Libro del mes: La enfermedad infantil del ‘izquierdismo’ en el comunismo

Isa Marin, Yucatán

Transcurrieron dos inviernos desde la victoria definitiva de la Revolución de Octubre. Aquél viejo régimen, que en su arrogancia creía Rusia suya, que juzgó al poder soviético como un accidente efímero, yacía finalmente sepultado. Entretanto en un país tras otro, dirigentes jóvenes de nacientes partidos comunistas vislumbraban en este hito el camino hacia el derrocamiento global del capitalismo y la instauración de un nuevo orden, el comunismo. 

Las ideas, tácticas y métodos que habían provisto a los bolcheviques del arsenal para conquistar el poder obrero en 1917 eran fruto de quince años de experiencia práctica y una lucha política intransigente. La nueva vanguardia comunista a nivel internacional rebosaba espíritu revolucionario, pero, carente de experiencia, la mayoría de Partidos se hallaban sumidos en profundas confusiones. Repetían mecánicamente las consignas del Partido Bolchevique, como fórmulas y principios inmutables, cometiendo errores que, en lugar de acercarles al triunfo, hacían inminente su derrota. Los acontecimientos avanzaban rápidamente, la suerte de la revolución a escala mundial estaba en juego; había que educar a la dirección de estos partidos para cumplir las tareas del momento, para dar el siguiente salto. Esta era precisamente la tarea que Lenin se impuso en 1920 con este libro.

Diagnóstico y síntomas

Durante los últimos años, hemos visto un cambio radical en la marea de la lucha de clases. La crisis del capitalismo imperialista, lejos de desalentar a la juventud, la ha empujado de nueva cuenta hacia la bandera de Octubre —pese a las calumnias de la burguesía y las degeneraciones con que el estalinismo desfiguró la herencia del bolchevismo genuino. Pero, justo como en 1920, esa juventud, cargada de entusiasmo, sin método, fácilmente puede contagiarse del mismo virus que Lenin se dedicó a erradicar: la enfermedad infantil del ‘izquierdismo’. 

Ahora, ha mutado en variantes nuevas, cada vez más extrañas, dando lugar a todo tipo de tendencias que, de forma abierta o disfrazada, sustituyen el análisis dialéctico por fórmulas memorizadas e infunden ideas sectarias y reaccionarias, que sólo conducen al callejón de la desmoralización y esterilidad política. Ante esto, debemos combinar la máxima claridad política con la explicación paciente para disipar la bruma de confusión e ilusiones que abundan entre una capa radicalizada de la sociedad bienintencionada, pero sin el mejor método para combatir de raíz el sistema.

La enfermedad infantil

Tanto Lenin como Trotski siempre combatieron las tendencias ultraizquierdistas en el seno del movimiento obrero. El oportunismo que busca atajos mediante la colaboración entre clases, y el ultraizquierdismo sectario que se aísla del mundo real para evitar que su “pureza revolucionaria” sea trastocada. Trotski decía que un sectario es un oportunista que le teme a su propio oportunismo. Esta postura, muchas veces lleva a concluir que frente al reformismo, la respuesta debe ser su rechazo absoluto, convirtiéndose en policías de “lo que es” realmente revolucionario. 

Como marxistas, tenemos claro que los problemas del capitalismo no se resuelven gradualmente dentro de su propio marco. Pero existe una diferencia cualitativa entre combatir el reformismo de los dirigentes —que engañan y traicionan a la clase trabajadora en aras de sus intereses y los de su clase— y darle la espalda a las masas que todavía depositan sus aspiraciones en el mismo. Esa es la esencia del sectarismo, que le basta con señalar que “el reformismo no resuelve nada”, como si fuera la revelación del siglo, dejando de lado un pequeño detalle: ¿cómo se transforma esa idea correcta en abstracto, en una realidad masiva? Pasan por alto que incluso el programa más correcto, si no conecta con las masas, es impotente en los hechos.

«Un sectario no entiende la acción y reacción dialéctica entre un programa acabado y la lucha de masas viva, es decir imperfecta, inacabada. El sectarismo es hostil a la dialéctica (no en palabras pero si en los hechos) en el sentido en que vuelve la espalda al desarrollo real de la clase obrera» (Trotsky, Escritos, 1935-36).

Llevemos las lecciones del libro a nuestro contexto. En México, la 4T aún mantiene un apoyo decisivo de masas. Nuestra tarea consiste, no en alejarnos de la amplia mayoría que conserva ilusiones en Morena, gritando “¡reformista = malo!”, ni creer que lo caduco para nosotros ha caducado para nuestra clase. Lenin decía que los comunistas debían tener una mirada de vanguardia, pero sin divorciarse de la perspectiva de las masas. 

Debemos acompañar a las masas en el proceso de toma de conciencia para sí, luchando hombro a hombro, y explicar pacientemente que los dirigentes reformistas, en última instancia, se rinden ante los hechos consumados y concilian con el capital financiero para preservar sus privilegios y el orden existente. Por ello es que planteamos una postura de clase contra el imperialismo y contra la burguesía nacional para resolver los problemas actuales. 

La historia ha demostrado una y otra vez que las masas aprenden mejor a través de la experiencia. En el contexto del imperialismo convulso, se aceleran las contradicciones inherentes al reformismo, y en el momento decisivo, los límites del “humanismo mexicano” de Sheinbaum quedarán expuestos y las masas comenzarán a comprender qué intereses defiende realmente el reformismo; no los de la clase trabajadora, sino del gran capital.

¿Existe un antídoto?

Cuando hablamos de teoría y práctica decimos que una no funciona sin la otra. Pero ¿qué las une? La táctica. No se puede trazar una estrategia sin una táctica correcta, basada en una evaluación sobria y estricta de las fuerzas objetivas y subjetivas de clase. La combinación que distingue al marxismo genuino frente al sectarismo y el reformismo es la independencia de clase inquebrantable con flexibilidad total en la táctica. Esas dos cosas juntas y en tensión permanente. 

Ese es el método que Lenin y Trotski defendieron toda su vida, el auténtico socialismo científico, como análisis de los procesos reales en movimiento y contradicción. Ahí radica la diferencia entre la lógica formal del ultraizquierdismo y la dialéctica marxista. La primera, ve categorías fijas, inmutables (“A” es igual a “A”) y parte de principios en abstracto para imponerlos en la realidad. La dialéctica entiende, en cambio, que todo está en constante transformación, y que son las correlaciones de fuerza en la lucha de clases internacional los motores reales del desarrollo.

En momentos de inflexión, el mayor desafío para una dirección revolucionaria consiste en tomar el pulso a la situación política para cambiar firmemente de rumbo; de lo contrario, se corre el riesgo de oponer las fórmulas o los métodos de lucha de ayer a las tareas y a las necesidades nuevas. 

Sentar hoy las bases de un partido revolucionario no significa proclamarlo ya construido. La única forma de transformar la modesta calidad que hemos acumulado en una inmensa cantidad, es encontrar el puente para conectar nuestras ideas con las aspiraciones de las masas, empezando con las capas más avanzadas. 

¿Los jóvenes trabajadores luchan por las 40 horas? Partimos de ahí. ¿Los jóvenes se movilizan por Palestina? Partimos de ahí. Debemos vincular esas demandas inmediatas con nuestro programa comunista mediante consignas de transición: luchamos por las 40 horas, pero hablamos abiertamente de la nacionalización de la banca y los límites del reformismo para llevarlo a cabo; exigimos el fin del genocidio, pero insistimos en que la liberación real dePalestina requiere boicots obreros y las grandes industrias en control obrero, lo que significaría acabar con la propiedad privada.

Notas finales

«La vida triunfa por encima de todo. Que la burguesía se sobresalte, se irrite hasta perder la cabeza… Los comunistas deben saber que, en todo caso, el porvenir les pertenece.

Falta sólo una cosa para que marchemos hacia la victoria con más firmeza y seguridad; que los comunistas de todos los países comprendamos por doquier y hasta el fin que en nuestra táctica es necesaria la flexibilidad máxima» (Lenin, 1920).

Frente a la barbarie capitalista e imperialista, es menester armar con las ideas, tradiciones y métodos a una nueva generación de jóvenes que se plantean la tarea histórica de construir un partido revolucionario —libre de toda enfermedad infantil del comunismo “de izquierda” que nos desvíe de nuestro objetivo último— y guiarnos hasta la victoria final. Extendemos la invitación a leer el libro y llevar en práctica las grandes lecciones de Lenin y la historia del bolchevismo por medio del Partido Comunista Revolucionario.