Acumulación originaria y fútbol: la expropiación de un bien común
Por Jordi Palafox Rivara
El fútbol suele presentarse como el deporte del pueblo, un espacio de encuentro y una expresión universal de la pasión colectiva. Millones de personas se reflejan en los colores de un club, transmiten identidades de generación en generación y encuentran en el juego una forma de pertenencia comunitaria. Sin embargo, detrás de esta imagen romántica se esconde una realidad mucho más compleja. El fútbol contemporáneo se ha convertido en una de las maneras de hegemonía cultural más rentables del capitalismo global y constituye un extraordinario ejemplo de cómo el capital es capaz de apropiarse de bienes colectivos y transformarlos en nuevas fuentes de acumulación.
Para entender este proceso de despojo popular-comunitario resulta necesario mirar a uno de los conceptos fundamentales del pensamiento de Karl Marx: la acumulación originaria.
La tesis central de este artículo sostiene que el desarrollo del fútbol moderno no puede reducirse como un proceso de comercialización, sino como una forma de apropiación capitalista mediante la cual un bien común construido por las clases populares es apropiado progresivamente de quienes le dieron origen para convertirse en objeto de acumulación privada. Aunque este proceso no constituye una acumulación originaria en sentido histórico estricto, reproduce la lógica de expropiación analizada por Karl Marx al convertir una riqueza socialmente producida en patrimonio del capital.
En El Capital, Marx desmonta el mito liberal según el cual el capitalismo surgió debido al ahorro y al esfuerzo individual de ciertos hombres emprendedores. Por el contrario, demuestra que el capitalismo nació mediante un gigantesco proceso de violencia, expropiación y despojo por parte de la burguesía, señores feudales, monarquía o cualquier representación burguesa que podamos pensar. La expulsión de millones de campesinos de las tierras comunales en Inglaterra, la colonización de América, la esclavitud africana y el saqueo de las riquezas de Asia y África permitieron la concentración de enormes cantidades de riqueza en unas pocas manos y crearon las condiciones para el desarrollo del sistema capitalista que vivimos al dia de hoy. Marx explica, de esta manera, que la riqueza no sólo es hereditaria, sino un proceso complejo que también ha secuestrado el fútbol mediante la expropiación y mercantilización progresiva de un bien común creado por las clases populares. Este concepto de expropiación capitalista será el que nos brinde la concepción o el pensar del juego moderno como un sujeto de despojo capitalista.
La llamada acumulación originaria consistió en la separación de los productores de los medios que garantizaban su subsistencia. El capitalismo necesitó transformar bienes que anteriormente eran colectivos en propiedad privada y convertir a millones de personas en trabajadores desposeídos obligados a vender su fuerza de trabajo. La historia del capital es, por tanto, la historia de la apropiación privada de una riqueza socialmente producida. Como escribió Marx, «la expropiación de los productores directos se lleva a cabo con el vandalismo más despiadado y bajo el impulso de las pasiones más infames, más sucias y más mezquinas».
La acumulación originaria no fue un accidente histórico ni una desviación moral del capitalismo naciente; fue la condición misma de su existencia. El capitalismo necesitó destruir formas de vida comunitarias, desintegrar relaciones sociales precapitalistas y arrancar a millones de personas de sus medios de subsistencia para crear una nueva clase social: el proletariado. La formación de la sociedad capitalista fue, desde el principio, un proceso de violencia de clase.
Esta reflexión resulta particularmente útil para analizar la historia del juego. El fútbol también nació como un bien común de las clases populares. Sus primeros clubes surgieron en barrios obreros, parroquias, escuelas, fábricas y asociaciones de trabajadores. En Inglaterra, muchos equipos fueron creados por obreros industriales y ferroviarios; en América Latina, el fútbol se convirtió rápidamente en un elemento de identidad de barrios, puertos, comunidades inmigrantes y sectores populares urbanos.
Las rivalidades históricas, las culturas de las tribunas, las canciones y los símbolos de los clubes fueron construidos colectivamente por generaciones enteras de aficionados. Ninguna empresa creó esta riqueza cultural. Ninguna corporación produjo la pasión que hoy mueve a miles de millones de personas. El fútbol pertenecía al pueblo porque el pueblo fue quien le dio vida.
Si la acumulación originaria implicó la expropiación de las tierras comunales, en el caso del fútbol el objeto del despojo posee un carácter distinto. Lo que comienza a ser apropiado no es la tierra, sino un patrimonio cultural construido colectivamente: la identidad de los clubes, las rivalidades históricas, las formas de organización comunitaria, los símbolos, las tradiciones, el sentido de pertenencia y el enorme valor económico generado por esa cultura popular. En otras palabras, el capital no crea el fútbol; se apropia de una riqueza social previamente existente.
El fútbol en apariencia suele también vender la idea (capitalista) de la meritocracia, en este contexto la acumulación originaria puede ayudarnos a entender la razón de las desigualdades en el fútbol. La acumulación originaria nos dice que para poder acumular capital, los colonos europeos tuvieron que saquear las colonias para poder acceder a esa acumulación originaria. Podemos observar que la acumulación de riqueza en países europeos, en el contexto del fútbol actual, representa también el acceso a una mejor formación de jugadores, academias, ciencias del deporte, etc. Mientras que los países africanos y latinoamericanos, sujetos a sus condiciones materiales son relegados al desarrollo del fútbol con menos herramientas. Es por eso que el fútbol europeo suele estar vinculado a la “élite” o también es la razón por la cuál los equipos europeos a nivel club y selección suelen concentrar a los mejores jugadores de todo el mundo.
Durante buena parte del siglo XX, los clubes fueron instituciones profundamente arraigadas en sus comunidades. Funcionaban como espacios de sociabilidad, de organización popular y de construcción de identidad colectiva. En muchos lugares, el club de fútbol era también un centro cultural, un espacio recreativo e incluso un lugar de encuentro político. El vínculo entre el equipo y su comunidad no estaba mediado exclusivamente por el dinero; era, sobre todo, un vínculo de pertenencia.
Sin embargo, del mismo modo en que las tierras comunales fueron cercadas durante el nacimiento del capitalismo, el fútbol comenzó a experimentar su propio proceso de cercamiento.
El capital descubrió que aquella extraordinaria pasión colectiva podía transformarse en una inmensa fuente de ganancias. Lo que había sido construido socialmente comenzó a ser apropiado privadamente. Los clubes dejaron de ser únicamente instituciones sociales para convertirse en empresas; las identidades colectivas se transformaron en marcas comerciales y los aficionados pasaron progresivamente de ser miembros de una comunidad a ser consumidores útiles para el capital. En el fútbol popular el hincha era parte constitutiva de un club. La relación aficionado-club no estaba mediada o juzgada por el dinero, si no por el arraigo, sentido de pertenencia y la construcción colectiva de una identidad, y es eso justamente lo que incomoda al sistema.
La historia reciente del fútbol puede interpretarse como un proceso que reproduce, bajo contextos y condiciones históricas diferentes a la Inglaterra del medievo, la lógica descrita por Marx en la acumulación originaria y aunque el fútbol moderno pertenece a un contexto histórico completamente distinto, la lógica de apropiación de un bien común para su explotación privada ofrece un marco analítico útil para comprender su progresiva mercantilización. El capital no creó el juego, pero se apropió de él. No creó rivalidades, pero las transformó en productos comercializables. No construyó las identidades populares, pero aprendió a extraer enormes beneficios económicos de ellas.
Los grandes clubes se transformaron en marcas globales; las camisetas dejaron de ser símbolos de pertenencia para convertirse en mercancías; los escudos se transformaron en activos comerciales y los estadios comenzaron a reorganizarse según criterios de rentabilidad económica. La lógica comunitaria fue sustituida progresivamente por la lógica empresarial. Por ejemplo,el Club Atlético Boca Juniors surgió en 1905 por iniciativa de jóvenes vecinos del barrio de La Boca, constituyéndose como una expresión de identidad barrial y organización comunitaria. Del mismo modo, el Club Atlético San Lorenzo de Almagro nació en torno a la labor social del sacerdote Lorenzo Massa, quien promovió el deporte como un espacio de integración para los jóvenes del barrio
Incluso los tiempos y los espacios del fútbol comenzaron a ser reorganizados por las necesidades del capital. Los horarios de los partidos dejaron de responder a las comunidades locales y empezaron a adaptarse a las exigencias de las cadenas televisivas y de los mercados internacionales. Las giras, los torneos y las competiciones se diseñan cada vez más en función de la rentabilidad comercial y no de las necesidades deportivas o culturales de los aficionados.
El cercamiento del fútbol también implicó una separación entre las clases populares y su propio producto cultural. Los sectores trabajadores que construyeron la cultura futbolística comenzaron a ser desplazados de los estadios por el aumento de los precios, la comercialización del espectáculo y la transformación de las tribunas en espacios de consumo. El pueblo trabajador creó el fútbol moderno, pero cada vez tiene más dificultades para acceder plenamente a él. Lo que surgió como una práctica colectiva de las clases populares terminó siendo incorporado por la lógica de reproducción del capital. El fútbol ya no se organiza prioritariamente para satisfacer las necesidades culturales y recreativas de quienes lo hicieron suyo, sino para maximizar la rentabilidad de quienes controlan la industria deportiva.
Al igual que en la acumulación originaria descrita por Marx, observamos un doble movimiento. Por un lado, se concentra la propiedad y la riqueza vinculada al fútbol en manos de una minoría de corporaciones, fondos de inversión y organismos deportivos. Por otro lado, las clases populares son progresivamente desposeídas de un patrimonio cultural que ellas mismas construyeron.
La historia reciente del fútbol demuestra que el capitalismo no solamente cerca la tierra o los recursos naturales; también es capaz de cercar la cultura, las identidades y las formas de sociabilidad popular. El fútbol, una de las grandes creaciones de las clases trabajadoras, comenzó a ser expropiado de quienes le dieron vida.
La acumulación originaria, por tanto, no es únicamente una herramienta para comprender el nacimiento del capitalismo. También permite entender cómo el capital actúa frente a cualquier bien común que posea un potencial de rentabilidad. El fútbol se convirtió en un nuevo territorio de acumulación precisamente porque era una de las expresiones culturales más poderosas de las clases populares. Su transformación en mercancía constituye una de las expresiones más visibles de la capacidad del capitalismo para apropiarse de aquello que no creó y convertirlo en fuente de ganancia privada.
En última instancia, la historia del fútbol moderno es también la historia de un despojo. Un juego nacido en las calles, en las fábricas y en los barrios obreros fue progresivamente arrancado de las manos de quienes le dieron vida y puesto al servicio de la acumulación de capital.
Comprender este proceso es el primer paso para reconocer que el problema central no reside en que el capitalismo haya creado el fútbol, sino en que ha subordinado progresivamente esta práctica deportiva y cultural a la lógica de la acumulación de capital. El fútbol conserva una autonomía relativa como deporte, pues depende de capacidades humanas que no pueden industrializarse plenamente; sin embargo, su organización, financiamiento, difusión y consumo han sido crecientemente orientados por criterios de rentabilidad y valorización económica. Recuperar el carácter popular del fútbol implica, por tanto, cuestionar esa subordinación y reivindicar el deporte como un espacio cuyo valor social, cultural y colectivo no puede reducirse a la condición de mercancía. En ese sentido, la lucha por otro modelo de fútbol forma parte de una crítica más amplia a la expansión de las relaciones capitalistas sobre ámbitos de la vida que originalmente responden a otras formas de organización y de sentido.
