La Liga Comunista 23 de Septiembre: Una crítica marxista revolucionaria al sustituismo y sus lecciones para la construcción del Partido Comunista Revolucionario
Alberto Murga – GB Cuartel Madera.
Introducción: El grito de ira y sus límites históricos
¿Qué impulsa a una generación de jóvenes idealistas a empuñar las armas contra un Estado aparentemente todopoderoso? La Liga Comunista 23 de Septiembre (LC23S) representa quizás la expresión más radical y compleja del descontento social en el México de los años setenta. Su historia, tejida con hilos de heroísmo, sacrificio y profundos errores estratégicos, ofrece valiosas lecciones para los revolucionarios de hoy y mañana. Como señala acertadamente la historiografía reciente, la situación actual de la sociedad mexicana no puede entenderse al margen del complejo proceso armado que ha vivido el país desde el 23 de septiembre de 1965. Este análisis busca ir más allá del mero recuerdo para extraer enseñanzas estratégicas fundamentales que iluminen el camino hacia la construcción del auténtico partido revolucionario de la clase obrera.
La LC23S emerge en un momento histórico donde la desesperación y la utopía se entrelazaban. Este no fue un fenómeno aislado, sino parte de un amplio movimiento de resistencia contra un sistema político que había cerrado las vías pacíficas de cambio. Su trayectoria, marcada por la audacia y la tragedia, nos obliga a reflexionar críticamente sobre los métodos y estrategias de la lucha revolucionaria contemporánea.
Contexto: Guerra Fría y la cerrazón del autoritarismo priísta
El marco internacional fue un factor determinante que moldeó la naturaleza y destino de la LC23S. Los años setenta fueron de lucha en América Latina. Sobre todo, los jóvenes de sectores medios de distintos países se organizaron para hacer frente a las dictaduras. Este contexto continental de efervescencia revolucionaria creó un ambiente donde la lucha armada aparecía como una opción viable y necesaria.
En México, la aparente contradicción entre el discurso de “apertura democrática” del presidente Luis Echeverría y la continuidad de una represión estatal feroz generó un caldo de cultivo para la radicalización política. La influencia de la Revolución cubana fue crucial en este proceso, pero debe entenderse dentro del complejo entramado de la Guerra Fría. Resulta revelador cómo el comunismo se convirtió más en un “metalenguaje de subversión” que para denotar una realidad concreta. Esta criminalización sistemática de toda expresión de izquierda proporcionó al Estado mexicano el pretexto ideal para justificar una represión despiadada.
Las masacres de Tlatelolco en 1968 y el Halconazo de 1971 demostraron de manera sangrienta que el régimen priísta no dudaría en emplear la violencia más extrema para preservar su dominio. Estos eventos traumáticos, vividos por una generación de jóvenes que había confiado en la posibilidad del cambio pacífico, crearon las condiciones para el giro hacia la lucha armada. La combinación de cerrazón política interna y el ejemplo de revoluciones triunfantes en otros países latinoamericanos empujó a sectores radicalizados a abandonar la vía institucional.
Surgimiento: La unificación nacional y el error estratégico de origen
La LC23S no emergió espontáneamente sino como resultado de un ambicioso y consciente proceso de unificación nacional de diversas organizaciones guerrilleras. La investigación histórica documenta que: En marzo de 1973 surge la Liga Comunista 23 de Septiembre en Guadalajara, Jalisco, en buena medida aunque no exclusivamente, como resultado del esfuerzo de unificación guerrillera nacional que habían iniciado desde finales de 1970 e inicios de 1971 Raúl Ramos Zavala y Los Procesos (Dentro de los esfuerzos de unificación, se refiere específicamente al grupo liderado por Raúl Ramos Zavala, surgido principalmente del movimiento estudiantil del Instituto Tecnológico de Monterrey). Este esfuerzo unitario reflejaba una comprensión correcta de la necesidad de superar el fraccionamiento que debilitaba a la izquierda armada.
La LC23S no solo fue una federación de grupos regionales, sino un intento consciente de crear una organización nacional con presencia en al menos 12 estados, desde Sonora hasta Guerrero. La fusión reunió grupos con diferentes tradiciones y experiencias: Los Procesos de Monterrey, con su fuerte base estudiantil y vinculación con las luchas universitarias como el MET del Tec de Monterrey de Salas Obregón; Los Lacandones, especializados en las llamadas “expropiaciones” a la burguesía; el MAR23, que era resultado de la fusión previa entre el Movimiento de Acción Revolucionaria y el Movimiento 23 de Septiembre; y Los Enfermos de Sinaloa, entre otras organizaciones menores. El proceso culminó cuando el 15 de marzo se llevó a cabo una reunión en Guadalajara. Después de quince días de discusiones acordaron una fusión entre los grupos y adoptaron el nombre de Liga Comunista 23 de Septiembre, en honor a los guerrilleros caídos del GPG. La elección del nombre rendía homenaje al asalto al cuartel de Madera en 1965 y a las represiones ocurridas en el IPN los 23 de septiembre de 1956 y 1968 , conectando simbólicamente con la tradición estudiantil y guerrillera mexicana.
La composición social de esta nueva organización reflejaba los límites de su inserción en la clase obrera: Se sabe, aunque no con suficiente precisión (debido a las desapariciones, asesinatos y a la propia naturaleza de la organización que operaba desde la clandestinidad, procurando mantener el anonimato de sus miembros), que hubo 445 militantes, de los cuales 65 eran mujeres (casi 15 %). El perfil predominante era el de jóvenes estudiantes o profesionistas de clase media que participaron en movimientos de izquierda y en los movimientos estudiantiles entre los años 1969 y 1971 en distintos estados de la República Mexicana, principalmente, en Jalisco, Nuevo León, Sinaloa, Chihuahua y el Distrito Federal.
Los objetivos declarados de esta nueva organización eran tan ambiciosos como problemáticos desde una perspectiva marxista revolucionaria. Según documentan sus propios textos programáticos, buscaban relacionarse con todos los grupos armados que hasta aquel momento había en el país, para buscar integrar una única organización con más coordinación y menos espontaneidad. El objetivo final sería conseguir el socialismo mediante la lucha armada del proletariado… con la idea de construir un ejército de autodefensa.
De la unificación a la práctica: La transición problemática
La transición de la unificación formal a la práctica organizativa concreta revelaría las profundas tensiones entre el proyecto nacional y las realidades regionales, entre la estrategia militar y la política revolucionaria. Esta transición no fue meramente organizativa sino que expresaba en el terreno práctico los dilemas estratégicos no resueltos en el momento fundacional.
Sin embargo, aquí radica el error estratégico fundamental que marcaría el destino de la LC23S. Como había señalado León Trotski en su crítica a estrategias similares, la guerrilla inevitablemente sustituye al partido y por ello mismo impide su formación. La LC23S buscaba crear un “Ejército Revolucionario del Pueblo” antes y por encima de la construcción de un partido de masas, confundiendo la vanguardia armada con la vanguardia política. Esta confusión entre el instrumento militar y el instrumento político representaba una desviación sustituista que condenaría a la organización al aislamiento crónico de las masas trabajadoras.
Organización y acción: La clandestinidad como muro de separación de la clase
La estructura organizativa de la LC23S reflejaba en su funcionamiento concreto las contradicciones de su estrategia general. Aunque en el papel proyectaban una imagen de organización nacional unificada y centralizada, en la práctica Si bien, en teoría, toda la estructura de la Liga dependía de una sola Dirección y debía desarrollar un solo proyecto con una sola estrategia, la realidad de la naturaleza de esta organización guerrillera llevó a que cada grupo en su interior desplegará un trabajo político-militar propio. Esta tensión entre centralismo formal y fragmentación real debilitaba su capacidad de acción coordinada.
El proyecto del periódico Madera, órgano oficial de la organización, ilustra de manera ejemplar las contradicciones de su enfoque. Con un tiraje impresionante que oscilaba entre 40,000 y 70,000 ejemplares en su momento de mayor auge, pretendía ser el producto de “emprender de modo más organizado y sistemático la labor de educación política”. Sin embargo, esta ambición chocaba con una realidad insoslayable: Desde el primer número de Madera, publicado en enero de 1974, la LC23S dejó claro la línea política a seguir. Lo que se pretendía era incidir en el proletariado y organizarlo, pero no para la lucha abierta, legal y de masas, sino para la lucha clandestina, ilegal e insurreccional.
El fracaso del Madera en conectar realmente con la clase obrera fue paradigmático de los límites del sustituismo. Los propios documentos internos reconocen que Nunca se consideró, por ejemplo, que la terminología, los conceptos y la redacción hacían sumamente difícil que los obreros lo comprendieran. La LC23S daba por sentado que el periódico se leía y se entendía, cualquier discrepancia o incomprensión era considerada una limitación pequeño-burguesa, como traición de clase. Esta actitud elitista, que culpaba a los trabajadores de no comprender un lenguaje abstracto y denso, revelaba una profunda incomprensión de las condiciones reales de la clase que decían representar.
Las acciones de “expropiación” económica, como el fallido secuestro del empresario Eugenio Garza Sada, lejos de ganar simpatías entre el pueblo, alienaron a sectores populares que veían en Monterrey el ‘milagro mexicano’. Sin explicación pública, la acción pareció terrorismo, no justicia de clase. La falta de un trabajo previo de explicación y legitimación entre las masas convertía estas acciones en golpes espectaculares pero políticamente contraproducentes.
Declive: La represión estatal y el agotamiento de una estrategia
La respuesta del Estado mexicano fue tan brutal como efectiva desde el punto de vista de la preservación del orden establecido. La documentación disponible muestra cómo el Estado mexicano entendía que el aniquilamiento de la LC23S implicaba la captura o muerte de su dirección completa y eso fue precisamente lo que hizo: ubicar y matar a los líderes del grupo guerrillero, dejarlo sin capacidad de dirección y sin posibilidades para reorganizarse. Esta estrategia de decapitación, combinada con una infiltración sistemática, diezmó las filas de la organización.
Sin embargo, atribuir la derrota de la LC23S exclusivamente a la represión estatal sería un análisis superficial. Las divisiones internas reflejaban problemas políticos más profundos que minaban su cohesión desde dentro. Los investigadores han documentado cómo el intento por unificar a todas las organizaciones armadas no fructificó, debido a las distintas interpretaciones que se tenían del marxismo. Las diferencias primordiales fueron respecto a la concepción del sujeto revolucionario y de las acciones de carácter militar a seguir. Estas divisiones no eran meramente tácticas sino que expresaban diferentes concepciones estratégicas sobre la naturaleza misma de la revolución.
La documentación interna muestra que: La disolución de los dos focos rurales obedeció al cambio de estrategia de la organización entre 1975 y 1976, en la que se priorizaron los esfuerzos en la agitación, educación y propaganda en regiones industriales… al mismo tiempo que se daba más importancia al proletariado como sujeto de vanguardia de la revolución. Este reconocimiento tardío de la centralidad de la clase obrera no pudo compensar años de aislamiento y de métodos sustituistas.
Conclusión: Lecciones para la construcción del partido revolucionario en el siglo XXI
La experiencia trágica y heroica de la LC23S contiene enseñanzas fundamentales para los revolucionarios del presente. Su historia demuestra con crudeza los límites insuperables de cualquier estrategia que pretenda sustituir la acción consciente de las masas trabajadoras por la de un comando iluminado. Como señalaba Trotski en El Programa de Transición, “La crisis histórica de la humanidad se reduce a la crisis de la dirección revolucionaria del proletariado”. La LC23S, a pesar de su valentía, no pudo superar esta crisis precisamente porque confundió la dirección revolucionaria con la acción militar sustituta.
Las lecciones principales que debemos extraer son:
Primero, contra el foquismo y el sustituismo: la revolución socialista no puede ser obra de pequeños grupos de militantes armados por más dedicados y valientes que estos sean. Como bien señala la tradición trotskista, confundir la guerrilla con el partido condena inevitablemente al aislamiento y la derrota. La emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos, organizados conscientemente en sus propios instrumentos de lucha.
Segundo, la centralidad irreducible de la clase obrera: no basta con proclamar verbalmente al proletariado como sujeto revolucionario. Es necesario construir raíces orgánicas en fábricas, sindicatos, escuelas y comunidades, mediante un trabajo paciente, persistente y humilde de formación, organización y lucha cotidiana. La verdadera vanguardia no se autoproclama sino que se gana mediante la práctica consecuente al servicio de los intereses históricos de la clase trabajadora.
Tercero, el papel indispensable de la teoría revolucionaria: la valentía y el sacrificio personal no pueden sustituir la necesidad de un programa y una estrategia basados en el análisis científico de la sociedad de clases. Sin un marxismo creativo y no dogmático, sin cuadros formados en la teoría y la práctica de la lucha de clases, la energía revolucionaria inevitablemente se disipa en el aventurerismo o el reformismo.
Cuarto, contra el economicismo y el sustituismo: la LC23S criticaba acertadamente el reformismo y el economicismo del Partido Comunista Mexicano, pero cayó en el error opuesto de creer que la acción militar podría sustituir la lucha política de masas. La verdadera estrategia revolucionaria debe combinar la lucha por las reivindicaciones inmediatas con la perspectiva de la toma del poder, utilizando todos los métodos de lucha adecuados a cada situación concreta.
El sacrificio de los militantes de la LC23S no fue en vano si somos capaces de aprender estas lecciones profundas. Hoy, frente a la ofensiva imperialista y la crisis civilizatoria del capitalismo, la tarea sigue siendo la construcción del partido revolucionario de la clase obrera. Como enseñaba Rosa Luxemburgo en una cita que los propios militantes de la Liga recuperaron: “La clase obrera es la única que puede hacer lo imposible”. Nuestra responsabilidad histórica es asegurarnos de que esté preparada para hacerlo, no mediante atajos sustituistas sino mediante la construcción paciente de un partido de vanguardia que, arraigado en las luchas concretas de obreros, campesinos y estudiantes, levante alto el programa de la emancipación obrera y socialista, aplicando en la práctica el principio trotskista de que “el proletariado no puede simplemente tomar posesión de la máquina del Estado tal como está y servirse de ella para sus propios fines” sino que debe construir su propio poder desde las bases.
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