Corriente Marxista Internacional

El verdadero Lenin (III) El hermano de Lenin

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Escrito por: David García Colín Carrillo

Pero sobre la burbuja de tranquilidad y felicidad en la que vivía la familia Ulianov se cernirá una negra nube que cambiará el curso de sus vidas. El ambiente político y social pinchará la burbuja de forma violenta. En 1884, tiempo después de ser aplastado el movimiento Narodnaia Volia, termina el giro semiliberal de la política educativa iniciado con Alejandro II; su sucesor, Alejandro III refuerza la política reaccionaria de su padre –dando más poder a la nobleza y aristocracia terrateniente (por ejemplo, restablece la posibilidad de castigar a latigazos a un campesino)- y pasa la administración de la educación de los “zemstvos”, o municipios, a las parroquias; los programas –de por sí limitados-fueron recortados cercenando cualquier posibilidad de pensamiento independiente, ya no se fundarían más escuelas primarias en el país. Ilia, padre de Lenin, veía cómo la obra de su vida –unas 434 escuela fundadas- quedaba sepultada por el gobierno en el que había depositado su confianza. Además ese año el ministerio le informó que debía jubilarse el año siguiente –el gobierno hizo una purga de funcionarios excesivamente “liberales”-. Fue un año de incertidumbre y angustia pues la pensión no alcanzaría para mantener a la familia. Aunque finalmente Ilia fue confirmado para el puesto otros cinco años, estaba moralmente abatido: “me contó –relata Ana, la hermana mayor de Lenin,- que el gobierno propendía ahora a construir sólo escuelas religiosas y parroquiales para remplazar con ellas a las escuelas de los zemstvos. Esto significaba la destrucción de todo el trabajo de su vida”.1

Deprimido vivió los últimos meses. El 13 de enero de 1886 no se sentó a la mesa pero “se acercó a la puerta y nos miró (como si hubiese venido a despedirse […])” y murió, a los 55 años, acostado en el sofá, probablemente de hemorragia cerebral –quizá desencadenada por la tensión y la depresión-. Los funerales fueron dignos de un funcionario de estado como había sido Ilia Ulianov. Pero la pompa oficial era una fachada que ocultaba una transformación de fondo.

 

La reacción -que marcó el final de la vida de Ilia- también se cernió sobre las universidades generando un ambiente de efervescencia entre los estudiantes que se oponían a las contrarreformas. La efervescencia estudiantil arrastra a Alejandro Ilich Ulianov -hermano mayor de Lenin- hacia el activismo y desplaza sus antiguos intereses -la biología y la química- por la política. Poco después de terminar una tesis sobre gusanos titulada “Los órganos segmentarios y reproductivos de los anélidos de agua dulce”2 participó en la organización de una manifestación para conmemorar a los liberales de la reforma de Nicolas II. Si bien es cierto que esa reforma había sido un fraude impulsado por el régimen zarista, éste había girado tanto hacia la reacción que el “liberalismo” de los intelectuales “progres” del zarismo -los mismos que habían sido denunciados por el viejo populismo- aparecían como héroes. Ese inofensivo mitin se presentaba como un desafío político. A decir verdad, el mitin era tan inocuo que años antes el gobierno había permitido un homenaje -eso sí, controlado por la cesura- al autor semiliberal Turguéniev que era uno de los favoritos de la familia Ulianov. Exequias a las que acudió Alejandro poco después de llegar a San Petersburgo para realizar sus estudios universitarios, incluso informó a su padre sobre su asistencia. Pero el nuevo mitín sería diferente. El 19 de febrero de 1886 se reunieron uno 400 estudiantes en el cementerio y aunque los gendarmes permitieron el acto, de forma estúpida el gobierno clausura los comedores escolares que son vistos como focos de rebelión.

La respuesta represiva del gobierno -tan excesiva como matar una mosca a bazucazos- sacudirá a Alejandro. A tientas busca una respuesta para fundamentar su rebeldía -que en esos momentos no superaba la de un liberalismo moderado-. El último verano que pasará en el hogar familiar lleva consigo El Capital de Marx y traduce al ruso la “Introducción a la crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel” de Marx. El giro político de Alejandro se dará en un lapso de pocos meses, de manera brusca, desde el liberalismo más elemental hasta el terrorismo.

Lamentablemente -en un escenario de profunda reacción social y sin ningún asidero visible en las masas- Alejandro no extraerá las conclusiones prácticas de sus lecturas de Marx. Aunque arribará a posturas socialistas, para él el marxismo será sólo conocimiento desligado de su realidad. Dice Deutcher que es muy probable que la lectura de Marx estuviera animada por la influencia de “Nuestras tareas políticas” de Plejanov -fundador del marxismo ruso y futuro maestro de Lenin- que ya por aquellas fechas explicaba el callejón sin salida del socialismo campesino y argumentaba que la teoría de Marx era aplicable a la realidad Rusa. Pero este perspectiva -nos obstante que abrió a Alejandro la noción del determinismo histórico- aparecía lejana y abstracta para un grupo de jóvenes que querían actuar de inmediato. El terrorismo parecía más práctico y radical “¡La historia es demasiado lenta, hay que epujarla!”, había dicho un terrorista ruso.3

De regreso a la universidad -después de esas vacaciones de verano- Alejandro participa en otra manifestación con motivo del veinticinco aniversario luctuoso del pensador revolucionario Dobroliúbov, un fundador del populismo. Como se ve, los objetos de homenaje de estos jóvenes van girando hacia la izquierda, del liberalismo al populismo socialista. En esta ocasión la policía impide a los manifestantes -entre seiscientos y mil- la realización del mitin y cuarenta estudiantes son expulsados de la universidad. Alejandro redacta una carta a los liberales denunciando la represión pero no habrá respuesta alguna de parte de aquéllos -la intelectualidad “progresista” ya se había “quemado los dedos” con los antiguos narodnikis y no estaba dispuesta a arriesgarse por un incidente aparentemente sin importancia-.

El movimiento Narodnaia Volia ya no existía en la realidad, pero ante la aparente falta de alternativas quince jóvenes sin experiencia alguna conforman, en enero de 1887, la “Sección terrorista de la Narodnaia Volia”. Se encontraban implicados -además del hermano de Lenin- “nueve estudiantes, un graduado de la Academia de Teología de San Petersburgo, un farmacéutico, un hombre de ocupación indefinida y tres mujeres (dos parteras y una maestra de escuela)”4 e incluso el hermano del futuro dictador fascista en Polonia que invadirá la Rusia soviética -Josef Pilsudski- Bronislaw Pilsudski. Dice Trotsky que esta aventura era el “eco retrasado” del terrorismo de la década anterior, producto de un periodo de reacción política y cobardía intelectual que dejó solos a unos jóvenes que buscaban una salida revolucionaria.

Parece ser que Alejandro -como buen científico- trató de convencer al grupo que antes de embarcarse en algún atentado había que prepararse políticamente para trazar los objetivos y los medios, pero la presión de sus camaradas y el sentido del honor lo obligaron a comprometerse hasta el fin. Alejandro jugó un papel destacado, escribió el manifiesto de los conspiradores. El manifiesto sostenía que dada la opresión zarista era casi imposible la educación del pueblo y que sólo mediante la instauración de la democracia, la nacionalización de la tierra y de las fábricas se podría garantizar la participación política de los trabajadores. Era la realidad patas arriba. El sistema no podía derribarse ni construirse el socialismo sin la participación activa y organizada de las masas. Pero para los conspiradores esta perspectiva parecía imposible.

Alejandro empeñó la medalla de oro que había ganado por su buen desempeño escolar para comprar ácido nítrico y algunos revólveres, los conspiradores se propusieron escasos dos meses para que el primero de marzo de 1887 -en el sexto aniversario del asesinato del zar Alejandro II- muriera el zar Alejandro III. Trágicamente, el grupo fue descubierto por una carta indiscreta de uno de los implicados. “Todo era imperfecto en esa empresa trágica: las ideas, el material humano, la conspiración, la técnica de fabricación de bombas”.5

Para salvar la vida de sus compañeros, de manera heroica, Alejandro asume toda la responsabilidad y sostiene antes sus jueces “En lo que respecta a mi compromiso en este asunto, ha sido completa, es decir que he dado todo lo que mi capacidad me permitía y la fuerza de mis conocimientos y convicciones”.6 Al margen de esta confesión puesta en papel el propio zar escribió “Esta franqueza es tan conmovedora” pero lo conmovedor no le impedirá al zar mandar a la horca a 5 de los implicados, entre ellos a Alejandro.

Cuando la madre pudo ver por primera vez a su hijo Sasha, éste “sollozó abrazado a sus rodillas, y, suplicándole que lo perdonara por el dolor que le había causado, dijo: además de las obligaciones que uno tiene con su familia, tiene otras con su país”.7 La madre le rogó que se retractara, pero Alejandro no quiso renegar de sus ideas y sus actos, le dijo a su madre “yo quería matar a un hombre, eso significa que ahora pueden matarme”. La sentencia de muerte sólo podía cambiarse por reclusión perpetua. Frente a esta posibilidad Alejandro dijo a María Alexandrovna “¿Me desearía eso, madre?” El joven de 21 años no sólo no renegó de sus ideas sino que, a puerta cerrada, convirtió las audiencias del juicio, que transcurrieron del 15 al 19 de abril de 1887, en una tribuna. La madre escuchó con aflicción y secreto orgullo con cuánta elocuencia y convicción Sasha defendió sus ideas pero, dijo, “mi aflicción era tan grande que no pude escucharlo por mucho tiempo, tuve que irme”.

En las actas del proceso -publicadas después de la revolución- se puede leer la argumentación política de Alejandro, sus conclusiones generales se acercan a Marx pero sus métodos terroristas lo alejan en mayor medida:

“Sólo el estudio de las cuestiones sociales y económicas me llevó a la profunda convicción de que el estado de cosas no era normal; y a continuación los vagos sueños de libertad, igualdad y fraternidad cobraron formas estrictamente científicas, es decir, socialistas. […] Comprendí que no sólo era posible sino necesario, cambiar el orden social. […] Todo el país se desarrolla espontáneamente, de acuerdo con leyes definidas, pasa por etapas estrictamente determinadas e inevitablemente llega a la organización social [socialista]. Este es el resultado inevitable del orden existente y de las contradicciones que le son inherentes”.8

Pero estas conclusiones deterministas, que aparentemente chocan con el terrorismo individual, eran contrarrestadas con la defensa del terrorismo:

“Pero mientras todas las reflexiones teóricas me llevaban a esa conclusión, la vida me demostraba con lecciones objetivas que bajo las condiciones existentes era imposible seguir ese camino. Dada la actitud del gobierno respecto a la vida intelectual, era imposible difundir no sólo las ideas socialistas, sino incluso las ideas culturales generales. […] Nuestra intelectualidad es tan débil físicamente y está tan desorganizada, que actualmente no puede empeñarse en ninguna lucha abierta; sólo mediante el terrorismo puede defender su derecho a pensar y a participar en la vida social […] El terror, por supuesto, no es el arma de la intelectualidad en la lucha organizada. Es sólo un camino que ciertos individuos siguen espontáneamente cuando su descontento llega al extremo. Considerado así, el terrorismo es una expresión de la lucha popular y durará mientras las necesidades de la nación no sean satisfechas”.9

La madre vio a su hijo mayor por última vez, le gritó entre los barrotes palabras de aliento “¡Ánimo, ten valor!” El joven de 21 años pidió libros de Heine y sobre economía. Fue ahorcado el 8 de mayo. Alexandrovna se enteró de la ejecución de su hijo en las páginas del periódico cuando iba camino a la cárcel a visitar a Ana quien fue aprendida junto con su hermano, sin que tuviera conocimiento, ni participación en la conjura.

 

En el momento de la ejecución de Alejandro, Vladimir -el futuro Lenin- tenía 16 años y hasta ese momento no había mostrado en absoluto algún interés por la política. La muerte del padre, según los testimonios, lo había convertido en ateo y dio rienda suelta a una rebeldía de adolescente -que molestaba, por su insolencia- a Alejandro. Sus intereses intelectuales estaban metidos de lleno en el ajedrez, la novela y la poesía. Alejandro era para Vladimir un ejemplo moral. Siempre que los padres le preguntaban cómo quería hacer esto o lo otro respondía “como Sasha”, pero entre el hermano mayor y el menor nunca hubo afinidad ni lazos más allá de los paternales que suelen existir entre hermanos de edades diferentes. Alejandro nunca reveló a ningún familiar -ni siquiera a Ana por quien estaba mayormente unido- los asuntos políticos en los que estaba metido, menos aún lo hizo con el hermano menor. Por ello es pura mitología la afirmación absurda de que cuando el adolescente Vladimir se enteró de la muerte de su idolatrado hermano habría respondido con una frialdad intelectual propia de un robot: “No, nosotros seguiremos otro camino. No es ése el camino a seguir”.10 Una frase de estratega que el adolecente Vladimir abría dicho a su hermana menor de 9 años de edad. En la hagiografía estalinista pareciera que Lenin surgió del vientre materno con El Capital en una mano y “El imperialismo fase superior del capitalismo” terminado en la otra.

En realidad, Vladimir intentó seguir los pasos de su hermano –será expulsado de la universidad por participar en una manifestación estudiantil (igual que lo había hecho Alejandro) y se integra en los pequeños círculos populistas en los que puede -. Pero a raíz de su expulsión fue puesto –junto con Ana y el resto de su familia- bajo evidente vigilancia policial; proporcionando, de forma involuntaria, un tiempo y espacio preciosos para que Vladimir estudiara la teoría revolucionaria -a la luz de muchas discusiones, lecturas y observaciones- como casi nadie lo ha hecho antes y después de él. Además los círculos populistas a los que Lenin se integrará, antes de convertirse en Lenin, tenían un limitado carácter de propaganda pues en aquél periodo de reacción era casi imposible encontrar militantes dispuestos a intentar algún acto terrorista. Sólo así Vladimir se convertirá en Lenin. Se trató de un proceso complejo, doloroso y contradictorio -marcado por etapas- en donde tuvo que romper con las ideas terroristas de su hermano por las que sentía simpatía natural. Aprendió después de varios años los defectos del terrorismo individual pero mantuvo siempre en muy alta estima a aquella generación de valientes terroristas que dieron la vida por la transformación social. A su hermano lo mencionó muy pocas veces; sin duda, fue siempre un tema sensible y doloroso que no solía externar. “Lenin evita siempre cualquier intrusión en su ámbito privado”.11

El golpe fue brutal. Todas las amistades de los Ulianov les dieron la espalda, nadie quería tratos con los familiares de un “reguicida”. No hubo, siquiera, quien quisiera acompañar a Alexandrovna a la estación de tren a donde iba para intentar salvarle la vida al hijo. El futuro Lenin tomará nota de toda esta cobardía y aprenderá desde allí a desconfiar de los pusilánimes liberales y de toda su repulsiva hipocresía. De repente el joven Vladimir se vio -junto con la madre- a la cabeza de la familia. Logró contenerse y -como Sasha- terminar con honores –como el número uno- sus estudios en el gymasium de Simbirsk. La familia Ulianov no fue educada para mostrar sus afectos y en el futuro Lenin esto cobró la forma de un autocontrol fuera de serie. Pero no siempre logra resistir la situación abrumadora: un día Vladimir se desmaya en una ceremonia escolar y cuando vuelve en sí sólo dice: “Katia ayer lo ejecutaron”.12 Otro condiscípulo recuerda otro episodio conmovedor:

“Nunca olvidaré aquél cálido anochecer de mayo […] Salí a dar un paseo […] Iba tarareando una canción. Al pasar frente a la casa de verano reparé en alguien que miraba fijamente hacia el horizonte lejano, más allá del Volga. Sin prestar atención, pasé de largo y empecé a cantar en voz alta. “No te estás preparando para los exámenes”?, escuché de repente la voz de Volodia [Vladimir]. […] Me senté a su lado y empecé a contemplar el paisaje a las orillas del Volga. Volodia permaneció silencioso y en ocasiones suspiraba profundamente . “¿Qué te sucede?” Pregunté por fin. El volvió el rostro hacia mí, quiso decir algo pero no lo hizo, y una vez más volvió a ensimismarse. Yo pensé que le embargaba el recuerdo de su padre o que le preocupaba la situación de Alexander, que, como sabíamos, había sido arrestado […] traté de mitigar su angustia […] pero fue inútil. […] Después de un momento de silencio él me contó que Alexander había sido ejecutado el 8 de mayo. Yo me quedé anonadado. Sentado junto a mí, Volodia permanecía cabizbajo y agobiado. Abrumados por los pensamientos nos era imposible hablar. Así, en silencio, nos quedamos sentados un largo rato. Por fin Volodia se puso de pie y, sin decir nada, echó a andar a la ciudad. Caminamos lentamente. Yo comprendí la profunda aflicción de Volodia, pero también advertí que en aquellos precisos momentos un espíritu de firme determinación surgía en él […] Antes de separarnos lo tomé con fuerza de la mano. Él me miró a los ojos, respondió al apretón de manos y, dándose vuelta rápidamente, se dirigió a su casa”.13

En síntesis, la muerte del padre y el hermano pincharon la burbuja pequeñoburguesa de la familia, en donde entró de golpe la realidad de la decadencia del régimen y la efervescencia social; las condiciones de las que nacerá el partido Socialdemócrata Ruso, la fracción bolchevique y la Revolución de Octubre.

[Continuará…]

1 Deutscher, Isaac; Lenin, los años de formación, México, Era, 1975, p. 75.

2Ibid. p. 81.

3 Jean Jacques Marie, Lenin, POSI, Madrid, n/d, p. 23.

4Deutscher, Isaac; Lenin, los años de formación, México, Era, 1975, pp. 96-97.

5 Trotsky, La juventud de Lenin, en Lenin, Argentina, CEIP, 2009, p. 86.

6Ibid. pp. 87-88.

7Deutscher, Isaac; Lenin, los años de formación, México, Era, 1975, p. 102.

8Ibid. pp. 104-105.

9Ibid. pp. 106-107.

10G. Obychkin, et al; V. I. Lenin, Moscú, Progreso, 1969. p. 7. La leyenda sobre la fantástica reacción de Lenin ante la muerte de su hermano fue iniciada por María –hermana menor de Lenin- en 1924, justo cuando comenzaba el culto a Lenin; posteriormente Krupskaia, ya bajo la censura estalinista, reprodujo el mito en sus memorias sobre Lenin. Las memorias de Krupskaia son una fuente imprescindible pero es inocultable que existen omisiones y distorsiones propias de una pluma bajo vigilancia burocrática.

11 Jean Jacques Marie, Lenin, POSI, Madrid, n/d, p. 28.

12 Deutscher, Isaac; Lenin, los años de formación, México, Era, 1975, p. 117.

13 Ibid. pp. 115-117.

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