El marxismo como nuestra arma más poderosa en la lucha de clases
Núcleo Comunista Revolucionario,
Sección boliviana de la Internacional Comunista Revolucionaria
Este documento fue escrito para el Congreso Nacional del Núcleo Comunista Revolucionario, llevado a cabo en el fin de semana del 19 al 21 de junio en Cochabamba. Después de una discusión, fue aprobado unánimemente, con lo cual lo publicamos ahora en su totalidad, considerándolo un texto fundamental para orientar la actividad de los comunistas revolucionarios.
«La doctrina de Marx es todopoderosa porque es exacta. Es completa y ordenada y da a la gente una concepción monolítica del mundo, una concepción intransigente con toda superstición, con toda reacción y con toda defensa de la opresión burguesa».
—V.I. Lenin, Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo.
«El principal argumento de los socialrevolucionarios [Narodniks] era el siguiente: Iskra quiere fundar una escuela del materialismo dialéctico mientras nosotros queremos derrocar la autocracia zarista. Debe decirse que los terroristas Narodniks se tomaron sus palabras muy en serio: bomba en mano sacrificaron sus vidas. Nosotros argumentamos: ‘En ciertas circunstancias una bomba es una cosa excelente, pero primero deberíamos aclarar nuestras mentes.’ Es la experiencia histórica que la más grande revolución en toda la historia fue dirigida, no por el partido que empezó con las bombas, sino por el partido que empezó con el materialismo dialéctico».
—León Trotski, En defensa del marxismo

Una organización que busca transformar la sociedad requiere la mayor claridad política e ideológica posible. Sólo de esta manera será capaz de responder a los violentos giros de la historia.
La única teoría capaz de otorgarnos esa claridad es el marxismo. Frente al eclecticismo pequeñoburgués, la política identitaria y el liberalismo en todos sus tintes, solamente el marxismo nos permite mirar por debajo de las apariencias y comprender la esencia de los acontecimientos que diariamente sacuden la estabilidad del sistema capitalista.
El marxismo es el resultado y condensación de todo el desarrollo previo de la filosofía. A lo largo de su historia, cada escuela filosófica tomaba lo desarrollado por filósofos previos, descartaba lo erróneo e inválido, y a través de un proceso dialéctico, impulsaba el desarrollo del conocimiento humano.
Durante la mayoría de la historia, el desarrollo del pensamiento humano era visto como algo aleatorio, fortuito. Fue Hegel quien por primera vez desentrañó el secreto del desarrollo de la filosofía como un proceso de profundización del conocimiento de la humanidad, llevado a cabo a través de saltos cualitativos, negaciones, y negaciones de estas negaciones, acercándose cada vez más a la verdad, revelando nuevas facetas, pero de esta manera también haciendo surgir nuevas preguntas. En las palabras de Engels:
«La historia de las ciencias es la historia de la gradual superación de estas necedades, o bien de su sustitución por otras nuevas, aunque menos absurdas» (Carta a Konrad Schmidt).
El sistema desarrollado por Hegel era tan completo, que la filosofía entró en crisis después de él: todo lo que se podía decir ya estaba dicho. En cierta forma, la filosofía llegó a su fin. Fueron Marx y Engels quienes, al rescatar el método dialéctico de Hegel y poniéndolo sobre bases materialistas sólidas, quienes sacaron a la filosofía de la crisis. De cierta forma, con el marxismo se alcanza el punto culminante de la filosofía, que en cierta manera deja de ser meramente filosofía, pasando de la oficina del académico al mundo real. Como dice la 11. Tesis sobre Feuerbach:
«Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo».
Toda la filosofía burguesa posterior representa un intento de volver a meter a la filosofía al polvoriento estudio del escolástico, con refritos de las teorías filosóficas de pensadores más grandes del pasado. (Particularmente Kant). En otros casos, la burguesía, reconociendo la superioridad del marxismo, se ve obligada a disfrazar ideas reaccionarias en ropajes marxistas, sin embargo asegurándose siempre de eliminar su elemento revolucionario, ante todo, su fundamento filosófico. De esta manera, jóvenes y trabajadores que genuinamente buscan transformar el mundo son absorbidos por teorías que no llevan a ningún lado. Como explicó Engels, la lucha de clases se libra también en el terreno ideológico.
Frente a esta situación, es nuestra obligación reafirmar la filosofía revolucionaria del marxismo.
¿De dónde vienen las ideas?

Los orígenes específicos de las ideas han sido olvidados hace mucho tiempo, motivo por el cual durante mucho tiempo los seres humanos les imbuían cualidades místicas. En el idealismo las ideas se enfrentan al ser humano como fuerzas poderosas que existen por encima de la naturaleza y la sociedad.
Sin embargo, las ideas no tienen una existencia independiente, y tampoco caen directamente del cielo a nuestras mentes: son desarrolladas en los cerebros de los humanos, en la medida en que estos interactúan con el mundo exterior. De esta manera, la idea que se tiene en un momento histórico dado sobre algún fenómeno refleja nuestro grado de conocimiento de dado fenómeno. Así, en un principio se pensaba que las enfermedades, las tormentas o las sequías eran resultados de la furia o de los caprichos de los dioses. Dioses que en la realidad no eran más que la idealización de ciertas cosas que todavía no éramos capaces de explicar.
El ser humano empieza a otorgarle facultades humanas a objetos y fenómenos. Enajena su propia esencia. Como explicaba Ludwig Feuerbach en La esencia del Cristianismo:
«El hombre -este es el secreto de la religión- objetiva su ser y, en consecuencia, se convierte en el objeto de este ser objetivado, transformado en un sujeto y, respectivamente, en una persona; él se imagina que es un objeto pero objeto de otro objeto, de otro ser».
Este es el origen del idealismo, que desde su nacimiento estaba íntimamente atado a la religión y al misticismo, surgiendo de la incapacidad del ser humano de explicar el mundo al que se enfrenta.
Esta tendencia a atribuirle independencia y poderío a las ideas, y separarlas de su origen material en nuestros cerebros, adquirió un fuerte impulso adicional con el inicio de la división del trabajo, y la posterior división de la sociedad en clases. La primera división histórica del trabajo fue aquella entre el trabajo manual y el trabajo mental. Decenas de miles de años después de la aparición del ser humano moderno sobre la faz de la tierra, el desarrollo gradual de nuestra capacidad productiva alcanzó el punto en el que el trabajo de una persona generaba un excedente; excedente que, cuando se aglomeraba el trabajo de muchas personas, alcanzaba para permitir a una vivir sin trabajar.
«Pues esta disciplina [la filosofía] comenzó a buscarse cuando ya existían casi todas las cosas necesarias y las relativas al descanso y al ornato de la vida» (Aristóteles, Metafísica).
En un primer momento esta nueva configuración de la sociedad en clases permitió a las fuerzas productivas dar saltos hacia adelante como nunca antes se los había visto: habiéndose librado de la necesidad de trabajar todo el día, la nueva casta de sacerdotes y escribanos empezó a desarrollar la ciencia. Estudiando, por ejemplo, la relación entre la posición de los astros y las estaciones del año, para sembrar en el momento óptimo.
Sin embargo, en cualquier sociedad en la que el arte, la ciencia y la cultura son el monopolio de una minoría, esa minoría usará y abusará su posición en sus propios intereses. Así la clase poseedora se eleva cada vez más por encima de la clase trabajadora, empleando sus privilegios para perpetuarse en el poder.

«Lo que se conoce por artes mecánicas lleva consigo un estigma social, y con razón se considera deshonroso en nuestras ciudades; pues tales artes dañan el cuerpo de quienes trabajan en ellas y de quienes actúan como supervisores, porque les imponen una vida sedentaria y encerrada y, en algunos casos, los obligan a pasar el día junto al fuego. Esta degeneración física redunda también en perjuicio del alma. Además, los operarios de estos oficios no disponen de tiempo para cultivar la amistad y la ciudadanía. En consecuencia, son considerados como malos amigos y malos patriotas, y en algunas ciudades, especialmente en las guerreras, no le es lícito a un ciudadano dedicarse a trabajos mecánicos.»
Como muestra esta cita de Jenofonte de Atenas, a través de esta división también surge un desprecio en las capas altas de la sociedad por el trabajo manual; y el trabajo intelectual, la inmersión del pensador en el mundo de las ideas, adquiere un halo de autonomía cada vez mayor. De esta manera las ideas empiezan a aparecer cada vez más como entes con una existencia independiente, alcanzando su expresión más pura en el Mundo de las Ideas (Eidos) de Platón.
Si bien la visión materialista de la naturaleza ya se empezó a desarrollar con los primeros filósofos griegos, cuando se trata de obtener una visión científica (materialista) de la sociedad, la situación se complica. Las clases dominantes en todas las épocas han buscado justificar sus privilegios, mistificando el origen de su dominio y adormeciendo a las masas explotadas con todo tipo de mitos. Como explica Marx en el Manifiesto Comunista: Las ideas dominantes en cualquier época no son más que las ideas de la clase dominante.
El rol de la ideología en la sociedad de clases
La base material sobre la cual se erige la dominación de clases es la violencia: desde su origen, el Estado ha sido un instrumento de la clase dominante para centralizar y monopolizar la violencia, y mantener oprimida a la gran mayoría de la humanidad.
«Así, pues, el Estado no es de ningún modo un poder impuesto desde fuera de la sociedad; tampoco es «la realidad de la idea moral», «ni la imagen y la realidad de la razón», como afirma Hegel. Es más bien un producto de la sociedad cuando llega a un grado de desarrollo determinado; es la confesión de que esa sociedad se ha enredado en una irremediable contradicción consigo misma y está dividida por antagonismos irreconciliables, que es impotente para conjurar. Pero a fin de que estos antagonismos, estas clases con intereses económicos en pugna no se devoren a sí mismas y no consuman a la sociedad en una lucha estéril, se hace necesario un poder situado aparentemente por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el choque, a mantenerlo en los límites del «orden». Y ese poder, nacido de la sociedad, pero que se pone por encima de ella y se divorcia de ella más y más, es el Estado.
«Como el Estado nació de la necesidad de refrenar los antagonismos de clase, y como, al mismo tiempo, nació en medio del conflicto de esas clases, es, por regla general, el Estado de la clase más poderosa, de la clase económicamente dominante, que, con ayuda de él, se convierte también en la clase políticamente dominante, adquiriendo con ello nuevos medios para la represión y la explotación de la clase oprimida. Así, el Estado antiguo era, ante todo, el Estado de los esclavistas para tener sometidos a los esclavos; el Estado feudal era el órgano de que se valía la nobleza para tener sujetos a los campesinos siervos, y el moderno Estado representativo es el instrumento de que se sirve el capital para explotar el trabajo asalariado» (F. Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado).
Sin embargo, una vez establecida la posición de la clase dominante, esta reconoce que no puede gobernar únicamente por la fuerza. Es necesario forjar cadenas mentales que le permitan ejercer su dominio en el día a día sin tener que recurrir constantemente a la violencia. En cada época histórica, la clase dominante erige una fortaleza ideológica a través de la cual justifica su dominio. En las sociedades antiguas como la egipcia o la inca, el emperador era considerado un dios, lo cual justificaba su reinado. Todos los sacerdotes y escribanos imperiales trabajaban para perpetuar esta idea, y arraigarla lo más profundamente posible en las mentes de las masas. En la sociedad feudal, teníamos el derecho divino, donde el poder monárquico estaba respaldado por la iglesia católica, que controlaba la educación y la producción ideológica: religión y filosofía eran uno solo, y los monasterios eran la fábrica de ideología feudal.

En su época de ascenso revolucionario, la burguesía tuvo que derribar todas las fortalezas ideológicas feudales. A la gran Revolución Francesa le precedió un profundo trabajo de preparación ideológica. Con el desarrollo de la ciencia y la industria, la vieja ideología se hacía cada vez menos sustentable. Así tenemos a gigantes como Copérnico, Galileo Galilei y Johannes Kepler, quienes fulminaron la teoría geocéntrica de la Iglesia. A su vez, a medida que la burguesía iba adquiriendo mayor poder económico frente a la nobleza aristocrática, podía empezar a atacar los fundamentos de su dominio político. Así tenemos el surgimiento de pensadores como John Locke y Hobbes en Inglaterra, y Voltaire, Diderot y Rousseau en Francia. Estos eran pensadores verdaderamente revolucionarios, quienes a pesar del riesgo a sus vidas, cuestionaron toda la ideología reinante, y prepararon el camino para el avance de la sociedad, y su liberación del oscurantismo feudal.
La burguesía utilizó la ciencia y la filosofía como un arma contra la nobleza mientras luchaba por el poder político. Sin embargo, una vez lo conquistaron, se vieron ante la necesidad de mistificar su dominio para justificarlo. En sus pocos siglos de hegemonía, esto es algo que la burguesía ha perfeccionado a un grado nunca antes alcanzado. La misma Iglesia, contra la que antes la burguesía lideró una feroz lucha a muerte, hoy sirve los intereses de la dominación de la clase capitalista. La sociedad de clases se mueve a través de profundas contradicciones. Al mismo tiempo que desarrolla la ciencia a niveles inimaginados para elevar la productividad de la maquinaria y aumentar sus ganancias, se agarra de todos los restos de misticismo, religión y oscurantismo legados del pasado para justificar su dominación sobre la sociedad.
«En la actualidad, no sólo en los hogares campesinos, sino también en los rascacielos urbanos, viven conjuntamente los siglos veinte y diez o trece. Cien millones de personas utilizan la electricidad y todavía creen en el poder mágico de gestos y exorcismos. El papa de Roma siembra por la radio la milagrosa transformación del agua en vino. Las estrellas del cine van a los mediums. Los aviadores que pilotan milagrosos mecanismos creados por el genio del hombre utilizan amuletos en sus ropas.» (Trotski, ¿Qué es el nacionalsocialismo?)
La ley, la religión, la moral son todas expresiones ideológicas de la dominación material de la burguesía. Pero no solo. Los departamentos de filosofía, ciencias sociales y economía en las universidades del mundo entero sirven como fábricas de ideología burguesa. A cambio de este servicio, los intelectuales pequeño burgueses en la Academia son muy bien remunerados.
Incluso aquellos académicos que se ven insatisfechos con el capitalismo muchas veces no logran ver una salida revolucionaria a la crisis del sistema, debido a su posición de aislamiento dentro de la universidad. Separados del movimiento de las masas, sus conclusiones suelen terminar en un pesimismo aplastante. Esto se ejemplifica con el académico posmoderno Mark Fisher, quien a pesar de prestarse términos del marxismo, nunca llegó a comprenderlo. En su lugar, desarrolló la idea del «Realismo Capitalista», que se resume en la frase: «Es más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo.«
Como revolucionarios, nosotros no caemos en esa postura: vemos las semillas del nuevo mundo desperdigadas por todas partes, y están empezando a germinar. Sin embargo, para las masas, la afirmación de Fisher posee cierta verdad. Es difícil imaginarse otra cosa que el capitalismo cuando generaciones enteras han nacido, crecido, y muerto bajo este sistema; además, contrariamente a lo que se piensa, la conciencia humana tiende a ser conservadora: nos gusta quedarnos con lo que ya conocemos, en lugar de dar un salto hacia lo desconocido. Al final es el peso de la costumbre y la inercia lo que representa el mayor pilar de apoyo de la burguesía.
«El proletariado produce las armas, las transporta, construye los arsenales en los que son depositadas, defiende esos arsenales contra sí mismo, sirve en el ejército y crea todo el equipamiento de éste último. No son cerraduras ni muros los que separan las armas del proletariado, sino el hábito de la sumisión, La hipnosis de la dominación de clase, el veneno nacionalista. Bastará con destruir esos muros psicológicos, y ningún muro de piedra resistirá. Bastará que el proletariado quiera tener las armas, y las encontrará.» (Trotski, ¿Adónde va Francia?)
En épocas normales, los muros psicológicos mantienen tranquila a la burguesía en el poder. Mas no vivimos en épocas normales. La crisis del capitalismo constantemente azota la conciencia de millones de personas, y les hace cuestionar todo aquello que antes consideraban fijo, estable y permanente. Los comunistas de hoy son meramente aquellas personas que ya se cansaron del látigo. Los comunistas de mañana serán millones más.
Pero ser comunista en la sociedad de clases hoy en día significa resistir a enormes presiones ideológicas. La única forma de resistirlas es imbuirse de la única ideología consecuentemente revolucionaria: el marxismo.
El marxismo es una filosofía materialista
El marxismo es en primer lugar una filosofía materialista. La única que es consecuentemente materialista. Previos filósofos habían desarrollado una visión materialista del universo, en primer lugar los materialistas griegos de la antigüedad, y posteriormente, con el auge del capitalismo, los empiristas británicos. Sin embargo su unilateralidad significó que al llevarse al extremo, el materialismo de los empiristas se convertía en su contrario. El Obispo Berkeley, partiendo de la premisa indudablemente correcta de que percibimos el mundo a través de nuestros sentidos, llegó a la conclusión de que lo único que existe son nuestros sentidos, estos, a través de la percepción, dan origen al mundo: idealismo subjetivo.
El problema del materialismo mecánico unilateral es que no basta con afirmar que percibimos el mundo a través de nuestros sentidos. También es necesario reconocer que el mundo material existe fuera de nosotros. Esta afirmación se vuelve palpable al hacernos la pregunta: ¿pueden nuestras ideas existir sin un cerebro que las produzca? ¿Puede nuestro cerebro existir sin un cuerpo que lo sustente? ¿Puede un cuerpo existir sin un entorno material en el cual existir? La conciencia no existe de manera independiente a la materia. Es más bien el resultado de una cierta organización de la materia.
Planteado de esta manera, el idealismo subjetivo pierde toda justificación, a menos que uno considere aceptable recurrir a lo divino.
Con el marxismo, el materialismo es por primera vez aplicado de manera consecuente a todos los ámbitos del conocimiento. Filósofos anteriores habían aplicado la concepción materialista a la naturaleza, pero fueron Marx y Engels quienes por primera vez desarrollaron una concepción materialista de la historia y de la sociedad humana, de manera que para explicarla, en ningún momento se hace necesario recurrir a dioses, misticismo, o las capacidades sobrehumanas de ciertos individuos. El resultado fue revolucionario. De la misma forma que la aplicación científica de un método materialista a la naturaleza desentrañó los secretos de la mecánica, la química y la evolución de las especies, el marxismo desentrañó las leyes fundamentales de la sociedad.
«Las causas últimas de todas las modificaciones sociales y las subversiones políticas no deben buscarse en las cabezas de los hombres, en su creciente comprensión de la verdad y la justicia eternas, sino en las transformaciones de los modos de producción y de intercambio; no hay que buscarlas en la filosofía, sino en la economía de las épocas de que se trate. El despertar de la comprensión de que las instituciones sociales existentes son irracionales e injustas, de que la razón se ha convertido en absurdo y la buena acción en una plaga, es sólo un síntoma de que en los métodos de producción y en las formas de intercambio se han producido ocultamente modificaciones con las que ya no coincide el orden social, cortado a la medida de anteriores condiciones económicas. Con esto queda dicho que los medios para eliminar los males descubiertos tienen que hallarse también, más o menos desarrollados, en las cambiadas relaciones de producción. Estos medios no tienen que inventarse con sólo la cabeza, sino que tienen que descubrirse, usando la cabeza, en los hechos materiales de la producción.» (Engels, Anti-Dühring)
De esta manera, el análisis cultural, la psicologización de individuos, o la apelación a abstracciones como la «libertad», la «historia» o el «destino» son reemplazados por el riguroso análisis científico de relaciones de producción determinadas, y todas las formas que surgen de estas. La historia de toda la sociedad hasta el día de hoy es la historia de la lucha de clases.

El otro problema de las anteriores formas de materialismo era que no consideraban la actividad del sujeto. Por eso Marx y Engels lo llamaron materialismo mecánico: no dejaba espacio para la actividad consciente del ser humano, considerándolo más bien una máquina que se debe poner en movimiento (a lo mejor por Dios). El lado subjetivo de la filosofía fue desarrollado por los idealistas, pero de manera unilateral. Como explica Marx en la primera tesis sobre Feuerbach:
«El defecto fundamental de todo el materialismo anterior -incluido el de Feuerbach- es que sólo concibe las cosas, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, no como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal».
Una conclusión muy simple, pero también muy poderosa, surge de adoptar la visión materialista: la posición de servidumbre y opresión de los seres humanos no es algo predestinado, ni parte de un plan divino donde los condenados de la tierra serán recompensados por su penuria en el cielo. La miserable posición de la inmensa mayoría de la población del planeta se debe a determinadas condiciones materiales, que deben ser cambiadas para que toda persona pueda alcanzar su máximo potencial, en lugar de quedarse atascada en la lucha diaria por la supervivencia. Adoptar la filosofía consecuentemente materialista del marxismo significa reconocer la capacidad del ser humano de transformar su entorno, y representa el primer paso para entrar en la lucha verdaderamente consciente por cambiar la sociedad.
El marxismo es una filosofía dialéctica
Pues todo lo existente merece perecer (J.W. von Goethe, Fausto).
Fue Hegel quien desarrolló la dialéctica a su máximo punto en obras como la Fenomenología del Espíritu y La ciencia de la Lógica. Sin embargo, Hegel era un idealista, y por lo tanto su dialéctica se presenta de forma mistificada, envuelta en formas ideales como la «Idea Absoluta», sobre la cual Engels comenta en Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana: «lo único que tiene de absoluta es que no sabe decirnos absolutamente nada acerca de ella.» Correspondía a Marx y Engels rescatar el núcleo revolucionario que era la dialéctica de Hegel, y desechar su exoesqueleto idealista y místico. De esta manera, la dialéctica, puesta sobre bases materialistas, «no es más que la ciencia de las leyes generales del movimiento y la evolución de la naturaleza, la sociedad humana y el pensamiento» (Engels, Anti-Dühring)
Lenin describió la dialéctica como la doctrina de la unidad de contrarios. En esta descripción está contenida toda la esencia de la dialéctica, sin embargo es necesario añadir detalles y desarrollarla. La verdad siempre es concreta.
¿Cuál es el elemento fundamental a entenderse sobre la unidad de opuestos? Todas las cosas en existencia ya llevan el germen de su propia destrucción. Esta lucha entre el ser y la nada es la esencia del desarrollo. En el momento en que nació nuestro Sol, su muerte ya estaba determinada: surgió con una cantidad determinada de combustible (Hidrógeno), que cuando se agote, iniciará el proceso de muerte del Sol como estrella. Contenido en él están todos los elementos para su propia destrucción. Y es a través de la tensión interna entre estos distintos elementos que se desarrolla. De la misma forma, todo ser humano se mantiene vivo porque millones de sus células mueren cada día. Esta unidad de opuestos es lo que llamamos la contradicción.
«La contradicción es la raíz de todo movimiento y vitalidad; y sólo en la medida que algo contiene contradicción se mueve y tiene impulso y vitalidad» (Lenin, Resumen del libro de Hegel «La ciencia de la Lógica»).
Durante siglos, la filosofía intentó desterrar a la contradicción, buscando establecer sistemas lógicos completamente armónicos. Desde la época de los antiguos griegos, personas como Pitágoras planteaban la no existencia de la contradicción. Al mismo tiempo, filósofos como Heráclito ya reconocían que el mundo mismo estaba lleno de contradicciones, y negar las contradicciones sería negar la realidad misma, negar su fluidez. Podríamos considerar a Heráclito como el primer dialéctico.
«Cuando sometemos a consideración del pensamiento la naturaleza humana o la historia humana, o nuestra propia actividad espiritual, se nos ofrece por de pronto la estampa de un infinito entrelazamiento de conexiones e interacciones, en el cual nada permanece siendo lo que era, ni como era ni donde era, sino que todo se mueve, se transforma, deviene y perece. Esta concepción del mundo, primaria e ingenua, pero correcta en cuanto a la cosa, es la de la antigua filosofía griega, y ha sido claramente formulada por vez primera por Heráclito: todo es y no es, pues todo fluye.» (Engels, Anti-Dühring)
Heráclito planteó el carácter contradictorio de la realidad por primera vez, sin embargo no pudo ir más allá debido al bajo nivel de desarrollo del conocimiento en general. Antes de poder volver a una concepción íntegra de la realidad, era necesario separar y aislar sus partes y estudiarlas de manera aislada, desentrañando sus particulares causas y efectos. Este es el fundamento para el desarrollo de la lógica formal (aristotélica), y más adelante el surgimiento de escuelas filosóficas como el empirismo, que consideran a los fenómenos como cosas estáticas, permanentes y aisladas.
Este método tiene sus usos, sin embargo, apenas trata de comprender la realidad en su interconexión, en su desarrollo y evolución, choca con dificultades cada vez más grandes.
«Para el metafísico, las cosas y sus imágenes mentales, los conceptos, son objetos de investigación dados de una vez y para siempre, aislados, uno tras otro y sin necesidad de contemplar el otro, firmes, fijos y rígidos. El metafísico piensa según rudas contraposiciones sin mediación: su lenguaje es «sí, sí», y «no, no», que todo lo que pasa de eso del mal espíritu procede. Para él, toda cosa existe o no existe: una cosa no puede ser al mismo tiempo ella misma y algo diverso. Lo positivo y lo negativo se excluyen el uno al otro de un modo absoluto; la causa y el efecto se encuentran del mismo modo en rígida contraposición. Este modo de pensar nos resulta a primera vista muy plausible porque es el del llamado sano sentido común. Pero el sano sentido común, por sano y apreciable compañero que sea en el doméstico dominio de sus cuatro paredes, experimenta asombrosas aventuras en cuanto se arriesga por el ancho mundo de la investigación.» (Engels, Anti-Dühring)
Finalmente, fue Kant quien llevó al «pensamiento metafísico» a su punto de quiebre al desarrollar sus famosas antinomias: demostró que, partiendo del mismo postulado inicial, es posible llegar a conclusiones diametralmente opuestas. Sin embargo, en lugar de tomarlo como una prueba de que la realidad misma es contradictoria, Kant concluyó que el conocimiento humano es por naturaleza limitado, y nos separa de la verdad. Es más, afirma que existen cosas que jamás podremos saber: la cosa en sí.
Paul Lafargue, el socialista francés, explicó las consecuencias de la teoría de la cosa en sí:
«El trabajador que come salchichas y recibe cien sueldos al día, sabe muy bien que el patrón le roba y que se alimenta con carne de cerdo, que el empresario es un ladrón y que la salchicha tiene un sabor agradable y que alimenta al cuerpo. En absoluto, dicen los sofistas burgueses, llámense Pirrón, Hume o Kant. La opinión del trabajador es personal, totalmente subjetiva, por la misma razón también podría decir que el empresario es su benefactor y que la salchicha está hecha de cuero picado, él no puede saber cómo son las cosas–en–sí.
«El problema es que la cuestión no se trata de una forma correcta. Para conocer un objeto el hombre primero debe verificar si sus sentidos le engañan o no. Los químicos han ido más lejos, han penetrado en los cuerpos, los han analizado, descompuesto en sus elementos y después han realizado el procedimiento contrario, han vuelto a recomponer sus elementos. Y desde el momento que el hombre es capaz de producir cosas para el uso propio de estos elementos, como dice Engels, entonces conoce las cosas–en–sí. El Dios de los cristianos, si realmente existiera y hubiera creado el mundo, no podría ir más allá de esto» (El materialismo de Marx y el idealismo de Kant).
Hizo falta el genio de Hegel para sacar a la filosofía del callejón sin salida en el que se encontraba.
El método dialéctico desarrollado por Hegel abarca todo fenómeno en su totalidad, en su complejidad, en su contradictoriedad: no acepta verdades absolutas, no acepta «estadios eternos». Desentraña las dinámicas ocultas de todo fenómeno y revela cómo de sus mismas entrañas surgen los instrumentos de su propia destrucción. El demócrata radical ruso Alexander Herzen la describió como «el álgebra de la revolución». No es difícil ver de dónde surge esta descripción: apenas se aplica a la ley, la moral o la política, las conclusiones del análisis dialéctico son profundamente revolucionarias.
Fue la aplicación de Marx del método dialéctico al estudio de la economía política que desentrañó los secretos del capitalismo, y otorgó a la clase obrera el arma más poderosa en la lucha por su emancipación. El comunismo no es simplemente una idea bonita, es el resultado necesario del desarrollo del capitalismo. Al desarrollar la industria a través del trabajo asalariado, el capital crea una clase de desposeídos que más y más ve concentrados en sus manos todos los elementos de la producción y reproducción social, al mismo tiempo que sus condiciones de existencia generan en ellos la conciencia revolucionaria que es necesaria para derrocar el sistema: el producto fundamental de la producción capitalista son sus propios sepultureros–el proletariado.
«La propiedad privada erigida a fuerza del trabajo propio; fundada, por así decirlo, en la consustanciación entre el individuo laburante independiente, aislado, y sus condiciones de trabajo, es desplazada por la propiedad privada capitalista, que reposa en la explotación de trabajo ajeno, aunque formalmente libre. No bien ese proceso de transformación ha descompuesto suficientemente, en profundidad y en extensión, la vieja sociedad; no bien los trabajadores se han convertido en proletarios y sus condiciones de trabajo en capital; no bien el modo de producción capitalista puede andar ya sin andaderas, asumen una nueva forma la socialización ulterior del trabajo y la transformación ulterior de la tierra y de otros medios de producción en medios de producción socialmente explotados, y por ende en medios de producción colectivos, y asume también una nueva forma, por consiguiente, la expropiación ulterior de los propietarios privados. El que debe ahora ser expropiado ya no es el trabajador que labora por su propia cuenta, sino el capitalista que explota a muchos trabajadores. Esta expropiación se lleva a cabo por medio de la acción de las propias leyes inmanentes de la producción capitalista, por medio de la concentración de los capitales. Cada capitalista liquida a otros muchos. Paralelamente a esta concentración se desarrollan en escala cada vez más amplia la forma cooperativa del proceso laboral, la aplicación tecnológica consciente de la ciencia, la explotación colectiva planificada de la tierra, la transformación de los medios de trabajo en medios de trabajo que solo son utilizables colectivamente, la economización de todos los medios de producción gracias a su uso como medios de producción colectivos del trabajo social, combinado. Con la disminución constante en el número de magnates capitalistas que usurpan y monopolizan todas las ventajas de este proceso de trastocamiento, se acrecienta la masa de la miseria, de la opresión, de la servidumbre, de la degeneración, de la explotación, pero se acrecienta también la rebeldía de la clase obrera, una clase cuyo número aumenta de manera constante y que es disciplinada, unida y organizada por el mecanismo mismo del proceso capitalista de producción. El monopolio ejercido por el capital se convierte en traba del modo de producción que ha florecido con él y bajo él. La concentración de los medios de producción y la socialización del trabajo alcanzan un punto en que son incompatibles con su corteza capitalista. Se la hace saltar. Suena la hora postrera de la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados.» (Marx, El Capital, Tomo I Cap. XXIV: La llamada acumulación originaria).
El marxismo como método, no como dogma
Los increíbles descubrimientos de Marx, y todas las posteriores adiciones a la teoría marxista por parte de grandes revolucionarios como Lenin o Trotski, no son resultado de la revelación divina, ni de la recitación memorizada de textos, sino de la aplicación de un método, el método materialista dialéctico, a la realidad viva. Es responsabilidad de cada revolucionario adueñarse de este método a través del estudio concienzudo de todos los grandes pensadores del pasado, particularmente los marxistas, y a través de la participación activa en la lucha de clases, ya que toda teoría correcta no es más que la condensación de la experiencia pasada de la lucha de clases.
Y contrariamente a lo que plantean los académicos posmodernos, existen teorías correctas e incorrectas. Pero la tarea no es imponer «ideas correctas» al mundo, sino investigar el mundo tal y como es, para deducir así las leyes que lo rigen. En esta tarea, el pensamiento no es una barrera, como consideran algunos filósofos subjetivistas, sino más bien el puente que conecta al sujeto con el objeto.
Pero la verdad no será encontrada en el estudio académico, puramente mental. Nuestra concepción de la realidad se afina a través de nuestra interacción con el mundo. Es la interacción dialéctica de la teoría y la práctica, una llevando a la otra, lo que define el proceso infinito de profundización del conocimiento.
«El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico» (Marx, Segunda tesis sobre Feuerbach).
«La vida social es, en esencia, práctica. Todos los misterios que descarrían la teoría hacia el misticismo, encuentran su solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esa práctica» (Marx, Octava tesis sobre Feuerbach).
El pensamiento no existe separado de la actividad, más bien todo lo contrario: es inseparable de la existencia humana en general. El ser humano actúa en su entorno, profundizando su conocimiento de éste y cambiándolo. Y al cambiar su entorno, el ser humano se cambia a sí mismo. En este sentido, el trabajo, en su concepción más general, es el modo de existencia de la humanidad.
El pensamiento abstracto es correcto en la medida en que refleja la realidad. El marxismo no nos da un libro de recetas que describa a la perfección la realidad. Nos da el método para acercar nuestro pensamiento a la realidad. Descubrir la necesidad que se esconde debajo de la casualidad, la esencia oculta debajo de las apariencias. Este no es un mero trabajo de memorizar datos y fechas, o acumular conocimiento enciclopédico de todos los acontecimientos recientes y no tan recientes para armar un paralelismo superficial. La tarea es desentrañar lo general de lo concreto, y del desarrollo previo de cualquier fenómeno, poder avizorar su desarrollo futuro, de manera que sea posible comprender la posición que ocupa uno en el momento histórico.
«Es, de hecho, el deseo de obtener una comprensión racional, no la ambición de acumular una masa de adquisiciones [datos], que debería presuponerse en cada caso como poseída en la mente del erudito en el estudio de la ciencia» (Hegel, Lecciones sobre la Filosofía de la Historia).
Esta comprensión racional es lo que Trotski describió como la «ventaja de la previsión sobre el asombro». Si adquirimos un conocimiento correcto y profundo de la sociedad que nos rodea y su desarrollo, no seremos tomados por sorpresa por cada giro que dé la historia, y podemos estar seguros que muchos giros violentos habrá.
El marxismo da una concepción holística del mundo

Al ver las cosas en su contexto, desarrollo e interconexión, la dialéctica por necesidad fluye de un ámbito a otro, cubriendo todos los aspectos de la naturaleza y de la existencia humana.
Desarrollado sobre esta base, el marxismo se establece como un todo unificado, donde cada aspecto suyo está conectado con cada otro, a través de la dialéctica. Ya explicamos cómo el análisis económico de Marx surge de su aplicación del método dialéctico a la economía política. Lo mismo puede decirse de la concepción materialista de la historia.
Por lo tanto, el marxismo y el eclecticismo están diametralmente opuestos. Aferrarse de un solo aspecto del marxismo y tratar de desechar el resto no representa otra cosa que tratar de eliminar la dialéctica, su núcleo revolucionario, y retornar a la visión metafísica que sólo reconoce las cosas en su aislamiento, muertas y estáticas. Todo intento de adoptar solo una parte del marxismo sólo puede terminar en una de dos cosas: o finalmente se acepta la totalidad del marxismo (como sucede con algunas personas durante su proceso de radicalización), o se cae en una falsificación inerte del marxismo, inútil en la lucha por transformar la sociedad.
Por otro lado, están aquellos que quieren añadir al marxismo, típicamente mencionando que Marx no consideró tal o cual. Así tenemos a diversos representantes de la «teoría crítica», la «interseccionalidad» y demás. Claramente Marx no pudo considerar todos los aspectos de la existencia humana: era una persona como cualquier otra, y su tiempo sobre la faz de la tierra era limitado. Sin embargo, nuevamente hace falta recordar que el marxismo no consiste en las obras completas de Marx, Engels, Lenin, Trotski y todos los demás. Consiste en el método, fundamentado en la filosofía del materialismo dialéctico, que subyace estos textos y otros.
Y lamentablemente, en la mayoría de los casos, aquellos que buscan «actualizar» el marxismo lo que en realidad hacen es nuevamente introducir el eclecticismo, al tratar de mezclar el materialismo consecuente del marxismo con teorías que fundamentalmente son idealistas, o ignoran la base material del aspecto que enfocan (y suele ser un solo aspecto). Como estos tenemos a diversos pensadores de la Escuela de Frankfurt, la teoría interseccional, y Silvia Federici, entre otros. Ya Lenin en su tiempo tuvo que lidiar con estos problemas, y escribió el libro Materialismo y Empiriocriticismo para desmontar los intentos de un grupo de bolcheviques de mezclar el Kantismo con el Marxismo. Dentro de este texto ya están presentes todos los argumentos para contrarrestar a los eclécticos modernos, cuyos intentos lamentablemente no han aumentado en creatividad.
Estas no son cuestiones secundarias, errores en la teoría inevitablemente llevan a errores en la práctica, y en la lucha de clases los errores se pueden pagar muy caro. Como explica Trotski:
«Infinitamente más exigente, más severo y más equilibrado es aquél para quien la teoría es una guía para la acción. Un escéptico de salón puede burlarse impunemente de la medicina. El cirujano no puede vivir en la atmósfera de incertidumbres científicas. Cuanta más necesidad tiene el revolucionario del apoyo de la teoría para la acción, cuanto más intransigente es en salvaguardarla. Vladimir Ulianov despreciaba el diletantismo y aborrecía a los curanderos. En el marxismo, él apreciaba, por encima de todo, la autoridad disciplinada del método.» (Trotski, La Juventud de Lenin)
Es imposible aceptar la crítica de la economía política de Marx sin que de esta fluya la comprensión del Estado como un instrumento de clase, y la necesidad de hacerlo añicos a través de la Revolución Proletaria. Pero en esta monumental tarea, el proletariado se enfrenta a una máquina salvajemente violenta, organizada, y centralizada. Si quiere tener cualquier esperanza de lograr su objetivo, la clase obrera requiere de una organización y centralización igual o mayor que la del Estado capitalista. Fue Lenin quien pudo reconocer este hecho con la mayor claridad.
Partiendo del reconocimiento básico del hecho de que diversas capas de la sociedad alcanzan conclusiones revolucionarias en diversos momentos, surge inevitablemente la conclusión de que es necesario empezar organizando a los sectores más avanzados -la vanguardia- para que estos puedan ir atrayendo a su posición a sectores cada vez más amplios. La dirección revolucionaria, organizada como partido, es necesaria para conectar las conclusiones parciales e incompletas a las que llegan las masas a través de su experiencia en el capitalismo con el programa acabado del marxismo, que es la experiencia acumulada de la clase.
Cuando la clase obrera rusa se levantó contra sus opresores en 1917, existía un partido que pudo cumplir esta función. Explicando pacientemente la necesidad de que los mismos trabajadores tomaran el poder en sus manos a través de los soviets, los bolcheviques pasaron de ser un partido de apenas 8000 militantes en febrero, a ser más de 200 000 en septiembre, ganándose a los obreros y campesinos a su programa y dirigiéndolos a la toma del poder en octubre.
Un año después, cuando las masas se levantaron contra sus opresores en Alemania, no poseían un partido bolchevique, y la Revolución alemana fue ahogada en sangre, culminando en el régimen fascista de Hitler.
Esta es la experiencia condensada del bolchevismo.
El marxismo y la organización del partido

«Sin teoría revolucionaria tampoco puede haber movimiento revolucionario. Jamás se insistirá bastante sobre esta idea en unos momentos en que a la prédica en moda del oportunismo se une la afición por las formas más estrechas de la actividad práctica.» (Lenin, ¿Qué hacer?)
Toda la historia de la lucha de la clase obrera nos muestra que esta necesita un partido revolucionario para tomar el poder. ¿Qué tipo de partido debe ser, y cómo ha de ser construido? Para guiarnos en estas preguntas nos debemos basar en la experiencia del partido Bolchevique: el único partido en la historia que logró dirigir a la clase obrera al poder.
Antes de poder edificar un gigante y poderoso rascacielos, es necesario empezar por los cimientos, y mientras más alto y grande ha de ser el rascacielos, más profundos deberán ser los cimientos.
Asimismo, la resistencia y longevidad de una fuerza marxista parte por su profundidad política, y esta es inmensa. De la misma manera que a la Revolución Francesa le tuvo que preceder un profundo trabajo preparativo ideológico, para la Revolución Proletaria es necesario un trabajo cien veces más profundo. «Sólo un partido dirigido por una teoría de vanguardia puede cumplir la misión de combatiente de vanguardia.» El partido debe ser construido sobre la base sólida de la teoría más avanzada que existe: la teoría marxista.
El partido bolchevique no nació hecho y derecho como Atenea de la cabeza de Zeus. Fue necesario recorrer todo un proceso de desarrollo, incluida una revolución fallida, para que estuviera en condiciones de dirigir la Revolución de Octubre. El marxismo ruso tiene su origen en el llamado «Grupo por la Emancipación del Trabajo», consistiendo en 5 personas y dirigido por Jorge Plejánov. En lugar de dejarse llevar por la desesperación, y tratar de alcanzar inmediatamente a las masas simplificando su mensaje, hicieron precisamente lo opuesto.
Las obras de Plejánov están caracterizadas por su inmensa profundidad, desarrollando y explicando todas las facetas del marxismo. Naturalmente, estos textos no eran precisamente fáciles de leer, pero aquellas personas que se animaban a enfrentar el reto descubrían toda la profundidad de una visión del mundo más elevada. Esta experiencia inspiró a toda una nueva generación de luchadores de clase a sumergirse en el marxismo y construir las fuerzas del partido revolucionario. El marxismo explotó en la escena porque el irresistible poder de su profundidad capturó las mentes de esa capa inicial de cuadros que formaron el esqueleto de un fenómeno mucho más grande.
Una tarea similar es a la que nos enfrentamos hoy. Debemos ser pacientes, y entender que esta tarea tomará tiempo: no existen atajos, y el trabajo de crear una primera capa de cuadros sólidamente formados en el marxismo es ineludible. Sin estos cimientos, cualquier construcción posterior está condenada a caer como una choza en la tormenta.
Esto no significa que nos tomemos la tarea como un paseo por el parque, todo lo contrario: la crisis capitalista se intensifica día a día, y en todos los países los factores objetivos de la revolución socialista (el desarrollo de las fuerzas productivas, la fortaleza material de la clase obrera, etc.) están maduros, pero el factor subjetivo (la dirección revolucionaria), está muy por detrás.
La inmensidad de nuestra tarea no debería asustarnos. Solo significa que para realizarla necesariamente requerimos de una visión amplia de todo el desarrollo histórico de la humanidad, y esta sólo puede ser obtenida del marxismo. Cuando entendemos el curso del río de la historia, incluso la montaña más alta deja de verse tan difícil de escalar. Solo es necesario reconocer el camino y ponerse a andar. Es el estudio de la historia y de la teoría que nos permite avanzar con paso firme.
Ser marxista no es un hobby de café, y un revolucionario debe forjarse activamente, siempre sacando las conclusiones prácticas de su análisis y de sus ideas. Entendemos que la tarea más apremiante de los revolucionarios hoy en día es la construcción de un partido capaz de guiar a la clase obrera a la toma del poder. ¿Cuáles son las conclusiones prácticas de esto?
El trabajo de construir la organización se trata de trabajo lento y paciente. Nada más alejado de la idea de algunos de “morir por la revolución.” Morir es una de las cosas más sencillas que se puede hacer en este mundo. A nosotros nos corresponde vivir por la revolución. Día a día llevar a cabo las tareas de difusión de las ideas, educación y, lo más importante, inspiración política. Esa es la única forma en que daremos un solo paso hacia adelante.
El comunismo no es una idea bonita, no es una utopía inalcanzable, el comunismo es nuestro futuro, y ya lo vemos nacer de las mismas entrañas del capitalismo. Dondequiera que mires, puedes encontrar las semillas de lo nuevo. Pero el capitalismo no cederá su lugar automáticamente: es necesario asestarle el golpe final. Sólo el proletariado, surgido del mismo proceso de acumulación capitalista, es capaz de hacer esto. Y de la misma forma que la sociedad burguesa crea todas las condiciones materiales de su propia abolición, también impulsa las condiciones subjetivas. Los acontecimientos y las condiciones de vida dentro del capitalismo son como martillazos que cada día forjan la conciencia revolucionaria de millones. Pero no es una conciencia plenamente desarrollada. Esto solo es posible dentro de un partido revolucionario. Ahí está nuestra tarea: debemos conectar con las nuevas capas que entran a la lucha y darles las ideas del marxismo, que son el arma más afilada en esta lucha por el futuro de la humanidad.
Tengan plena confianza en su capacidad de empuñar esta arma, plena confianza en la capacidad de la clase obrera de transformar totalmente la sociedad, sean consecuentes con sus propias convicciones, y el futuro está asegurado.
