Murió Habermas, un ideólogo liberal de la clase dominante
David García Colín Carrillo
Por ironías de la historia el sociólogo Jürgen Habermas murió el 14 de marzo de este 2026, mismo día en que en 1883, falleciera Karl Marx. Ironía porque las ideas que sostuvieron no podían ser más diferentes y antagónicas: el liberalismo burgués y el racionalismo formal vs. el marxismo revolucionario y el pensamiento materialista y dialéctico. Seamos claros, el “premio Príncipe de Asturias” fue un ideólogo de la clase dominante cuya teoría —acartonada, vacía y aburrida— era una apología de la democracia burguesa, una idealización de sus formas y, al mismo tiempo, un sermón moral de lo que la democracia burguesa debía ser. Marx fue el teórico de la revolución comunista. Habermas de la inofensiva “teoría” de la deliberación pública ciudadana vs. el “poder político y económico”.
La esfera pública como espacio inmaculado
Existen ingenuos que creen que este personaje tenía alguna relación con el marxismo revolucionario sobre todo por haber pertenecido a la segunda generación de la Escuela de Frankfurt y a la llamada “teoría crítica”. Pero estas credenciales “marxistas” son una insultante falsificación: ya Horkheimer y Adorno —fundadores de esa escuela— habían convertido al marxismo en su contrario: la alienación del trabajador se presentaba como monolítica y absoluta, los trabajadores habían perdido cualquier potencial revolucionario y el capitalismo —capitalismo tardío, le llamaban— había superado sus contradicciones fundamentales. Habermas añade a esa “revisión” del marxismo que el materialismo histórico de Marx es mecánico y determinista pues, según él, no contempló la esfera de la comunicación social y el espacio público como contrapesos —mediante reglas, acuerdos, consensos y valores morales— de los intereses de clase y económicos.
Marx no puede pensar la esfera pública como una instancia de mediación racional que tenga autonomía frente a la base económica; para él, la publicidad es meramente una ideología que encubre intereses de clase. Al reducir la praxis humana al trabajo (acción instrumental), el marxismo clásico pierde de vista la dimensión de la interacción mediada por el lenguaje.[1]
Ahí tenemos: Marx no tomó en cuenta los bonitos foros públicos de la democracia burguesa que por arte de magia neutralizan los intereses del capital. Este planteamiento formalista y de vacuo racionalismo se sostiene como si la “esfera pública” fuera un espacio puro, desinteresado y etéreo; independiente de las relaciones de clase que dominan la sociedad. Como si las “personas privadas” —es decir los empresarios privados y los vendedores de fuerza de trabajo— se despojaran de sus intereses materiales al momento de entrar en el sacrosanto espacio público y el espacio parlamentario.
Incluso Hegel había notado que la sociedad civil no era sino el resumen de las relaciones económicas privadas y antagónicas entre los individuos privados —Hegel pensaba que esos intereses podían ser subsumidos por la racionalidad estatal—. Habermas plantea haber “reconstruido a Marx” incorporando en el análisis a la “esfera pública”, pero en realidad se trata de un retorno al racionalismo burgués, al utilitarismo del siglo XIX y al racionalismo kantiano.
Acción comunicativa como la expiación de la opresión de clase
La teoría de la “acción comunicativa” de Habermas presenta un refrito del imperativo categórico de Kant. En sus palabras: “Llamo acción comunicativa a aquella forma de interacción en que los participantes coordinan sus planes de acción mediante actos de entendimiento”[2]. Es una versión del rancio liberalismo burgués en donde las personas discuten “racionalmente” las reglas de convivencia social y actúan en consecuencia y de buena fé. Así como el imperativo categórico de Kant se basaba en la “buena voluntad”, la “acción comunicativa” de Habermas se basa en la buena voluntad de los que intercambian argumentos y discuten.
Habermas se comporta ante la sociedad como el profesor regañón que insiste a sus alumnos a comportarse y dialogar, mientras le pegaban chicles en el asiento. Plantea que las acciones sociales pueden coordinarse al margen del poder estatal y el poder del dinero. Pero esta estupidez no ha funcionado en ninguna parte porque la sociedad está dividida en clases, factor que Habermas diluía conscientemente.
Su planteamiento es el de la conciliación de clase mediante un presunto intercambio racional de opiniones, donde supuestamente gana el mejor argumento. Sobra decir que las decisiones realmente importantes en el capitalismo no se toman en los parlamentos y en apacibles charlas alrededor de una fogata entre empresarios y obreros, sino en los consejos de administración de las grandes empresas y por los representantes políticos de la clase dominante.
Habermas sermonea sobre cómo debería ser el diálogo racional el que debe fundar las acciones colectivas: “El concepto de racionalidad comunicativa remite a la experiencia central de la fuerza sin coacciones del mejor argumento”[3]. Pero en una sociedad dividida en clases sociales dicho sermón es tan impotente y ridículo como convencer a un cocodrilo que coma chayotes en vez de alimentarse de los animales que cruzan el río. En pocas palabras, Habermas plantea que la legitimidad del derecho, el Estado y la moral deben provenir del consenso, la razón y la fuerza del mejor argumento: “La legitimidad del derecho depende de procesos discursivos de formación de la opinión y de la voluntad.[4]” Esta forma moralista de pensar es tan pueril que su “verdad” cabe en un trocito de papel.
Fingiendo ser “crítico” de la “modernidad”
Se dice que con su planteamiento del “mundo de la vida” frente al poder económico y político Habermas realiza una “crítica a la modernidad” —término que se suele usar en la teoría crítica para evitar el término capitalismo—: “Mientras el mundo de la vida se reproduce mediante la acción comunicativa, los sistemas de acción se regulan a través de medios como el dinero y el poder.[5]” Pero esta “crítica” es tan “peligrosa” y “disruptiva” como los sermones morales de la misa de los domingos y, en todo caso, da por hecho la existencia de la sociedad capitalista.
Toda esa perorata aburrida sobre el diálogo, la razón y la comunicación no sólo no explica nada —es sólo una defensa descarada del sistema— sino que es igualmente impotente y superflua incluso para el mismo Habermas que justificó la actual masacre sionista en Gaza —al parecer el diálogo y la razón terminan donde empiezan los intereses del imperialismo— en un comunicado donde se pueden leer perlas como las siguientes:
Pese a toda la preocupación palestina se pierden todos los parámetros si se le atribuyen a las acciones israelíes propósitos genocidas […] El compromiso de la República Federal de Alemania con la democracia y los Derechos Humanos está ligado a una cultura política en la que, a la luz de los crímenes nazis, la vida judía y el derecho a la existencia de Israel son elementos esenciales que se deben defender.[6]
Así como los fundadores de la Escuela de Frankfurt —Horkheimer y Adorno— se comportaron como esquiroles cuando solicitaron la acción de la policía en contra de la huelga estudiantil de 1968 en la Universidad de Frankfurt. Habermas termina sus días como un defensor del sionismo y del genocidio en Palestina.
Ya no engañan a nadie
La postura política de Habermas puede plantearse como una justificación del “mundo basado en reglas” que ha entrado en crisis terminal y que no era sino una careta para ocultar el derecho del más fuerte, como el propio primer ministro de Canadá, Mark Carney, confesó en su discurso. Es también una idealización del llamado “espacio público” y los espacios de discusión —como parlamentos abiertos, consultas participativas— de los que se dota la democracia burguesa para simular y/o generar consenso social. Se trata de la teorización del cretinismo parlamentario que cree que la historia discurre en esos espacios apartados de las masas.
Los académicos defensores de esta línea de pensamiento sostienen que los frutos de esa “acción comunicativa” pueden verse en los movimientos “ciudadanos” que han ensanchado los derechos civiles y humanos en las sociedades democráticas sin necesidad de revoluciones violentas. Pero en realidad, todos los derechos importantes que ha ganado la población —desde las limitaciones a la jornada de trabajo, el salario mínimo y el derecho al voto— han sido subproducto de la revolución y de poderosos movimientos de la clase obrera y el pueblo, nunca productos puros del debate parlamentario o de sensatos acuerdos racionales entre las clases sociales.
Los profesores liberales cada vez engañan a menos personas. A ojos de todo el mundo está claro que los Estados burgueses defienden los intereses del gran capital, que sus medios de comunicación están comprados, sus espacios de debate y deliberación son una farsa y que a nadie se le da el premio “Príncipe de Asturias” por ser un revolucionario y ni siquiera alguien de izquierda.
A Habermas le dieron el premio “Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales”, en 2003, no por sus “brillantes argumentos” o la “profundidad de su pensamiento” sino por ser un defensor liberal del sistema capitalista. Puede que un Nobel de literatura, como Octavio Paz, tenga indudables méritos literarios y artísticos, más allá de sus postura políticas, pero en el caso de las ideas filosóficas y políticas no hay margen de maniobra, aquí no se juzga el talento, sino los intereses de clase que defienden.
Por eso cuando los titulares, y gente que se presume de izquierda, afirman que murió el más grande pensador de nuestros tiempos. Uno no puede más que pensar que se trata de una broma involuntaria que revela la más completa ignorancia, falta de conciencia de clase y la bancarrota absoluta de la izquierda reformista y su ideología.
El “diálogo” y la “comunicación”que requieren las clases oprimidas —lo entrecomillamos ya que el cambio de conciencia y organización de los trabajadores no se da en abstracto sino a través de la acción colectiva— está en la movilización independiente y de clase, la creación de una organización propia, con un programa que ponga sobre la mesa la necesidad de derribar al sistema capitalista y construir una sociedad comunista. Para ello arrojemos al basurero de la historia a “intelectuales” burgueses y al podrido liberalismo burgués.
[1] Jürgen Habermas, Ciencia y técnica como ideología, Tecnos, Madrid, 1992, p. 169.
[2] Habermas, Jürgen. Teoría de la acción comunicativa, vol. I: Racionalidad de la acción y racionalización social. Madrid: Taurus, 1987, p. 418.
[3] Ibid. p. 215.
[4] Habermas, Jürgen; Facticidad y validez: sobre el derecho y el Estado democrático de derecho en términos de teoría del discurso. Madrid: Trotta, 1998.p. 644.
[5] Habermas, Jürgen. Teoría de la acción comunicativa, vol. I: Racionalidad de la acción y racionalización social. Madrid: Taurus, 1987, p. 215.
[6] https://www.swissinfo.ch/spa/habermas-rechaza-acusaciones-de-genocidio-contra-israel-en-gaza/48978632
