Un recuento a nuevos ojos: Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez

 Diego L.

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. 

Con esa famosa frase inicia la novela Cien años de soledad (1967) de Gabriel García Márquez. A casi sesenta años de su publicación original, la novela no sólo le dio fama instantánea a García Márquez, también inauguró todo un género literario y, de cierta manera, construyó un imaginario en Latinoamérica. Todavía, la novela sigue gozando de una gran aclamación por parte de la crítica y los lectores que se acercan a ella, y ¿cómo no sería posible? si la novela que cuenta la historia de siete generaciones de la familia Buendía no solo es una construcción narrativa ensoñadora de la ciudad ficticia de Macondo. Con personajes que son tan fantásticos como humanos, en el que su comportamiento es reflejo tanto de su contexto como de sus pasiones. Gabo crea todo un universo narrativo en el cual indaga en la psique de diversos personajes a lo largo de distintos tiempos literarios. 

Es complicado hablar de una crítica literaria marxista. El marxismo es un método de estudio que se centra en diversos aspectos de la sociedad, pero siempre buscando el apego más riguroso a las bases materiales y su reproducción. Obviamente la literatura no escapa de este análisis, puesto que, la producción literaria requiere de una organización social determinada.

Ahora bien, en que se centra la crítica literaria marxista. Esto pues, si bien podemos analizar el contexto en el que salió la obra y también las condiciones de su producción, ultimadamente esto no puede dictaminar si la obra es buena o mala, si es estéticamente bella o no, o incluso si vale la pena o no. La literatura también es la disposición de las palabras para expresar la concatenación de la vida, transmitir el movimiento de forma estética, en tanto la sintaxis revela una historia que jamás se desprende de la vida material.

En Cien años de soledad, Gabo hace el retrato de siete generaciones de la familia Buendía, vemos sus relaciones, intrigas y hasta traiciones, todo acompañado de elementos mágicos que nos emocionan constantemente. Podemos notar que Gabo no pierde el tiempo mostrándonos como un pueblo evoluciona en sus fuerzas productivas, desde el inicio, podemos notar que pasan de ser una comuna para poco a poco hacerse de jerarquías, todo lo cual cae en la familia Buendía, que, mediante la concentración de riqueza y sumado a los procesos históricos que vive la región, va monopolizando el poder. Esta idea está presente desde José Arcadio Buendía: “…que era el hombre más emprendedor que se vería jamás en la aldea, había dispuesto de tal modo la posición de las casas que desde todas podía llegarse al río y abastecerse de agua con igual esfuerzo”. 

Macondo, que en algún momento se pudo interpretar como una organización sin Estado, poco a poco se debe ir integrando en las dinámicas que plantea el capital naciente dentro de todo un territorio, sus riquezas se ven en el interés de empresas más grandes volviéndose dependientes. Lo podemos ver en el caso de la compañía Bananera, la cual, también se nos menciona, están dispuestos a hacer de todo con tal de maximizar sus ganancias; caen en las prácticas imperialistas que Lenin ya había citado en El imperialismo. También podemos ver como la compañía empieza a caer en prácticas capitalistas: “Los trabajadores no tenían derecho a quejarse, porque la compañía no los consideraba empleados sino contratistas”, y esto, de manera desapacible, termina en una matanza. En toda la novela podemos notar cómo Macondo paulatinamente se va enfrentando con fuerzas mayores que atacan su estabilidad y alteran su forma de organización; esto se muestra también cuando se ve sumergida en las guerras liberales, cuando el Estado político busca aliarse con Macondo; vemos el establecimiento del matrimonio como medio para obtener interés tanto político cómo económico. Lo que nos muestra aquí, es la guerra sin revolución, las guerras liberales, no son más que alianzas entre la burguesía naciente y las fuerzas militares que servirán como su mano derecha. 

Finalmente, todo el arco de la familia Buendía es simbólico, su decadencia coincide con la misma del pueblo que fundaron; el declive de Macondo viene acompañado de una repetición de errores y nombres y una incapacidad para aprender del pasado. Esto parece ser la tesis central de toda la novela. Vemos como la repetición de ciertos factores consumaron el fin de Macondo y, con ello, el fin de los Buendía. Toda la historia es un ciclo para advertirnos que hay que aprender de la historia. El fin de Macondo no fue un destino mítico, sino una consecuencia histórica. Producto de la avaricia, la explotación y los intereses externos que empujaron su dinastía hasta la muerte. Gabo nos advierte algo: que nada es eterno. Todo entra en declive y algo más surge de ahí. El capitalismo está en declive y tenemos decisión: podemos ser como los Buendía o transformar la realidad “porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad en la tierra”.