herramientas neutras que han sido secuestradas temporalmente por individuos perversos. El problema no está en la falta de ética de una persona o un grupo de personas en particular, sino en la matriz misma del sistema que administran. Creer que el Estado capitalista puede ser saneado cambiando a sus inquilinos es ignorar deliberadamente su razón de ser. No se puede limpiar un aparato institucional cuya función histórica y material es garantizar (mediante la fuerza, la coacción y, si es necesario, el plomo) la acumulación de riqueza y los privilegios de una minoría.
Si pretendemos solo cambiar a las personas que están en el poder, lo único que logramos es que el hacha cambie de verdugo. El escándalo de Nadia Beller y las grietas sangrientas que ha dejado al descubierto en la cúpula de poder no deben servirnos para ir a las urnas a buscar un administrador “más pulcro” de nuestra propia miseria. Deben ser leídos como la evidencia definitiva de que este aparato de dominación no tiene arreglo. ¿Qué pasa cuando un objeto ya no tiene arreglo? Se debe tirar a la basura. ¿Qué sucede cuándo un sistema ya no funciona? Se debe desmantelar totalmente.
