Trotskistas perdidos en Trotski: Reseña marxista de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño
Alejandro Camacho
La poesía es flor y esencia de los tiempos de donde brota. La corriente que emana de la palabra del hombre libre resulta tan poderosa para fundar nuevas eras y sepultar el grito anacrónico de aquellos que atentan contra el progreso de la humanidad. Tanto Platón como Stalin estaban tan conscientes de esta verdad que atentaron contra los poetas de sus propios mundos: el primero los expulsó directamente de su República, el segundo doblegó la pluma de sus revolucionarios ante el “realismo” de su “socialismo”. Pero la belleza revolucionaria es una flama que vuela sin atadura esperando hallar sitio desde donde arder. Benditos sean los ungidos por la mano prometeica de Espartaco y de Lenin.
Fue en el siglo XX cuando la poesía alzó el vuelo y desplegó sus alas por encima de los versos medidos con regla y los sonetos anquilosados de los burgueses. El proletariado tomó la poesía por asalto y relampaguearon por el cielo las vanguardias. Desde el país de los soviets, Mayakovsky y su proletkult. De la Francia de la Bastilla y de la Comuna, Bretón y el Surrealismo. Desde el México profundo de Villa y Zapata germinó la semilla eléctrica de Manuel Maples Arce y estridentismo con sabor a mole de guajolote. Los sueños de un siglo que nacía entre el grito bolchevique y la mano creadora de una generación comprometida con silenciar la esclavitud pasada con las odas del mañana ya presente. Mañana es mejor.
Lastimosamente, nosotros como habitantes del siglo XXI cargamos sobre nuestros hombros los escombros del siglo XX. El mañana perdió rumbo y la generación de la Revolución murió entre el fuego del fusil y el frío del gulag. El protagonista de esta historia, Roberto Bolaño, perteneció a una era de juventud revolucionaria que quedó sin dirección vanguardista tras el asalto a la razón de Pinochet y sus escuadrones de la muerte, una generación huérfana de futuro. Y en gesto creador, tomó la orfandad de su generación y la nombró infrarrealismo. Halló refugio en un México donde la traición fratricida ya se había cobrado a los continuadores de la revolución, revolucionarios que se salvaban del fuego de Tlatelolco o en las salas de torturas de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) y entre las oficinas de domesticación burocrática a la Octavio Paz. Bolaño escribe “a estalinistas mexicanos, a revolucionarios de mierda que cada quincena cobraban del erario público” (P.340) y para que quedara más claro compararía a los poetas neoestalinistas con los que defendían al régimen del PRI tanto como aquellos que viven como garrapatas del presupuesto oficial. En el México de la Revolución Institucionalizada, el proletariado decapitado fue cuerpo fecundo para el espíritu infrarrealista desenvolviéndose a sí mismo, proletariado que caminaba en círculos por la oscuridad de un mundo a la deriva hacia la barbarie. “Déjenlo todo, nuevamente”, proclamó Bolaño como manifiesto ante la eternidad del tiempo.
Como testimonio de todo esto, quedó Los Detectives Salvajes, novela publicada en 1998, mismo año en que murieran Octavio Paz y Elena Garro (sacerdotes de la literatura oficialista y caudillos de la cultura nacional) y mismo año en el que murió su dupla poética Mario Santiago Papasquiaro (seudónimo con el que se bautizó a sí mismo en honor al pueblo donde nació José Revueltas). Dentro de la novela, retrata las andanzas de sus versiones ficcionadas: Bolaño como el poeta Arturo Belano y Mario Santiago como su compañero Ulises Lima, ambos en busca de su poeta-heroína: Cesárea Tinajero. Junto a Lupe —una joven trabajadora sexual que huye de su proxeneta— y el joven poeta García Madero -quien relata la historia a manera de diario- se ven inmersos en un mundo donde los poetas de su tiempo hacen de todo menos escribir y donde los revolucionarios de su tiempo están tan atemorizados hasta para invitar a salir a una mujer. Su andar hacia el futuro es de espaldas, con fe ciega, pero con paso decidido.
A pesar de la descripción que brindo, ésta no se trata de una novela de poetas lumpen ni de marxistas de sillón solamente. “La revolución no es juego para burgueses” cantó Víctor Jara, y el velo de la insurrección mundial envuelve a los protagonistas de nuestra obra. El futuro negado de la Unidad Popular, la sombra de la Revolución Cubana, la participación de los poetas en la Revolución Sandinista y los ecos de la guerrilla mexicana están presenten frente a los ojos del viscerrealismo, como se llama dentro de la ficción al infrarrealismo. Pero también, la cosmovisión de Bolaño alcanza a materializar los horrores vividos dentro de su presente: Israel como un calabozo en donde caben tanto el nazi como al poeta, Liberia como un manicomio selvático donde se mata y se huye a la misma velocidad; la ciudad de Villaviciosa, Sonora como una ciudad de asesinos del desierto dedicados a la muerte.
Para Bolaño, la política posee un rol sustancial que juega con la poesía y el drama humano a partes iguales. Dicha visión parte de una formación trotskista que se huele en cada página. Pero la palabra de Bolaño no cae en el simple panfleto: es la sutil reflexión en la que se refleja el mundo. La praxis de los protagonistas de esta obra coral es reflejo del caos que nos legó la putrefacción de la Unión Soviética y la incapacidad de la IV Internacional de dirigir las insurrecciones globales:
Cuando yo conocí a Carmen, en México, era trotskista y aún seguía siéndolo, pero igual salía con el andaluz, que al parecer era si no un estalinista convencido, sí un brezhnevista convencido, para el caso que nos ocupa casi lo mismo. En fin, un enemigo acérrimo de los trotskistas, así que la relación entre ambos debía de ser de lo más movida (P. 230).
No es sorpresivo como dentro de la obra cabe un poeta mariateguista convertido al catolicismo reaccionario en medio de la guerra civil peruana o la deriva socialdemócrata de profesores de filosofía con pasado comunista y presente neocardenista. La pluma de Bolaño funciona tanto como un diagnóstico universal de la revolución permanente en estado de trauma tanto como una lágrima nostálgica que recorre un rostro ya arrugado.
En pleno cambio de siglo y sólo unos años antes de la muerte de su autor, Bolaño nos legó una obra capaz de retratar el ascenso de una generación excitada por la transformación total y la derrota de quienes cayeron en el fango de las revoluciones traicionadas y que se ahogaron en el silencio del olvido. Un Ícaro sin alas, que cayó aún a la lejanía del sol. Pero la derrota de una generación que se entendió internacional y portadora del mañana debe ser razón de motivación, de profundo estudio y a la distancia, de una responsable admiración. Entender a Bolaño y a sus detectives salvajes como nuestros antepasados de clase es una parte fundamental para alzar vuelo desde los hombros de los otros. Como dijo Lupe al huir de Sonora junto al poeta García Madero: “Algún día la policía atrapará a Belano y a Lima, pero a nosotros nunca nos encontrarán”. Luchemos por que tenga razón.
