¿América para quién? Doctrina Monroe
César Salazar Nájera
América para los americanos, incontables veces al hablar sobre la doctrina Monroe la gente suele acudir a sus memorias para recitar la frase inicial. Pero esta frase no es más que una perversión total del contexto histórico real de la misma, así como una reinterpretación construida como identidad nacional de los Estados Unidos. La doctrina fue ideada en 1823 por el entonces secretario de Estado, John Quincy Adams, y presentada al Congreso por el presidente James Monroe. En su origen, se fundamentó en cuatro pilares: la oposición a la colonización europea, la distinción entre los sistemas políticos americanos (republicanos) y europeos (monárquicos), el compromiso de no intervención estadounidense en los asuntos del Viejo Mundo y el rechazo a la intervención europea en el continente americano. Aunque la famosa frase ya circulaba en la retórica política de mediados del siglo XIX, el discurso original no la menciona.
La pérdida de conciencia histórica sobre la verdadera ejecución de esta doctrina se muestra en la selectividad de sus silencios. EE. UU. no movió un dedo ante la invasión británica de las Islas Malvinas en 1833 y durante la intervención francesa en México en 1838, priorizó sus relaciones con París antes que la soberanía de su vecino. La doctrina se muestra como una herramienta elástica que se activa solamente cuando los intereses de la élite estadounidense están en juego.
El giro radical ocurrió a principios del siglo XX con el Corolario Roosevelt (1904). Ya en 1890 el Corolario Hayes introdujo el principio de uso único sobre los canales interoceánicos construidos y así apropiarse del Canal de Panamá. Sin embargo, fue Theodore Roosevelt quien declaró que EE. UU. tenía el derecho de ejercer un “poder de policía internacional” en naciones latinoamericanas sumidas en el caos o la deuda. Bajo esta premisa de “estabilización”, se orquestó la separación de Panamá de Colombia en 1903 para asegurar el control del Canal bajo el antecedente diplomático del Corolario; la política del “Gran Garrote”. No obstante, ya en el siglo XIX, la doctrina del destino manifiesto ya demostraba la política expansionista real de los Estados Unidos basada en ser una nación “tocada por Dios”, cosa que se reflejaría por ejemplo en la guerra hispano-estadounidense en 1898.
Entrado ya el siglo XX, veríamos las denominadas Guerras Bananeras: invasiones en Nicaragua, Haití, Honduras y la República Dominicana, donde la soberanía nacional fue subordinada a la rentabilidad de corporaciones como la United Fruit Company, empresa donde eran explotados los trabajadores colombianos masacrados por su propio ejército al manifestarse contra sus indignas condiciones en 1928. De igual manera, otra intervención imperialista ocurrió en el puerto de Veracruz en 1914 con el pretexto de un insulto diplomático, pero con la intención de controlar el flujo de armas hacia el gobierno de Victoriano Huerta, el cuál dicotómicamente había llegado al poder con un intenso apoyo del anterior embajador estadounidense en 1913.
Esta política impulsó una nueva oleada de acciones militares en América Latina, en la segunda mitad del siglo XX, comenzando en el año 1946 con la creación en Panamá de la Escuela de las Américas (originalmente llamado Centro Latinoamericano de Entrenamiento) y posteriormente trasladada a Estados Unidos en 1984 tras la firma de los Tratados Torrijos-Carter. Desde 1956 se empezaron a impartir clases solo en español con el objetivo de enseñar a militares latinoamericanos adiestramiento en métodos de tortura y represión contra movimientos de izquierda, esta institución se decidió renovar entrado el siglo XXI; en 2001 se convirtió en el Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad (WHINSEC) y sigue activa hoy en día.
Recordando más ataques imperialistas solo en América: en 1950 se realizó una intervención en Puerto Rico donde tuvo lugar una insurrección nacionalista derrocada por la Guardia Nacional. Para 1954 la máquina imperialista organiza en Guatemala un golpe de estado orquestado por la CIA contra el presidente Jacobo Árbenz, elegido democráticamente. La invasión de la Bahía de los Cochinos en 1961 por parte de los “anticastristas” con apoyo de EE.UU. que aunque fracasada, desembocó en el embargo económico que perdura hoy en Cuba. Otro caso se presentó en 1964; “El Día de los Mártires”: EE. UU. reprimió el 9 de enero una protesta contra su presencia y control en la zona del Canal de Panamá provocando más de 20 muertos. Asimismo, durante ese mismo año, en Brasil se dio un golpe de estado militar contra el presidente Joao Goulart bajo la operación denominada “Brother Sam”. Al igual que en 1965 en la República Dominicana se suscitó una intervención posterior a la Guerra Civil Dominicana en busca de la “estabilización” por miedo a una nueva Cuba.
Destacadamente también se encuentran las intervenciones partidas en el año 1967 con el asesinato de Ernesto “Che” Guevara por el gobierno boliviano y el golpe de estado en Chile en 1973 orquestado por el general Pinochet, ambos sucesos con el gran apoyo de la CIA. Para el caso de Argentina se ideo un golpe de estado apoyado por el gobierno yanqui en 1976 para comenzar una dictadura cívico-militar caracterizada por el terrorismo de estado (30,000 desapariciones) y colocando la cereza al pastel imperialista, se tiene la Operación Cóndor la cual consistió en una serie de acciones coordinadas entre los regímenes dictatoriales de America del Sur y el gobierno imperialista contra cualquier persona, movimiento o pájaro que pusiera en peligro la hegemonía de los Estados Unidos. De igual manera durante la década de los 80 se combatió la Revolución Sandinista en Nicaragua por medio del financiamiento de la oposición y movimientos quirúrgicos militares. Culminando esa década, el imperialismo yanqui terminó por invadir Panamá con la excusa de proteger la vida de los residentes estadounidenses y detener al narcotraficante y presidente Manuel Noriega, el cuál había trabajado para la CIA años antes con total conocimiento de sus actividades.
Las anteriores evidencias (que no son ni de cerca todas), dejan en bandeja de plata el funcionamiento de la doctrina en Latinoamérica, teniendo como objetivo controlar el “patio trasero” de los estadounidenses. ¿Pero cómo es posible qué este tipo de acciones pasen bien vistas en la sociedad? Principalmente esto parte desde la propaganda y nacionalismo inculcado en las personas a raíz de la crisis económica de 1929 y posteriormente impulsado por la Segunda Guerra Mundial, donde la propaganda se ha encargado hasta nuestros días de idealizar las participaciones yanquis en cualquier conflicto por medio de las películas bélicas donde se muestra una sola cara de los distintos tipos de conflictos armados en los que Estados Unidos participó, enalteciendo sus acciones y opacando o distorsionando la realidad misma. Sin embargo, de igual manera durante la historia de las intervenciones imperialistas también han existido multiplicidad de movilizaciones en contra de las mismas dentro de Estados Unidos, como las suscitadas durante el contexto de la guerra de Vietnam, así como múltiples huelgas a lo largo de la historia que dieron pie a la actual lucha revolucionaria, la cuál se refleja por ejemplo en los movimientos en contra del genocidio en Palestina y las intervenciones en América Latina.
Es por eso qué la operación militar realizada en Caracas el día 3 de enero del 2026 tiene que ser señalada como una intervención en pro del imperialismo y no como una acción para defender la democracia, los únicos intereses del gobierno estadounidense en Venezuela son saquear los recursos para poder alimentar su maquinaria naval, aérea y terrestre para seguir expandiendo su doctrina por todo el mundo. Por ello, es importante recordar: El imperialismo no es más que la fase más avanzada y podrida del capitalismo, no podemos acabar con el imperialismo sin arrancar de raíz el problema de la propiedad privada y la mejor herramienta que tenemos es la organización proletaria internacional llevada de la mano con la memoria histórica. Sin estas cosas en mente, caeremos en un activismo que como se ha visto los últimos siglos, no podrá detener el reino de la barbarie que es el mundo bajo el dominio del capital.
