Libro del.mes: En defensa de Lenin, Tomo II
Rafa Zavala
Si nuestro querido lector recuerda, en el número 14 de nuestro periódico habíamos presentado una breve reseña del Tomo I del libro En defensa de Lenin. La razón de esta división, como se explicó en su momento, se debe a que el libro es tan amplio y rico en contenido que se hacía inviable su presentación en una sola reseña corta. Hoy presentamos esta segunda parte.
Nos quedamos en un momento clave para la historia, abril de 1917. El proletariado ruso ha derrocado al zarismo y se han forjado los soviets como auténticos órganos de control y gobierno obrero. En las principales ciudades de Rusia se vive un ambiente de una excitación extrema, por todos lados se llevan a cabo acalorados debates sobre política, sobre el futuro de la revolución y el gobierno. La política ya no es más una cuestión única de unos cuantos intelectuales, sino que se ha vuelto del dominio pleno de las masas obreras rusas.

Pero a la vez que se tiene este ambiente revolucionario en las calles, también se encuentra el Gobierno Provisional de la alianza entre los mencheviques y la burguesía rusa. Existía en Rusia un doble poder. Por un lado, los Soviets que poseían el control real de las funciones del Estado así como ser el verdadero exponente de la voluntad de las masas, y por el otro, este Gobierno provisional que buscaba mantener en guerra a Rusia con los aliados y que se oponía a la reforma agraria justificándose en una futura “asamblea constituyente”.
Lenin comprendía bien que terminar con el Gobierno Provisional burgués no se haría por medio de una aventura blanquista (un golpe de Estado de unos pocos que imponen su voluntad “revolucionaria”), sino que debería de tratarse de un movimiento de las propias masas, de modo que debían ganarse a las masas obreras y campesinas para ello. El llamado era claro, exigirle a los mencheviques romper con los burgueses y tomar en sus manos todo el poder para los soviets. Ante esto los bolcheviques recibieron toda una campaña de desprestigio y calumnias para desvirtuar sus llamados. Sin embargo serían en vano.
Para julio el ambiente en Petrogrado era cada vez más convulso. Los obreros cada día levantaban más las consignas bolcheviques. Llegó el punto donde masas obreras y de soldados en Petrogrado marcharon con la esperanza de derrocar al Gobierno Provisional. El 17 de julio masas obreras rodearon la sede del Partido Bolchevique esperando que los bolcheviques se pusieran al frente de la insurrección para terminar con el Gobierno Provisional. Sin embargo, Lenin comprendía que si bien las condiciones ya estaban maduras en Petrogrado, fuera de ahí, en el resto de ciudades de Rusia y sobre todo en las zonas más lejanas, no se tenían las mismas condiciones, y que tomar el poder en la capital no sería más que una aventura que terminaría igual que la Comuna de París.
Imaginarse a Lenin, frente a miles de obreros listos para tomar el cielo por asalto y viendo en él la clave de la victoria, teniendo en sus espaldas la presión de saber que una mala decisión le puede costar no solo la vida a miles de obreros, sino el triunfo de toda la revolución. Finalmente, aunque los bolcheviques no pudieron contener la movilización, se pusieron a la cabeza para evitar una masacre. Lenin planteó a los obreros y soldados mantener el orden, no apresurarse y mantener la presión contra los ministros burgueses del gobierno provisional.
Tras estas jornadas, el Gobierno Provisional piensa que los revolucionarios son débiles e inicia una ofensiva, persiguiendo a varios elementos de los bolcheviques. Lenin, junto a más revolucionarios, tuvo que pasar a la clandestinidad y finalmente emigrar a Finlandia. Otros, como Trotsky, fueron arrestados. Estos golpes serán conocidos como las “jornadas de julio”. A pesar de ello, los círculos bolcheviques no se desmoralizan. Para el 6to Congreso del Partido, celebrado entre el 8 y el 16 de agosto, la militancia del partido alcanzó los 240,000, el triple de la que había en abril.
En este contexto el gobierno provisional atraviesa una aguda crisis, cuando el general Kornílov intentó realizar un golpe de Estado militar e imponer una dictadura. Ante esto, los Soviets crearon el “Comité de Lucha contra la Contrarrevolución”, donde los conciliadores tuvieron que aceptar que sería indispensable la participación de los bolcheviques.
Finalmente el golpe de Kornílov es frustrado por el pueblo armado, pero abre una división en el Gobierno Provisional y profundiza su crisis, pues se muestra totalmente incapaz de solucionar las demandas de las masas. Al mismo tiempo, la influencia de los bolcheviques comienza a crecer por todas partes y comienza a ganar la dirección de los diferentes soviets. Ante esto, Lenin vería la bancarrota del Gobierno Provisional y la urgencia de la toma del poder por parte de los soviets, sin embargo tendría que dar una nueva batalla a lo interno de la dirección del partido.
En este momento la participación de Lenin es fundamental, comienza a presionar a los órganos de dirección del partido para que tome el poder. En la dirección de los bolcheviques afloran diferencias que reflejan la presión tan grande que había sobre los individuos. Solo los cuadros más sólidos en la teoría y en la lucha revolucionaria podían resistir tal presión.
La resolución de preparar la insurrección armada es rechazada por dos de los viejos bolcheviques: Kámenev y Zinóviev. Estos elementos pierden el debate ante el Comité Central del partido, pero aun así Kámenev dimite al CC y luego junto con Zinóviev hace público el plan de la insurrección, lo que significaba no sólo la ruptura total de la disciplina del partido, sino que daba una clara advertencia a los enemigos del partido. Ante esto, Lenin pidió su expulsión del partido por ser directamente una traición. Sin embargo, con oposiciones de algunos camaradas como Stalin y Miliutin, la petición de Lenin fue rechazada y Zinóviev y Kámenev únicamente se les dio la indicación de no hacer más anuncios. Trotsky aún así mantuvo su acusación a ellos como unos rompehuelgas.
A pesar de la traición de estos elementos, el plan de la insurrección se mantuvo. Durante la noche del 6 al 7 de noviembre el Comité Militar Revolucionario depuso al Gobierno de Kérenski y llevó a cabo la transición del poder pacíficamente justo a tiempo para la apertura del Congreso del Soviet. No se trató de un golpe de Estado como los historiadores burgueses lo pintan. Para ese momento los soviets tenían el control real de todos los sectores de la economía y administración de Rusia, en ellos los bolcheviques ya eran la mayoría. Esto queda claro cuando la toma del poder se realizó en plena paz. En Rusia ya no había ninguna base real que diera respaldo al Gobierno Provisional.
El Congreso de los Soviets por medio del Comité Ejecutivo Soviético crearía un nuevo gobierno que sería el Consejo de Comisarios del Pueblo, del que Lenin sería electo sin objeción como presidente. De los primeros decretos del nuevo gobierno fue la declaración buscando la paz sin anexiones, la reforma agraria que expropió toda la propiedad terrateniente y repartía la tierra a los campesinos pobres, y el control obrero de las fábricas.
A partir de ahora el proletariado tenía ya en sus manos el poder. Como diría el propio Lenin:
“¡Camaradas, trabajadores! Recuerden que ahora son ustedes mismos quienes gobiernan el Estado. Nadie los ayudará, si ustedes mismos no se unen y no toman en sus manos todos los asuntos del Estado. Sus soviets son desde ahora órganos plenipotenciarios del poder del Estado, órganos que deciden.
Agrúpense en torno de los soviets de ustedes; fortalézcanlos. Manos a la obra: empiecen desde abajo, sin esperar a nadie”.
El trabajo para el proletariado ruso, para los bolcheviques y para Lenin, lejos de terminar apenas empiezan: se presentará la violenta reacción del ejército blanco, de la invasión de más de 21 ejércitos extranjeros para terminar con la revolución, la fundación de la Comintern, la tarea de formar el ejército Rojo, la aplicación del comunismo de guerra, la crisis económica y la aplicación de la NEP, el nacimiento de la burocracia y su batalla a muerte contra esta amenaza, dando una defensa férrea del marxismo internacionalista.
Si te interesa saber sobre estas últimas batallas de Lenin, te invitamos a leer el Tomo II y conocer el legado revolucionario de aquel que se atrevió a hacer realidad sus sueños.
