El salario y la explotación capitalista: Introducción a las ideas de Marx

Por David García Colín

En el capitalismo, la producción de mercancías alcanza su más alto nivel, de hecho, la mercancía es la célula del sistema —como Marx señaló en el Tomo I de El Capital—.  Una mercancía es todo aquel objeto externo que sirve para resolver una necesidad en tanto tiene una utilidad, y a la par, también tiene la capacidad social de intercambiarse por otras mercancías, incluyendo el dinero. Valor de uso y valor de cambio son los componentes esenciales de cualquier tipo de mercancía.

En el mercado las mercancías tienden a intercambiarse por otras mercancías de un valor equivalente. Aparentemente el trabajador intercambia su trabajo con el capitalista a cambio de un salario equivalente. Pero la igualdad formal del mercado mantiene oculta la dinámica de la explotación capitalista. 

Marx parte de la idea clásica de los fundadores de la economía política inglesa —Adam Smith y David Ricardo— de que el valor de toda mercancía está en el trabajo invertido en producirla. Marx lleva esta idea a sus últimas consecuencias y descubre que lo que paga el capitalista con el salario no es el trabajo del obrero, sino la fuerza de trabajo —que no es lo mismo—. El capitalismo se caracteriza por mantener a la fuerza de trabajo como una mercancía. El valor de uso de esta mercancía es la capacidad de trabajar, y el valor de cambio de la fuerza de trabajo como mercancía es justamente el salario, o sea,  el precio de la fuerza de trabajo del obrero. 

“Por tanto, el salario no es más que un nombre especial nominal que se le da al precio de la fuerza de trabajo, al que suele llamarse precio del trabajo”, señala Marx en Trabajo asalariado y capital. La existencia de esta mercancía especial presupone relaciones de producción en las que las grandes fábricas, dinero, tierra y banca —medios de producción— se concentran en las manos de una clase social: La burguesía. 

En el otro polo fundamental existen masas de trabajadores que no tienen ninguna mercancía que vender más que su propia fuerza de trabajo. Existe una relación de explotación, pero se encuentra disfrazada, fetichizada. Pareciera que el capitalista paga al obrero en el mercado su trabajo, en condiciones de igualdad y de mutuo acuerdo formal. 

Pero el capitalista no paga el trabajo realizado por el obrero, sino solo una parte equivalente al precio de la fuerza de trabajo, es decir, el equivalente al trabajo socialmente necesario para reproducir al propio trabajador y a su familia —alimento, vivienda, educación—. Marx señala en Salario, precio y ganancia que: “El valor de la fuerza de trabajo se determina por el valor de los artículos de primera necesidad calculados para producir, desarrollar, mantener y perpetuar la fuerza de trabajo”.

Aunque el capitalista pague en el mercado —por término medio— un precio equivalente del valor de dicha fuerza de trabajo, existe explotación, pero ésta no se da en el mercado sino en la producción.

La fuente del valor está en el trabajo. Durante la jornada de trabajo el obrero recrea con su trabajo no sólo el valor de su propia fuerza de trabajo, sino un valor adicional que Marx llama plusvalía, de la que se apropia el capital. Por ejemplo, si la jornada laboral es de 8 horas, y en 4 horas el trabajador crea el valor de su salario, el resto del valor creado en la jornada laboral le pertenece al capitalista que le explota. Éste es el secreto de la explotación capitalista y uno de los grandes descubrimientos de Marx por el que la clase dominante no puede perdonarle.

Las formas de salario pueden variar, por ejemplo, el salario puede darse por tiempo o a destajo. El salario por tiempo oculta la parte del tiempo de trabajo que no se paga y el salario a destajo donde se paga por unidad producida dando la apariencia de que todo el trabajo se paga. El capital tiene como finalidad explotar la mano de obra maximizando la tasa de plusvalía, es decir, la proporción que existe entre plusvalía y salario. El capital maximiza la explotación ya sea incrementando la plusvalía absoluta (por ejemplo, aumentando la jornada de trabajo o reduciendo salarios) y/o aumentando la plusvalía relativa mediante el incremento de la productividad del trabajo (introduciendo nueva maquinaria y tecnología en el proceso de trabajo). Esto tiene como consecuencia la formación de un ejército de desempleados —un ejército industrial de reserva— que tiende a incrementar la oferta de la fuerza de trabajo, presionar a la baja los salarios, hasta disminuirlos al mínimo de subsistencia.

En última instancia, la lucha de clases no es más que la lucha por la plusvalía generada por la clase obrera. Ganancia de capital y salario están en relación inversa. Sin organización el obrero no es más que carne de explotación, puesto que las palancas económicas y de poder en el capitalismo están, obviamente, de lado de la burguesía. La única forma que los trabajadores han tenido para contener la tendencia a la pauperización es la organización colectiva de los trabajadores en forma de sindicatos, las movilizaciones y huelgas que imponen a la patronal salarios más altos, jornadas de trabajo menos extenuantes, contratación colectiva y derechos sociales (vivienda, salud, educación). 

Pero en los márgenes del capitalismo la lucha de clases en su fase puramente económica tiene serias limitaciones: Lo que la burguesía es obligada a dar con la mano izquierda lo arrebatará en el futuro con la mano derecha, además, las fluctuaciones y crisis del mercado evaporan conquistas del pasado, resultando una tarea de Sísifo. Pero la lucha económica prepara a los trabajadores para luchas más fundamentales y decisivas.

La fase superior de organización de la fuerza de trabajo es la organización política como clase independiente. Se impone a los trabajadores la tarea de imponer por la fuerza del Estado leyes que garanticen los derechos de los trabajadores, la tarea de organizarse como clase y con un programa político. Sin embargo Marx llegó a la conclusión —sobre todo tras los acontecimientos de la Comuna de París— que la clase obrera no puede limitarse a la toma del viejo y podrido Estado burgués, sino que éste debe ser desmontado, destruído hasta los cimientos y sustituido por un Estado comuna: por la democracia obrera y el pueblo en armas. Esa organización no caerá del cielo ni se organizará automáticamente, es nuestra tarea como clase crear ese instrumento revolucionario sin el cual el triunfo de la revolución comunista resulta imposible. 

1  Marx, Karl; Trabajo asalariado y capital, Madrid, Fundación Federico Engels, 2011, p. 22.
2 Marx, Karl; Salario, precio y ganancia, Madrid, Fundación Federico Engels, p. 37.