El Asalto a Madera, 1965-2025: Lecciones de lucha de clases para el Chihuahua de hoy
Alberto Alvarez Murga
A sesenta años del asalto al cuartel de Ciudad Madera por el Grupo Popular Guerrillero (GPG), este episodio histórico trasciende la mera conmemoración para convertirse en un espejo crítico de las luchas actuales en Chihuahua. Un análisis desde la perspectiva marxista revolucionaria, específicamente trotskista, nos permite extraer enseñanzas vitales sobre estrategia, alianzas de clase y los peligros del sustituismo o foquismo en un contexto donde las contradicciones del capitalismo se han agudizado.
Contexto histórico: Radicalización en la Sierra
El proceso debe situarse en el marco de la Guerra Fría, específicamente en los años 60 en el norte de México. Mientras la Revolución cubana demostraba la posibilidad concreta de desafiar al imperialismo, el régimen priísta mexicano intensificó su represión contra toda expresión de izquierda. En Chihuahua, donde un puñado de terratenientes ejercía control absoluto sobre la tierra y el poder político, esta paranoia anticomunista justificó la persecución sistemática de maestros, estudiantes y campesinos organizados. Es en este contexto de violencia estructural donde surge el GPG, liderado por el profesor Arturo Gámiz García, como expresión de resistencia contra un sistema de privilegios y cacicazgos que negaba derechos elementales.
Las Normales Rurales: trincheras de conciencia de clase
El caldo de cultivo intelectual y organizativo del GPG se encontraba fundamentalmente en las Escuelas Normales Rurales. Estas instituciones, creadas como parte del proyecto educativo cardenista, representaban espacios únicos donde los hijos de campesinos accedían no solo a educación gratuita sino a una formación crítica. Para la década de 1960, normales como las de Salaices y Saucillo habían alcanzado un notable grado de radicalización: en sus aulas se estudiaba sistemáticamente El Capital de Marx, se debatía sobre la reforma agraria y se organizaban brigadas de apoyo a comunidades indígenas. “La educación marxista en la vida de las normales rurales era de lo más habitual pues varios estudiantes presumían de ser marxistas; traían siempre debajo del brazo El Capital de Carlos Marx”. El gobierno, respondiendo a su carácter de clase, las señaló como “semilleros de guerrilleros” implementando cierres de internados y detenciones arbitrarias.
Del debate a las armas: el programa de las Cinco Resoluciones
La formación del GPG no fue un acto espontáneo sino resultado de un proceso de discusión política. En el Primer Encuentro de las Juventudes Populares, con participación de estudiantes normales, universitarios y representantes de sectores marginados, se socializó un diagnóstico colectivo de las crisis estructurales. Este análisis identifica tres problemas centrales: el acaparamiento de tierras por cacicazgos locales, la represión militar al servicio del capital y la persecución a la educación emancipadora. Este diagnóstico se materializó en febrero de 1965 con la redacción de Las Cinco Resoluciones durante el Segundo Encuentro “Heraclio Bernal”. Este programa político, notable por su claridad, llamaba a expropiar latifundios, armar al pueblo para su autodefensa, crear frentes guerrilleros en la sierra, denunciar al PRI como instrumento del imperialismo y solidarizarse con las luchas latinoamericanas.
El asalto: sacrificio heroico y errores estratégicos
El 23 de septiembre de 1965, un grupo de aproximadamente una docena de jóvenes, armados principalmente con rifles, carabinas, escopetas y bombas caseras, intentó asaltar el cuartel de Ciudad Madera. La acción, inspirada tácticamente en el asalto al cuartel Moncada en Cuba, buscaba tres objetivos principales: capturar armamento para equipar milicias campesinas, detonar un levantamiento popular en la región y golpear simbólicamente al ejército como pilar de la opresión. El resultado fue una derrota militar: ocho guerrilleros murieron, incluidos los líderes Arturo Gámiz y Pablo Gómez. Sin embargo, su sacrificio no fue estéril: “Murieron en el intento, pero ese hecho inspiró a posteriores organizaciones chihuahuenses, así como a la mayor guerrilla urbana mexicana que nombró a la Liga Comunista 23 de Septiembre en honor a esa fecha”.
Un análisis marxista de la acción revela al menos tres errores estratégicos fundamentales
Desconexión orgánica con el movimiento obrero urbano. La composición social del grupo asaltante evidencia una grave desconexión: sólo 3 de los combatientes eran obreros industriales, contradiciendo el principio leninista de que “el proletariado debe llevar hasta el fin la revolución democrática, uniendo a su alrededor a la masa del campesinado”.
Subestimación del aparato represivo y problemas logísticos: La inteligencia falló al calcular las fuerzas enemigas —el cuartel tenía el triple de efectivos de lo estimado— y el ataque, originalmente planeado para el 15 de septiembre, se ejecutó con retraso y falta de coordinación en relación a condiciones ambientales y estrategia.
Sustituismo o foquismo: La decisión final de ejecutar el asalto fue tomada por apenas 12 dirigentes sin consultar a las bases campesinas que decían representar, cayendo en la lógica guevarista que sobrevalora la capacidad de un foco guerrillero para crear por sí mismo las condiciones revolucionarias.
La represión estatal: violencia sistémica como método de control
La respuesta del Estado mexicano desnudó su verdadero carácter de clase mediante una campaña de terror que incluyó desalojos forzosos de comunidades indígenas y campesinas, así como el cierre definitivo de cuatro escuelas rurales y dos internados. Paralelamente, se instrumentó una campaña de propaganda destinada a estigmatizar al GPG como “bandidos”, criminalizando la disidencia política. De manera particularmente brutal, se utilizó la violencia sexual como arma de contrainsurgencia: “Estos utilizaron como modos de presión ‘la violación de las hijas de los campesinos'”, práctica que buscaba la humillación colectiva y el control social mediante el terror patriarcal.
Chihuahua contemporáneo: viejas contradicciones, nuevas formas de lucha
Sesenta años después, un análisis de la realidad chihuahuense revela la persistencia de las contradicciones estructurales, aunque bajo nuevas formas. El latifundio tradicional se ha transformado en el dominio de corporaciones agroindustriales y mineras trasnacionales que acaparan recursos hídricos y envenenan ecosistemas, generando un despojo aún más violento que el del siglo pasado. La represión estatal ha mutado: la “guerra contra el narco” funciona como pretexto para la militarización del territorio y la criminalización de la protesta social, funcionando como un catalizador para los procesos de neoliberalización de los territorios rurales ocupados, mientras persisten formas de control paramilitar. La violencia patriarcal del Estado, evidenciada en las violaciones de 1965, encuentra continuidad en la epidemia de feminicidios y la estructura de impunidad. Las Normales Rurales, aquellas trincheras de conciencia, siguen siendo acechadas mediante discursos tecnocráticos de “calidad educativa” que buscan desmantelar su carácter crítico y comunitario, el cual no solo persiste, sino que se sigue reproduciendo hasta hoy en día.
Frente a este panorama, la lección estratégica fundamental del asalto a Madera y de toda la experiencia revolucionaria del siglo XX es la necesidad histórica de construir una dirección revolucionaria. El heroísmo individual, la espontaneidad y el foquismo han demostrado ser callejones sin salida que conducen al sacrificio inútil de los mejores cuadros. La tarea central para los revolucionarios en el Chihuahua actual no consiste en replicar tácticas fallidas sino en construir un partido de la clase obrera basado en un programa pedagógico de tradición socialista. Este instrumento debe ser capaz de ligar las luchas inmediatas por el agua, contra la violencia patriarcal, por la tierra, contra la militarización con la necesidad de la toma del poder político. Solo un partido así, fundamentado en la teoría de la revolución permanente, puede forjar la unidad obrero-campesina, impulsar la autoorganización democrática de las masas y plantearse la conquista del gobierno obrero como única solución real a la barbarie capitalista.
Conclusión: balance crítico y perspectivas
Conmemorar el asalto a Madera exige superar el culto al sacrificio para realizar un balance crítico que ilumine el camino futuro. Honrar verdaderamente a los caídos significa comprender sus errores estratégicos y aprender que la fuerza social capaz de transformar la sociedad reside en la movilización independiente, consciente y organizada de la clase trabajadora en alianza estratégica con el campesinado pobre y los sectores oprimidos. La llama de Madera no se extinguió en 1965: su verdadero legado es el espíritu de rebelión contra un sistema de opresión que perdura. El desafío para las nuevas generaciones de revolucionarios consiste en canalizar ese espíritu hacia una estrategia superior, forjando el instrumento político —el partido revolucionario— que pueda convertir el heroísmo aislado en victoria colectiva. La lucha de clases continúa, y su desenlace depende de nuestra capacidad para asimilar las lecciones del pasado sin repetir sus tragedias.
¡Por la revolución permanente! ¡Hasta la victoria siempre!
