Cubitos: cuando la tierra se vuelve mercancía

Diego Alvarado

El Cerro de Cubitos en Pachuca no es solamente un terreno vacío esperando a ser urbanizado, sino uno de los principales pulmones del área metropolitana, hogar de especies endémicas y un lugar de convivencia y recreación para la comunidad.

Pero cuando el suelo adquiere un valor económico, ¿quién decide qué se puede hacer con él?

¿Los habitantes (mayoritariamente trabajadores), las autoridades o los empresarios que poseen los recursos para desarrollarlo?

En una ciudad donde cada vez queda menos espacio para crecer, el suelo deja de ser únicamente el lugar donde vivimos y comienza a adquirir otro significado: el de una mercancía. El Cerro de Cubitos es hoy escenario de una disputa que va más allá de la urbanización de un espacio: la discusión sobre su posible urbanización, por lo tanto, no debería reducirse únicamente a si es posible construir o no. También habría que preguntarnos qué perdemos cuando un espacio natural y parte de la identidad de una ciudad es transformado en mercancía. ¿Puede medirse el valor de un cerro únicamente por lo que puede construirse sobre él?

El conflicto alrededor de Cubitos permite observar una contradicción propia del desarrollo capitalista. Para una comunidad, un territorio puede tener un valor ambiental, histórico o cultural, un lugar que donde pueden reconectar con la naturaleza y convivir, mientras que, para el capital inmobiliario, ese mismo territorio puede aparecer principalmente como suelo disponible para ser comprado, transformado y vendido a un precio mayor. Allí donde una comunidad observa un espacio que debe conservarse, el capital puede encontrar una oportunidad de negocio.

Y es precisamente aquí donde resulta necesario hablar de clase y de propiedad. Bajo el capitalismo, la tierra no existe únicamente como espacio necesario para la vida: también es propiedad privada y mercancía. Quien posee los recursos económicos para adquirir un terreno puede decidir sobre su utilización dentro de los límites establecidos por las instituciones estatales, mientras que quienes viven alrededor de él no necesariamente tienen la misma capacidad para intervenir en esas decisiones. La ciudad termina convirtiéndose así en un espacio donde distintos intereses económicos y sociales chocan constantemente.

El caso de Cubitos también debe entenderse dentro de una problemática más amplia: la crisis de la vivienda y el crecimiento desordenado de las ciudades mexicanas. En Hidalgo, el desarrollo de nuevos fraccionamientos ha generado conflictos relacionados con la prestación de servicios, la infraestructura y la municipalización de los conjuntos habitacionales. Es decir, construir casas y venderlas no significa necesariamente construir una ciudad que garantice condiciones dignas para quienes la habitan.

Esta contradicción resulta especialmente importante. La vivienda es una necesidad básica; nadie puede vivir sin un lugar donde habitar. Sin embargo, dentro de la sociedad capitalista, la vivienda se convierte también en una mercancía. Una casa no se construye únicamente porque alguien necesita un hogar: se construye también porque puede venderse o rentarse y generar una ganancia. De esta manera, aquello que debería responder a una necesidad social queda subordinado a las reglas del mercado.

Cubitos representa una expresión concreta de esa misma lógica. El territorio tiene un valor para quienes viven en Pachuca, pero también tiene un precio. Y cuando el precio de la tierra comienza a determinar su destino, el interés colectivo puede quedar subordinado a la posibilidad de obtener ganancias. La conclusión es clara, debemos organizarnos la población trabajadora de nuestra entidad para defender nuestro territorio, esa es la única forma de evitar poner en las garras del mercado capitalista nuestras áreas naturales,

La cuestión ambiental tampoco puede separarse de esta discusión. La destrucción o reducción de espacios naturales no es un problema aislado de la economía. El capitalismo necesita expandirse constantemente: nuevos terrenos, nuevas construcciones, nuevas mercancías y nuevos espacios donde invertir capital. La ciudad se expande no solamente porque sus habitantes necesitan vivienda, sino también porque la expansión urbana puede convertirse en un mecanismo de acumulación.

Por eso, defender Cubitos no significa simplemente defender “un cerro bonito”. Significa defender la posibilidad de que existan espacios cuyo valor no esté determinado exclusivamente por su rentabilidad. Significa cuestionar la idea de que todo territorio debe ser aprovechado económicamente y que aquello que no produce ganancias está desperdiciado.

También significa defender la memoria y la identidad de quienes habitan Pachuca. Las ciudades no están construidas únicamente con concreto, calles y edificios; también están hechas de los espacios que sus habitantes reconocen como propios, de los paisajes que forman parte de su memoria y de los lugares donde se desarrolla la vida colectiva. Cuando esos espacios desaparecen para convertirse en mercancías, no solamente se transforma el territorio: también se transforma la relación de la población con su propia ciudad.

El conflicto de Cubitos, entonces, es mucho más grande que la construcción o no construcción de un determinado proyecto. Es una disputa sobre qué intereses deben determinar el futuro de Pachuca. ¿Debe la ciudad organizarse alrededor de las necesidades de quienes la habitan o alrededor de las posibilidades de obtener ganancias mediante la propiedad y explotación del suelo?

Por eso debemos de organizarnos. Solo mediante la unión y participación de la clase trabajadora es como podemos cambiar las cosas, porque la revolución, ante todo, es la participación activa de las masas, no solo la de unos cuantos.

Debemos luchar por una sociedad en la que nuestras necesidades básicas no sean convertidas en mercancías, construyendo una economía diferente, que vea por el ser humano y la naturaleza y no por los beneficios de quien tiene la propiedad privada. En donde los trabajadores tengan el control y estén al servicio de la población y no de la burguesía, porque una ciudad no debería existir para enriquecer a quienes pueden comprarla. Debería existir para quienes la habitan, la trabajan y construyen todos los días.

Y esa es, finalmente, la pregunta que nos deja Cubitos: ¿de quién es la ciudad, de los empresarios o de los trabajadores que la habitamos?