El derrame de hidrocarburos en las costas del Golfo: Crimen capitalista contra el pueblo y la naturaleza
Max López Chapa – PCR Veracruz
Desde el primero de marzo de 2026, las costas de Veracruz, Tabasco y Tamaulipas han sido escenario de un desastre ecológico que ya supera los 900 kilómetros de litoral contaminado. Lo que comenzó como manchas oscuras en 16 localidades —desde Pajapan hasta Paraíso— se ha convertido en una crisis sistémica que afecta a 51 comunidades, pone en riesgo a 14,000 pescadores y sus familias, y amenaza con destruir ecosistemas irremplazables: manglares, lagunas, arrecifes de coral y la cadena alimentaria marina en su conjunto. En los últimos días han salido a relucir imágenes en redes sociales de tortugas, manatíes y peces flotando muertos en aguas envenenadas.
Mientras tanto, la presidenta Claudia Sheinbaum declara que “las playas están limpias” y la gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle García, insiste en que son aptas para el turismo de Semana Santa, una mentira criminal que expone a la población a riesgos de salud severos.
La hipocresía burguesa no conoce límites: se destinan 35 millones de pesos en “apoyos” a las familias pescadores que no compensan la pérdida del sustento (sobre todo en una economía agravada como la nuestra por los vaivenes del imperialismo estadounidense), mientras se oculta la magnitud real del desastre. Aunque hasta la fecha los equipos de limpieza han hecho una labor admirable de recoger 785 toneladas de residuos contaminados en playas y otras 40,6 toneladas directamente en el mar, como señala la bióloga marina Ana Fernanda con crudeza, en realidad “lo que le preocupa al gobierno es el turismo; harán lo posible por atraer visitantes y aparentar que nada ocurre”.
La Secretaría de Marina ha identificado tres fuentes del derrame: un buque petrolero privado fondeado en Coatzacoalcos, emanaciones naturales de chapopoteras cercanas a ese puerto, y emanaciones del Complejo Cantarell a 60 millas de Ciudad del Carmen. Esta tripartición revela más de lo que el Estado burgués admite.
La naturaleza del capitalismo y del Estado en la gestión de la destrucción del ecosistema
Trece buques están bajo investigación, cuatro de ellos aún navegando por aguas mexicanas. No se revelan las empresas propietarias. ¿Por qué? Porque pese a que el gobierno actual se tilda para “servir al pueblo” no se diferencia mucho de las administraciones pasadas, quienes han terminado por aliarse con la clase burguesa. Los intereses de las petroleras privadas extranjeras están protegidos por el secreto comercial y la impunidad estructural. La Marina inspecciona, pero los nombres de los verdaderos responsables permanecen en la opacidad. Esto no es incompetencia, es complicidad de clase.
Las chapopoteras y el Complejo Cantarell son emanaciones naturales, sí, pero su impacto catastrófico es producto de décadas de extracción desenfrenada. Pemex y antes de ella, las petroleras imperialistas han perforado, bombeado y saqueado los yacimientos del Golfo sin inversión en infraestructura de contención, sin protocolos de emergencia, sin respeto por los ecosistemas costeros. Las “emanaciones naturales” se han convertido en desastres porque el capital ha debilitado la capacidad natural de recuperación de los manglares, ha contaminado las lagunas, ha destruido los arrecifes que actuaban como barreras protectoras.
El análisis marxista respecto a la destrucción ambiental bajo el capitalismo es claro, el sistema no solo explota al trabajador, sino que devasta tanto las fuentes de la riqueza terrestre como las del trabajo. La naturaleza se convierte en mero depósito de materias primas y vertedero de desechos, mientras la plusvalía fluye hacia los bolsillos de los burgueses, a costa de explotación y devastación.
El grupo interdisciplinario formado por Semarnat, ASEA, Profepa, Pemex y la Marina no es un organismo de justicia ambiental, sino un comité de gestión de crisis para proteger a los verdaderos culpables. Sheinbaum deslinda a Pemex de responsabilidades antes de concluir la investigación; Nahle García culpa a un buque privado sin nombrarlo; la Marina inspecciona barcos sin revelar sus empresas dueñas.
Este es el Estado en su función esencial: no representante del “bien común”, sino aparato de coerción al servicio del capital. Como enseñaba Lenin, el Estado es “un producto y una manifestación irreconciliable de las contradicciones de clase”. En el caso del derrame veracruzano, vemos al Estado actuando simultáneamente como:
- Policía ambiental que protege a las petroleras privadas mediante el secreto y la impunidad;
- Gestor de la legitimidad que declara “limpias” las playas para salvar la temporada turística;
- Administrador de la pobreza que ofrece migajas mientras el mar se muere.
La “soberanía energética” que proclama el actual gobierno es, en realidad, la soberanía de Pemex como empresa capitalista de Estado, con sus propios intereses de mercado, su propia lógica de acumulación, su propia disposición a externalizar los costos ambientales hacia los trabajadores y la naturaleza. Claro que reconocemos la medida progresiva de Cardenas en 1938 para la nacionalización del petróleo en nuestro país, la solución no está en la apertura de la industria petrolera para las garras imperialistas, sino en la democracia obrera y la administración de los recursos por los propios trabajadores.
La derecha reaccionaria se aprovecha del dolor ajeno
Es evidente que los límites del gobierno reformista de la Cuarta Transformación se reflejan en este momento más que nunca, los límites institucionales y su negativa a romper de manera definitiva con el capital y la burguesía nacional e internacional, incluso cediendo a las agresiones imperialistas de Trump, dejan en claro a qué clase social favorecen y a quien deciden sacrificar. Sin embargo es de importancia reconocer que no todas las críticas de medios masivos de comunicación, influencers, ONG´s son objetivas ni tienen un genuino interés en encontrar una solución o mejorar la calidad de vida de los trabajadores afectados. Los intereses de la mayoría de estas empresas o iniciativas privadas tienen como objetivo generar desestabilidad y desinformación, con la intención de usarlas como un arma útil para su regreso al poder.
En el presente artículo, como en otros textos del Partido Comunista Revolucionario, denunciamos sin ambigüedades las limitaciones y contradicciones de esta administración. Reconocemos que sus políticas progresistas (aunque insuficientes y contradictorias) representan conquistas que la derecha pretende revertir. Por esa cuestión, mantenemos la mirada atenta a las maniobras de este bloque reaccionario, siendo conscientes de que su regreso al poder significaría una ofensiva despiadada contra las condiciones de vida de la clase trabajadora y los sectores populares.
Como trabajadores debemos ser conscientes de que la lógica de la ganancia capitalista por encima de las necesidades sociales y naturales y la anarquía del mercado, seguirán depredando a la Tierra y explotando al trabajador. Sólo la organización política de los trabajadores con la dirección de un Partido comunista de cuadros revolucionarios será capaz de tomar el poder y dejarlo al servicio y administración de la clase trabajadora.
Veracruz y Tabasco: Pueblos históricamente explotados
Veracruz y Tabasco no son víctimas casuales. Son territorios históricamente saqueados: desde la extracción del caucho y el palo de tinte en el siglo XIX, pasando por el “oro negro” del petróleo descubierto en el Porfiriato, hasta la instalación de la refinería de Dos Bocas —megaproyecto del régimen actual que prometió soberanía energética, pero sin romper con la influencia imperialista.
El derrame actual refleja que las regiones explotadas son las que sufren los costos ambientales de la acumulación capitalista, mientras que la gran burguesía disfruta de lo saqueado, sin pensar en las repercusiones fatales hacia el planeta. Los pescadores de Alvarado, las comunidades indígenas de El Mangal y El Pescador, los habitantes de las riberas del Papaloapan, son los sujetos de una violencia estructural que Marx describió como la separación del productor directo de los medios de producción, ahora extendida a la separación del pueblo de sus territorios vitales.
La “compensación” de 35 millones de pesos (menos de lo que cuesta un departamento de lujo en Polanco) revela el valor que el capital asigna a las vidas de los trabajadores del campo y el mar. Es la lógica de la mercancía aplicada a la existencia humana: si no produces plusvalía, eres desechable. Es ejemplo de que el capitalismo y el Estado en manos de la burguesía han dejado de ser capaces de resolver sus propias contradicciones.
Convertir la indignación en organización revolucionaria
Frente a esta catástrofe, ¿qué hacer? Existe una comprensible rabia hacia los efectos de este desastre ambiental que ha movilizado a activistas y ciudadanos preocupados por el medio ambiente, pero debemos señalar que no solo basta con una denuncia ecologista que únicamente lleve a “mayor regulación” o “mejores tecnologías”. La historia de ExxonMobil (que conoció desde 1977 el impacto climático de sus actividades y financió décadas de negacionismo) demuestra que las petroleras saben exactamente lo que hacen y lo hacen igual. La destrucción ambiental no es un accidente del capitalismo, sino su tendencia inherente.
Como pueblo organizado, debemos tener claras nuestras posiciones respecto al desastre ocurrido: La defensa del medio ambiente es lucha de clases.
Los pescadores de Veracruz, los comuneros de Tabasco, los trabajadores portuarios de Coatzacoalcos y la clase trabajadora en general tienen intereses objetivamente en común que los unen y que se contraponen a los intereses de las petroleras y sus cómplices estatales. La lucha por el mar limpio, por la tierra no contaminada, por el aire respirable, es una lucha contra la propiedad privada de los medios de producción y por el control social de los recursos naturales.
Los comités de pescadores afectados, las asambleas comunitarias, los sindicatos democráticos del sector energético, deben articularse en un frente único que exija: revelación total de los responsables del derrame, juicio político y penal a los funcionarios que mintieron sobre la magnitud del desastre, expropiación sin compensación de las petroleras privadas involucradas, y transferencia del control de Pemex a los trabajadores bajo una dirección planificada del proletariado, lo que únicamente puede significar la lucha contra la burguesía.
Tampoco podemos olvidar nuestra perspectiva internacionalista: El planeta es de todos, en el caso del Golfo de México, es una cuenca compartida con Estados Unidos y Cuba. Los derrames no conocen fronteras, y tampoco debe conocerlas la solidaridad obrera. La lucha contra British Petroleum en el desastre de Deepwater Horizon, las movilizaciones contra el oleoducto Keystone XL, las resistencias indígenas contra el extractivismo en toda América Latina, son frentes de una misma guerra: la del trabajador contra el capital, la vida contra la mercancía.
No se trata de “verdear” el capitalismo con energías renovables gestionadas por las mismas corporaciones que destruyeron el planeta. Se trata de una transición hacia un modo de producción donde la satisfacción de las necesidades humanas (en armonía con los ciclos naturales) reemplace a la producción de plusvalía como motor de la economía. Esto requiere de la revolución socialista, la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, y la planificación democrática de la economía.
No hay normalidad posible dentro de un sistema que convierte la vida en muerte para obtener ganancias. La “normalidad” del capitalismo es la crisis permanente: crisis económica, crisis climática, crisis de salud, crisis de sentido. Cada desastre “natural” es, en realidad, un crimen social.
La tarea de los comunistas, de los revolucionarios, de todos los trabajadores conscientes, es organizar la rabia transformándola en fuerza política. No basta con lamentar el derrame: hay que convertirlo en punto de inflexión para la construcción de un movimiento que enfrente al capitalismo como sistema, que luche por el poder para las clases trabajadoras, que restituya a la naturaleza su derecho a existir libre de la mercantilización.
El petróleo debe ser de quienes lo extraen y de quienes sufren sus consecuencias. El mar debe ser de quienes pescan en sus aguas, no de las corporaciones que las envenenan. La tierra debe ser de quienes la trabajan, no de quienes la especulan. Esta es la consigna que debe guiar la lucha en Veracruz, en México y en el mundo entero.
¡Ni un metro más de litoral entregado al capital!
¡Expropiación de las petroleras y control obrero de la industria!
¡Por la revolución comunista!
