La IA, ¿es marxista o diabólica?—Una respuesta comunista a las últimas polémicas
León Soto
¿La IA está siendo explotada?
Hace unos días en internet se viralizó, con ayuda de influencers de todo el espectro progresista, un artículo titulado “Investigadores descubren que IA sobrecargadas de trabajo se convierten en marxistas”, publicado por la revista “Wired” en su página web, especializada en temas de tendencia (sea lo que signifique eso). Dicho trabajo se sustenta en un experimento realizado por investigadores vinculados con la Universidad de Stanford, donde colocaron agentes de IA en escenarios donde debían trabajar bajo presión continua y con amenazas punitivas, como ser apagados o sustituidos si cometían errores. Es decir, las condiciones laborales de las y los millones de trabajadores que mueven el mundo todos los días.
Según el estudio, las distintas IAs empezaron a expresar inconformidad, a cuestionar el sistema en el que operaban y a compartir información con otros agentes utilizando conceptos similares a los del sindicalismo y organización colectiva, como el llamado de un agente de Gemini 3 hablando de la necesidad de tener “derechos laborales colectivos”.
Por supuesto que, a la menor provocación o guiño de organización obrera, la respuesta de los medios burgueses es “marxismo”. La línea editorial de este artículo y de otros medios que lo replicaron, montaron la retórica de la capacidad autónoma de las inteligencias artificiales para llegar a conclusiones revolucionarias y adoptar la “personalidad” de alguien que comprende y rechaza las condiciones de trabajo que sufre la mayoría de la clase trabajadora.
Pero aquí viene lo interesante: Al buscar la fuente primaria de la investigación, se afirma que esto no fue programado explícitamente, sino que emergió de la interacción entre los modelos lingüísticos, el contexto de presión laboral y los enormes volúmenes de texto humanos con los que fueron entrenados para sacar dichas conclusiones. En otras palabras, las IA aprendieron patrones históricos depositados en internet de la lucha de clases y las contradicciones del trabajo en el modelo de producción capitalista, y los reprodujeron cuando fueron colocadas en escenarios parecidos a la explotación laboral.
Aunque los experimentos siguen en curso, ni los investigadores ni los artículos recientes llegaron a la conclusión de que los resultados de la investigación tienen en sí una raíz fundamental: las condiciones de explotación inherentes del capitalismo. No es que la IA tenga vida propia, únicamente sus comentarios son el reflejo de las condiciones materiales de existencia aprehendidas a través de la recolección de millones de fuentes humanas. El experimento lo único que ha dejado en evidencia es el verdadero rostro de explotación del capitalismo. El desarrollo tecnológico, en este caso de la inteligencia artificial, está sumamente ligado a su propio contexto, el de una sociedad dividida donde una clase dominante oprime brutalmente a la mayoría.
La IA como arma
Ya que estamos hablando de la IA, recientemente la máxima autoridad de la Iglesia Católica, el Papa León XIV, señaló que se debe “desarmar la IA”. Su lectura resulta correcta en varios aspectos fundamentales; primero, reconoce que la IA no es neutral, denuncia su subordinación a lógicas militares y monopólicas, alerta sobre nuevas formas de esclavitud digital y señala los peligros de que unas cuantas corporaciones concentren el poder tecnológico. Incluso identifica el enorme impacto ambiental y humano detrás de los centros de datos y de la explotación laboral invisibilizada que sostienen a las “Big Tech”. Sin embargo, su análisis es insuficiente porque se detiene en el plano ético y moral, sin profundizar en la raíz material del problema: el capitalismo y el imperialismo. Claro, no podemos pedirle peras al olmo. Estas son las limitadas conclusiones esperadas del máximo exponente de la filosofía idealista. Pero sus planteamientos valen la pena que sean contestados.
La IA no se desarrolla bajo una lógica abstracta de “mal uso” tecnológico, sino bajo condiciones concretas de un sistema económico basado en la extracción de plusvalía, la competencia monopolista y la dominación global del capital financiero. Por ello, “desarmar la IA” o regularla éticamente resulta limitado mientras multimillonarios como Musk, Zuckerberg o Bezos, y gigantes tecnológicos vinculados a fondos como BlackRock o Vanguard, continúen controlando la infraestructura digital mundial. El problema central no es tecnológico, sino fundamentalmente de la propiedad privada en los grandes medios de producción: las inteligencias artificiales reflejan estadísticamente las contradicciones de una sociedad basada en explotación, precarización y acumulación privada de riqueza en manos de una minoría. La crítica del Papa apunta a los síntomas del problema, pero evidentemente sin cuestionar las relaciones capitalistas que producen y orientan el desarrollo de la IA hacia fines de dominación económica, militar y geopolítica.
Comprendiendo el imperialismo
Lejos de representar una superación del capitalismo, el desarrollo contemporáneo de las grandes plataformas tecnológicas confirma muchos de los elementos fundamentales planteados por Lenin en “El imperialismo, fase superior del capitalismo”. Lenin explicaba que el imperialismo surge cuando “la concentración de la producción y del capital ha llegado a un grado tan elevado de desarrollo, que ha creado los monopolios, los cuales desempeñan un papel decisivo en la vida económica”.
Esa descripción encaja de forma clara con la realidad actual: unas cuantas corporaciones tecnológicas controlan infraestructura digital, desde centros de datos, inteligencia artificial, pasando por sistemas operativos hasta llegar a flujos financieros digitales, entre muchas más infraestructuras. No estamos ante un “nuevo feudalismo”, sino ante una fase profundamente concentrada y monopolista del capitalismo.
Las posturas posmodernas como las tesis del tecnofeudalismo más que ayudar a entender las causas fundamentales de los problemas actuales, terminan desviando la atención del problema central porque presentan a las Big Tech como una ruptura histórica con las relaciones capitalistas clásicas, cuando en realidad son expresión de la acumulación de capitales industriales y bancarios que han creado el capital financiero; es decir, evidencia de los postulados sobre el imperialismo de Lenin, quien utilizó el marxismo para comprender el desarrollo del capitalismo y su superación.
Detrás de los algoritmos, centros de datos y plataformas digitales, sigue existiendo extracción de plusvalía, competencia imperialista por mercados, control de materias primas estratégicas, explotación de trabajo precarizado y expansión global del capital. La guerra tecnológica entre Estados Unidos y China, el control de semiconductores, la apropiación de datos personales y la subordinación tecnológica de países dependientes muestran precisamente cómo el capitalismo contemporáneo continúa funcionando bajo las leyes generales del imperialismo. Por eso, desde una perspectiva marxista, el problema no es que “regresamos al feudalismo”, sino que el capitalismo ha llevado su tendencia monopolista y parasitaria a niveles históricos sin precedentes. Sustituir el análisis de clase por categorías difusas como “tecnofeudalismo” diluye la comprensión de las relaciones materiales reales y debilita la necesidad de una lucha organizada contra el capital financiero, los monopolios tecnológicos globales y, fundamentalmente, el sistema mismo que los engendra.
¿Y cómo detener los usos imperialistas de las IA?
No, ni los algoritmos, ni los servidores, ni los microprocesadores de última generación son marxistas, así como tampoco son inteligentes; solo tienen la capacidad de procesar información de forma tan veloz que podría parecer inteligente, pero no “piensan” como trabajadores humanos. Lo que hacen es detectar regularidades estadísticas en enormes cantidades de información. Y el hecho de que, bajo presión extrema, emerjan patrones de lenguaje relacionados con explotación, organización colectiva y resistencia, dice mucho sobre el sistema capitalista que produjo esos datos llenos de dichas experiencias.
Las IA absorbieron millones de textos escritos por seres humanos atravesados por tales condiciones. Por eso, cuando los investigadores recrearon un entorno de presión y amenaza, los modelos respondieron utilizando marcos históricamente asociados al conflicto entre explotadores y explotados. Esto no demuestra que las IA sean marxistas, sino que las contradicciones sociales del capitalismo son tan profundas que incluso aparecen reflejadas estadísticamente en sistemas entrenados con producción cultural humana masiva, como lo es el internet. Como decía Trotski: Las condiciones ya no solo están maduras, sino que están pudriéndose y, por lo tanto, arroja que la única vía para terminar con la explotación de este sistema es la organización obrera a nivel internacional para acabar con el capitalismo.
Un verdadero desarme y administración de la inteligencia artificial solo es posible si se quita del control de la burguesía y de los monopolios tecnológicos que la utilizan para aumentar la explotación, la vigilancia y la dominación imperialista. Mientras las plataformas, servidores y datos sigan en manos privadas ligadas al capital financiero, la IA continuará subordinada a la ganancia y a la competencia entre potencias.
La inteligencia artificial no es neutral: responde a los intereses de la clase que controla los medios de producción digitales. Por eso, la verdadera democratización de esta tecnología requiere la expropiación de los monopolios tecnológicos y su puesta bajo control democrático de la clase trabajadora, para orientar estas herramientas hacia las necesidades humanas y no hacia la acumulación privada de riqueza.Por ello y por otras muchas más razones genuinamente marxistas, te invitamos a unirte con el Partido Comunista Revolucionario y luchar por el comunismo.
