40 horas ya: Una lucha de todos
Samuel Barragán
La lucha por la reducción de la jornada laboral a cuarenta horas semanales no debe ser únicamente una demanda técnica o una modificación administrativa, sino, un cuestionamiento profundo a la forma en que el sistema económico organiza el tiempo, la vida y la dignidad de las personas trabajadoras. Cuando hablamos de “reducir la jornada”, no pedimos simplemente ajustar un número; exigimos una reducción real, es decir, trabajar menos tiempo sin ninguna disminución salarial. Trabajar 40 horas y cobrar lo mismo que hoy se cobra por 48. Eso es esencial, porque no se trata de sacrificar ingresos, sino de recuperar el tiempo de vida que hoy es absorbido por el propio proceso de acumulación del capital.
¿Quiénes serían las y los principales beneficiados? En términos inmediatos, las personas que hoy laboran en la formalidad y que trabajan seis días a la semana. Aún más, quienes regularmente cubren horas extra, muchas veces no pagadas o remuneradas por debajo de lo que marca la ley. Para ellas, la diferencia sería palpable: mayor descanso, más tiempo para la familia, la posibilidad de estudiar, cuidar, convivir o simplemente existir fuera del trabajo. En un país donde la semana laboral de 48 horas es todavía la norma, la transición a 40 horas significa recuperar un fragmento importante de soberanía sobre la propia vida.
Ahora bien, ¿qué pasa con quienes ya trabajamos 40 horas? Podría parecer que la reforma no nos toca, pero en realidad sí transforma nuestras condiciones. Un ejemplo clave son las horas extra. Hoy, la Ley Federal del Trabajo establece que las primeras 9 horas extra por semana se pagan al 200% del salario por hora, y si se excede ese límite, deben pagarse al 300%. Sin embargo, esto solo aplica una vez rebasada la jornada legal de 48 horas. En la práctica, esto significa que alguien que ya trabaja 40 horas no genera horas extra legales sino hasta completar 48. Con la reducción a 40 horas semanales, toda hora adicional trabajada desde la hora 41 sería automáticamente hora extra, obligando a las empresas a pagar ese sobreprecio desde mucho antes. Esto no solo evita abusos, sino que desincentiva que los patrones carguen trabajo adicional sin remunerarlo, porque dejaría de ser barato.
A esta mejora se suma la discusión sobre las primas por trabajo en días de descanso. En México existe la prima dominical, que establece que cualquier persona que trabaje en domingo (cuando ese día es normalmente de descanso) debe recibir un 25% adicional sobre su salario ordinario. En la práctica, sin embargo, muchas empresas evaden este pago o lo sustituyen con cantidades simbólicas. Al plantear la reducción de jornada y la reorganización del tiempo laboral, vuelve a la mesa la exigencia de que estas compensaciones se cumplan realmente. Además, numerosas organizaciones han comenzado a impulsar la idea de una prima sabatina, entendiendo que para millones de personas el sábado también debería ser un día de descanso garantizado y no un día laboral obligatorio. De existir formalmente, una prima sabatina implicaría un reconocimiento económico similar al dominical para quienes laboran ese día, presionando a las empresas a reorganizar turnos, contratar más personal o distribuir mejor el trabajo; todo sin precarizar a quienes hoy cargan la mayor parte de la carga laboral.
En el plano económico, algunos sectores empresariales aseguran que esta reforma elevaría el “costo del trabajo” y pondría en riesgo la estabilidad económica. Sin embargo, este discurso ignora un hecho esencial: la enorme desproporción entre el valor producido por los trabajadores y el salario que reciben. Según varios estudios realizados por la UNAM, el más reciente en 2023: En México, un trabajador de manufactura genera el equivalente a su salario diario en aproximadamente 25 minutos de trabajo. Las horas restantes, la inmensa mayoría, constituyen valor apropiado por el patrón como ganancia. (Martínez et. al., 2023) Con este dato, queda claro que las empresas tienen amplio margen para absorber el costo de una jornada más corta sin recurrir al aumento de precios ni a despidos masivos, como suelen advertir alarmantemente. Lo que se vería afectado, en realidad, sería una pequeña fracción de sus márgenes de utilidad, no la economía nacional.
Entonces, ¿esto significa el fin de la explotación? No. Incluso si mañana mismo se aprobara esta reforma, aún quedarían numerosas demandas pendientes para garantizar una vida digna: licencias de maternidad y paternidad ampliadas, servicios de salud suficientes y eficientes, entornos laborales seguros, salarios realmente acordes con el valor producido, y un sistema de seguridad social que proteja y no abandone. La lucha por las cuarenta horas es un paso fundamental, pero no es el último. Mientras persista la lógica del capital, la necesidad estructural de maximizar la acumulación reduciendo al mínimo el costo del trabajo, la clase trabajadora continuará pendiendo de un hilo. Su bienestar dependerá siempre de cuánto esté dispuesta a ceder la burguesía, es decir, quienes concentran la riqueza generada por millones de personas.
La reducción de la jornada no termina con este modelo, pero sí lo cuestiona y abre una brecha para imaginar condiciones mejores. Es una conquista que afirma que la vida no puede seguir subordinada a la jornada laboral. Y que el tiempo recuperado, esas ocho horas ganadas a la semana, no es solo descanso: es posibilidad, es libertad, es dignidad. Sin embargo, es importante enfatizar que ninguno de estos avances ocurre por concesión voluntaria de quienes detentan el poder económico; cada derecho laboral conquistado en la historia ha sido producto de la organización colectiva de la clase trabajadora. Esta reforma también será posible únicamente si nos organizamos, si nos sumamos a movimientos y espacios donde nuestra voz tenga fuerza como parte de un cuerpo social unido.
Pero si lo que buscamos no es solo un alivio temporal dentro de la misma lógica que nos explota, sino la superación definitiva del sistema basado en la acumulación del capital, la posibilidad de una libertad verdadera y plena, entonces necesitamos más que organización espontánea y con demandas exclusivamente económicas e inmediatas: necesitamos una organización disciplinada, consciente y permanente, capaz de sostener la lucha en el tiempo, de militar por un proyecto político que enfrente las raíces mismas de la explotación. Porque sólo así podremos construir una sociedad donde la vida no dependa de lo que la burguesía esté dispuesta a ceder, sino de lo que la clase trabajadora sea capaz de conquistar y sostener. La invitación, entonces, es clara: organicémonos, militemos y trabajemos juntos por transformar no sólo la jornada laboral, sino el mundo entero. Organízate.
¡Únete al PCR y a la lucha internacional por nuestra emancipación!
Referencias:
Martínez et. al.. (2023, April 12). explotacion-laboral-rs. Codeberg.org. https://codeberg.org/samsamros/explotacion-laboral-rs
