México frente a la encrucijada del T-MEC. ¿Ceder a los chantajes de Trump o perder en el sector externo?

Christian Herrera Medina, CDMX

El pasado 1 de julio, el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) acuerdo comercial que intenta regular la integración económica de la región norteamericana, cumplió 6 años en vigor. Amén sus propias líneas, tras culminar dicho periodo, y si no se renueva, este tratado entra en un nuevo periodo de renegociaciones anuales, lo cual incluye la posibilidad de que alguna de las partes decida salirse del acuerdo.

El contexto mexicano es la dependencia hacia el mercado estadounidense; poco más del 80% de las exportaciones mexicanas tienen como paradero Estados Unidos, a su vez, tanto México como Canadá son el primer y segundo lugar como destino de las exportaciones estadounidenses. De otra parte, dado el ascenso de la economía china, la otrora deslocalización de la industria pesada que ha debilitado a la hegemonía estadounidense, junto con la presente estrategia del nearshoring, aunado a la existencia de un déficit comercial estadounidense agravado por su exportación de capitales e importación masiva de mercancías. 

Todo ello ha propiciado una política arancelaria dirigida hacia los competidores de Estados Unidos, aranceles que alcanzan incluso el 50% con miras a presionar el retorno de la industria pesada hacia Estados Unidos, aunado a su política exterior que prioriza mantener un equilibrio en su balanza comercial. Y si bien México ha salido libre de dichos aranceles gracias al propio tratado, no es menos cierto que el aluminio, la industria automotriz y otros sectores de la industria minera han sido afectados con un arancel del 10%.

En el marco de las negociaciones (que se han celebrado a puerta cerrada) Trump se jactó por no rectificar el tratado. Burlándose de México y Canadá, sentenció que “ellos necesitan de nosotros”. Más allá de la evidente dependencia económica existente, las aseveraciones de Trump de ningún modo van a significar, de una parte, un descanso frente a la bota imperialista que pisa la soberanía mexicana. México, como parte de Norteamérica, es una región estratégica en disputa, que de ningún modo puede caer bajo la influencia del gigante del este, según la propia doctrina de seguridad nacional norteamericana.

Las intimidaciones beligerantes de Trump tienen cabida dada la cada vez más agonizante hegemonía estadounidense en relativo declive. El debilitamiento al interior de su propia economía, la imposibilidad de enfrentar los límites estrechos del capitalismo con las cada vez más acotadas herramientas del Estado norteamericano, todo ello propicia que los grilletes de la cadena de dominación internacional se aprieten intentando garantizar los intereses del capital. Los aranceles, bloqueos y disputas económicas son la extensión de la política imperialista en la arena económica.

La reconfiguración del T-MEC, acordado a espaldas de la clase obrera internacional, solo mantendrá la intención de garantizar los intereses estratégicos del imperialismo estadounidense. Poco pueden hacer los burócratas mexicanos, dada la propia vulnerabilidad de la economía mexicana, cultivada tras múltiples administraciones que apostaron por la integración económica pensando a esta como la panacea que remediaría muchas contradicciones, insolubles bajo el capitalismo.

Al interior, la demagogia gubernamental intenta colocar al T-MEC como una vía de prosperidad y desarrollo. Sin embargo, la presente reflexión considera, como decían Marx y Engels que “el gobierno de un Estado capitalista no es más que la junta que administra los negocios de la burguesía”. Las negociaciones están tratando de aminorar o reducir las consecuencias negativas del capitalismo estadounidense sin comprender  que el imperialismo está dispuesto a lo que sea por sacar al capitalismo chino de su principal región de afluencia.. De otra parte, nuestros negociantes responden a las presiones de las diferentes organizaciones patronales (COPARMEX, CCE, CME, entre otros) pues en el T-MEC está en disputa un mercado sustancial para la burguesía mexicana.

En esos términos, las buenas intenciones del segundo piso de la cuarta transformación terminan cuando se entrecruzan los beneficios del imperialismo que, junto con la subordinación económica que padecemos, cuenta además con un complejo industrial-militar listo para imponer su propia arbitrariedad, sobre todo cuando algún país ose desobedecer, y que reiteradamente ha insistido Trump en utilizar para intervenir bajo la hipócrita consigna de la “lucha contra el narcotráfico”.

Para comprender la lucha de clases en México, debemos partir entendiendo que históricamente se han desarrollado cadenas productivas que entrelazan el destino de los obreros mexicanos y estadounidenses, muchos de ellos migrantes, y por esta razón, el desarrollo de la producción capitalista en su vertiente binacional impone la tarea internacional de la construcción de una alternativa revolucionaria frente a la cada vez más salvaje barbarie capitalista.

Bajo el socialismo, haciendo a un lado la obsolescencia programada y otras estrategias capitalistas, se puede garantizar un nivel de vida digno a la clase obrera, tanto en Estados Unidos como en México.

El T-MEC, en su vertiente capitalista, es la imposición desvergonzada de los intereses del imperialismo y del capitalismo mexicano subordinado y dominado. Bajo una sociedad fragmentada en clases sociales, el encuentro entre iguales es utópico, más todavía en la esfera internacional. Sin embargo, en un plano alterno, donde impera un régimen de propiedad colectiva sobre los medios de producción, el encuentro democrático de los pueblos supondría un espacio para el intercambio de conocimiento y recursos acorde al principio de cada cual según su capacidad y cada cual según su necesidad. No con miras a estrujar al otro, sino para elevar el conocimiento humano sobre la sociedad y la naturaleza. La cuestión es que se nos agota el tiempo, la presiones del capitalismo sobre la naturaleza están generando daños irreversibles. El llamado de la historia es la organización militante y la lucha.