2 de octubre… pero de 1966: a 60 años de la lucha estudiantil en Michoacán y sus lecciones
Emmanuel Cervantes
Pensar en el 2 de octubre es pensar en el 68, en Tlatelolco y en una fecha marcada en la historia por sangre de cientos de estudiantes. Pero dos años antes, en Morelia, Michoacán, el gobierno estatal y sus fuerzas represivas asesinaron al estudiante Everardo Rodríguez, desatando uno de los movimientos más radicales de la década y una represión que culminó con la ocupación militar de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH). No fue un hecho aislado: fue el punto más álgido de una década de luchas que sacudieron los cimientos del autoritarismo del régimen priista y su control corporativo del estudiantado. Ese dos de octubre del 66 escribió una página en la historia de la lucha de clases cuya vigencia y lecciones deben ser recordadas.
Escenario de la época: un “milagro” para pocos
México vivía los años del llamado “milagro mexicano”: crecimiento del PIB, industrialización y modernización. Pero ese “desarrollo” se construyó sobre un aparato político autoritario, con sindicatos corporativizados y un Estado que no toleraba la disidencia.
La educación superior entró en la lógica del desarrollo industrial, el cual exigía profesionalización, y las universidades debían ser “funcionales y eficientes” para el capital y la clase dominante. Esto implicó recortes al presupuesto, marginación académica y política hacia estudiantes y profesores y un ataque frontal a cualquier proyecto de educación popular.
En Michoacán, el gobernador Agustín Arriaga Rivera (1962-1968) encarnó la cara más represiva de ese régimen. Anticomunista declarado, convirtió el terror en práctica cotidiana. Ataques físicos, secuestros, espionaje e intimidación permanente. Su objetivo era desmantelar el proyecto de educación popular que la UMSNH había construido desde la época cardenista.
Antecedentes: la lucha por una universidad popular
La UMSNH no era una universidad cualquiera. Desde su fundación había pugnado por un carácter social y popular. En 1961, con Eli de Gortari como rector, se aprobó una nueva Ley Orgánica que establecía un consejo paritario (estudiantes y maestros), creaba nuevas carreras y casas de estudiantes, y daba una orientación progresista a la educación universitaria. Eli de Gortari, quien era conocido por ser de los principales intelectuales de izquierda del país, impulsó la difusión de las ideas marxistas y la vinculación de la universidad con las luchas populares. Ante esto, la derecha no tardó en reaccionar.
En 1963, grupos de derecha (sinarquistas, miembros del PAN, fanáticos religiosos), con el apoyo del gobernador Arriaga Rivera, desataron una huelga para expulsar a de Gortari. El conflicto terminó con la destitución del rector y el inicio de la era del porrismo en la institución.
En 1963, Morelia fue sede de la Primera Conferencia Nacional de Estudiantes Democráticos, con 250 delegados de todo el país que representaban a más de 100 mil estudiantes. Ahí se adoptó la Declaración de Morelia: “¡Por la unidad del pueblo y de los estudiantes en la lucha contra nuestros enemigos comunes!”, “¡A la lucha por la educación popular y científica!”, “¡Por la unidad y organización independiente del estudiantado democrático y revolucionario!”
En esta declaración también se funda la CNED (Central Nacional de Estudiantes Democráticos) que es una expresión organizada del ambiente de lucha estudiantil que se estaba dando a nivel nacional y que marcará el inicio del fin del control corporativo del Estado sobre las organizaciones estudiantiles.
El movimiento del 66: la chispa y la masacre
El detonante inmediato que prendió la chispa del movimiento fue el alza de tarifas del transporte público, autorizada por el gobierno estatal a principios de octubre. Los estudiantes abanderaron la demanda “en defensa del pueblo”. Pero la respuesta del gobierno fue la represión.
El 2 de octubre de 1966, la policía asesinó al estudiante Everardo Rodríguez. Ese crimen fue el punto de quiebre. La universidad en asamblea votó huelga general y convocó una gran manifestación con motivo del compañero asesinado. El movimiento creció, logró apoyo popular y el Consejo Universitario aprobó exigir la desaparición de poderes en el Estado, además de la expropiación del transporte público y la libertad de los presos políticos.
El movimiento estudiantil michoacano del 1966 tuvo un carácter marcadamente popular; los estudiantes se identificaban con la clase trabajadora, veían en el pueblo la fuente de toda virtud y se auto nombraban sus interlocutores. Los jóvenes querían “ir hacia el pueblo”, “unirse al pueblo” y “regresar al pueblo”. Entregarse al pueblo representaba un mayor nivel de concientización.
La prensa local y nacional, al servicio del poder, tachó al movimiento de ser una “conjura comunista” para derrocar a Díaz Ordaz. La respuesta estatal no se hizo esperar.
La represión y la toma de la universidad
El 8 de octubre de 1966, el Ejército tomó la Universidad Michoacana, incluyendo el Colegio de San Nicolás, corazón de la institución. La biblioteca fue destruida. Vinieron las detenciones masivas (más de 600 personas), los secuestros, los cateos y la tortura.
El gobierno de Arriaga Rivera justificó todo en nombre de la “defensa del Estado de derecho” y la lucha contra el comunismo. La violencia institucional operó descaradamente, no tratando de restablecer el orden, sino de aniquilar un proyecto político. El Estado construyó un “discurso de guerra” que intentó legalizar, justificar y legitimar los excesos. Se señaló a los estudiantes como “extraños”, “apátridas”, “enemigos de México”, “subversivos”, “delincuentes”, “terroristas”, “comunistas”. Todo esto lo volveríamos a ver dos años después en el 68. La represión en Morelia fue un “experimento” que dio tan buenos resultados que los mismos perpetradores y tácticas regresaron en el 68. Tan es así que el General Marcelino García Barragán (quien coordinó la intervención y contención del movimiento moreliano en la toma del Colegio de San Nicolás) dirigió la toma de Ciudad Universitaria de la UNAM en septiembre del 68.
El conflicto tuvo como resultado el decreto de una nueva Ley Orgánica en 1966, que suprimió la paridad en el Consejo Universitario, desapareció cinco casas de estudiantes, clausuró la Facultad de Altos Estudios, cerró la secundaria varonil y femenil de la universidad, también eliminó a los integrantes de la Junta de Gobierno para nombrar a otros afines al gobernador, y designó un nuevo rector a conveniencia del Ejecutivo.
Tras esta derrota, el movimiento michoacano perdió la fuerza y capacidad organizativa que alguna vez tuvo, situación que se prolongó por años.
Balance y lecciones del 66
El movimiento del 2 de octubre de 1966 en Michoacán fue un eslabón clave en la cadena de luchas estudiantiles que culminó en 1968. Nos deja lecciones valiosas cuyos aciertos y errores debemos comprender.
El movimiento demostró el heroísmo de estudiantes y maestros, pero también sus límites. Sin un partido de vanguardia que unifique la lucha obrera y campesina, sin estrategia revolucionaria y con acciones aisladas, el sacrificio se volvió suicidio. Nuestra lección es que la espontaneidad no sustituye la organización de masas. Como enseñó Lenin, sin teoría revolucionaria no hay práctica revolucionaria.
A 60 años del 2 de octubre de 1966, el sacrificio de Everardo Rodríguez Orbe, que se suma al asesinato por parte del ejercito de los estudiantes nicolaítas Agustín Abarca Xochihua y Armando Tavera en 1949, así como el de Manuel Oropeza en 1963, y a la represión de cientos de estudiantes y maestros, no debe ser olvidado. Su lucha por una universidad popular, autónoma y democrática sigue siendo una tarea pendiente. La represión de ayer es la misma que hoy persiste contra quienes luchamos y nos organizamos para llevar a cabo la revolución.

