Bolivia: La crisis del diésel y la marcha suicida del capital
Rafael Zabalanga,
Militante del Núcleo Comunista Revolucionario, sección boliviana de la ICR
El 16 de agosto de 2026, el gobierno de Rodrigo Paz promulgó el Decreto Supremo 5676, que establece la eliminación del subsidio del diésel para grandes consumidores, teniendo estos que pagar ahora el precio internacional. El ministerio de hidrocarburos y energías, en su página web, justifica la necesidad de esta medida explicando:
«Durante las últimas semanas, pese al esfuerzo económico del Estado por adquirir y distribuir ese carburante necesario para la actividad productiva, se constató que las mafias, no importa cuánta cantidad de diésel importe el Gobierno, desvían ingentes cantidades del combustible, desangrando al mismo tiempo la economía del país y provocando desabastecimiento. Ante esa realidad, el Gobierno tuvo que tomar medidas de fondo analizando todas las variables de esta situación».
Sin embargo, este dieselazo amenaza con elevar los precios de los productos en toda la economía, y pone en riesgo el sustento de una gran parte de la población del país. Por este motivo, una oposición general al DS 5676 se ha desarrollado en prácticamente todos los sectores de la población. En Santa Cruz y Beni, ha impulsado los primeros bloqueos de carreteras desde la declaración del estado de excepción en junio: un desafío directo a la autoridad del Estado.
La presión se hizo tan fuerte que el ministro de la presidencia, Fernando Aramayo, se vio obligado a decir algo que en otras ocasiones sería un secreto fuertemente resguardado: el DS 5676 responde a una exigencia del FMI: el gobierno está subordinándose completamente a los mandatos del imperialismo estadounidense, representado por su brazo financiero supuestamente neutral. Podemos estar seguros que esta no es la única exigencia que hace el FMI al gobierno; todos los logros del período pasado están bajo peligro.
El mismo presidente parece haberse rendido completamente: buscando librarse de la responsabilidad de suministrar el mercado de carburantes delegando la tarea a los gobiernos departamentales. Sin embargo, no podemos tener ninguna ilusión de que de esta manera se solucionará el problema del combustible: no es más que un caso de pasar la papa caliente. Y vaya que está caliente.
La crisis de los combustibles tiene el potencial de enterrar la carrera política de cualquier persona mínimamente involucrada, ya que afecta de manera catastrófica en la vida de millones de bolivianos. El problema es que esta crisis no tiene su origen dentro del país. Existen una serie de factores agravantes, como la escasez de dólares, pero el motivo fundamental se encuentra a miles de kilómetros de distancia, en el estrecho de Ormuz.
Mientras Paz viajaba al Escudo de las Américas a lamerle las botas a Trump y a los imperialistas del norte, el payaso en jefe inició una guerra con Irán que representa una bomba nuclear en los cimientos de la economía mundial. Los efectos del cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán ya se han hecho sentir alrededor del mundo: racionamientos en Bangladesh, Sri Lanka e India entre otros, filas enormes para conseguir combustibles en Corea del Sur, Vietnam, Myanmar. Todo como resultado de la escasez generada por el bloqueo de la ruta por donde más del 20% del consumo mundial de petróleo pasaba. Esta escasez también se ha visto reflejada en un aumento galopante de los precios de los combustibles a nivel mundial.
En un artículo del 18 de agosto, el Financial Times, uno de los periódicos más serios de los estrategas del capital, escribió sobre la respuesta del imperialismo estadounidense a la crisis que ellos mismos crearon:
«El precio al consumidor del diésel – la savia vital de la economía debido a su rol esencial en alimentar la industria y la agricultura – llegó a 5.47 USD por galón [1.46 USD por litro], cerca de su máximo histórico de 5.82 USD por galón [1.55 USD por litro] debido a las guerras en Medio Oriente y Europa, que maniatan la producción y sofocan los suministros globales.
[…]
El conflicto [en Irán] ha exacerbado la escasez de diésel ya existente causada por los ataques de drones ucranianos a refinerías rusas, que han afectado la producción de uno de los proveedores más grandes del mundo y causaron que Moscú reduzca sustancialmente sus exportaciones.
Las refinerías en EEUU han estado funcionando a toda máquina para intentar llenar el vacío, enviando volúmenes récord de combustible a los mercados globales, que según analistas serán difíciles de mantener debido al agotamiento de las reservas».
En otras palabras, los conflictos imperialistas en Irán e Ucrania (ambos iniciados por EEUU) amenazan la estabilidad de toda la economía mundial, y Trump está correteando para apagar todos los incendios que él mismo ha creado. Pero se le está vaciando el extintor. La escasez de combustibles en el mercado mundial significa que la competencia entre estados-nación para obtener los combustibles que a toda costa requieren se vuelve cada vez más despiadada, un país atrasado y aplastado por el imperialismo mundial tiene todas las de perder. Bolivia es última en la fila para abastecerse. La mano invisible del mercado mundial se convierte en una soga en torno al cuello de los pueblos del mundo.
El artículo continúa:
Con la producción de diésel cerca de su máximo, los analistas advierten que cualquier perturbación adicional – de la guerra, mantenimiento, o daño por huracanes [El fenómeno climático de El Niño aumenta el riesgo de huracanes] – podría disparar los precios.
[…]
«Existe el potencial para lo que llamamos números estúpidos: cinco, seis y siete dólares por galón».
A medida que el poder del imperialismo estadounidense decae más y más, los imperialistas del norte arremeten ciegamente contra todos y todo, incluso aquello que garantizaba la estabilidad del sistema: un león herido es mucho más peligroso. No solo eso: 80 años de dominio mundial casi sin oposición, particularmente desde el colapso de la URSS, ha dejado su marca en la psicología de la clase dominante estadounidense: son orgánicamente incapaces de reconocer la derrota. La acción más lógica desde el punto de vista abstracto del capitalismo mundial sería que reconocieran su derrota en Irán y se retiraran, para permitir el restablecimiento del tránsito a través del estrecho de Ormuz.
Sin embargo, un hombre al borde de un precipicio no razona.
Frente a esta posición suicida de la burguesía, es necesaria una solución obrera, porque sabemos que nuestra clase dirigente no tiene forma alguna de resolver la crisis, excepto cargándola sobre nuestros hombros.
Hace dos años escribimos:
Bolivia, que no hace tanto parecía inmune a la crisis capitalista, un ejemplo exitoso del reformismo, ahora marcha de la mano con el capitalismo mundial hacia el abismo.
Ahora el borde del acantilado está a la vista, y la marcha continúa.
Seamos absolutamente claros: la clase dominante boliviana no será capaz de resolver la crisis de los combustibles, no importa cuántas soluciones ingeniosas propongan. Un problema de carácter global, engendrado por los conflictos imperialistas entre diferentes Estados-nación capitalistas, requiere una solución global. La clase capitalista mundial es incapaz de encontrar una solución porque están en competencia entre ellos, por lo tanto deben velar en primer lugar por sus propios intereses. Desde el punto de vista de los capitalistas de un país, lo más lógico para superar la crisis es tratar de ofrecer mejores precios y condiciones a los proveedores de combustibles para que estos prefieran venderles a ellos. Sin embargo, bajo condiciones de una escasez general de combustibles en el mercado mundial, esta actitud razonable de las clases dominantes individuales se convierte en una actitud suicida para el sistema en su conjunto: los precios de los combustibles se disparan para todos, las tensiones entre países aumentan, amenazando agravar los conflictos que causaron la escasez en primer lugar y llevando a una fragmentación incluso mayor de una economía mundial que ya es extremadamente frágil. En resumen, la razón se convierte en sinrazón.
No es el caso para los trabajadores del mundo: las guerras en Irán y Ucrania van en contra de sus intereses. En Ucrania son los imperialistas occidentales que sacrifican una generación entera de obreros ucranianos para intentar frenar el ascenso del imperialismo ruso, que de igual forma solo está motivado por consideraciones geopolíticas, y de ninguna forma el bienestar de su población, mucho menos de la ucraniana. En Irán, los imperialistas estadounidenses se lanzaron a la guerra más impopular en su historia (incluso más que Vietnam) arrastrados por el perro rabioso israelí, que está cometiendo un genocidio en Palestina, contra el cual millones de jóvenes y trabajadores se han movilizado a nivel mundial.
Los precios elevados de combustibles golpean los bolsillos de los pobres y trabajadores a nivel mundial, mientras el capital financiero puede especular en la bolsa sobre el alza aún mayor del costo de los carburantes. Aquellos con los recursos pueden comprar diésel de sobra y derrocharlo, mientras los pobres del mundo no lo consiguen ni para hacer funcionar los servicios más esenciales.
Y todo esto cuando en realidad todo lo necesario para garantizar una vida digna a cada ser humano sobre el planeta ya existe.
La crisis de los combustibles es una parte integrante de la crisis mundial del capitalismo. Los obreros del mundo en el poder podrían poner fin rápidamente a las guerras en cada rincón del planeta y poner a los responsables ante los tribunales revolucionarios. Ese solo sería el primer paso hacia garantizar nuevamente el acceso a energía a todos los pueblos del mundo, y habiéndose eliminado la necesidad de lucrar, a precios mucho más bajos. Posteriormente sería posible desarrollar un plan racional de producción que reduzca el consumo de combustibles fósiles y pueda hacer una transición energética hacia energías renovables.
Pero incluso dentro de los límites actuales de Bolivia, los pobres y obreros podríamos gestionar la escasez de combustibles de manera mucho más eficiente. El control democrático de los trabajadores sobre cada etapa de la producción y distribución de los carburantes pondría rápidamente fin a la corrupción, la especulación y el despilfarro, de una forma que la intervención del Estado burgués en YPFB jamás podrá. Podemos decir ya ahora: esta intervención solo cambiará quienes se llenan los bolsillos, pero no solucionará un solo problema.
El control obrero sobre la cadena de suministro energético liberará enormes cantidades de combustible que actualmente desaparecen para enriquecer a unos pocos. Colocado dentro de un plan general de producción y desarrollo económico y aprovechando todos los recursos que ahora la burguesía boliviana acumula y esconde dentro y fuera del país, desataría todo el potencial de las masas bolivianas, hasta ahora aplastadas por la bota imperialista y sus lacayos criollos.
En un contexto donde los trabajadores de toda la región y el mundo están cada vez más hartos de sus propios capitalistas, el estado obrero en Bolivia rápidamente podría unirse voluntariamente con los trabajadores de los demás países a medida que ellos también van saldando sus cuentas con sus burguesías, dando paso a una federación socialista de América Latina, como parte de la Federación Socialista Mundial.
Todo esto sería objetivamente posible mañana, pero hay un último obstáculo que debe ser derribado: la clase capitalista misma.
Los burgueses del mundo arrasan la tierra y al hombre a su paso, una gran plaga sobre el futuro de la humanidad. Aniquilando el medio ambiente, asesinando a cientos de miles a través de guerras y genocidio, y a millones a través de la muerte sistematizada por el mercado global: toneladas de alimento perfectamente bueno se pudren mientras millones mueren de hambre. Esto no es una falla en el sistema, funciona exactamente como debería, y no puede ser reformado. Los capitalistas no pueden ser convencidos de cambiar, no existe un capitalismo más humano: esto es lo mejor que nos ofrecen. Pero los obreros del mundo sabemos que un mundo mejor es posible, lo sentimos en la médula.
Para lograrlo, el dominio del capital y la sociedad de clases en su conjunto deben caer. Esto solo es posible a través del levantamiento revolucionario de los trabajadores del mundo. Los capitalistas jamás renunciarán voluntariamente a sus privilegios, y tienen una maquinaria hecha precisamente para defender estos privilegios.
La burguesía centraliza la violencia a través del Estado: la policía y el ejército funcionan bajo una estricta disciplina jerárquica con el objetivo de defender la propiedad privada y sostener el sistema que despoja a la gran mayoría cada día.
Para hacerle frente a una organización centralizada y violenta como lo es el Estado burgués, hace falta una organización revolucionaria de los trabajadores. Esto es lo que la Internacional Comunista Revolucionaria está construyendo en todo el mundo, porque si no lo hacemos nosotros, no lo hará nadie.
